La epistemología teológico-moral
5. La Escritura en la teología moral
5.6. El documento de la PCB: «Biblia y moral» (2008) 1 Los ejes teológicos: imagen de Dios
Tras el recorrido realizado hasta este momento, merece la pena referirse, de manera conclusiva, a las aportaciones del documento publicado por la PCB en 2008 titulado
Biblia y moral: raíces bíblicas del comportamiento cristiano 37
, y en donde se ofrecen las claves fundamentales de la relación existente entre la Escritura y la moral. Se trata de un amplio documento del que únicamente vamos a señalar algunos de los elementos más importantes para nuestro recorrido.
Hay dos líneas de fondo que conviene indicar al analizar las aportaciones de la Biblia para la moral según el documento. La primera es que «la moral, sin ser secundaria, es segunda. Es decir, que lo primero y fundamental es la iniciativa de Dios» (n. 4), el don, con lo cual la experiencia moral es consecuencia de la experiencia de Dios. Y, en segundo lugar, «la Ley misma, parte integrante del proceso de la alianza, es don de Dios. Aquella no es, de entrada, una noción jurídica, colocada sobre comportamientos y actitudes, sino un concepto teológico, que la Biblia misma traduce del modo mejor con el término “camino” (derek en hebreo, hodos en griego): un camino propuesto» (n. 4). Pero se trata de un camino que requiere una preparación, tal y como muchos relatos bíblicos intentan transmitir. Por eso «la moral revelada no ocupa el primer puesto, deriva de una experiencia de Dios» (n. 20) que se desarrolla en el proceso de liberación que la propia moral se encarga de garantizar. La moral bíblica constituye así una tensión continua entre el don divino, manifestado radicalmente en la creación, y la respuesta humana, en donde se producen multitud de errores que también nos permiten ver que la Biblia no defiende un moralismo riguroso, sino que prima siempre el don del perdón.
Ahora bien, hay algo que resulta fundamental para las consecuencias morales de la experiencia de Dios y que aparece bien reflejado en los relatos de la creación, del ser imagen y semejanza de Dios, y se trata de una idea precisa del ser humano que se puede especificar, según el documento, en seis características básicas: la racionalidad, la libertad, la posición de guía, la capacidad de actuar en conformidad con Dios, la dignidad y relacionalidad, y la santidad de la vida humana (n. 8). Esto es importante porque la moral es incomprensible sin tales presupuestos antropológicos expresados en la imagen y semejanza de Dios, con todo lo que eso supone y que, en último término, nos permite comprender que «el mundo y el hombre en el mundo no existen sin Dios, dependen radicalmente de Dios» (n. 10).
Y de esas características que conforman la imagen bíblica del ser humano se derivan asimismo diversas implicaciones morales: el discernimiento, la elección y decisión, la responsabilidad, la prudencia, la gratitud, justicia y respeto, y la protección y tutela de la vida (n. 11). El conjunto de los libros bíblicos no hacen sino extraer las consecuencias
morales concretas de estos presupuestos generales, tal y como el documento de la PCB analiza en toda la primera parte.
5.6.2. Criterios bíblicos para la reflexión moral
Una vez sentados los ejes teológicos fundamentales, el documento señala algunos criterios metodológicos sobre el uso de la Escritura en la moral, algo a lo que dedica toda la segunda parte. Se trata de ocho criterios, dos fundamentales y seis específicos, y que pasamos a recoger brevemente.
a) Criterios fundamentales
El primero de ellos es la «conformidad con la visión bíblica del ser humano», del cual el Decálogo es el texto paradigmático. En él se refleja la originalidad de la moral bíblica al situarla en un nuevo horizonte que es el de la Alianza. Entre los valores que se pueden extraer de aquí el documento menciona el del respeto por la vida («no matarás») y el de la pareja («no cometerás adulterio»), es decir, el respeto por la dignidad de la persona siempre y en la defensa de los valores que conforman la vida de la pareja en el matrimonio38
.
Y el segundo criterio fundamental es el de la «conformidad con el ejemplo de Jesús», cuyo texto emblemático es el de las Bienaventuranzas (Mt 5, 1-12; 5, 17 – 7, 29). Aquí se refleja la necesidad que tiene la moral cristiana de la centralidad de Jesús y su imitación, especialmente en el ámbito social. Jesús es el modelo a seguir en el compromiso con la justicia, la compasión, la reconciliación, el perdón, etc. Por eso «las orientaciones dadas por Jesús tienen valor de verdaderos imperativos morales: proporcionan un horizonte de fondo, que lleva al discípulo a buscar y encontrar modos semejantes para ajustar el propio obrar a los valores y a la visión de fondo del evangelio, con el fin de vivir mejor en el mundo» (n. 102).
