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Haz de la gratitud y el optimismo los motores de tu vida

E

mpecé a hablar sobre la estrategia en este libro basándome en un innegable hecho global: vivimos en un mundo masivamente jerarquizado, rápidamente cambiante, complejo y multicultural. Y para triunfar en semejante entorno necesitamos contar con una estrategia.

Concluiré mi discurso sobre la estrategia situándolo en un marco muy reducido: una instantánea de mis años de estudiante jesuita.

Una vez terminados mis estudios de postgrado, fui destinado a una de las mayores comunidades jesuíticas de los Estados Unidos, una gran familia integrada aproximadamente por un centenar de miembros, entre los cuales había de todo: santos, sabios y excéntricos (a menudo, los tres calificativos podrían aplicarse a la misma persona). Entre ellos había un sacerdote de unos sesenta años de edad al que llamaré «padre X». El padre X, que supuestamente había caído en una cierta demencia senil prematura pero benigna, realizaba tareas de menor importancia en la administración de la comunidad.

Este curioso personaje acostumbraba a hacer rondas diarias de recreo y de reparto de correspondencia. Solía arrastrar una carretilla cargada con material de oficina o de limpieza y ofrecía comentarios editoriales en directo acerca de los colegas jesuitas que no eran del todo de su gusto. Divulgaba sus mensajes con un nivel de decibelios tan elevado que cualquiera que se encontrase en un radio de unos catorce metros podía sintonizar sus análisis. Muchos miembros de la comunidad eran profesores universitarios, pero al padre X no debían de impresionarle excesivamente con sus publicaciones en prestigiosas revistas o con las invitaciones que recibían para dar conferencias académicas; a nuestro personaje le encantaba especialmente «incordiar» a estos gigantes intelectuales y bajarles un poco los humos. ¿Estaba realmente chiflado? No me atrevo a asegurarlo. Creo que aquel hombre decía lo que todos los demás pensábamos, aunque no nos atrevíamos a decirlo en voz alta. Pero, como al padre X se le suponía chiflado, podía decir lo que se le ocurriera. No es una mala estrategia.

Algunas semanas antes de incorporarme a la comunidad del padre X, yo mismo había recibido un par de pequeñas distinciones académicas en la ceremonia de entrega de diplomas de mi universidad. Este detalle era todo lo que necesitaba el padre X para conocerme. A partir de entonces, siempre que me veía bajar al recibidor, solía anunciarme con un estilo teatral: «¡Mirad, aquí viene Crissy Fraude!», es decir, aquí

viene Chris, que piensa que es inteligente porque en la graduación de su facultad le han premiado con dos chucherías. Invariablemente, este saludo no solo no me dolía, sino que me levantaba el ánimo. Si el padre X te pinchaba, era que probablemente le caías bien. Los individuos que realmente tenían que preocuparse eran aquellos a quienes no mencionaba para nada en sus comentarios.

Durante los meses que necesité para escribir este libro, me vino a la memoria esta anécdota en varias ocasiones. Ni que decir tiene que, mientras escribía, nunca me sentí un fraude, aunque era plenamente consciente de que mi valor personal como mensajero de los ideales que aquí se describen es inmensamente inferior al del resto de los mensajeros presentados en estas páginas, o de otros muchos a los que podría haber incluido.

En un capítulo exalté el valor de la integridad, destacando el perfil de los ejecutivos de Johnson & Johnson, que al decidir la retirada del Tylenol de todas las farmacias de los Estados Unidos habían privado a su empresa de unos ingresos que podían rondar los 100 millones de dólares (cuando 100 millones de dólares era un montón de dinero). Estos gestores defendieron inequívocamente los valores proclamados con antelación por su empresa, en un momento crucial en que mirar para otro lado les habría resultado más fácil y, sobre todo, más barato. He de añadir, no obstante, que, mientras escribía sobre la integridad de esas personas, en más de una ocasión recordé con vergüenza momentos de mi propia historia profesional en que la oportunidad de seguir escalando puestos en la empresa se había impuesto al deber de decir la verdad a la autoridad.

En otro capítulo expliqué la necesidad de estar libre de los apegos desordenados cuando uno tiene que tomar decisiones importantes. Tanto en los negocios como en la vida personal, todos tomamos a veces decisiones nefastas, y no porque desconozcamos los hechos o no sepamos evaluarlos, sino porque nos dejamos llevar por la ambición, la avaricia u otra serie de vicios privados que sutilmente empañan nuestra mejor valoración. Si yo mismo hubiese tenido en cuenta mi propio consejo a lo largo de los años, seguramente habría estado más acertado a la hora de tomar dos o tres (o algunas docenas) de decisiones que en su momento tomé impulsado por el orgullo, el miedo o – no lo olvidemos– el placer; y, en cualquier caso, no porque yo me sintiese libre para tratar de alcanzar el objetivo que da sentido a mi vida.

Básicamente, en este libro he querido defender la idea de que toda vida humana adquiere pleno sentido cuando la persona va más allá de sí misma, de su yo. Recuérdese la figura de Nanette Schorr, una mujer judía que puso generosamente sus conocimientos de abogada al servicio de las madres sin recursos del Bronx Sur cuyos hijos habían sido puestos bajo tutela de las autoridades del Estado. Se trata de un trabajo que en ocasiones resulta frustrante, pero que, en cualquier caso, cumple plenamente el objetivo de la vida de Nanette, que no es otro que mejorar el mundo. Otra figura que desfila por el libro es sor Saturnina, una monja católica que está dispuesta a subir y bajar las colinas de un

suburbio de Caracas para enseñar a leer a niños desescolarizados. Gracias a su ejemplo, los hombres pueden contemplar de nuevo una imagen cercana del reino de Dios que no es una visión oscura ni una realidad etérea y lejana, situada en la cima de una montaña y más allá de nuestras vidas. Más bien, como ella misma dice, el reino de Dios «se hace presente»; está ahí. Sí, se hace plenamente vivo en la ayuda que ella presta a esos niños «para que vivan con la dignidad que corresponde a hijos del reino de Dios».

