3. La dimensión económica del modelo neoliberal
3.1 Los fundamentos teóricos
3.1.1 La demanda en el mercado laboral
Tal y como hemos visto en el Capítulo 2, la demanda es un problema central en el desarrollo del capitalismo, tanto en la versión decimonónica (que colapsó con la crisis del 29), en el modelo social (con la saturación de los años 70) y también en el modelo neoliberal (tal y como veremos a lo largo de este trabajo). Por ello, debemos empezar por un análisis de la demanda (lo que nos llevará a analizar la productividad y la escasez) para
17 Al que pedimos, de paso, perdonar los posibles errores, confusiones o imprecisiones en la materia que
aquí se den. El tránsito entre una disciplina y otra es siempre problemática debido a la formación académica recibida, estructurada en disciplinas estancas a menudo auto-centradas sobre sí mismas.
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poder desarrollar explicaciones ulteriores entorno a cómo afecta ésta a los fenómenos centrales estudiados en esta tesis. Pese a que algunos de los elementos que vamos a desarrollar parecen muy lejanos a los fenómenos que esta tesis pretende estudiar, en realidad, se hallan en relación directa a la problemática generada en el ámbito laboral con la instauración del modelo neoliberal. Vamos a analizar tres elementos económicos interrelacionados: el aumento de la productividad como desarrollo dinámico que trata de superar la escasez, relación mediada por la demanda.
Uno de los principios fundacionales de la Economía como disciplina, con origen anterior a la teoría neoclásica e incluso a la clásica, es la que llamaremos «premisa de la
escasez» según la cual los recursos son siempre insuficientes para satisfacer las
necesidades de la sociedad. El origen de esta premisa es tan antiguo como la propia Economía y está, en cierta manera, implícita en su propia definición. Así es en la definición de Economía que Samuelson nos ofrece en su manual:
“Economía es el estudio de la manera en que las sociedades utilizan los recursos escasos para producir mercancías valiosas y distribuirlas entre los diferentes individuos. Tras esta definición se esconden dos ideas clave en economía: los bienes son escasos y la sociedad debe utilizarlos eficientemente” (Samuelson y Nordhaus, 2002: 4)
A continuación, Samuelson explica la importancia de la escasez en el mundo definiéndola como: “una situación de escasez es aquella en la que los bienes son limitados en relación
con los deseos” (Ibíd.). Es en este punto donde la «premisa de la escasez» adquiere su sustancia en la versión neoclásica: ésta necesita de permanentes deseos insatisfechos para poder ser aplicada. Los economistas elaboran este planteamiento a partir de imaginar, en forma de elucubración metafísica y por lo tanto no científica, un individuo-consumidor que, debido al «axioma de la insaciabilidad», jamás estará satisfecho con una cantidad dada de bienes, por muy alta que ésta sea, ya que siempre preferirá una cantidad mayor de dichos bienes.
Las consecuencias de este planteamiento teórico son que los deseos nunca serán satisfechos y por lo tanto serán ilimitados, lo que conlleva que los recursos disponibles para satisfacer dichos deseos serán siempre escasos, por lo que se perpetúa sin límite la necesidad de crecimiento económico. Este axioma de la ortodoxia neoclásica es la raíz de la contradicción que se genera en el mercado laboral, ya que presupone que trabajadoras y trabajadores siempre estarán predispuestos a vender su fuerza de trabajo en el mercado laboral, debido a que siempre tendrán deseos que realizar, axioma que en determinadas circunstancias no se cumple, lo que desbarajusta el mecanismo de mercado en el ámbito laboral. De hecho, este axioma ni siquiera se cumple en los estudios empíricos de los economistas neoclásicos.
Reinhard Sippel (1994), economista alemán, realizó una investigación para comprobar empíricamente los «axiomas de preferencia revelada» desarrollados por Samuelson (1938A, 1938B) como fundamentos neoclásicos para explicar el comportamiento de la demanda, entre los que destacamos el «axioma de la
insaciabilidad». A priori, estos axiomas son lógicos y racionales en sí, en abstracto, pero
si son llevados a la comprobación empírica ¿reflejan y determinan el comportamiento de los consumidores? La respuesta es negativa, según el experimento de Sippel, ya que 11 de los 12 sujetos de estudio de su experimento no se comportaron tal y como predecía la teoría neoclásica. Cuando el experimento se repitió con 30 sujetos, 22 de ellos mostraron los mismos comportamientos irracionales.
Sippel acabó concluyendo que “the possibility that the different choices are made
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number of violations of the revealed preference axioms, wich contradicts the neoclassical theory of the consumer maximizing utility subject to a given budget constraint. We should therefore pay closer attention to the limits of this theory as a description of how people actually behave” (Sippel, 1994: 14). Lo que Sippel demostró supondría, si se diesen las
condiciones de un honesto criterio científico, el desmoronamiento de gran parte de la teoría neoclásica ya que gran parte de los principios micro-económicos sobre los que se fundamenta pueden ser refutados.