Por tanto, a la hora de establecer un juicio sobre una práctica concreta siempre hay que preguntarse hasta qué punto es compatible con la visión bíblica del ser humano y hasta qué punto se inspira en el ejemplo de Jesús. Tales son los criterios generales que deben inspirar la totalidad de la moral cristiana.
b) Criterios específicos
A continuación el documento de la PCB ofrece seis criterios específicos que, de alguna manera, afrontan los principales problemas de la moral actual desde el punto de vista de la Escritura. Para ello siempre aporta los principales datos bíblicos y extrae algunas orientaciones para hoy.
El primero es el que llama la «convergencia» (nn. 105-110), es decir, el reflejo de una búsqueda común de normas de comportamiento que hace necesario el diálogo entre culturas y religiones. De hecho, la propia Escritura es una muestra de la convergencia existente en muchos aspectos morales: el origen del pecado y del mal, ciertas normas y leyes del comportamiento, la sabiduría y las exhortaciones morales y listas de virtudes. Esta convergencia es la que se da hoy en algunos problemas como los derechos
humanos, el desarrollo, la igualdad, o la sensibilidad ecológica al aumentar el poder de la técnica.
El segundo criterio es el de «contraposición» (nn. 111-119), que se refiere a la distancia crítica que la Biblia toma con respecto a algunas normas y costumbres practicadas por sociedades, grupos o individuos. Aquí se inserta la lucha de los profetas contra la idolatría o contra la imposición del culto pagano, algo que también aparece en Pablo de Tarso. Asimismo tiene una gran relevancia la oposición del Apocalipsis contra el sistema demoníaco representado por todo aquello que se opone a Dios. Todo ello se vislumbra también hoy en algunas carencias de las sociedades en sus diversos ámbitos — los derechos contra la vida, el consumismo, el abuso de los recursos…—, en las tendencias totalitarias y en una extendida autosuficiencia ilusoria que pretende excluir a Dios del ámbito secular.
El tercer criterio específico es el de la «progresión» (nn. 120-125), algo que la Escritura expresa con la experiencia del pueblo de Israel que culmina en Jesús de Nazaret, y en donde se produce una paulatina comprensión de la voluntad de Dios sobre el ser humano. De hecho, la moral bíblica no puede ser únicamente un código de principios o leyes casuísticas, sino un proceso dinámico hacia la conversión y la respuesta a la llamada de Dios. Aquí estaría también la superación de la ley del talión entendida como venganza hacia la misericordia con el otro, la radicalidad de la llamada al amor total y duradero en la moral conyugal o la propia evolución en la concepción del culto divino. Todo ello es una llamada para la disponibilidad ilimitada al perdón, para la fidelidad hacia la otra persona, y para un culto interiorizado a Dios que implique un compromiso en la transformación del mundo.
El cuarto criterio es el de la «dimensión comunitaria» (nn. 126-135), algo que deriva de la propia imagen bíblica del ser humano, que no es un individuo autónomo y aislado, sino un ser esencialmente relacional y miembro de una comunidad. Por eso también a lo largo de la Escritura aparecen numerosos valores que miran hacia las relaciones interpersonales y que establecen obligaciones hacia los otros, incluso hacia aquellos que no pertenecen a la propia comunidad. La Regla de Oro o el Sermón de la Montaña son algunos ejemplos significativos. También hoy la comunidad, en sus diversas formas (la familia, la Iglesia…), es un elemento importante de la sociedad, de manera que es preciso que en ella rija en amor en sus diferentes manifestaciones de compromiso social (estructuras justas, orden justo, obras de caridad…). Al mismo tiempo es una llamada a superar el individualismo excesivo que amenaza especialmente a los más débiles de la sociedad (ancianos, enfermos, discapacitados y pobres).
