La teología moral en la historia II: De la Edad Media hasta la actualidad
3. La teología moral en los siglos XX y
3.1. Los inicios de una nueva comprensión de la teología moral
El siglo XX empezó con numerosas controversias y movimientos que venían de los siglos precedentes93. Por un lado la moral alfonsiana seguía impregnando la orientación
de los nuevos manuales, el tomismo de la neoescolástica continuaba también en su actitud defensiva contra el modernismo, y la Escuela de Tubinga, a pesar de sus avances y de su influjo en Alemania, tenía una incidencia escasa en el resto de Europa por la ausencia de traducciones que pudieran hacer llegar sus obras al gran público y también por las dificultades que encontraban para ser empleadas en la formación de los sacerdotes que tenían que dedicarse al ministerio pastoral. De ahí que en los seminarios se siguieran prefiriendo los manuales clásicos que, sin abandonar del todo el casuismo ni las orientaciones de la Theologia moralis de san Alfonso, introdujeran los principios y esquemas generales de la Summa Theologiae de santo Tomás. Así se explica el éxito que tenía, al menos en España, la obra de Pablo Villada (1845-1921) titulada Casus
conscientiae his praesertim temporibus accommodati, y sobre todo las numerosas
ediciones que llegó a tener el manual de Antonio Mª. Arregui (1863-1942) titulado
Summarium theologiae moralis, cuyas últimas ediciones se extienden hasta 1964
completadas por Marcelino Zalba (1908-2009), quien también publicaría entre 1952 y 1953 su propio manual titulado Theologia moralis summa. Además se pueden mencionar también las Praelectiones de P. Lumbreras (1892-1960), que es un comentario a la segunda parte de la Suma Teológica de santo Tomás aunque la publicó en Italia, el Cursus brevior theologiae moralis de A. Peinador, la Theologia moralis de E. Fernández Regatillo (1882-1975) o el Compendio de teología moral de J. B. Ferreres94
.
En realidad la situación no era muy distinta en otros lugares. En Alemania seguían presentes la Theologia moralis y el Compendium de E. Müller y se publicaban nuevos manuales de orientación tomista como el Manuale theologiae moralis de D. Prümmer, los Theologiae moralis elementa de J. F. Haine, la Summa theologiae moralis de J. Noldin y especialmente la Theologia moralis del profesor de la Gregoriana de Roma A. Vermeersch, con algunos indicios tímidos de renovación. Además, tuvo una influencia muy grande en la formación moral católica el manual ya mencionado de Aertnys, Damen y Visser, no solo en Alemania sino también en Italia, lugar en el cual se formaron muchos moralistas, aunque también existían otros manuales en el fondo no muy divergentes y cuyas elaboraciones se extendieron fundamentalmente hasta los años sesenta, aunque cada vez iban siendo más escasos. En este sentido se pueden mencionar también la
Theologia moralis iniciada por A. Lanza y completada posteriormente por P. Palazzini,
el Manuale theologico-practicum de L. Fanfani, las Notae ad praelectiones theologiae
moralis de F. Hürth y Abellán, La morale cattolica de J. B. Guzzetti y el Manuale de P.
Peters. También de relevancia fue la obra de O. Lotting95
la conciencia de L. Rodrigo, y otros estudios particulares en el ámbito anglosajón, con autores como Ford, Kelly, etc.
Al mismo tiempo las polémicas tampoco desaparecieron durante las primeras décadas del siglo XX. De hecho Paul von Hoensbroech publica en 1902 una obra titulada
Die ultramontane Moral en referencia a la moral alfonsiana, y se siguen sucediendo las
ediciones del opúsculo publicado por Robert Grassmann a finales del XIX con el significativo título de Extractos de la teología moral de san Alfonso de Ligorio,
sancionada “ex cathedra” por los papas Pío IX y León XIII como norma de la Iglesia romana. Tremendo peligro que esta teología moral hace correr a la moralidad de los pueblos. Incluso el jesuita Lehmkulh afirmaba que «querer realizar un progreso esencial
equivale a destrozar la moral cristiana»96.
En todo caso, estamos ante un nuevo periodo que no se puede entender sin tener presentes los cambios producidos en el ámbito social, económico y político durante las primeras décadas del siglo XX, sobre todo por el estallido de la Primera Guerra Mundial, la crisis de 1929 y el auge de los totalitarismos en diversos lugares del mundo. De ahí que también tengan importancia algunos pronunciamientos sociales de Benedicto XV y, sobre todo, la publicación de la encíclica Quadragesimo anno de Pío XI en 1931, que viene a confirmar y continuar la línea iniciada por León XIII a finales del siglo anterior97
. A esto hay que unir otros pronunciamientos magisteriales en el plano de la moral personal, algo que ya se venía haciendo desde tiempo atrás sobre el aborto o el matrimonio, pero que en 1930 cristalizan en la encíclica Casti connubii de Pío XI sobre el matrimonio. Además Pío XII afrontará también numerosos problemas referentes al ámbito médico o científico surgidos como consecuencia de los imparables avances del siglo XX, algo que se ve muy bien en sus diversos pronunciamientos sobre cuestiones que afectan al final de la vida como la eutanasia o la analgesia. De hecho a partir de aquí el Magisterio no ha dejado de pronunciarse sobre cuestiones de este tipo.
