Siempre que tengamos que tomar una decisión importante, Ignacio de Loyola nos recuerda que hemos de procurar «hallarnos indiferentes, sin afección alguna desordenada» (EE, n. 179). Una o dos anécdotas nos ayudarán a comprender su pensamiento y por qué la indiferencia y las afecciones desordenadas son conceptos decisivos para todo tipo de decisiones.
En cierta ocasión, un periodista económico trataba de ahondar en las razones del curioso fenómeno de que muchos acuerdos de fusión empresarial nunca tuviesen en cuenta a los accionistas. Un día vemos a dos sonrientes directores generales que se estrechan las manos al anunciar la fusión de sus empresas; algunos años más tarde esos mismos personajes hacen gestos de negar con la cabeza, mientras los inversores levantan amenazadoramente los puños porque una vez más ellos han perdido otra ocasión de importantes ganancias. Seguramente, la fusión había merecido multitud de titulares en primeras páginas, pero retrospectivamente no había constituido un negocio en toda regla.
El informador económico se preguntaba por qué se producen esos fracasos. Después de todo, los más brillantes y mejor pagados abogados, banqueros y directores
empresariales del planeta elaboran esos acuerdos. ¿Cómo es posible que se equivoquen tan a menudo? El periodista había consultado a economistas y a profesores de escuelas de negocios, y, sorprendentemente, había obtenido el tipo de respuestas que podría haberle ofrecido Ignacio de Loyola: muchos acuerdos mal estipulados pueden achacarse a avaricia, soberbia o egoísmo.
Las personas entrevistadas apuntaron que a veces los directores recibían cuantiosas primas financieras por concluir un acuerdo importante, y que por lo tanto la avaricia podía enturbiar sutilmente las apreciaciones de un ejecutivo sobre la conveniencia o no de llevar hasta el final un determinado acuerdo de fusión. Otros sostenían que, aunque muchos directores de empresa saben que gran parte de los acuerdos nunca tienen resultados satisfactorios, ellos, no obstante, están absolutamente convencidos de que el suyo será la excepción: el orgullo les hace creer que su capacidad para llevar a cabo una fusión complicada supera con mucho la de cualquier otro director. La exaltación del yo es prima hermana del orgullo; de ahí que otros economistas sugiriesen que a algunos directores generales les encanta la idea de firmar acuerdos simplemente porque les resulta formidable ver su retrato en los periódicos después de concluir con éxito una gran transacción.
A decir verdad, ningún director general decide conscientemente negociar acuerdos absurdos para ver cómo aparece su nombre en los periódicos, o para recoger una prima descomunal (bueno, prácticamente ningún director general). En realidad, la avaricia y el orgullo se inoculan en nosotros de una forma mucho más sutil. Ignacio de Loyola comparaba la avaricia, el orgullo y otros vicios parecidos que debilitan al ser humano a falsos amantes –adúlteros– que desean permanecer ocultos. De la misma manera que un adúltero tendrá más éxito cuando consiga pasar inadvertido por el entorno en que se mueve, el orgullo afecta de la manera más insidiosa nuestra conducta cuando nosotros no somos plenamente conscientes de que ese vicio se ha infiltrado en nuestras motivaciones. Tenemos la sensación de que nos limitamos a analizar objetivamente los hechos, pero en lo más profundo de nosotros mismos estamos predispuestos a optar por un resultado u otro, como el director general que está decidido a llevar a cabo un gran acuerdo tan decididamente que tira para delante sin sopesar como es debido las razones que tendría para detener el proceso.
