La epistemología teológico-moral
6. La Tradición en la teología moral
6.1. La Tradición en el CVII y su relación con la Escritura
Hablar de Tradición es un intento de mostrar cómo la Palabra de Dios se transmite y sigue siempre presente en la historia de la humanidad. De hecho, en diversos momentos de la historia la Tradición ha sido colocada al lado de la Escritura como fuente constitutiva de la Revelación, dando lugar a la problemática conocida como de las «dos fuentes»: partim-partim, es decir, parte en la Escritura y parte en la Tradición43. En
medio de la controversia protestante el Concilio de Trento afirmaría que la verdad se contiene «en los libros escritos y en las tradiciones no escritas» que pertenecen «ora a la fe ora a las costumbres» (DH 1501), con lo cual ya no hablaba de partim (parte) sino de
et (y); algo que, sin embargo, no consiguió eliminar las controversias en la teología
postridentina hasta prácticamente el CVII44
.
En este sentido adquiere una importancia decisiva la Constitución dogmática Dei
Verbum, en donde la Tradición se inserta dentro de la llamada a conservar las tradiciones
orales y escritas que los apóstoles han recibido (DV 8). Por tanto, la Tradición deriva de los Apóstoles pero progresa en la Iglesia con la asistencia del Espíritu45, va creciendo en
la comprensión de las cosas y las palabras por la contemplación y por el estudio de los creyentes, así como por aquellos que reciben el carisma de la transmisión de la verdad. Es importante señalar, en este sentido, la dimensión pneumatológica de la Tradición, pues es el Espíritu quien vivifica y garantiza la continuidad y la presencia de Cristo en la vida de la Iglesia. Bruno Forte llega a decir que «la Tradición es la historia del Espíritu en la historia de su Iglesia»46. No es la simple transmisión material de lo dado a los Apóstoles,
sino la presencia activa del principio fontal a toda la historia de la comunidad que sigue a Jesús.
De manera especial son importantes dentro de la Tradición las enseñanzas de los Padres de la Iglesia, pero también toda la vida litúrgica y moral a lo largo de la historia del cristianismo, algo que ya se había puesto de relieve en Trento. Además habría que añadir también todas las experiencias de los cristianos, el consenso teológico y el sensus
fidelium, que es una garantía de la fe recibida y de la indefectibilidad de la Iglesia en la
recepción del mensaje cristiano ante nuevas situaciones.
En cualquier caso, dice DV, «la Sagrada Tradición y la Sagrada Escritura están íntimamente unidas y compenetradas» (n. 9), proceden de la misma fuente divina y «se han de recibir y venerar ambas con un mismo espíritu de piedad» (n. 9). Es más, «la Sagrada Tradición, pues, y la Sagrada Escritura constituyen un solo depósito sagrado de la palabra de Dios, confiado a la Iglesia» (n. 10). Se trata, por tanto, de fuentes complementarias tanto en razón de su origen como en razón de su fin, de manera que, en último término, siempre están referidas la una a la otra. Eso sí, Karl Rahner afirmaba que «prescindiendo de la transmisión de la Escritura (canon), la función actualizante de la Tradición es referida por completo a la Escritura. […] El Concilio se abstiene intencionadamente (frente al esquema preconciliar) de enseñar la insuficiencia material de la Escritura, lo cual, objetivamente […] implica que para el Concilio la doctrina de la suficiencia material de la Escritura es legítima. Y en consecuencia se puede enseñar que la tradición posterior a la Biblia no tiene más misión que la de transmitir la Escritura en cuanto tal, la de interpretarla, actualizarla y desarrollar sus implicaciones; o bien, expresándonos con mayor precaución, que la Tradición se produce siempre y en todos sus aspectos por la audición de la Escritura, bajo la Escritura como norma crítica que es necesaria siempre y en todo para distinguir la tradición “divina”, como parádosis de la revelación en Cristo, de las tradiciones humanas»47
. Dicho de otra manera, la Escritura es
norma normans non normata, mientras la Tradición es la norma normata que testimonia
y garantiza la permanente transmisión de la Palabra de Dios en la historia de la humanidad.
Con ello Rahner sostenía la suficiencia material de la Escritura en relación con la Revelación, algo afirmado también por muchos otros autores como Geiselmann, lo cual no significa que la Tradición pierda su carácter de fuente, dado que es el medio actualizante que hace posible una mejor comprensión de la Revelación y del testimonio bíblico, algo especialmente relevante en la teología moral. Por eso Geiselmann sostenía la suficiencia material de la Escritura en materia de fe —aunque dependiente de la Tradición y de la decisión de la Iglesia, distanciándose así del principio protestante de la
sola scriptura—, pero su insuficiencia por lo que se refiere a los «mores, consuetudines et leges» 48
, es decir, que la Escritura necesita de la Tradición interpretativa en cuestiones referentes a las costumbres e incluso también a la comprensión de la fe, como sucede en el caso de algunos dogmas49. A pesar de ello, conviene evitar el riesgo de cosificación y
extrinsecismo tanto de la Escritura como de la Tradición, dado que la primera vive siempre en y a través de la segunda, formando ambas una unidad en la transmisión de la Revelación.
En suma, Escritura y Tradición constituyen fuentes inseparables que para la teología moral resulta imprescindible tener presentes. De esta manera se evita tanto una visión fundamentalista de la Escritura como también una visión estática de la Tradición, dado que la Escritura siempre es actual en la dinámica de una Tradición que ilumina la realidad sin perder su propia identidad derivada de la Palabra de Dios.