Pero aun así se van produciendo ya nuevas orientaciones desde el interior mismo de cada concepción teológico-moral, debido también al imparable auge de las numerosas corrientes filosóficas, teológicas y morales surgidas en todo este período y ante las cuales la teología moral ya no podía seguir impasible tal y como en líneas generales había hecho durante el siglo XIX98. Las corrientes existencialistas, la fenomenología y sobre todo el
personalismo empiezan a hacer acto de presencia en el debate moral del siglo XX, como ocurre en el sobresaliente caso de Jacques Maritain, algo a lo cual se unen las aportaciones procedentes del ámbito científico y de la psicología, que influyen en muchos de los temas fundamentales de la teología moral. A ello se unen otros dos factores de carácter más eclesial y teológico como son la irrupción, a partir de los años 30, del movimiento bíblico también en el ámbito católico y del movimiento litúrgico, que posibilitan una teología moral cada vez más centrada en el mensaje originario de Jesús de Nazaret. Sobre este período escribió Balthasar que «en la Iglesia de los tres últimos decenios [1930-1960] han encontrado un cierto eco espontáneo estos tres movimientos: el movimiento bíblico, el movimiento litúrgico y el movimiento personalista»99
se puede decir que los nuevos signos que van surgiendo tienen una incidencia más inmediata en la teología dogmática que en la moral, aunque tampoco en esta faltan intentos de renovación, como es el caso de la obra publicada ya en 1900 por el profesor de Marburgo Johann Wilhelm Hermann titulada La moral católica romana y la moral
evangélica. Bien es cierto que es un teólogo reformado influenciado por la Ilustración y
la teología liberal y muy crítico con la moral católica por la vinculación que en esta se produce entre la conciencia y la autoridad del papa; lo que a su juicio deriva en una reducción de la libertad personal.
En cualquier caso la renovación de la moral empieza a hacerse tímidamente con intentos que pretenden vincularla con la teología sistemática y, por supuesto, con sus raíces bíblicas, tal y como años más tarde harán autores como Ceslas Spicq, Rudolf Schnackenburg o Charles Harold Dodd con sus trabajos sobre la moral neotestamentaria. Algunas de esas primeras tentativas son las de los continuadores de la Escuela de Tubinga Joseph Mausbach y Otto Schilling. El primero de ellos, cuyo manual
Katholische Moraltheologie consiguió numerosas ediciones y fue completado
posteriormente por Gustav P. Ermecke, consigue articular los conocimientos de la moral tradicional con las nuevas necesidades del momento orientándose hacia una moral de la perfección sustentada en una fundamentación teológica, algo que hace orientar el decálogo más hacia la virtud que hacia las normas. Por su parte, el segundo, que depende en gran parte de santo Tomás y del que recoge su concepción del fin último, proporciona las bases de una moral centrada en la caridad como su principio vertebrador, algo con mucha incidencia en el plano social y cuya orientación también estará presente posteriormente en obras como la de Gérard Gilleman titulada Le primat de la Charité en
Théologie morale100
. De hecho, Gilleman llega a fundamentar la caridad en el desiderium
naturale in visionem beatificam convirtiéndola así en el principio formal de la vida
moral. Una mención especial merece también la obra del jesuita belga Émile Mersch
Morale et corps mystique de 1937 por su carácter eminentemente cristocéntrico, y
también la de Johannes Stelzenberger Lehrbuch der Moraltheologie de 1953 por la importancia que da a la construcción del Reino de Dios. Se trata de visiones más o menos cristocéntricas de la moral que tendrán su continuidad en muchos autores del momento, con es el caso de Lacques Leclercq en sus Essais de morale catholique o en
Enseignement de la morale chrétienne.
