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La involución retrógrada de la economía: la nueva doctrina liberal

3. La dimensión económica del modelo neoliberal

3.2 La materialización del proyecto neoliberal

3.2.1 La involución retrógrada de la economía: la nueva doctrina liberal

Con el estancamiento económico del modelo social en los años 70 se detuvieron las altas tasas de crecimiento económico que aquellas economías habían disfrutado durante tres décadas de prosperidad. En este contexto, las economías de bienestar sufrieron el retorno de problemas inéditos desde los años 30, como la caída de la actividad económica o el auge del desempleo. Las medidas keynesianas generaban cada vez más inflación drenando la rentabilidad del capital, por lo cual fue identificada como el principal problema económico. Los salarios, que se incrementaban con la productividad, eran asociados con el auge de la inflación por lo que las medidas anti-inflacionistas se enfocaron en la contención salarial. El incremento de los salarios había pasado de ser el motor económico a un problema de primera línea.

La carencia de demanda junto a la contención salarial propiciaban el paso a la

economía low-cost: un modelo en el que el dinamismo se situaba en el lado de la oferta,

esto es, en el ámbito de la producción, en el que las empresas pasarían a competir entre sí por reducir los costes de producción (entre ellos los costes en fuerza de trabajo) para poder reducir los precios de venta, pugnar por la competitividad y con ello asegurar la rentabilidad del capital. Se abandonó lo que hasta entonces era uno de los pilares del modelo social, la estimulación pública de la demanda. De esta manera se abrió una etapa en la que predominó

“La flexibilidad con relación a los procesos laborales, los mercados de mano de obra, los productos y las pautas de consumo, (…) la emergencia de sectores totalmente nuevos de

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producción, nuevas formas de proporcionar servicios financieros, nuevos mercados y, sobre todo, niveles sumamente intensos de innovación comercial, tecnológica y organizativa. (…) un gran aumento del sector servicios así como a nuevos conglomerados industriales en regiones hasta ahora subdesarrolladas” (Harvey, 1998: 170).

El ideario neoliberal, sobre todo en el ámbito económico, fue llevado a la práctica a partir de finales de los 70 por los gobiernos de las dos principales potencias occidentales, Gran Bretaña y EE.UU., liderados por Margaret Thathcher y Ronald Reagan respectivamente. No pasarían muchos años hasta que reformas socio-económicas fundamentadas en la teoría neoliberal desplazase parte del legado heredado del Estado de Bienestar keynesiano en forma de derechos y garantías, en mayor o menor medida, en los países del llamado bloque occidental, así como en numerosos países del entonces tercer mundo20. Con la desaparición de la URSS en los primeros años de los 90, se establecían las condiciones para la expansión de la doctrina neoliberal a lo largo y ancho del planeta, consolidándose uno de los principales fenómenos que la acompañarían: la Globalización. A partir de entonces, el llamado Consenso de Washington marcaría las principales características del modelo neoliberal.

La entrada en escena de los economistas neoliberales ofreció a los gobiernos occidentales un novedoso planteamiento de medidas y políticas que se fundamentaban en dos líneas estratégicas: por un lado situar la inflación como problema económico central, estableciendo la limitación de los incrementos salariales y el gasto público como medidas esenciales para reducirla, así como la flexibilización del mercado laboral como única medida para tratar de lograr el pleno empleo:

“El principal cambio regulador se situó en el propio diseño de la política económica. El objetivo central del pleno empleo fue sustituido por el de la lucha contra la inflación. Esta transformación vino legitimada por un «nuevo análisis macroeconómico» que planteaba a la vez la imposibilidad y la indeseabilidad del pleno empleo. (…) La percepción de que la forma fundamental de combatir el desempleo no es la expansión de la demanda sino las reformas estructurales del mercado laboral. El paro deja de ser una cuestión macroeconómica y vuelve a ser, como en los tiempos prekeynesianos, un problema del mercado laboral. El pleno empleo exige un ajuste permanente del mercado laboral, un empleo flexible” (Recio, 2009: 98).

Por otro lado, se implanta la simple idea de que hay que dar las máximas facilidades a los capitalistas –“crear condiciones atractivas para los inversores”– y maximizar la rentabilidad del capital para que, mediante inversiones y nuevas empresas, generen el pretendido crecimiento económico. Esta noción se desarrolló a través de la Teoría del

Efecto-Cascada (Trickle-down) basada principalmente en dos leyes de cuestionada

validez científica pero que han estado muy presentes en la política económica de los principales países occidentales en las últimas tres décadas: la Curva de Kuznets y la Curva

de Laffer.

