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Hemos llegado muy lejos, pero ¿adónde nos dirigimos?

En cualquier caso, sigo teniendo dudas cuando me enfrento a hechos relacionados con la cuestión de hasta dónde hemos conseguido llegar los seres humanos. En primer lugar, ¿por qué muchos de nosotros no somos más felices? El mismo Carnegie que alababa el progreso se lamentaba: «El precio que pagamos por este saludable cambio es grande, sin duda»5. Actualmente, el norteamericano medio puede muy bien ser dos veces más rico que sus abuelos, pero pocos de nosotros nos atrevemos a confesar hoy día que «somos muy felices»; son cuatro veces más los que confiesan sentirse solos6. Confiamos menos los unos en los otros; menos del diez por ciento de nosotros sienten que la integridad y la

sinceridad del norteamericano medio mejoran, y dos terceras partes de nosotros creen que los valores morales han sufrido un proceso de deterioro en los Estados Unidos7. Todas estas estadísticas no parecen muy optimistas porque en realidad nosotros no somos optimistas: un 66 por ciento de nosotros piensan que nuestros hijos lo tendrán más difícil que nosotros8.

Los habitantes actuales del planeta Tierra somos más sanos y más ricos que en cualquier otro momento de la historia humana, pero nos sentimos vagamente insatisfechos y perseguimos algo que nos incita, pero que siempre logra esquivarnos. Cuando a los norteamericanos de prácticamente cualquier nivel de ingresos se les pregunta, por ejemplo, cuánto necesitarían cobrar anualmente para «vivir bien», su respuesta es: «el doble de lo que cobro actualmente»9. Quien cobra 50.000 dólares al año cree que necesita cobrar 100.000 dólares para vivir bien, y quienes cobran 200.000 dólares creen que necesitan 400.000.

Como antiguo empleado de banca de inversiones que ha trabajado codo con codo con la gente mejor pagada del planeta, me ha impresionado en ocasiones ver cómo algunos de estos empleados multimillonarios lloraban desconsoladamente al comprobar su sueldo. Describiendo en cierta ocasión la actitud reinante entre personajes importantes de la banca al recibir bonificaciones anuales que en ocasiones superaban lo que el promedio de sus conciudadanos ganan a lo largo de toda su vida, un colega, empleado de un banco rival, afirmó: «Se muestran o huraños o disconformes, pero nunca completamente felices»10.

Los huraños alegan que su protesta «no está motivada por el dinero», y a menudo no lo está. Se debe a lo que ellos suelen llamar respeto, o ecuanimidad, o tener en cuenta la puntuación, o reconocimiento, o disponer de poder, o ser el mejor, o ser el número uno. En cualquier caso, el dinero raramente logra comprar esas cosas, como descubren repetidamente los más ricos. Así se lo confesó a un periodista un multimillonario, fundador de una empresa de tecnología: «En este terreno hay uno que encabeza la lista, y luego todos los demás. Y yo no encabezo la lista»11. Rabí Meir, sabio judío del siglo I de la era cristiana, acertó a resumir este dilema de algunos ricos del siglo XXI: «¿Quién es rico? Aquel que de su fortuna obtiene paz interior»12.

¡Amén, Rabí Meir! Nuestra situación financiera es mejor, y sin embargo no estamos mejor en absoluto, ¿o lo estamos? La clase media envidia a los ricos, y estos a su vez envidian a los muy ricos. Todos perseguimos alguna cosa, y nunca nos damos por plenamente satisfechos. Lo más preocupante de todo es que, al parecer, esta persecución se prolonga desde hace ya más de dos siglos. Así describía la situación Alexis de Tocqueville a finales del XVIII: «[Los norteamericanos] prosperan casi por doquier, pero

no son felices. En efecto, el deseo de bienestar se ha convertido en una pasión abrasadora e inquieta que no hace sino aumentar con la satisfacción»13.

Se comprende, pues, que tomemos otros caminos para satisfacer nuestras inquietas e insaciables pasiones. Nuestra forma de comer nos está llevando a la muerte; durante los últimos quince años, el porcentaje de norteamericanos obesos casi se ha duplicado14. Y estamos comiendo nuestro planeta. El tamaño medio de las viviendas ha crecido el doble en solo una generación, y para poder construirlas y amueblarlas consumimos los recursos naturales a ritmos que imposibilitan su normal sustitución15. Después, los huecos resultantes los rellenamos con bolsas de plástico, latas de cerveza y cualquier otro tipo de basura de la que nos deshacemos después de haber satisfecho temporalmente alguno de nuestros apetitos sin fondo. El exuberante universo personal que tratamos de crear para nosotros mismos únicamente puede dejar a nuestros nietos un mundo deteriorado, cubierto de basura y excesivamente endeudado.