Lo contrario también sucede cuando no nos decidimos a seguir una nueva dirección, o llevar a cabo un cambio necesario, porque estamos apegados al statu quo. Por ejemplo, los ciudadanos norteamericanos confían a sus senadores y a otros líderes democráticamente elegidos la tarea de formular sabias respuestas a los desafíos siempre cambiantes a que debe hacer frente el país, desde los nuevos tratados de seguridad hasta las oportunidades derivadas de la nueva tecnología. Sin embargo, incluso a medida que surgen nuevas amenazas y oportunidades, los funcionarios elegidos se aferran a veces a las viejas soluciones. Tom Daschle, que en su día actuó como líder de la mayoría del
Senado, lamentaba que, «cuanto más tiempo pasas aquí [en Washington y en el Senado]», más susceptibles te vuelves de acomodarte a «una mentalidad según la cual si actuamos de esta manera antes, de esta misma manera deberíamos actuar de nuevo»15. Esos senadores, como los directores generales de tantas empresas, creen sin duda que están sopesando objetivamente los hechos, pero sus valoraciones pueden estar condicionadas por su apego al cargo, a su propio partido, por el miedo a lo desconocido o por el miedo a que alguien asocie su reputación con algunas ideas nuevas que finalmente sean rechazadas por la sociedad.
Más que las fusiones de empresas o la formulación de la política nacional, a la mayoría de nosotros nos preocupan otros asuntos que forman parte de nuestra vida cotidiana. Nos cuesta decidir a qué distancia del hogar estamos dispuestos a dejar que vaya a estudiar nuestra hija, dudamos si es el momento de comprar una casa más grande o qué podemos hacer cuando surgen problemas en el matrimonio. En cualquier caso, nuestros apegos –los falsos amantes– se interponen también en este tipo de decisiones. Como los directores generales que actúan a impulsos de la avaricia y el orgullo toman decisiones empresariales imprudentes, también nosotros nos dejamos llevar por esos mismos demonios a la hora de comprar casas o coches que no podemos permitirnos, y de ese modo nos sobrecargamos con ruinosas deudas.
O, exactamente igual que sucede con los senadores a los que he aludido en un párrafo anterior, nuestros apegos pueden impedirnos tomar decisiones y hacer elecciones. George Simon, un destacado terapeuta familiar y escritor, me explicaba en una charla que mantuve con él: «A menudo, el mayor problema a que se enfrentan las parejas que pasan por mi consulta es que están “apegados a sus apegos”; es decir, algo no funciona en su relación, pero los miembros de la pareja no están dispuestos a hacer los cambios necesarios ni a tomar las decisiones imprescindibles para mejorar sus vidas y relaciones».
Las parejas pueden contratar a George por la ira, la infelicidad y el dolor que experimentan en su matrimonio. Ellas desean que él las ayude a hacer desaparecer esos síntomas; pero no están dispuestas a cambiar su forma de pensar y de relacionarse entre sí. A veces puede parecer que los miembros de estas parejas preferirían seguir lamentado su situación, más que cambiarla. Se han acostumbrado a la situación que ellos mismos han creado. Están apegados a ella. Tal vez les resulte insatisfactoria, pero les parece más segura que arriesgarse a lo desconocido.
George me habló de Bob y de Betty (no será necesario decir que respetó escrupulosamente la confidencialidad de los datos, cambiando el nombre de uno y otra y muchos otros detalles). En su primera sesión de terapia, Betty explicó: «Bob no pone nada de su parte en casa. No escucha. Se olvida. Cuando necesito que me ayude a atender a los hijos, está viendo la televisión y bebiéndose una cerveza, despreocupado de lo que pasa a su alrededor». Bob estuvo más o menos de acuerdo con la versión que
Betty había dado de los hechos, y dijo que Betty era «la esposa perfecta», «el fundamento» de su familia. Tal como se expresó la pareja, el papel de George era ayudar a arreglar a Bob. ¿Estaba este tal vez algo deprimido, por ejemplo, y necesitaba medicación?
Pero la historia no cuadraba del todo. En el trabajo, Bob dirigía equipos de profesionales de la contabilidad, negociaba con sofisticados clientes y seguía con probada competencia la pista de numerosos detalles financieros. George señaló el enigma. «Me gustaría que ambos discutieseis algo que a mí me ha intrigado: Bob sale cada mañana de casa y en la oficina se comporta como un consumado profesional. ¿Es de vuelta a casa después del trabajo cuando se convierte en una persona descuidada y a veces hasta en un niño recalcitrante?»