La Curva de Kuznets fue desarrollada en los 50 por Simon Kuznets, reconocido economista afincado en EEUU, según la cual el crecimiento económico genera en las etapas tempranas del sistema capitalista un aumento intenso de la desigualdad económica dentro del país. Pero cuando el crecimiento económico alcanza determinado umbral pasa a reducir la desigualdad económica en vez de aumentarla. Por lo tanto, según esta teoría, el crecimiento económico acabará por solucionar en fases posteriores los problemas de

20 “Es la vuelta a la centralidad del mercado como regulador, o más bien desarticulador, de la vida social esta vez totalmente ampliado y universalizado. Proceso que es sólo comparable en sus consecuencias a su consolidación en el S.XIX pero que queda superado en la actualidad por la enorme capacidad de los medios de destrucción masiva y de control comunicacional” (Albite, 2001: 11).

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auge de la desigualdad que genera. La misma lógica se aplica a otros ámbitos en los que el crecimiento económico genera problemas que no parecen tener solución, como es el caso del daño medioambiental.

FIGURA Nº5:LA CURVA DE KUZNETS

En la actualidad la idea de que el alto crecimiento económico es la solución para la mayoría de los problemas económicos está tan extendida que incluso la han asumido buena parte de los tradicionales representantes políticos e institucionales de la clase trabajadora (partidos social-demócratas, sindicatos, etc.). Además, es una idea que impregna el imaginario social predominante: basta invocar el crecimiento como objetivo para que éste se legitime por sí mismo. Raramente son cuestionados los efectos reales de la apuesta por el crecimiento económico y su viabilidad económica y social a medio plazo, al margen de notables postulados ecologistas que cuestionan su viabilidad ambiental (nos referimos los decrecentistas). Por suerte, en los últimos años han aparecido una serie de investigaciones que, en el periodo posterior al inicio de la crisis, han analizado y estudiado el efecto de la apuesta neoliberal por el crecimiento económico y su balance socioeconómico, lo que nos permitirá comprobar la validez empírica de estos planteamientos teóricos.

Por otra parte, la Curva de Laffer representa una teoría sobre las dinámicas fiscales mediante una curva en forma de campana lateral que relaciona las tasas de impuestos (sobre la renta, el patrimonio, etc.) con el ingreso que obtiene el Estado a través de ellos. Esta teoría parte de la noción general de que los ingresos obtenidos por las instituciones públicas aumentan conforme mayores son las tasas impositivas hasta que se alcanza un punto de inflexión (a nivel impositivo) a partir del cual los ingresos del Estado disminuyen. La teoría mantiene que, más allá de ese determinado punto, las tasas impositivas tienen un efecto desincentivador sobre los inversores y emprendedores, provocando un descenso de la actividad económica y, por consiguiente, de la recaudación fiscal. No por casualidad, desde que entró en escena esta ley el endeudamiento de los gobiernos que la han asumido ha ido en aumento, ya que los gobiernos tienen cada vez más dificultades para financiarse.

En definitiva, el sustento ideológico que albergan ambas leyes fundamentan la esencia de la Teoría del Efecto-Cascada (Trickle-down) según la cual si se asegura y facilita el enriquecimiento de los más ricos –considerados como creadores de riqueza, los mejor preparados y los más motivados– y no se grava su riqueza con muchos impuestos

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se logrará que la riqueza acaparada por éstos repercuta sobre el resto de la sociedad, generando el bienestar social del conjunto de la población.

FIGURA Nº6:LA CURVA DE LAFFER.

Se consolidó entonces la idea del crecimiento económico como medio capaz de resolver los importantes problemas económicos que habían resurgido en los 70 y a la vez se deslegitimaron los mecanismos y medidas que habían permitido en la etapa anterior que la riqueza generada fuese distribuida entre el conjunto de la población ya que, en teoría, obstaculizaban dicho crecimiento económico.

Los gobiernos, ante la creciente dificultad para financiarse debido al bloqueo de los mecanismos de financiación anteriores y los incrementos del gasto provocados por la crisis, se volvieron aún más dependientes del crecimiento económico y de los acreedores privados que financiaban la deuda estatal, a los que había que mantener tranquilos y convencidos de que recibirían el pago de la deuda. El incremento de la competencia internacional sirvió para que los gobiernos fueran persuadidos de aumentar la

competitividad de sus respectivas economías nacionales favoreciendo las oportunidades

y condiciones de inversión privada del capital. A partir de entonces se empezaron a eliminar las restricciones que limitaban el libre enriquecimiento de los más pudientes de la sociedad, las mismas restricciones que protegían a la población de los abusos producidos en el mercado21.