Y lo peor de todo es que no encontramos lo que deseamos. ¿Tal vez lo buscamos en lugares inadecuados? A este conclusión llegó Alex Kuczynski, que se describió a sí misma como «adicta a la belleza», tras someterse a dieciséis operaciones de los párpados (y a otras varias intervenciones de cirugía estética) antes de reconocer personalmente que la decimoséptima intervención sería la que finalmente la acercaría a su «objetivo definitivo: la felicidad y la satisfacción»16.

La fe en el progreso ha llevado a nuestra civilización a creer que todos nuestros problemas se resolverán –quién lo iba a decir– con más progreso material. Después de todo, el producto nacional bruto y el nivel de vida han crecido inexorablemente generación tras generación. En cambio, lo que no ha crecido en esa misma proporción son la sensación de plenitud, la satisfacción, la paz y la alegría. De hecho, estas han seguido más bien un proceso de estancamiento.

Los habitantes del mundo desarrollado no nos hemos vuelto personas más felices y más realizadas que hace algunas décadas. No se han cumplido nuestros deseos, pero además somos demasiado miopes para darnos cuenta de que el camino que llevamos no nos conduce en la buena dirección. Cuando conseguimos levantar nuestras cabezas a una altura suficiente para contemplar a vista de pájaro nuestra cultura, los opulentos del mundo –es decir, nosotros– empezamos a parecernos a una caravana de cocheros ansiosos que, perdidos en un camino invadido por la niebla, continuaron adelante esperando que pronto desembocarían de nuevo en una zona iluminada por el sol. Desgraciadamente, no avanzamos hacia la plenitud; más bien, nos estamos volviendo locos.

Necesitamos abordar los hechos que delatan la falsa dirección en que se mueve nuestra cultura, no solo por nuestro propio bien, sino también porque nuestros queridos

hijos y nietos nos siguen ahora entusiasmados por el carril rápido hacia un destino que no responde a nuestros deseos. En un informe reciente del Pew Research Center, el ochenta y uno por ciento de los jóvenes comprendidos entre los 18 y los 25 años afirmaron que hacerse rico era el objetivo más importante en la vida de los chicos y las chicas de su generación, o en todo caso el segundo objetivo más importante, y un cincuenta y uno por ciento de ellos afirmaron eso mismo de hacerse famosos17.

También necesitamos abordar estos hechos porque, si en los Estados Unidos competimos duramente en nuestra búsqueda equivocada, nuestros hermanos y hermanas del mundo en vías de desarrollo no se quedan a la zaga. En cambio, los más pobres del planeta no compiten para hacerse ricos, sino que simplemente tratan de superar el hambre, la enfermedad y la pobreza extrema. Cerca de dos mil millones de estos pobres ganan penosamente un sustento miserable de menos de dos dólares al día. Esta gente no se pregunta por qué una casa más amplia o un coche más lujoso no logran hacerlos felices; lo que a ellos les preocupa es reunir como sea lo que van a comer hoy sus hijos.

Personalmente he podido visitar a algunos de estos hermanos y hermanas nuestros, algunos de ellos en las afueras de Manila, en las Islas Filipinas, al pie de un enorme vertedero de basura que se extendía hasta donde alcanzaba mi vista. Unas setenta mil personas viven en y alrededor de estos sesenta y cuatro mil acres de «ciudad». (¡Aproximadamente 2.590.080 m2

!). El corazón de esta «ciudad» peculiar, que poco caritativamente –aunque sin faltar a la verdad– podríamos calificar de Reino de la Basura, es una montaña de porquería en la que diariamente pululan hombres, mujeres y niños ataviados no con uniformes especiales de protección, sino con camisetas de manga corta, pantalones cortos y chancletas. Estos buscadores pagan al gobierno municipal algunos céntimos por el privilegio de recorrer en todos los sentidos la ladera de basura; las ganancias que obtienen provienen de la venta de plásticos, metales y otros objetos de valor encontrados al remover una tras otra las capas de residuos de que se han desprendido los habitantes de Manila. Los economistas partidarios del libre mercado se horrorizarían del trabajo que llevan a cabo estas personas, pero admirarían el sistema de compensación: pago de acuerdo con la productividad, de manera que quien no produce no cobra.

