4. La dimensión sociológica del modelo neoliberal
4.2 Fundamentos sociológicos e ideológicos
4.2.1 Gubernamentalidad neoliberal y la libertad del individuo
Nunca antes en la historia ninguna sociedad se había centrado tanto en la libertad como fundamento normativo de la organización social como en el caso de la sociedad posmoderna en su fase neoliberal y, sin embargo, al mismo tiempo, nunca antes en la historia ninguna sociedad había desarrollado y utilizado tantos conocimientos, técnicas, tecnologías y recursos para controlar, condicionar, adulterar y manipular el
33 Auto-poiesis: capacidad de un sistema para auto-reproducirse. Bajo esta capacidad podemos explicar, en
parte, las diversas etapas del capitalismo: del capitalismo clásico (el decimonónico) al social-demócrata para apaciguar a la entonces enaltecida clase trabajadora y evitar así la sublevación obrera inspirada por la URSS; del capitalismo social-demócrata al neoliberal para desarmar a la clase trabajadora tras su empoderamiento durante el anterior modelo y dar salida al proceso de hiper-acumulación de capital.
93
comportamiento de los individuos pertenecientes a la misma. Esta contradicción es lógica si consideramos que, tal y como establecía Simmel, cuanto más liberada se encuentra una sociedad, en la que los sujetos están cada vez menos condicionados por instituciones y normas sociales y tradicionales, más se necesitan nuevos mecanismos de control para mantener el orden social y organizar el funcionamiento económico.
La implantación de la gubernamentalidad neoliberal se ha realizado sobre una transformación de los valores sociales sin parangón hacia lo que representa el núcleo ontológico del liberalismo: el individualismo atomizado. En la actualidad el pensamiento hegemónico, el main stream, la racionalidad dominante y generalizada, es precisamente la desvinculación individual del conjunto social, el desapego y rechazo que el individuo siente por la masa social. Así se logra que el propio individuo incida en los fenómenos que incrementan su exposición a la explotación y queda aislado de relaciones e identidades de origen ontológico común, concepción que desafía los fundamentos individualistas de la gubernamentalidad neoliberal. En la sociedad posmoderna el comportamiento dominante –en estrecha relación con la ideología neoliberal– es el movimiento excéntrico, esto es, definir y expresar la personalidad individual tratando de diferenciarse y distinguirse de los demás, de la masa. Y es precisamente ese «sentirse
especial, diferente, individual y particular» lo que define la esencia misma de la masa social de la posmoderna sociedad neoliberal.
La libertad sufre una importante distorsión en su versión neoliberal34. Éstos reducen
la libertad a su aspecto político, ideal, reivindicando que las decisiones políticas no deben limitar la autonomía y la capacidad individual. La dimensión omitida por éstos es precisamente la económica, la libertad sujeta a las relaciones, capacidades y condiciones materiales que la hacen posible35. Dicha omisión es interesada ya que permite a quienes
no sufren limitaciones de recursos reivindicar la libertad política como forma absoluta de libertad cuando en realidad para la mayoría de la población la falta de libertad se debe más a factores económicos que políticos (la incapacidad para acceder a los recursos necesarios para ejercer la libertad). De este modo, la libertad reivindicada por el orden liberal es una libertad falseada, ya que oculta intensas desigualdades que en las relaciones laborales y económicas constituyen verdaderas relaciones de poder verticales:
“Es una libertad que, al dejar hacer al individuo retirándole los apoyos y lazos sociales y no proveerle de otra propiedad que no sea su capacidad de trabajo, le obliga a ceder su voluntad para subsistir, toda vez que la capacidad de trabajo no es una propiedad -no puede realizarse como trabajo sin disponer de los medios de producción” (Briales y López, 2015: 90).
La competencia en combinación con la libertad política y la omisión de las condiciones económicas permiten a los sujetos económicamente mejor posicionados imponerse –de forma legal y civilizada– en el libre mercado sobre los peor posicionados:
“La ideología de la competencia es muy adecuada para justificar una oposición que se parece un poco a la de los amos y los esclavos: por un lado unos ciudadanos al ciento por ciento que tienen capacidades y actividades muy poco comunes y extraordinariamente
34 “En efecto, al utilizar como modelo implícito de referencia normativa <la libertad de elegir>
neoliberal, y el apoyo a modelos de carácter absolutamente individualizados de decisión, bajo el pretexto de promover instituciones más creativas y flexibles, el modelo de empleo actual ha generado un marco normativo absolutamente desmesurado y no gestionable, sin centro, esquema o razón y por ello más beneficioso para los que más poder directo tienen en la contractualización” (Alonso, 2000: 103)
35 Esta omisión ha llevado a debates sobre la libertad que acaban en planteamientos que permitían a
sociólogos como Simmel argumentar que siempre se es libre, incluso en el caso de un preso que estuviese encerrado entre cuatro paredes de por vida.