Consideramos mucho más realista establecer un planteamiento en el que la demanda de los sujetos no sea infinita y se estabilice una vez alcance determinados niveles de satisfacción. Renunciando a la idea neoclásica de demanda ilimitada podemos explicar fenómenos y tendencias –como las crisis económicas o el empobrecimiento y la precarización de la clase trabajadora– que la teoría neoclásica ni siquiera llega a contemplar.
Las complicaciones que este sentido teleológico implica son enormes. Si prescindimos del «consumidor permanentemente insatisfecho» y lo sustituimos por un sujeto más racional sin deseos infinitos, podemos considerar que si bien los recursos y bienes disponibles no son ilimitados, sino finitos, ello no implica necesariamente su «escasez». Esto significa que, aunque haya un número finito de recursos, no por ello son insuficientes (y hay multitud de fenómenos socio-económicos actuales que respaldan esta consideración) y que por lo tanto el crecimiento económico no puede ser la panacea de todos los problemas económicos, sobre todo los laborales.
Desde sus orígenes, la disciplina económica ha tratado la limitación de los recursos como un problema de escasez, lo cual ha sido cierto a lo largo de los muchos siglos que componen la Historia de la Humanidad debido a la dificultad para la satisfacción de las necesidades básicas. Pero esta premisa es cuestionable a partir de la primera mitad del S.XX, cuando la capacidad productiva alcanza altísimas cotas gracias sobre todo a las virtudes del sistema de acumulación capitalista, que logra multiplicar varias veces la productividad. Capacidad que no ha cesado de aumentar exponencialmente desde entonces en una carrera contra la escasez que nunca supera y que reaparece de múltiples maneras a lo largo del proceso en formas renovadas de pobreza y precariedad. Es precisamente ésta una de las contradicciones más perversas del sistema capitalista.
El desequilibrio en el mercado laboral
El mercado laboral sufre un desequilibrio estructural creciente debido precisamente al aumento de la productividad. El motivo es que la productividad alberga una lógica trágica: cuanto más produce menos vale lo que produce. Esto se debe a que en la valoración de los bienes la escasez de éstos es un factor central: cuanto más escaso es un bien más valor tiene, de ahí que la superación de dicha escasez mediante el incremento de la productividad pueda tener consecuencias perversas. Su propio éxito supone su extinción. Desde que se iniciase la Revolución Industrial en el S.XVIII la productividad ha crecido exponencialmente pese a las fases cíclicas de prosperidad, crisis y estancamiento que ha sufrido el sistema económico. Dicho crecimiento de la productividad alcanzó en el S.XX proporciones impresionantes, hasta el punto de que en la primera mitad del S.XX, en el periodo de entre guerras, surgieron con intensidad fenómenos económicos relacionados con el aumento exponencial de la productividad que resultaban inexplicables para la Escuela Neoclásica.
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Según Jeremy Rifkin: “en 1912, se necesitaban 4.664 horas/hombre para construir
un automóvil A mediados de los años 20, se podía ensamblar uno en menos de 813 horas/hombre. En otras muchas industrias, se obtuvieron incrementos de productividad similares. Entre 1920 y 1927, la productividad en la industria americana se incrementó hasta un 40%. En el sector secundario, los resultados por hora/hombre se incrementaron a un ritmo de un 55,6% entre 1919 y 1929. Simultáneamente, desaparecieron más de 2,5 millones de puestos de trabajo” (Rifkin, 1996: 40). Que Rifkin finalice su exposición
sobre el crecimiento de la productividad mencionando los puestos de trabajo destruidos no es casualidad, pues esa es una de las principales consecuencias a nivel socio- económico del crecimiento de la productividad, contradicción que está en relación directa con el objeto de estudio de esta tesis.
Rifkin continúa: “a medida que la productividad se disparaba durante los años 20
y un creciente número de trabajadores se quedaban sin trabajo, las ventas descendieron de forma más que dramática” (Ibíd.). No es casualidad que a finales de esa misma década
estallase una de las mayores crisis en la historia del capitalismo, la cual estaba principalmente causada por los problemas de demanda. A partir de dicha situación Keynes expuso su reformulación de la teoría neoclásica para hacer frente a los problemas de escasez de demanda. Lo que la crisis del 29 puso en cuestión fue el principio teórico neoclásico, basado en el postulado del economista francés Jean Baptiste Say, según el cual «la oferta genera su propia demanda».