Los tesoros del Reino de la Basura se reponen constantemente. La ciudad de Manila tiene 11 millones de habitantes, que generan ingentes cantidades de desperdicios. Cada pocos minutos llegan ruidosos camiones que descargan su basura dando lugar a un nuevo filón de búsqueda en el basurero. Intrépidos buscadores acuden en masa al lugar de la descarga, como si se zambulleran bajo una catarata. Aunque a mis ojos no son más que desechos y restos en descomposición que siempre terminan en el cubo de la basura, para ellos es una cascada de dinero. Los desechos más valiosos desaparecen inmediatamente en manos de algún buscador apenas tocan el suelo; algunos de estos buscadores del

Reino de la Basura pagan un suplemento para poder estar al lado de los camiones en el momento de descargar.

Por el vertedero se mueven también muchos niños. Más bajos y ágiles que sus padres, los pequeños se agachan para escarbar en la basura sin sufrir los dolores de columna y de espalda que con frecuencia aquejan tanto a los jardineros ricos adultos como a los pobres buscadores de desechos. En realidad, los niños perecen disfrutar del trabajo. Por otra parte, ¿qué otra cosa podrían hacer sus padres con ellos? Los recolectores de basura no pueden permitirse el lujo de pagarse niñeras o cuidadores de día. Y estos niños, bendecidos con manos diminutas, buena vista e ilimitada energía, demuestran a menudo más ingenio en la búsqueda que sus padres. La dignidad de los padres debe verse profundamente afectada, no solo por el hecho de ganarse la vida escarbando entre la basura y por arrastrar a sus hijos a este mismo negocio, sino también por tener que reconocer que los hijos son mejores buscadores –y, en este sentido, sostenes de la familia– que ellos mismos.

En las inmediaciones del Reino de la Basura se levanta, de manera bastante incongruente, una casita con una piscina para niños. En ella viven dos monjas, que cada tarde cuidan a algunos de los niños que faenan en el basurero. Aunque estos niños sean unos maravillosos recogedores de basura, al final aparecen los rendimientos marginales decrecientes (como los llaman los economistas). Después de trabajar bajo el sol de Manila a temperaturas que rondan los 38º C, estos niños crecen mal alimentados y enfermizos. De ahí que, con permiso de los padres, las monjas se encarguen de ellos por las tardes, les den de comer, jueguen a diversos juegos y les enseñen a leer. ¿Y la piscina para niños? A ningún niño, tanto si vive rodeado de lujos como si escarba en el Reino de la Basura, le gusta lavarse. Pero a todos les gusta salpicar a quienes están cerca después de una calurosa mañana a pleno sol. Las hermanas utilizan la piscina para conseguir que los pequeños se bañen.

Algunos de estos niños terminan asistiendo a la escuela primaria. Otros se sumarán al negocio de la familia en el Reino de la Basura. Sinceramente, este oficio permite obtener mejores ingresos que muchos otros en un país en el que escasean los empleos propiamente dichos.

Tal vez esta sea la forma de vida que algunos seres humanos estén destinados a vivir, de acuerdo con el plan de Dios o de quien sea. Lo cierto es que yo volví en avión del Reino de la Basura a Nueva York, procuré quitarme la mugre de una larga excursión, dormí varias horas para superar el jet lag, y nunca hice nada sobre lo que había visto. ¿Qué podría haber hecho realmente? Enviar dinero, supongo, pero me molestan la corrupción y la ineficacia que echan a perder tantos esfuerzos humanitarios. Además, son tantas las situaciones de necesidad que piden nuestra colaboración, incluso en mi propio país, que resulta difícil saber a cuál de ellas apoyar. Me preocupa también mi propio futuro: ¿cuánto dinero puedo destinar al Reino de la Basura sin poner en peligro mi

seguridad a largo plazo? Después de todo, una bajada imprevista de la Bolsa o una grave enfermedad podrían disminuir drásticamente mis ahorros. La vida es complicada, resulta demasiado difícil tener en cuenta todas las variables, el rápido fluir del río de la vida cotidiana me arrastra muy pronto aguas abajo, y poco a poco el Reino de la Basura desaparece de mi vista.

Durante algún tiempo, el Reino de la Basura se mantuvo vivo frente a mí, plagado de hermanas y hermanos míos empobrecidos, sin que apareciera ningún camino a su alrededor. Pero, con el paso del tiempo, el Reino de la Basura se desvaneció en la distancia y se redujo a una irregularidad apenas perceptible en el horizonte. Nuevos problemas y oportunidades vinieron a reemplazar a otras viejas preocupaciones en mi conciencia.

Cuando contemplas una imagen panorámica del mundo, ¿qué es lo que te agrada? ¿Qué problemas y sufrimientos percibes?

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