George me comentó: «A veces las parejas desembocan en una situación en la que, de manera casi inconsciente, cada uno empieza a ver al otro desempeñando un rol un tanto rígido. Su relación mutua se vuelve inflexible, casi como si su vida familiar fuese una comedia en la que cada miembro del grupo sigue al pie de la letra su guion». Como terapeuta sospechaba que, si bien es cierto que Bob y Betty habían empezado cayendo en esas pautas de pensamiento acerca del otro y de la relación mutua entre ellos, ambos habían quedado finalmente atrapados en ese círculo vicioso. Betty se sentía satisfecha de ser una competente ama de casa. Bob se acostumbró a que en casa nada dependiera de él; esto seguramente no le habría sentado bien a él, por lo que poco a poco se fue sintiendo cada vez menos comprometido con los asuntos de la familia, e incluso empezó a beber un poco más. Una o dos veces se olvidó del cumpleaños de su esposa, y esas bofetadas en la autovaloración de Betty hicieron que esta se aferrase con más fuerza aún a la gestión doméstica, que le permitía recuperar cierta autoestima. Betty se veía a sí misma como la organizadora y a Bob como una persona poco digna de confianza. Bob veía a Betty como una mujer dominante, y desconectaba de ella. Y de esa manera ambos entraron en la espiral de una relación de pareja menos feliz cada día.
Eso sí, Bob y Betty compartían la actitud de negarse a aceptar cualquier cambio saludable. Las reacciones de ambos no hicieron sino acrecentar cada vez más sus conductas rutinarias. Irónicamente, su sistema funcionaba (aunque disfuncionalmente). Sus roles se complementaban el uno al otro; con el tiempo, ambos terminaron apegados a su enfermiza manera de relacionarse entre sí.
Ahora bien, a la larga sus roles eran insatisfactorios. Bob se sentía frustrado por verse marginado en su propia casa, y cuando Betty mencionó los dos cumpleaños olvidados, George se dio cuenta de que, en el fondo, la llamada esposa perfecta se sentía sola, deprimida y menospreciada. Ambos eran infelices, pero uno y otra se negaban a reconocer el conflicto, porque tenían miedo de arriesgarse a ponerlo todo patas arriba, mirarse mutuamente a la cara y sustituir su forma actual de relacionarse en la familia por roles nuevos para cada uno de ellos.
Por este motivo, George escribió de nuevo su guion; a Bob le pidió que se encargase cada día de llevar la casa durante un corto tiempo. Dos semanas más tarde, se puso en evidencia en su despacho una pareja evidentemente infeliz. Bob había cumplido su papel, pero Betty lo acusaba precisamente de haber fingido para impresionar al terapeuta; esta observación enfadó a Bob, que sintió que sus esfuerzos no habían sido valorados.
¿Un experimento fallido? George no lo veía así: «Mi tarea consistía en ayudar a ambos miembros de la pareja a descubrir juntos cómo él podría hacer que ella se sintiese querida, y cómo ella podría hacer que él se sintiese necesario». Y al redefinir sus roles en el hogar, «yo estaba tratando de darles un empujón para que –contra lo que eran sus inclinaciones– empezaran a relacionarse entre ellos de una forma diferente». De hecho, cuando se reanudó la sesión, Betty admitió, no sin cierto sonrojo, que Bob se había esforzado en serio por cambiar y que ella no había reconocido el cambio como es debido. Y en lugar de saludar ese reconocimiento con un encogimiento de hombros traducible por «lo que tú digas», Bob confesó que comprendía la reticencia de su mujer a confiar en él. Pero Bob continuó: «A mí, ese cambio me resultaba difícil; necesito tu apoyo si voy a tener que realizar este trabajo durante mucho tiempo». Este no era ya el mismo viejo argumento de la pareja, como si lo leyeran en el guión. Poco a poco empezaban a relacionarse mutuamente de diferente manera, como compañeros e incluso como amigos de confianza, como personas tridimensionales que poseen múltiples habilidades y múltiples necesidades.