Los economistas neoclásicos, a partir de la llamada Ley de Say, habían concebido que el aumento de la productividad, aunque depreciara los salarios en un primer momento, generaría productos más baratos que estimularían la demanda de los consumidores. A partir de este aumento de la demanda y con los salarios devaluados, los capitalistas se verían incentivados a invertir de nuevo en producción, lo que empujaría al alza los salarios. El Mercado devolvería las cosas a su sitio, a su pleno equilibrio y armonía. Pero esto sólo ocurrió en el mundo hipotético que los economistas neoclásicos especulaban, En la socio- economía real los años treinta iban a ser devastadores.
La crisis del 29 se produjo en términos generales por falta de demanda, pero no porque los consumidores no tuvieran necesidades que satisfacer y no demandasen más consumo, sino porque en conjunto no tenían el poder adquisitivo suficiente para adquirir las mercancías necesarias para sustentar la demanda que la oferta necesitaba como consecuencia al aumento de productividad. La caída de los salarios estaba provocando efectos perversos y permanentes en el conjunto de la demanda. Se realizaba de esta manera una de las mayores paradojas y contradicciones del sistema capitalista: la miseria aparecía en su máxima intensidad precisamente en el seno de la mayor abundancia. El auge sin precedentes de la productividad había provocado, por una serie de lógicas del sistema capitalista, que sus productores directos no tuvieran el poder suficiente para hacerse con las mercancías producidas. La lógica dominante en este proceso es la de la
fuerza de trabajo como mercancía, la cual sufre el mismo proceso de devaluación que
sufren las demás mercancías y los medios de producción cuando la competitividad obliga a los empresarios a disminuir al máximo los costes de producción.
Según los planteamientos neoclásicos la fuerza de trabajo obtendría mayor demanda si su precio se devaluase hasta el equilibrio marcado por el mercado. Pero aquí aparecen una serie de problemas, inquietudes y dificultades que no pueden ser resueltas por la teoría neoclásica, aunque si ignoradas: ¿qué pasaría si el equilibrio de mercado de los salarios los situase en un precio demasiado bajo? ¿Y si los millones de desempleados sólo pudiesen acceder al mercado laboral a costa de aceptar un salario insignificante?
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¿Existe algún elemento en el mercado que garantice un equilibrio entre oferta y demanda de fuerza de trabajo que no implique consumación de los portadores de ésta? ¿Y si simplemente no hubiese suficiente demanda de trabajo para la oferta de trabajadores existente? Según Piketty, que ha expuesto el aumento de la desigualdad en función de los ingresos por capital y por trabajo, “el juego de la oferta y de la demanda no impide en
absoluto semejante posibilidad: a saber, una divergencia mayor y perdurable de la riqueza, vinculada con los movimientos extremos de ciertos precios relativos” (Piketty,
2014: 20).
Tal y como hemos desarrollado en el capítulo 2, fueron Kalecki y Keynes los primeros en responder a estas preguntas a través de conceptos como «equilibrio de sub-
empleo», echando por tierra la noción del libre mercado como mecanismo armonioso que
tiende por sí mismo al equilibrio. Keynes, gracias a su reputada posición de reconocido economista neoclásico, dio las claves para superar aquella crisis a partir de políticas fundamentadas en la intervención masiva del Estado en el mercado. Estas cuestiones problemáticas que ya eran posibles en el 29 son cada vez más reales, probables e intensas conforme se produce un continuo aumento exponencial de productividad desde entonces. Y son precisamente estas cuestiones las que pueden ayudarnos a entender la existencia cada vez mayor de trabajadoras y trabajadores desempleados, precarios y/o con bajos salarios.
La carencia de demanda que se produjo en la crisis del 29 fue solventada por las nuevas condiciones económicas que se desarrollaron con el modelo social, con la doctrina económica keynesiana como teoría económica dominante y con el capitalismo fordista como sistema de producción y consumo. Ésta fue una época que marcó un logro respecto a las anteriores: la satisfacción general de las «necesidades reales» gracias a la socialización de derechos de bienestar y a las medidas de redistribución de los beneficios obtenidos por el aumento de la productividad. Pero aquel periodo de prosperidad y crecimiento estaba condenado al fracaso desde el mismo momento en el que no se superaron las lógicas prospericidas del sistema capitalista. La carencia de demanda no fue el único factor que influyó en el modelo productivo fordista:
“Se transitó en este sentido hacia un modelo de producción realmente mundial con la introducción de tecnologías posfordistas. La implementación en este sentido de la robótica en la cadena de producción, desde un desarrollo específicamente pensado para librar la última batalla de sustracción del conocimiento productivo al obrero e incorporarlo directamente al proceso, y la posibilidad de fragmentar la cadena de producción y de controlar sus ritmos para evitar la creación de stocks, tuvieron como correlato final la creciente autonomía del capital respecto al trabajo y la posibilidad de organizar la producción de forma transnacional. Así mientras el trabajador quedaba circunscrito a los marcos estatales y a mercados laborales locales, la producción se organizaba a una escala superior que obligaba a aumentar la competencia entre las diversas escalas locales” (Domenech, 2014: 244).
