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Hazlo una y otra vez desde distintas perspectivas

Cualquier proceso de toma de decisiones que aproveche nuestras emociones puede parecernos tan horrible y poco fiable como consultar a un vidente sobre nuestro próximo cambio en la trayectoria profesional. El mismo Ignacio de Loyola, defensor inequívoco de la voz interior, era consciente de que los sentimientos podían despistar o ser malinterpretados; por este motivo, deberíamos comprobar de nuevo con la cabeza lo que al corazón le parece correcto: «Después... mirar dónde más la razón se inclina, y así, según la mayor moción racional, y no moción alguna sensual, se debe hacer deliberación sobre la cosa propósita» (EE, n. 182).

En cualquier caso, tampoco nuestras cabezas son herramientas perfectas. Y, por lo tanto, conviene plantear la misma cuestión de diferentes maneras, porque cada perspectiva arroja nueva luz y nos encamina hacia la decisión correcta. Antes de trabajar en la banca de inversiones, me gustaba leer e informarme acerca de los grandes acuerdos de fusión y me preguntaba qué caja negra les decía a los banqueros que una empresa valía, por ejemplo, 89 dólares por acción (¿por qué no 90 u 88 dólares?). Bueno, en realidad no hay ninguna caja negra mágica; por lo general, los especialistas en compras fijan un precio de venta, y para establecer su valor recurren a diversos métodos de evaluación que generan un abanico de respuestas posibles (100 dólares la acción en un caso, y 75, 90 u 87 dólares, en otros). Todos los métodos son racionales, pero ninguno de ellos ofrece una respuesta definitiva. En último término, los banqueros hacen una valoración personal y, para aumentar su confianza en el juicio que han emitido, analizan y exploran desde múltiples perspectivas el problema que tratan de evaluar.

Este era también el punto de vista de Ignacio de Loyola sobre nuestras decisiones personales. Decidiremos con mayor sabiduría y confianza en nosotros mismos si analizamos cuidadosamente los dilemas desde varias perspectivas. A menudo, cuando no podemos tomar fácilmente una decisión acerca de un asunto personal, continuamos dándole vueltas al problema, siguiendo exactamente el mismo proceso de pensamiento. Es como golpearse la cabeza contra un muro: nos dolerá, sin que apenas nos ofrezca nueva luz sobre el tema. Por el contrario, Ignacio sugiere analizar la misma cuestión utilizando diversos enfoques, como los tres siguientes.

Valora los pros y los contras: «Considerar, raciocinando, cuántos cómodos y provechos se me siguen... y, por el contrario, considerar asimismo los incómodos y peligros» (EE, n. 181). Cuando tengas que escoger necesariamente entre dos alternativas, anota los pros y los contras que percibes en cada una de ellas. Por sí solo, este simple ejercicio de disciplina mental hace a veces que una decisión engorrosa resulte fácil. Si empezamos analizando racionalmente una decisión inminente, los pros y los contras pueden generar un confuso remolino en nuestra mente, pero, una vez trasladados al papel y organizados en dos columnas, los pros pueden acumularse de manera tan desproporcionada en un lado de la cuartilla que la decisión correcta no ofrezca la menor duda. Independientemente de que con este método parezca obtenerse una respuesta

clara, el estilo ignaciano de la toma de decisiones aconseja analizar después esa misma decisión desde otra perspectiva muy distinta.

Imagínate que asesoras a otra persona que comparte tu dilema: «La segunda regla, mirar a un hombre que nunca he visto ni conocido». ¿Qué consejo le darías a esa persona, «para mayor perfección de su ánima» (EE, n. 185)? ¡A menudo resulta más fácil aconsejar a otros que a uno mismo! La mayoría de nosotros nos hemos sentido apenados de alguna manera al ver cómo amigos nuestros han terminado atrapados en relaciones infelices o en empleos sin salida. Y nos preguntamos por qué lo que a nosotros nos resulta tan claro les está vedado a ellos. A decir verdad, nosotros solemos conocer por qué ellos no ven la necesidad de cambiar, porque también nosotros hemos pasado por situaciones como la suya: empeñados en negar las cosas, presos en la rutina, temerosos del cambio, o sin la suficiente perspectiva para ver lo que a una distancia objetiva parece obvio. De ahí que también nosotros mejoremos la perspectiva sobre nuestras propias decisiones si nos imaginamos tratando de aconsejar a un amigo que se encuentra en semejante situación.

