Para ser sincero, personalmente no sé cómo se puede vivir esa paradoja de cualidades: modesto y testarudo, humilde y audaz. Tampoco comprendo cómo se produce la conversión, ese giro profundo y vigorizador de algo que es autodestructivo a algo que se presenta como dador de vida. Algunos, como Ignacio de Loyola, parecen pasar por encima de ellos mismos y recuperar una vida nueva después de verse personalmente hechos trizas. Otros parecen alcanzar ese nuevo estado en momentos absolutamente especiales de gracia: ante la muerte de una persona amada, al presenciar el nacimiento de un hijo, con ocasión de experimentar la belleza natural de una forma muy intensa o al experimentar con esa misma intensidad la repugnancia que le produce el hecho de ver el mundo natural destruido y los seres humanos reducidos a la miseria.
Una persona a la que yo apenas conocía me explicó en cierta ocasión cómo se había producido este giro radical en su propia vida. De edad ya adulta, una tarde asistió a un servicio religioso de curación en el que una comunidad oraba por sus miembros enfermos y ancianos, entre los que se encontraban sus progenitores. De forma completamente inesperada, se encontró con que su atención oscilaba, saltando como una pelota de ping- pong de los numerosos ancianos débiles a sus graves preocupaciones personales como padre, sostén de su familia y, aparentemente, persona con fama de camorrista.
Aquella noche se arrodilló al lado de su cama y oró. Me dijo: «No había realizado ese gesto durante años. Para mí, orar al acostarme era algo que hacías cuando eras niño pequeño. No sé por qué lo hice. El servicio de curación de alguna manera había dado al traste con mi equilibrio».Toda su oración había consistido en estas palabras: «Dios, no sé. Hago cantidad de cosas malas, y no creo que pueda dejar de hacerlas». No especificó cuáles eran esas cosas malas, pero su nariz daba la impresión de haber sido maltratada en una o dos ocasiones, y sus fuertes antebrazos y manos me convencieron de que probablemente era lo mejor que había podido recibir de los numerosos altercados de borracho que él mismo había provocado durante años. Me dijo que, desde la mañana siguiente al día en que había rezado al acostarse, «su deseo de hacer esas cosas malas había empezado a desaparecer poco a poco». No pudo explicarme exactamente ni qué ni cómo había sucedido todo. Tampoco yo pude explicárselo a él, ni referirme a su
experiencia. Yo –y, sospecho, muchos lectores– jamás he experimentado un momento tan inequívocamente transformador.
En cualquier caso, seguimos avanzando. Recuerdo un momento vivido durante una peregrinación a pie de varias semanas de duración por España. Al final de un largo día de camino, unos veinticuatro miembros del grupo de peregrinos nos reunimos en una perdida iglesia rural. Estábamos sudorosos, sucios y desaliñados. Algunos de los excursionistas eran cristianos devotos, otros buscaban un sentido espiritual para su vida, y finalmente había algunos que en realidad no sabían qué buscaban en aquella gira o incluso en sus vidas. El sacerdote leyó una oración al uso por la seguridad de los peregrinos, luego cerró su libro de oraciones e improvisó: «Sé que habéis sufrido el calor del día y que estáis cansados. Pero continuad adelante. Si buscáis paz, encontraréis paz. Si buscáis a Dios, Dios os encontrará a vosotros».
Los presentes valoramos la esperanzadora promesa del sacerdote, porque, francamente, la mayor parte de nosotros no nos sentíamos mejor, ni mucho menos transformados, por haber caminado un día tras otro durante el implacable verano de España. La mayoría nos sentíamos sofocados de calor y cansados. Sin embargo, seguimos caminando hacia nuestro objetivo, de manera parecida a como otros muchos perseveran noblemente a pesar del escaso apoyo que reciben y de las difíciles circunstancias que tienen que afrontar. Sus vidas no han sido transformadas dramáticamente por la furia de una crisis, ni por la bendición de una gran alegría experimentada por sorpresa, ni por el duro fardo de una pena imprevista. Sin embargo, yo veo pruebas evidentes de corazones renovados en la vida de muchas personas que tal vez no se sientan completamente transformadas mientras forcejean por seguir adelante. Estoy pensando, por ejemplo, en la madre soltera que durante el día se agota limpiando habitaciones de hoteles por un pobre salario y que luego vuelve a casa y de alguna manera encuentra la energía necesaria para tratar paciente y cariñosamente a sus hijos. Conozco a un profesor –por cierto, muy mal pagado– que a menudo y generosamente escarba en sus bolsillos para comprar provisiones que su escuela no puede ofrecer. He sido testigo de cómo en muchas ocasiones los dependientes de las tiendas tratan con verdadero respeto a clientes altaneros que se dirigen a ellos con una voz más áspera que la que suelen emplear para hablar a sus mascotas. Me he encontrado con mujeres cuyas familias viven con menos de dos dólares al día, en suburbios donde las drogas, la falta de higiene y la violencia son el pan nuestro de cada día, a pesar de lo cual ellas se preocupan de la educación de sus hijos con la misma perseverancia y orgullo que las madres de los distritos escolares más ricos de América.