Algunos lectores se preguntarán tal vez qué tiene que ver la historia de Bob y Betty con la toma de decisiones importantes, que es el tema principal de este capítulo. Después de todo, Bob y Betty no estaban decidiendo si divorciarse o no, ni su historia es una fábula moral que hable, por ejemplo, de un joven Bob obsesionado que decida iniciar una relación adúltera que termine destruyendo su matrimonio.
No obstante, la historia de esta pareja gira básicamente en torno a una decisión. Es como si, cada día que entre ellos se prolongaba la relación en proceso de degeneración que los unía, a Bob y a Betty se les plantease la pregunta «¿Os gustaría disfrutar de una relación más sana, más dinámica y más satisfactoria?», y durante mucho tiempo su respuesta fuera siempre: «¡No, gracias! ¡Queremos seguir adelante con nuestra frustrante relación actual!»
Todos corremos el peligro de incurrir en estas mismas decisiones autodestructivas (a menudo encubiertas) cuando vivimos apegados a percepciones poco sanas de nosotros mismos o de nuestros familiares, colegas y amigos, o cuando nos aferramos a nuestro presente insatisfactorio en lugar de arriesgarnos a buscar un futuro mejor.
Imagina un padre al que alguien le pregunta: «¿Te gustaría ayudar a tu hija adolescente a convertirse en una mujer adulta, sana e independiente, permitiendo que
gradualmente y de forma responsable disfrute de ese mayor grado de independencia que necesitará?» Personalmente me cuesta imaginarme a un padre amoroso que respondiese: «¡No, gracias! Pienso aferrarme a mi rol de padre como cuidador obsesivo, porque sigo pensando que mi hija es una niña pequeña y, además, yo mismo he crecido sin conseguir vencer nunca el miedo a convertirme en el guardián de un nido vacío dentro de diez años».
O imagina a un adulto maduro ante la pregunta: «¿Te gustaría disfrutar de nuevo de una relación feliz y confiada?» No me imagino que alguien pudiese responder: «No, creo que nunca más volveré a confiar en una relación así. Preferiría permanecer para siempre amargado y alimentar mi resentimiento por haber sido traicionado por un amigo hace cinco años».
Tampoco me imagino que, si se le preguntase si estaba dispuesto a rendir al máximo en el trabajo, alguien pudiera contestar: «Mire usted, estoy tan acostumbrado a desconfiar de mí mismo que continuaré optando por no arriesgarme a decir lo que pienso en un encuentro o a presentar mi candidatura para empleos que me permitirían utilizar mejor mis talentos».
Y, finalmente, cuesta imaginar que haya padres que, si alguien les pregunta si desean capacitar a sus hijos para que de adultos mantengan relaciones sanas, se atrevan a contestar: «De ninguna manera. Mi marido y yo realmente no deseamos dejar de repetir una y otra vez el viejo argumento, aunque ello incremente notablemente las probabilidades de que nuestros propios hijos terminen adoptando de adultos nuestras pautas disfuncionales de relación».
Quienes hoy día se ven enredados en casos de esta naturaleza (y miles como ellos) no se ven a sí mismos en la obligación de tomar decisiones: no es como quien está pensando en casarse, o pretende cambiar de empleo, o se propone hacer una compra importante. Y, sin embargo, esas personas se enfrentan a una decisión incluso más importante, de carácter global: ¿Estás dispuesto a seguir la mejor versión posible por lo que a tu vida, negocios y relaciones se refiere, o prefieres conformarte con una vida de privaciones, agotadora y autodestructiva? La decisión depende de que estemos dispuestos a hacer frente y luchar a brazo partido con todo tipo de afectos y apegos insanos que puedan retenernos.