Ignacio de Loyola nos propone todavía otro ejercicio imaginativo. Imagínate cómo verías esta situación desde tu lecho de muerte y qué decisión desearías entonces haber tomado: en tercer lugar, «considerar, como si [yo] estuviese en el artículo de la muerte, la forma y medida que entonces querría haber tenido en el modo de la presente elección» (EE, n. 186). Cualquiera que se sienta atormentado por los remordimientos persistentes que le provoca una antigua decisión comprenderá por qué puede ser eficaz este turbador ejercicio mental. Nadie desea rememorar su vida y provocarse remordimientos, especialmente si esa rememoración se hace desde el lecho de muerte, cuando no queda tiempo para corregir posibles errores.

En este sentido, Ignacio te sugiere ahora que gestiones el negocio de tu vida de manera que no tengas que lamentarte más tarde, en la vejez. El naturalista norteamericano Henry David Thoreau se retiró a vivir al lago Walden (Concord, Massachusetts, Estados Unidos) para analizar el curso de su vida, porque, como él mismo confesó, no deseaba que «al llegar la hora de mi muerte, descubriese que no he vivido»18.

Esta técnica de la decisión en el lecho de muerte nos trae a la memoria una anécdota de cierto sabor bíblico como es la reminiscencia que hace de su padre el escritor y cómico Steve Martin en la revista The New Yorker. Aunque la relación de padre e hijo había sido crispada durante muchos años, en la etapa final de la vida de su padre Martin había empezado a mantener abiertas las líneas de comunicación con él. Cuando el padre yacía moribundo en su lecho, Martin recuerda que permaneció sentado a su lado y que ambos se miraron fijamente en silencio durante algún tiempo. Ambos se dieron cuenta de que este podría ser el último de sus encuentros en la tierra. Transcurrido algún tiempo en

silencio, el padre de Martin dijo: «Me gustaría llorar, me gustaría llorar por todo el amor que he recibido y que no pude devolver»19. Este episodio ilustra conmovedoramente el poder que tiene el hecho de contemplar decisiones inminentes como si uno se encontrase ya en su lecho de muerte.

Aunque se trate de una simple anécdota, este gesto refuerza el valor de poner en línea las decisiones importantes de nuestra vida con el sentido más profundo de la misma, con su propósito último. El padre moribundo de Steve Martin comparaba su vida con una hermosa y encomiable misión: dar a los demás tanto amor como él había recibido de ellos. En el momento de morir, ese hombre lamentaba no haber llevado a cabo su misión tan bien como él habría deseado. (Sospecho, en cualquier caso, que es muy probable que una persona que en las horas postreras de su vida se muestra lo suficientemente sensible como para plantearse esa cuestión haya repartido amor en abundancia a lo largo de su vida).

Esta es, pues, la lección que podemos aprender de Ignacio de Loyola y del padre de Steve Martin (¡que en paz descanse!): evitar tener que arrepentirse al final de la vida sopesando las decisiones importantes como si echásemos una mirada retrospectiva sobre nuestra vida. Søren Kierkegaard, filósofo danés del siglo XIX, dijo en cierta ocasión: «La vida se vive mirando hacia delante, pero únicamente puede comprenderse retrospectivamente». Al sugerirnos que imaginativamente echemos una mirada retrospectiva a nuestra vida y comprendamos cómo nos habría gustado vivir –pero cuando todavía nos queda algo de vida por delante–, Ignacio trató de convertir esta sencilla sabiduría en una herramienta proactiva.

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