Al igual que sor Saturnina, Nanette y tantas otras personas mencionadas en estas páginas, también yo persigo un poderoso objetivo. La lectura que hago de mi propia tradición cristiana me convence de que estoy en este mundo para amar y servir a mis prójimos. Y ello aunque la puesta en práctica de este elevado objetivo deje mucho que desear por lo que a mí se refiere, que con frecuencia vivo excesivamente preocupado por mis propios intereses y, más que al prójimo, me sirvo a mí mismo.

De ahí que, al revisar el texto de los capítulos de este libro, me asaltara a veces la sensación de ser un vaso inapropiado para el mensaje que quería transmitir. Y lo peor de todo es que a veces me he sentido casi como, digamos, Crissy Fraude. ¿Quién soy yo para vender de puerta en puerta una estrategia para vivir que no he sido capaz de aplicar en mi propia vida? El apóstol cristiano Pablo resumió a las mil maravillas lo que parece ser también el dilema de mi vida: «Lo que realizo no lo entiendo, porque no ejecuto lo que quiero, sino que hago lo que detesto» (Romanos 7,15). ¡Amén, hermano Pablo!

He de decir, sin embargo, que mi persistente inquietud desapareció cuando comprendí que el hecho de que mi humanidad haga agua por todas partes no invalida la estrategia de este libro, sino que más bien la justifica con fuerza. De hecho, mis propios defectos son el definitivo y mejor argumento en favor de las ideas que se defienden en este libro; por su parte, los frecuentes bandazos que, en mi ensimismamiento, voy dando en un mundo desconcertado y desconcertante no hacen más que subrayar la tesis central de este libro: la vida es compleja, decididamente jerarquizada y rápidamente cambiante; los seres humanos somos por naturaleza débiles, menesterosos, propensos a distraernos, y sucumbimos fácilmente a la tentación de cambiar de rumbo. Si a nuestra fragilidad se añade la acción de un entorno molesto en el que vivimos y trabajamos, vivir se convierte en una tarea tan desafiante como encajar las piezas de un vasto y complicado rompecabezas.

De todos modos, tampoco es esa la mejor imagen. Si todo consistiera en encajar las piezas de un rompecabezas para formar una gran imagen, tarde o temprano terminaríamos la tarea. Pero lo más frecuente es que la vida se parezca más bien a un rompecabezas del que de pronto desaparecen algunas piezas que son sustituidas por otras nuevas y desconocidas que se agregan al montón. Si el apóstol Pablo confiesa que le resultaba difícil no apartarse del camino, a pesar de la poderosa intervención de Dios, es evidente que el resto de los seres humanos tendremos que luchar para abrirnos paso en el laberinto de los desafíos de nuestro tiempo. No debe extrañarnos, por tanto, que a veces

nos sintamos confundidos, frustrados, desanimados, airados, perdidos o abrumados y, como dice Pablo, terminemos haciendo lo que detestamos.

Así pues, ¿cómo deberíamos responder a este dilema humano fundamental? Una de dos: o lideramos proactivamente o vivimos pasivamente; o nos responsabilizamos cuando y donde ello sea posible o vamos a la deriva reactivamente, arrastrados por la marea de las vicisitudes de la vida; o pensamos en serio sobre el sentido que se supone tiene nuestro paso por la tierra o tratamos de evitar a toda costa pensar sobre ese tema.

Este libro ha sido pensado para quienes aspiran a ejercer el liderazgo y están decididos a adoptar un planteamiento proactivo y conscientemente trazado de nuestro negocio más importante: el de nuestras propias vidas. Eso significa que estamos dispuestos a empezar planteándonos cuestiones de carácter general –por ejemplo, para qué estamos los seres humanos en este mundo–; pero a continuación hemos de abordar sistemáticamente los motivos esenciales que tenemos para actuar con mayor eficacia esta misma tarde. La estrategia trazada en este libro para conseguir ese objetivo representa un tríptico: vivir impulsados por un poderoso objetivo, escoger sabiamente y hacer que cada día sea importante. Al ensartar un propósito y unos valores inmutables en circunstancias siempre cambiantes y en decisiones importantes, tejemos un proyecto de vida que representa un tapiz unitario. El trabajo y la vida de familia conviven pacíficamente, lo mismo que las creencias religiosas y los asuntos cotidianos; de este modo, se crean nudos o lazos inseparables.

De todos modos, ninguna estrategia tendrá éxito sin valentía, sin el compromiso serio de apartarse de todo aquello que pueda destruir, falsear o debilitar la vida, porque hemos vislumbrado algo que puede ser constructivo, auténtico o dador de vida. Y de esta manera volvemos a tocar el tema de la improbable garantía presentada en la introducción de este libro: «En su mayoría, los libros de autoayuda garantizan un resultado con solo leerlos. En cambio, mi libro no garantiza ningún resultado, si lo único que haces es leerlo». Nuestra estrategia será eficaz, pero solo a condición de que las personas transformadas empeñen su valor, entrega y voluntad en la consecución de los objetivos trazados.

Este libro no puede dar vida a su estrategia en el corazón de otra persona, pero al menos podemos seguir el consejo de una de las primeras guías de los Ejercicios

Espirituales y «apuntar, como señalando con un dedo, hacia el filón de la mina, dejando

que después cada cual excave por sí mismo»1. Así pues, cuando excaves en busca de una entrega y un valor renovados, hazlo con gratitud y optimismo.

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