2. Antecedentes: El trabajo en el modelo social
2.4 Crisis del modelo social
2.4.2 La crisis social del modelo social
Cuando la economía del modelo social comenzó a dar los primeros síntomas de agotamiento a finales de los 60, las tensiones sociales ya estaban en aumento. Mayo del
68 sería la fecha clave en la transformación social que supuso el paso de la etapa llamada treinta gloriosos a la etapa neoliberal o posmoderna, la cual se ha extendido desde el
último cuarto del S.XX hasta nuestros días. Tal y como exponen Luc Boltanski y Ève Chiapello en El nuevo espíritu del capitalismo (2002), durante las protestas de Mayo del
68 se combinaron las reivindicaciones de las/os trabajadoras/es con las reivindicaciones
de las/os estudiantes. Boltanski y Chiapello categorizan las numerosas reivindicaciones en dos tipos de críticas: la crítica social y la crítica artística.
económica (cómo pasó años después). Además, EE.UU. financió su deuda imprimiendo más dólares que, al no estar respaldada por la convertibilidad en oro, no tenía límites. La llegada de una ingente cantidad de dinero fiduciario al sistema económico impulsó el auge de las finanzas. El aumento del crédito fue exponencial y con éste el de la deuda. Con el aumento del dinero ficticio se mejoraron las condiciones para que las empresas invirtieran en países del Tercer Mundo cuya mano de obra era mucho más barata que la de los países del Primer Mundo. Fue el primer paso de uno de los procesos que más intensidad han tenido como factor causal en la degradación de las condiciones laborales en países del Primer Mundo: la deslocalización industrial.
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El primer tipo de crítica, la social, está relacionada directamente con las trabajadoras, sus condiciones económicas y su relación conflictiva con el empresariado, denunciando “el capitalismo como fuente de miseria de los trabajadores y de
desigualdades de alcance desconocido en el pasado (…) y como fuente de oportunismo y egoísmo que, favoreciendo solamente los intereses particulares, actúa como destructor de los lazos sociales y de las solidaridades comunitarias” (Ibíd.: 84). Este tipo de crítica
es la ampliamente desarrollada por el marxismo y su fuerza se correspondía en gran medida con las condiciones resultantes del pleno empleo, tal y como había previsto Kalecki (véase infra: 4.1.1)
Es la segunda crítica, la artística, la que tuvo una importancia fundamental en el establecimiento del posmodernismo y, por ende, del neoliberalismo. Esta crítica rechazaba el carácter alienante (también desarrollado por Marx) del sistema capitalista, la inautenticidad de la sociedad burguesa mientras denunciaba el ahogo de la creatividad y de la autonomía individual que dicho sistema suponía. Recordemos que con el modelo social la clase trabajadora había accedido a una mejora sustancial de sus condiciones, pero habiendo renunciado a una emancipación real de la subordinación que le exigía el Capital, esto es, aceptando la alienación que dicho sistema conlleva para las trabajadoras, de modo que imperaba un ansia de liberación de las estructuras alienantes. Esto propició el auge del estilo de vida bohemio, que ya en el S.XIX se oponía a las formas sociales burguesas, el cual fue retomado y reinterpretado por la generación de jóvenes que habían nacido después de la II Guerra Mundial y que, sólo habiendo conocido el auge de la prosperidad del modelo social, desarrollaron valores postmateriales. Fue en esta época cuando hicieron aparición diversos movimientos de contra-cultura que transformarían las fuerzas sociales, hasta entonces monopolizadas por el movimiento obrero.
Ambas críticas tuvieron un efecto diferente en la crisis del modelo social y en la conformación e implantación del modelo neoliberal. La crítica social, la que representaba la conflictividad económica entre la clase capitalista y la clase trabajadora, constituía el elemento a combatir ya que era la que amenazaba los fundamentos económicos del sistema capitalista: suponía una vuelta a la conflictividad anterior a los treinta gloriosos e implicaba un riesgo revolucionario: “el nuevo consenso [en referencia al que dio lugar
al modelo social] se deshizo en los años 70 mientras los beneficios de las empresas empezaban a caer en picado y los sindicatos mostraban su poderío una vez más. De repente pareció que había vuelto la lucha de clases” (Owen Jones, 2012: 62).