Cuando nos vemos obligados a tomar una decisión que afecta de manera significativa a nuestras vidas, seres queridos y aspectos importantes de nuestra profesión o desarrollo personal, la solución es liberarnos de los afectos y apegos que puedan empujarnos en la dirección equivocada o impedirnos avanzar en la dirección correcta. A veces nos dejamos arrastrar por el virus de querer algo a toda costa, incondicionalmente: así aspiraba yo a presidir la empresa, o a ganarme el afecto de una persona atractiva, o a ser rico, o a ser reconocido como persona importante, o a poseer la mejor casa, o a tener
una vida más excitante. De hecho, a veces nos engañamos a nosotros mismos pensando que el objeto de nuestros deseos y afectos (el empleo, el coche, la pareja, la casa) debe ser adecuado para nosotros precisamente porque lo deseamos tan desesperadamente.
En ocasiones, nuestros deseos son, de hecho, buenos indicadores del lugar a donde debemos ir o de la dirección que nos conviene tomar (como explicaré en las páginas que siguen). Sin embargo, en otras ocasiones sucede todo lo contrario. Lo que yo deseo tan desesperadamente puede servir para hacer desaparecer un hormigueo del yo, pero eso no me ayudará a alcanzar el propósito que da sentido a mi vida; incluso puede alejarme de perseguir ese propósito. La avaricia, el orgullo y otra larga serie de instintos enervantes pueden arraigar profundamente en nosotros y ser tanto más perniciosos, porque no somos plenamente conscientes de lo profundamente que pueden haber afectado a nuestro pensamiento. A esto precisamente se refería Ignacio de Loyola cuando hablaba del apego a afectos desordenados que pueden socavar nuestros juicios y valoraciones.
O, como hemos visto en el caso de Bob y Betty, a veces nos apegamos a nuestras propias adhesiones. Nos acostumbramos al statu quo, nos mostramos temerosos frente a lo desconocido, no esperamos evitar los conflictos y no estamos dispuestos a asumir riesgos. En tales casos, nuestros afectos no nos empujan en la dirección equivocada; nos ponen grilletes y nos retienen. Y así, a la hora de decidirnos y cambiar, nos echamos atrás. Carecemos de confianza en nosotros mismos para perseguir la gran promoción, de buena disposición para dejar que nuestros hijos se acostumbren a vivir sus propias vidas, o de franqueza para apoyar a nuestra esposa cuando su vida toma una dirección nueva. En todos estos casos, el virus que le lleva a uno a querer algo desesperadamente se manifiesta como «¡Yo quería que todo quedase como estaba!»
Desgraciadamente, no podemos contar con que George Simon se mantenga a nuestro lado para que nos ayude a corregir los apegos que podrían empañar nuestro juicio. Tenemos que crear nuestros propios momentos de autoexamen durante la vida, pero especialmente antes de tomar decisiones importantes. Detente un momento, mira dentro de ti mismo, trata de identificar todos los motivos que intervienen y ponlos a la luz clarificadora del día para corregir aquellos malsanos que pueden empujarte a tomar una decisión equivocada. Al hacerte consciente de tus apegos desordenados, les arrebatas buena parte del poder que estos tienen de afectar negativamente a tu razonamiento. Como dijo gráficamente Ignacio de Loyola, nuestros apegos pueden ser una especie de amantes ilícitos: tienen poder mientras nadie los detecta, pero, una vez descubiertos, a menudo se vuelven cobardes y se esfuman.
El objetivo es lograr el equilibrio que nos libera para escoger la senda más sana para nuestras vidas, nuestro trabajo y nuestras familias. Cuando el director de una empresa se sienta para analizar una propuesta de fusión, necesita sentirse libre, tanto para firmar el acuerdo como para dar marcha atrás tranquilamente. El director firmará el acuerdo por buenas razones, pero no tiene que dejarse arrastras a firmar un mal acuerdo por malas
razones. Esto es lo que Ignacio de Loyola llama actitud de indiferencia, palabra complicada que puede dar lugar a confusiones. Ignacio no dice que alguien sea indiferente en el sentido de que no tenga que preocuparse de escoger un camino o el otro, porque todos tenemos que preocuparnos apasionadamente de tomar decisiones fundadas en asuntos como la carrera, el matrimonio, el dinero y el estilo de vida. Pero, precisamente porque este es un asunto que nos preocupa mucho, necesitamos abordar