El quinto criterio es el de la «finalidad» (nn. 136-149), que introduce en la moral una motivación decisiva para buscar la voluntad de Dios y realizarla, el horizonte de la esperanza en una vida futura. También aquí los datos bíblicos son copiosos. La esperanza en la resurrección se va gestando a lo largo de todo el Primer Testamento hasta que encuentra su culminación en la muerte y resurrección de Jesús atestiguada en
los diversos libros del Nuevo Testamento. Todo ello supone un importante marco para la realización de la vida moral, pues la esperanza aporta un horizonte que impide cerrarse a las dificultades del presente y lleva a la superación de la inmediatez y a la apertura hacia el futuro. Además, la esperanza constituye una llamada al heroísmo, a la entrega de la vida por el otro, al martirio, en definitiva, a la relativización de la propia individualidad a favor de un futuro en Dios.
Y el último criterio es el del «discernimiento» (nn. 150-154), lo que significa que no se pueden poner en un mismo plano todas las reglas y ejemplos de moralidad que aparecen en la Biblia. De ahí que la prudencia haya sido siempre un elemento importante de la teología moral. Ello implica la necesidad de la proporción sobre el plano de la inteligencia y de la precaución sobre el de la decisión, distinguiendo consignas obligatorias de carácter universal de otros preceptos ligados a etapas concretas, así como la reflexión sobre los actos y todo lo que los rodea.
En este sentido resulta imprescindible la hermenéutica bíblica en orden a evitar fundamentalismos y a establecer, a través de una «sana lectura crítica», los elementos necesarios para un adecuado discernimiento en cada situación que se presenta, articulando la dimensión personal y comunitaria de la moralidad. En realidad, este último criterio se nutre de las aportaciones de todos los demás, pero mirando especialmente a la propia conciencia individual en las decisiones que se toman, pues la conciencia es la última instancia decisoria. Ahora bien, para ello la conciencia debe estar y ser formada, algo que nunca se termina del todo, y el creyente tiene la responsabilidad y el deber de confrontar su propio discernimiento con el de los responsables de la comunidad a la que pertenece.
5.6.3. Conclusión: la Biblia para la moral
El documento de la PCB contiene una gran riqueza de contenidos válidos para la teología moral, que la contempla más desde el punto de vista de Dios que del hombre. Esto supone que la moral supera a un mero código de comportamientos a adoptar o realizar y también a una lista de virtudes a practicar y vicios a combatir (n. 156). La moral se inscribe en un «horizonte espiritual» en donde el don de Dios precede y orienta la respuesta del hombre, es una moral abierta hacia los demás y hacia Dios.
Pero además, la PCB hace una llamada a superar tres engaños muy presentes en la moral cristiana, que son una «especie de casuística, de legalismo y de moralismo estrecho» (n. 156). La moral se comprende más desde el punto de vista de la realización de valores que del cumplimiento de normas, es más estimulante que aplastante, una moral que quiere poner en camino a las personas para que eduquen la conciencia en su movimiento hacia el reino, evitando así la impresión de constituir una «capa de plomo puesta sobre las espaldas» (n. 157). De ahí la llamada al diálogo y al encuentro de estrategias de enseñanza moral con carácter positivo y comprensible para ayudar a las personas en su camino hacia la verdadera felicidad.
complementarios de la Escritura para la moral cristiana que señala el documento:
«– preocupada de modo prioritario por la dignidad humana fundamental (conformidad con la visión bíblica del hombre);
– buscando su modelo perfecto en Dios y en Cristo (conformidad con el ejemplo de Jesús);
– respetuosa de la sabiduría de las diversas civilizaciones y culturas, y por lo tanto capaz de escucha y de diálogo (convergencia);
– valiente para denunciar y frenar toda opción moral incompatible con la fe (contraposición);
– inspirándose en la evolución de las posiciones morales, en el interior de la Biblia y en la historia que se siguió, para educar la conciencia con un refinamiento siempre más grande, que se inspira en la “justicia” nueva del Reino (progresión);
– capaz de conciliar los derechos y las aspiraciones de la persona, afirmados con fuerza en nuestros días, con las exigencias y los imperativos de la vida colectiva, expresados en la Escritura en términos de “amor” (dimensión comunitaria);
– hábil para sugerir un horizonte moral que, estimulado por la esperanza de un futuro absoluto, supera la mirada miope que se limita a las realidades terrenas (finalidad);
– preocupada por aproximarse con prudencia a las cuestiones difíciles, con el triple recurso a las disponibilidades de la exégesis, a la iluminación de la autoridad eclesial y a la formación de una conciencia correcta en el Espíritu Santo, de modo a no causar nunca un “cortocircuito” en el delicado proceso del juicio moral (discernimiento)» (n. 158).