Pero la crítica artística, en cambio, supuso una oportunidad para que los planteamientos neoliberales derribasen el consenso que dio lugar al modelo social a favor de un nuevo liberalismo económico. En efecto, crítica artística y neoliberalismo compartían los mismos fundamentos normativos (una particular concepción de la libertad del individuo): “para que el desierto social resulte viable, el Yo debe convertirse en la
preocupación central: se destruye la relación, qué más da, si el individuo está en condiciones de absorberse a sí mismo” (Lipovetsky, 1998: 55). A partir de los años 70,
a la vez que la economía keynesiana se estancaba, se intensificaban las transformaciones sociales que dejaban obsoletas las legitimaciones clásicas del modelo social. La clase trabajadora, a través de importantes protestas de tipo crítica social, logró en aquella década retener e incluso aumentar sus salarios pese al estancamiento económico (Boltanski y Chiapello, 2003) (Harvey, 1998), pero las condiciones estructurales y
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psicológicas estaban cambiando a lo largo de la década. Por un lado, se diluía la
conciencia de clase conforme generaciones nacidas en el modelo social abandonaban las
reivindicaciones económicas (las relacionadas con la crítica social) (Judt, 2011), y pasaban a asumir valores “postmateriales” relacionados directamente con la libertad individual, el rechazo al autoritarismo y a la burocracia. La noción de clase media desvirtuaba el conflicto inherente a la cuestión social. A partir de entonces la clase trabajadora perdió su hegemonía como principal movimiento social, lo que a la larga se ha traducido en una pérdida de derechos y condiciones sin parangón.
A finales de los 70 y principios de los 80, Margaret Thatcher y Ronald Reagan accedieron al poder en las principales potencias occidentales (Gran Bretaña y EEUU) aupados por una situación de crisis económica y de crisis de las instituciones sociales clásicas. Se produjo una revolución conservadora en la cual liberales y neoconservadores lograron conservar la estructura socio-económica y las relaciones capitalistas en medio de una importante agitación social que amenazaban los principales postulados burgueses. A partir de entonces el modelo neoliberal empezó a implantarse en las dos principales potencias capitalistas, alcanzando una gran legitimidad social gracias a que esgrimían la libertad de los individuos como valor central del nuevo modelo económico, lo que entroncaba con parte de las reivindicaciones -las relacionadas con la crítica artística- que desde Mayo del 68 se venían esgrimiendo contra el modelo social. Desde entonces, la
crítica artística ha servido de ariete contra la burocracia, la financiación pública, la
autoridad y contra muchas de las instituciones y fundamentos del modelo social que servían para regular la economía, a la vez que ha permitido implantar concepciones, valores e ideales directamente afines al modelo neoliberal.
A partir de los 80 los partidos social-demócratas europeos pasaron a adoptar el ideario neoliberal conscientes de la imposibilidad de la vuelta a postulados propios del modelo social. Tal y como Harvey expone:
“Difícilmente podemos atribuir el éxito del neo-conservadurismo a sus logros económicos (sus cifras negativas en cuanto al empleo, el escaso crecimiento, la rápida dislocación y la deuda creciente sólo se ven compensadas por el control de la inflación), varios comentaristas han atribuido su auge a un desplazamiento general de las normas y valores colectivos –que eran hegemónicos en las organizaciones obreras y en los movimientos sociales de las décadas de 1950 y 1960- hacia un individualismo mucho más competitivo entendido como valor central de la cultura empresarial que ha penetrado en muchos aspectos de la vida” (Harvey, 1998: 195).
Estas transformaciones que se produjeron en los 70 y 80 no se limitaban al ámbito económico y social, iban a tener un impacto directo en el ámbito jurídico, en la cuestión
social y en el surgimiento de lo que iba a ser una nueva forma de organizar la División
Social del Trabajo.