Pienso en tantas personas que perseveran en su generosa dedicación a empleos, causas, familias y amigos, aunque no siempre se vean justamente recompensadas, ni puedan ver claramente los resultados, o sean pasadas por alto, u otros se aprovechen de ellas, o nadie las estimule. Pienso, por ejemplo, en la Madre Teresa de Calcuta, que
perseveró en su entrega, aunque durante muchos meses sintió como si «dentro de mí reinara una terrible oscuridad, como si todo estuviese muerto. Esto fue así más o menos desde cuando empecé “la obra”» de cuidar a los indigentes y moribundos de Calcuta17. Las personas más valientes de todas tal vez sean aquellas que simplemente se las arreglan para seguir adelante, a pesar de que ellas mismas no se sienten muy fuertes ni, desde luego, transformadas.
¿Cómo encuentran la fuerza necesaria para comportarse de esta manera? «Sé audaz, y poderosas fuerzas acudirán en tu ayuda», aconsejaba un pastor del siglo XIX. Y seguramente se ha de ser una persona audaz para seguir intentando alcanzar la santidad cuando uno se encuentra solo, tentado y disperso, o para mostrarse reverente hacia otros aunque estos te traten con desprecio, o para creer que el mundo puede ser mejor para tus hijos aunque estos estén siendo educados en un infierno, o para seguir comprometido con la excelencia en el trabajo cuando nadie te lo reconoce. Por mi parte, creo que, de alguna manera, cuando estos héroes de cada día forcejean en medio de difíciles y a menudo injustas circunstancias, vienen en su ayuda poderosas fuerzas, incluso cuando nosotros, sus hermanos y hermanas, no les echamos una mano.
¿Cuáles son esas poderosas fuerzas? Todos nosotros profesamos diferentes creencias acerca de la naturaleza de este universo, de la fuente del sentido último y de la posibilidad de comunicarnos con Dios, con un poder excelso o como prefieran llamarlo cada una de las grandes tradiciones religiosas de la humanidad. Casualmente, también yo creo, como el sacerdote de la iglesia perdida antes citado, que «si buscáis a Dios, Dios os encontrará a vosotros». Ignacio de Loyola o la Madre Teresa habrían creído igualmente que, incluso cuando buscamos, o, más aún, cuando mayoritariamente nos sentimos perdidos, Dios de alguna manera sale a nuestro encuentro, lo sintamos o no cerca de nosotros. Ignacio creía (como yo mismo) que, cuando nos proponemos alcanzar un objetivo encomiable que trasciende nuestras escasas fuerzas, accedemos a una fuente de sentido, fortaleza, paz y valentía que nos supera. Terminamos comprendiendo, en un momento de gracia, que estamos llamados a algo grande, a algo que no solo no podemos hacer por nuestras propias fuerzas, sino que no hemos de hacer por nuestras solas fuerzas. De ahí que en los Ejercicios Espirituales Ignacio invite repetidamente a los ejercitantes a dirigirse a Jesús «como un amigo habla a otro o un siervo a su señor: cuándo pidiendo alguna gracia, cuándo culpándose por algún mal hecho, cuándo comunicando sus cosas y queriendo consejo en ellas» (EE, n. 54).
Soy consciente de que hablar de conversión y transformación puede parecer fuera de lugar en una estrategia diseñada para hacer frente al asunto mundano de gestionar nuestras vidas y carreras. Pero también sé que ninguna estrategia, tanto personal como corporativa, que sea realmente ambiciosa tendrá éxito sin valentía y fuerza de voluntad. Y quienes piensen que la valentía y la fuerza de voluntad surgirán como fruto de una lista
de control, de un manual o de un seminario, o se engañan a sí mismos o pretenden vendernos una solución mágica a los demás.