Dos autores merecen destacarse especialmente en la apertura de nuevos horizontes para la teología moral del siglo XX antes de Bernhard Häring; son Theodor Steinbüchel (1888-1949) y Fritz Tillmann (1874-1953). El primero de ellos supo articular dentro de su sistema las grandes corrientes de la filosofía contemporánea con el conjunto de la tradición cristiana en su magna obra titulada Los fundamentos filosóficos de la moral
católica, ofreciendo así orientaciones sólidas para la toma de decisiones concretas en los
diferentes ámbitos de la vida. En el fondo su interés estaba en dotar a la moral cristiana de su necesario fundamento filosófico y teológico, algo que él mismo afirma al inicio de su obra: «la teología moral católica vive hoy, sin disputa, un nuevo despertar que, al
orientarse conscientemente hacia la divina revelación, asegura a esa ciencia su carácter teológico con una conciencia más firme y un rigor más exacto, volviendo a abrir al mismo tiempo a la vida cristiana las fuentes eternamente nuevas. Pero con ello vuelve a entrar, en forma clara y decidida, el hombre cristiano y concreto en su campo de observación. Cabalmente es esta nueva orientación teológica la que induce a la consideración filosófica del hombre a contemplar la eximia obra divina de la humanitas en la existencia cristiana y a esclarecer el ser y la esencia de esa obra como supuesto de dicha existencia, llamada por Dios a la santificación»101. Por su parte Tillmann, formado
en la exégesis, tuvo el acierto de dar a su concepción moral una orientación enteramente bíblica y centrada en el seguimiento de Jesús, entendiendo que el comportamiento cristiano no es sino la respuesta a la llamada del Maestro. De hecho, sus dos obras más relevantes son La idea del seguimiento de Cristo y El maestro llama: explicación de la
moral católica para laicos.
Pero al tiempo que se van produciendo todos estos intentos de renovación procurando una moral más personal, más bíblica y más teológica, no dejan tampoco de producirse controversias no ya solo en temas concretos, sino en cuanto a la orientación misma de la moral cristiana. Una de las polémicas más importantes de este momento es la producida en torno a la ética de situación o al situacionismo, del que algunos incluso acusaban a Steinbüchel pero que tuvo autores más representativos, y no únicamente católicos, como Émile Brunner, William Temple, Eberhard Grisebach, Helmut Thielicke y especialmente Joseph Fletcher.
La idea de la ética de situación nos la describe este último en su ya clásico libro: «Ante cada situación que exige una decisión, el situacionista la afronta bien armado de las máximas éticas de su comunidad y de la tradición heredada, a las que trata con respeto porque pueden esclarecerle sus problemas. Pero, si bien está dispuesto a comprometerse con ellas en cualquier situación, también lo está –y en igual medida– a dejarlas de lado en
aquella situación concreta en la que el amor parezca mejor servido de esta manera»102
. La ética de situación, por tanto, no rechaza, a juicio de Fletcher, la compañía de la ley natural ni de las leyes reveladas, pero sí la existencia de un bien dado objetivamente en la naturaleza de las cosas. Es una ética cuyas decisiones son siempre hipotéticas porque dependen de cada situación concreta. De esta manera las normas tienen una función iluminadora y no directiva, y por eso el propio Fletcher afirma que se trata de un «relativismo con principios»103
, en donde la única ley es el amor104
. Es él quien puede justificar los medios.
Las reacciones ante esta forma de comprender la vida moral con una primacía absoluta del sujeto y su conciencia que estaba presente en algunos autores de las primeras décadas del siglo XX no se hicieron esperar, destacando sobre todo las alocuciones de Pío XII y, especialmente, la Instrucción del Santo Oficio el 2 de febrero de 1956 (DZH 3918-3921), en donde critica el rechazo de la ética objetiva y de normas absolutas derivadas de la ley natural a favor de un individualismo de la conciencia: «muchos de los postulados de este sistema de la “ética de situación” son contrarios a la
verdad objetiva y al dictamen de la recta razón, manifiestan vestigios de relativismo y modernismo y están muy lejos de la doctrina católica tradicionalmente enseñada» (DZH 3921)105.
Con todo y pese a las controversias, el camino de la renovación de la teología moral era ya imparable, tal y como estaba sucediendo ya en las distintas ramas del saber teológico tanto católico como protestante con autores como Congar, De Lubac, Chenu, Rahner, Ratzinger, Küng, Guardini, Gogarten, Tillich, Pannenberg, etc. Además la hoja de ruta quedaba bien expuesta en la breve obra de Thils titulada Tendances actuelles en
théologie morale, en donde decía que «la moral debería ser más plenamente cristiana en
todas sus perspectivas y, por tanto, universal en extensión a todo lo humano, ontológica en su fundamento último y sacramental en su base concreta, teologal en el alma que la vivifica. Debería mostrarse, igualmente, perfectamente personal y personalizante; y, por consiguiente, positiva en el esfuerzo que inspira, interior en la dirección que insinúa»106
. Es decir, la moral debe dejar de estar en la periferia de la teología para situarse en su corazón. Y aquí es donde aparece la gran figura de la moral del siglo XX: el redentorista Bernhard Häring.