94
bien pagadas, que pueden elegir patrono, que pueden conseguir cotizaciones muy elevadas en el mercado laboral internacional, que están sobrecargados de trabajo, hombres y mujeres, y, por otro lado, una masa de personas condenadas a los empleos precarios o al paro” (Bourdieu, 1999: 61).
De esta manera se reproducen y amplían las diferencias entre exitosos y perdedores, entre vencedores y vencidos, en definitiva, entre una élite de poseedores de recursos que se beneficia del sistema económico y una gran mayoría de pobres y empobrecidos contra los que el sistema juega en contra:
“La competitividad representa precisamente la extensión de la norma neoliberal a todos los países, a todos los sectores de la acción pública, a todos los dominios de la vida social, y la puesta en marcha de esta norma es lo que conduce a disminuir en todas partes la demanda, a introducir la competencia entre los asalariados de los países europeos y de los otros países del mundo, con la consecuencia de una deflación salarial y desigualdades crecientes” (Laval y Dardot, 2012: 19).
De este modo, la defensa de la libertad política –la que permite a los mejor posicionados competir libremente contra los débiles– ha sido un factor central en la implantación de la gubernamentalidad neoliberal:
“la principal amenaza contra la libertad es el poder de usar la fuerza, ya sea por parte de un monarca, un dictador, una oligarquía o una mayoría momentánea. La defensa de la libertad requiere la eliminación, en la medida de lo posible, de esas concentraciones de poder, y de la dispersión y distribución del poder que sea imposible eliminar (un sistema de contención y equilibrio). Al hacer que la autoridad política pierda el control de la actividad económica, el mercado elimina esta fuente de poder coercitivo. Hace que la fuerza económica actúe de contención del poder político” (Friedman 1966: 33).
Aquí Milton Friedman evidencia lo que ya quedó claro en Chile: el neoliberalismo no tiene –a diferencia del liberalismo clásico– ninguna preferencia por la democracia (una
mayoría momentánea) ya que la perciben como una amenaza más para los irrenunciables
derechos individuales. La democracia es equiparada con dictaduras, monarquías, oligarquías y similares sistemas de organización política. Se vislumbra en este posicionamiento una contradicción que se intensifica con el desarrollo del modelo neoliberal: la incompatibilidad entre el sistema democrático y las tendencias inherentes del sistema capitalista.
Recordemos que el elemento central de la crítica artística era la oposición a toda forma de autoritarismo, crítica aplicada sobre todo al Estado: su burocracia ahoga la libertad individual. Pero el Estado, a partir del desarrollo del modelo social, es también el Leviathan que limita los desequilibrios del libre mercado y permite cierta redistribución de la riqueza. Aquí destaca el carácter ambivalente del Estado: por un lado posibilita el sistema de mercado y la libertad política articulada sobre la propiedad privada (garantiza el derecho de poseer de forma particular); por otro lado, limita los excesos individuales de libertad política y permite cierta libertad económica para el conjunto de la población, lo cual es contrario a los intereses de la clase poseedora. Por lo tanto, había elementos comunes entre la crítica artística y los fundamentos neoliberales, elementos que éstos supieron aprovechar para impulsar el modelo neoliberal y la gubernamentalidad asociada a éste.
Precisamente la relación y la afinidad de los intereses de la clase capitalista con el fundamento contra-autoritario de la crítica artística suponían que los mecanismos disciplinarios de la sociedad moderna (los basados en el panóptico de Bentham, descritos por Foucault y expuestos en la ficción 1984 de George Orwell) no sirviesen para establecer los fundamentos de la gubernamentalidad neoliberal. Fue apelando
95
precisamente a los valores postmateriales de la libertad y la autonomía de los individuos como se lograron consolidar los fundamentos neoliberales:
“El amaestramiento social ya no se realiza por imposición disciplinaria ni tan sólo por sublimación, se efectúa por auto-seducción. El narcisismo, nueva tecnología de control flexible y auto-gestionado, socializa desocializando, pone a los individuos de acuerdo con un sistema social pulverizado, mientras glorifica el reino de la expansión del Ego puro” (Lipovetsky, 1998: 50).
La libertad del individuo y su capacidad de elección pasan a ser elementos sustanciales de la gubernamentalidad neoliberal y de su control social. La disciplina ya no se basará en el sometimiento del cuerpo del individuo, sino en dejarle libre en un entorno controlado que condicione todo su comportamiento, de ahí el concepto gubernamentalidad como
“conjunto de técnicas de estructuración del campo de acción, distintas según la situación en la que se encuentre el individuo” (Laval y Dardot, 2012: 218).