En nuestras salas de juntas o parlamentos, a menudo excesivamente asépticos, nos negamos a reconocer que los grandes propósitos y los valores profundos son realidades fundamentalmente espirituales, tanto si hablamos del mundo de los negocios como de la iglesia, del hogar o de la política. No puedo enumerar el valor de la reverencia como enumero mis propiedades; ni puedo demostrar la convicción de que todos somos iguales como puedo demostrar una fórmula matemática; ni puedo palpar la integridad como puedo palpar un coche recién comprado; ni, al final de la vida, quiero medir mi contribución a crear una civilización del amor como puedo medir el incremento de mis cuentas bancarias. Una gran visión, un gran propósito y grandes valores son realidades trascendentes, intangibles y espirituales. Y, en definitiva, la valentía y la fuerza de voluntad para perseguir de verdad esos fines espirituales solo las encontraremos cuando también nosotros seamos espirituales; es decir, cuando nos sintamos conectados con los demás y con nuestro mundo de una manera real y no simplemente teórica, cuando creamos que el ser humano es algo más de lo que ven nuestros ojos, cuando nosotros mismos nos sintamos llamados a alcanzar un objetivo más elevado, cuando a nosotros mismos nos experimentemos en comunión con un poder más grande que nosotros mismos, y cuando nos convenzamos de que realmente este mundo tiene un sentido más alto e importante, del que nosotros mismos formamos parte.
La senda que conduce al coraje, al corazón de toda gran estrategia, finaliza con una conclusión de la que yo dudo, aunque no pueda probarla: si careces de espiritualidad, nunca encontrarás los medios interiores para permanecer comprometido hasta la médula con un propósito trascendente.
Ser santo, o mejorar el mundo, o construir una civilización del amor, son otras tantas frases que pueden formar parte de una página, incluso frases hechas, sin asomo de originalidad, para algunas personas. Para otras personas, son una razón para vivir y para luchar, una senda conducente a la paz y al sentido. ¿Qué es lo que hace que meras palabras se conviertan en un gran propósito? Tómalo como algo personal. Supérate a ti mismo. Dirígete a tu Dios. Dirígete al Dios de tu vida y pregúntale «como un amigo habla a otro... cuándo comunicando sus cosas y queriendo consejo en ellas» (EE, n. 54).
Sé que estás acalorado y cansado, pero sigue adelante. Si buscas a Dios, Dios te encontrará.
¿Cómo y dónde encuentras la fuerza para perseverar en circunstancias difíciles o frente a objetivos ambiciosos?
«Sé audaz, y poderosas fuerzas acudirán en tu ayuda»: ¿Cómo reaccionas a este enunciado y cómo lo interpretas?
1. John P. Kotter, «Leading Change: Why Transformation Efforts Fail»: Harvard Business Review 73/2 (marzo- abril1995), 59-67.
2. Cf. Kathleen K. Reardon, «Courage as a Skill»: Harvard Business Review 85/1 (enero de 2007), 58-64; Bill George, Peter Sims, Andrew N. McLean y Diana Mayer, «Discovering Your Authentic Leadership»: Harvard BusinessReview 85/2 (febrero de 2007), 129-138.
3. Senge, The Fifth Discipline, 202. (Trad. esp.: La quinta disciplina, Granica, 1994).
4. David Kuo, citado en Peter Steinfels, «The Disillusionment of a Young White House Evangelical»: New York Times, 26 de octubre de 2006.
5. Bill Clinton, comentarios con ocasión del funeral de Coretta Scott King, el 7 de febrero de 2006. Vídeo con las observaciones del presidente Clinton en: http://www.youtube .com/watch?v=XNc9Iu K0hNc.
6. El Peregrino. Autobiografía de San Ignacio de Loyola, Introducción, notas y comentario por Josep M.ª Rambla Blanch, sj, Mensajero-Sal Terrae, Bilbao-Santander 20116, n. 11.
7. Ibid., n. 30.
8. Ibid., n. 50.
9. Chris Argyris, Warren Bennis y Robert Thomas, «Crucibles of Leadership»: Harvard Business Review on Developing Leaders, Harvard Business School Press, Boston 2004, 151-152.
10. Collins, Good to Great, 36. (Trad. esp.: Empresas que sobresalen, Ediciones Gestión, 2006).
11. Abraham Zaleznik, The Managerial Mystique: Restoring Leadership in Business, Harper & Row, New York 1989, 5.
12. Bob Dole, One Soldier’s Story: A Memoir, HarperCollins, New York 2005, 175.
13. Ibid., 264.
14. Walter J. Burghardt, sj, «Nourishing Head and Heart»: America, 20 de marzo de 2006, 14.
15. Rick Warren, The Purpose-Driven Live: What on Earth Am I Here For?, Zondervan, GrandRapids 2002, 17. (Trad. esp.: Una vida con propósito, Editorial Vida Universal, 2011).
16. Collins, Good to Great, 22; 39.
17. Madre Teresa, Come Be My Light: The Private Writings of the «Saint of Calcutta», ed. de Brian Kolodiejchuk, Doubleday, New York 2007, 149. (Trad. esp., Ven, sé mi luz: Las cartas privadas de la Santa de Calcuta, Planeta, Barcelona 2008).