El auge de la globalización gracias a la desregulación financiera y comercial tuvo efectos perversos en el principal sector laboral: el sector industrial. La lógica que resume todo este proceso es simple: si el aumento exponencial de productividad permite que cada vez sea necesaria una menor cantidad de fuerza de trabajo para la misma cantidad de producción, nos encontramos ante una situación en la que el fenómeno de «equilibrio de
sub-empleo» se tornará en un problema, no solamente crónico y endémico, sino creciente
en intensidad y alcance. Sería necesario un aumento exponencial de la demanda que acompañase el auge de la productividad, pero hay serios motivos para dudar de que la Ley de Say pueda cumplirse indefinidamente. Por otro lado, la maduración de las
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economías en forma de acumulación de recursos y capital genera serias dificultades para mantener altas tasas de crecimiento económico debido precisamente a no ser necesario seguir acumulando recursos y capital más allá de cierto ratio en relación a la actividad económica real (volveremos sobre este punto).
La principal consecuencia para nuestra investigación se halla en la relación entre oferta y demanda del mercado de trabajo, más concretamente en el número de puestos de trabajo disponibles y el número de trabajadores que ofrecen su fuerza de trabajo. ¿Qué mecanismo, medida o factor garantiza que la relación entre ambos alcance un equilibrio? Según Steve Keen “la teoría económica no logra probar que el empleo viene
determinado por la oferta y la demanda, y corrobora la observación mundana de que puede existir el desempleo involuntario: que el empleo ofrecido por las empresas puede ser menor que el trabajo ofrecido por los trabajadores, y que reducir los salarios no reducirá necesariamente el desfase” (Keen, 2015: 239). Por lo tanto, la solución que
propone el neoliberalismo, el libre mercado, no puede desarrollar su supuesta tendencia hacia la armonía. En realidad, al contrario de lo que suponen los economistas neoclásicos, es más lógico considerar que la tendencia a largo plazo es opuesta al equilibrio debido a al continuo aumento de la productividad que no puede ser seguido por un auge similar de la demanda, situación que se agrava con las medidas neoliberales que plantean la rebaja de los costes salariales, lo que acaba profundizando en la reducción de la demanda.
A esta situación le sumamos fenómenos que incrementan el número de trabajadores/as en oferta pero no el número de puestos de trabajo: la incorporación masiva de la mujer al mundo asalariado ha supuesto que la otra mitad de la población exenta de éste (salvo en numerosos casos en los estratos pobres en los que la mujer sí que trabajaba de forma asalariada) pasara al mercado laboral incrementando ampliamente la oferta de trabajadores disponibles, además en unas considerables peores condiciones económicas y laborales propiciadas por el tradicional sistema patriarcal sobre el que se fundamenta nuestra sociedad; la inmigración a los países ricos ha supuesto un aumento de la competencia entre trabajadores en los estratos más bajos, precisamente entre aquellos que más sufren la degradación de las condiciones laborales; y el mantenimiento de la jornada de trabajo de 8 horas. La conclusión es clara para Owen Jones una vez analizados datos para Gran Bretaña desde los años 80: “La realidad es que simplemente no hay suficientes
puestos de trabajo para todos” (Owen Jones, 2012: 242).
El problema resulta lógico y evidente: en las condiciones socio-económicas actuales sobran trabajadores/as o faltan puestos de trabajo. Situación provocada por una tendencia que no puede más que incrementar el desequilibrio en el mercado laboral y que a través de la competencia entre trabajadoras genera e intensifica los fenómenos de desigualdad, precariedad y pobreza laboral.
Las medidas más propicias para atenuar esta problemática serían tales como la reducción de la jornada de trabajo, la prohibición de horas extras u otro tipo de regulaciones e intervenciones públicas que tratasen de ajustar el desequilibrio entre la oferta y la demanda en el mercado laboral. Pero son soluciones que reducirían la rentabilidad del capital y con él la actividad económica del sistema capitalista. Los planteamientos y medidas neoliberales con los que se han afrontado este problema en las últimas décadas, han evitado cualquier medida que reduzca la rentabilidad del capital y han tratado de solucionar esta problemática enfocando sus causas en los sujetos que la padecen (trabajadoras pobres, precarias y/o desempleadas), como si sus características individuales fuesen los factores causales de éstas. Dicho planteamiento no puede más que incrementar los efectos perversos de éste desequilibrio ya que, ignorando las causas
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estructurales y promoviendo la competitividad entre trabajadores como solución, se