La gubernamentalidad neoliberal no implica una coacción directa y disciplinaria sobre los individuos o sus cuerpos, sino una forma de coerción más sutil y envolvente que se enfoca en el comportamiento, en su conducta y en sus decisiones: no se trata ya de forzar directamente a los individuos a hacer algo, sino de controlar y utilizar elementos, medios y recursos que pueden adulterar el comportamiento de los sujetos hacia los preceptos deseados: “La libertad y la autonomía del individuo devienen condiciones maestras de los dispositivos de gobierno” (Bazzicalupo: 2010: 92).
Es la forma más compleja y sofisticada de dominación que conocemos porque precisamente se basa en la libertad y en la autonomía del individuo, quien una vez liberado, esto es, despojado de los sistemas de protección anteriores (tal y como ocurrió con las/os trabajadoras/es proletarizados/as durante el S.XIX por el desmantelamiento del sistema gremial), se ve sometido al riesgo que supone la libertad, siendo responsable de su propia suerte pero sin más recursos que su fuerza de trabajo, la cual deberá vender a los poseedores de los recursos productivos. De este modo, la coacción no se ejerce directamente sobre el individuo, sino a través de las condiciones de un entorno que le obligan a aceptar voluntariamente las imposiciones del mercado laboral.
La transformación experimentada en el ámbito laboral está directamente imbuida por el proyecto parcialmente exitoso de establecer una nueva gubernamentalidad acorde con los fundamentos neoliberales. De lo que se trata es de llevar a la práctica la proyección ideal del liberalismo, el homo economicus, redefinido bajo los fundamentos del neoliberalismo: “lo que se organiza en el nuevo dispositivo de trabajo es la entera subjetividad humana, física y psicológica, cultural y relacional, de cada individuo, que pone en juego la vida entrando con el propio «capital humano» en el combate estratégico del mercado” (Bazzicalupo: 2010: 10). Con este fin nacería en la segunda mitad de siglo toda una disciplina de la mano de autores como Von Mises, la praxeología, como disciplina de economía política que serviría para tratar de conocer y controlar los procesos de decisión y acción de los individuos.
La gubernamentalidad neoliberal ha instalado la concepción de que el/la trabajador/a es un/a empresario/a de sí mismo/a que debe competir con otros empresarios/as para revalorizar y rentabilizar el único capital que posee, su propia fuerza de trabajo: “la idea de capital humano, que permite interpretar en términos económicos lo no-económico, esto es, extender el dispositivo de mercado de todas las relaciones sociales” (Bazzicalupo: 2010: 99). Se trata de hacer que las/os trabajadoras/es tengan el mismo comportamiento que tienen los empresarios en el campo de disputa que es el mercado, compitiendo por su mera supervivencia para evitar el riesgo de la quiebra. En
96
el caso del/la trabajador/a la derrota en esta pugna no se paga con la quiebra, sino con la materialización de las amenazas potenciales que supone la vulnerabilidad: el desempleo, la pobreza, la desafiliación, la degradación social, etcétera.
Como contraparte de los ideales libertarios del neoliberalismo durante dicha etapa se ha consolidado un segundo proceso de carácter perverso que redefiniría una segunda función del Estado. Si la primera se basaba en facilitar y posibilitar los rendimientos del capital, la segunda se encargaría de disciplinar a la clase trabajadora peor situada por la vía de los medios tradicionales del Estado: el monopolio legítimo de la violencia y la prisión como mecanismo de control y coacción.
Al igual que los países se sumaron al Consenso de Washington asumiendo el ideario socio-económico neoliberal, también imitaron la función punitiva del Estado, implantando lo que Wacquant llama penalidad proactiva. En todos estos países
“la tendencia dominante es similar: una reforma punitiva de las políticas públicas que enlaza la «mano invisible» del mercado al «puño de hierro» del Estado penal. Como resultado de ello, la prisión resurgente ha llegado a cumplir tres misiones que poco tienen que ver con la lucha contra el crimen: torcer las fracciones de la clase trabajadora postindustrial a un trabajo asalariado precario, almacenar sus elementos más disruptivos o superfluos, y patrullar las fronteras de la ciudadanía meritoria mientras se reafirma la autoridad del Estado en el dominio restringido que ahora se asigna a sí mismo” (Wacquant, 2012: 190).