“La combinación de desregulación financiera, globalización y políticas neoliberales agrava la situación al constituir una amenaza a las políticas públicas en forma de evasión masiva de capitales en el caso de que se tomen medidas que afecten a intereses capitalistas básicos” (Recio, 2013: 86)

Toda una horda de medidas favorables a los poseedores de capital fueron adoptadas con la justificación de que iban encaminadas a lograr una mayor competitividad y por lo tanto un mayor crecimiento económico que, a posteriori, serviría para crear nuevos puestos de trabajo. De este modo, garantizar e incrementar la rentabilidad de las inversiones pasó a ser objetivo de los gobiernos que trataban de atraer las inversiones del entonces boyante

21 “La fuerte competencia internacional en una situación de lánguido crecimiento obligaba a todos los Estados a volverse «empresariales» y a preocuparse por mantener un clima favorable a los negocios, debía limitarse el poder de los trabajadores organizados y de otros movimientos sociales. (…) la austeridad, el recorte fiscal, la erosión del compromiso social entre las fuerzas de trabajo en su conjunto y el gobierno se convirtieron en el lema de todos los Estados del mundo capitalista avanzado” (Harvey, 1998: 192).

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sector financiero. Cualquier medida que limitara o atenuara la rentabilidad del capital era descrita como contraria a la competitividad y al crecimiento económico y por lo tanto, generadora de más desempleo y pobreza. La competitividad, que en el fondo no refleja más que los intereses de la clase capitalista, se convirtió en un sinónimo de bienestar general.

Con esta lógica, los postulados neoliberales podían alegar la defensa de los intereses de las/os trabajadoras/es para justificar y legitimar las mismas medidas que iban de forma directa en contra de sus derechos y sus intereses. Por ejemplo, se podía justificar que, eliminando el Salario Mínimo y otras regulaciones laborales que protegían a las/os trabajadoras/es de los desequilibrios del mercado, se estaba ayudando a los propios trabajadores ya que las nuevas inversiones crearían los puestos de trabajo suficientes. También, con los mismos argumentos, se produjeron históricas bajadas de impuestos a los patrimonios, a las rentas más altas y las diversas formas de capital, alegando que estas medidas que en primer orden sólo beneficiaban a una minoría de la población, acabarían por redundar en el bienestar del conjunto. De este modo se consolidó el «dogma

neoliberal».

Desde su paulatina implantación a partir de los 80, el «dogma neoliberal» se ha utilizado para legitimar medidas que en muchas ocasiones van en contra del bienestar de la mayoría de la población. El resultado es que “el Estado hoy está en una posición mucho

más problemática. Se apela a él para regular las actividades de las corporaciones en función del interés nacional, al mismo tiempo que se lo obliga, también en nombre del interés nacional, a crear un «clima acogedor para los negocios» a fin de atraer a los capitales transnacionales y financieros globales, y evitar la fuga de capitales hacia zonas más lucrativas” (Harvey, 1998: 195). En la práctica, con dicho dogma se logra hacer

socialmente legítimo el sacrificio de los principales factores que posibilitan el bienestar social a favor de los intereses de la pequeña minoría –a menudo extranjera- capitalista:

“consigue convertir su proyecto de clase en un proyecto que es percibido ya no como de clase, sino como el común de todas ellas y de ellas a la sociedad en general” (Domenech,

2014: 239).

Además, cuenta con la virtud de la retro-alimentación: cuanto más problemática es la situación económica de un país con mayor intensidad se logra legitimar la necesidad de las reformas neoliberales. De ahí que los periodos de crisis (económicas, sociales, ambientales) hayan sido momentos especialmente propicios para la transformación neoliberal del sistema socio-económico, proceso ampliamente documentado por Naomi Klein en La doctrina del Shock (2007).

La importancia de estas nuevas doctrinas neoliberales en la conformación del panorama político-económico de las últimas décadas ha sido esencial, sobre todo en relación a las tendencias que nos disponemos a estudiar. Estas décadas de transformación neoliberal han servido para eliminar aquellas restricciones al libre mercado que lograron limitar los desequilibrios de éste en la fase de laissez faire decimonónica y que desembocaron en la catastrófica primera mitad del S.XX. Nos encontramos ante el retorno del dogma del libre mercado (como dogma legitimador de ciertas políticas que poco tienen que ver con la liberación del mercado) que, tal y como expuso Polanyi, supuso desequilibrios tales que derribaron los principales pilares de las sociedades europeas del S.XIX y que amenazan en la actualidad el limitado bienestar generado después de la II Guerra Mundial.

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