Una vez más es sorprendente cómo las sociedades que más reivindican la libertad como valor normativo central suelen requerir de los más potentes mecanismos de punción, control y coacción social. Es el caso de EE.UU. el Estado con mayor número de población en prisión del mundo, tanto en términos absolutos como relativos a su población. Pero esto no ha sido siempre así: en 1975 en EE.UU. había 21 presos por cada 10.000 crímenes
indizados; 30 años después, eran 125 los presos para el mismo número de crímenes, 6
veces más (Wacquant, 2012). En Europa la evolución ha sido similar pero no tan intensa, desde los 80 hasta los 90 el encarcelamiento se incrementó en más del 50% en Francia, Italia, y Bélgica; se duplicó en Inglaterra, Gales, Suecia, Portugal, y Grecia; en el Estado español se ha cuadruplicado (Downes, 1993).
Para Wacquant el ascenso del Estado punitivo se corresponde con los cambios en la política social en la que la retirada del Estado de Bienestar es acompañada por la vuelta de la obligación de trabajar para recibir la protección del Estado:
“El mallado del «workfare» y el «prisonfare» participan de la construcción del estado neoliberal. (…) construcción de un Estado centauro, liberal en la cima y paternalista en la base. El Leviatán neoliberal practica «laissez faire et laissez passer» hacia las corporaciones y la clase alta, en el nivel de las causas de la desigualdad. Pero es ferozmente intervencionista y autoritario cuando se trata de lidiar con las consecuencias destructivas de la desregulación económica para los que están en el extremo inferior del espectro de clase y estatus. Esto es porque la imposición de la disciplina del mercado no es un proceso fluido y de autopropulsión: se encuentra con la renuencia y dispara la resistencia; se traduce en la difusión de la inestabilidad social y la turbulencia entre las clases bajas; y prácticamente socava la autoridad del Estado. Por lo tanto requiere de artilugios institucionales que la anclen y la sostengan, tales como instituciones penales ampliadas y enérgicas” (Wacquant, 2012: 196).
En definitiva, el Estado adquiere en la etapa neoliberal nuevas funciones que intensifican el control sobre la población y la coacción necesaria para que siga vigente la viabilidad del capitalismo. Éste, ya no se presenta simplemente como un sistema de explotación, durante la etapa neoliberal adquiere un aspecto que desvela con mayor evidencia el
97
carácter dominante del mismo. Es por ello que hay que prestar especial atención a las transformaciones sufridas por el estado en la Etapa neoliberal.
Como veremos, en el ámbito laboral el neoliberalismo ha implantado técnicas de disciplinamiento que están directamente relacionadas con las tendencias estudiadas en esta tesis: el desempleo, los bajos salarios y la precariedad laboral son elementos del entorno económico del/la trabajador/a que le empujan a comportarse tal y como prescribe la gubernamentalidad neoliberal, por un lado, y a aceptar las condiciones ofrecidas por el empresariado, por otro. De este modo, las condiciones de bajos sueldos y condiciones precarias aparecen como el resultado de una voluntariedad del propio trabajador que las acepta:
“El resorte del paro y de la precariedad ha sido, indudablemente, un medio poderoso de disciplina, en particular en cuanto a la tasa de sindicación y las reivindicaciones salariales (…) en vez de obedecer procedimientos formales y órdenes jerárquicas que vienen de arriba, los asalariados se han visto llevados a plegarse a las exigencias de calidad de plazos impuestos por el «cliente», erigido en fuente exclusiva de exigencias ineludibles. En todos los casos, la individualización de los rendimientos y de las gratificaciones ha llevado a los asalariados a competir entre ellos como tipo normal de relación dentro de la empresa” (Laval y Dardot, 2012: 228)
Si consideramos los recursos destinados a adulterar, controlar o modificar el comportamiento social, además del carácter disciplinario de la presión económica en forma de amenaza de exclusión social, el mercado laboral como mecanismo de explotación y el Estado punitivo que garantiza la propiedad privada mientras encarcela a los miembros de la clase trabajadora que la amenazan, podemos concebir de forma evidente al capitalismo neoliberal como un sistema de dominación mediante la libertad:
”Se ha instituido un régimen económico que es inseparable del régimen político, un modo de producción que implica un modo de dominación basado en la «institución de la inseguridad», la dominación por la precariedad: un mercado financiero desregulado favorece un mercado de trabajo desregulado, por tanto un trabajo que impone a los trabajadores la sumisión. Las empresas están gestionadas por una dirección racional que utiliza el arma de la inseguridad (entre otros instrumentos) para situar a los trabajadores en situación de riesgo, de estrés, de tensión. (…) la «precariedad institucionalizada» de las empresas del futuro se convierte en principio de la organización del trabajo y en estilo de vida” (Bourdieu, 2006: 51).