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La teología moral en la historia I: Escritura y Patrística

3. La moral en la Escritura 1 Introducción

3.3. La moral en el Antiguo Testamento

La moral ocupa un lugar muy destacado en todo el Antiguo Testamento. De hecho, se puede decir que prácticamente toda la relación entre el ser humano y Dios, o de Este

con los pueblos, la han interpretado los escritores veterotestamentarios desde una perspectiva eminentemente moral desde los relatos mismos de la creación del mundo. Además recoge un período muy largo de la historia de Israel en donde se han ido produciendo cambios sociales, políticos, culturales y religiosos que hacen difícil sintetizar los elementos más importantes de la moral, dado que incluso los problemas tratados son distintos en cada uno de los momentos y de los libros concretos, lo que también supone soluciones morales adaptadas a cada una de tales problemáticas y en donde existe una progresión en la comprensión de la voluntad de Dios para con los seres humanos.

Ahora bien, si hay una categoría que constituye la clave de la moral del Primer Testamento esa es, sin duda, la de la Alianza, a pesar de los problemas que dicha categoría encierra y que no ha dejado de generar controversias en la teología bíblica desde los estudios de J. Wellhaussen ya a finales del siglo XIX17

, tal y como reflejan las diferentes visiones que de ella han tenido biblistas posteriores como W. Eichrodt, M. Noth, A. Alt, G. von Rad, G. E. Mendenhall, D. J. McCarthy o E. Kutsch entre otros. A pesar de ello, a nosotros no nos interesa tanto la categoría de Alianza desde el punto de vista de la historicidad cuanto el significado teológico que encierra y su relevancia para la moral cristiana. De hecho, afirmaba R. Koch que la originalidad de la moral israelita es su fundamento en relaciones inesperadas entre Dios y el pueblo, de manera que «toda la vida religiosa y moral de Israel se fundamenta en la Alianza, relación mutua de pertenencia con los deberes y derechos que nacen de esta solidaridad. Este tema clave, que dirige toda la vida moral y religiosa del pueblo elegido, es como fundamento de la historia de salvación y, consiguientemente, de todo el edificio de la moral bíblica»18.

En este sentido, aunque no podemos analizar todos los textos veterotestamentarios, merece la pena destacar, al menos, dos narraciones fundamentales tanto desde el punto de vista antropológico como moral, a saber: la creación y el Decálogo. Creemos que a partir de ellos es posible comprender adecuadamente el significado de la ley presente en todo el Antiguo Testamento, reconociendo que existen también otros pasajes de gran interés para la moral fundamental y que por razones obvias no podemos analizar en este lugar. La elección de estas dos unidades literarias no puede ser más obvia: los relatos de la creación expresan la vinculación más originaria y radical entre Dios y el ser humano así como una determinada comprensión antropológica que determina también la moral cristiana. Y el Decálogo no solo expresa las consecuencias morales de esa relación primigenia, sino que además se trata de un código que ha configurado gran parte de la teología moral a lo largo de los siglos.

3.3.1. La creación: dependencia, relacionalidad y pecado

La creación del mundo por Dios resuena una y otra vez a lo largo de toda la Escritura y para cuya comprensión tenemos dos relatos fundamentales, el sacerdotal (Gen 1,1 - 2, 4a) y el yahvista (Gen 2, 4b - 3, 24). El primero (P), más reciente, constituye la única cosmogonía presente en la Biblia, mientras el segundo (J), bastante

más antiguo, es un relato específico sobre la creación del hombre19

. Sin embargo, ambos tienen algunos puntos coincidentes que para la teología moral son importantes20

:

a) El primero de ellos es la comprensión de toda la realidad como fruto del amor de Dios.

Todo cuanto existe es obra suya y sin Él nada existiría. Ahora bien, ninguno de los relatos pretende especular sobre el origen temporal y científico del hombre, sino que se sirven de elementos culturales del momento para reinterpretarlos desde sus propios esquemas teológicos. No en vano son numerosas las cosmologías y los mitos de la creación existentes también en otras tradiciones, algunas incluso previas a los relatos del Génesis. El énfasis fundamental es el de destacar el carácter gratuito de la creación de Dios que decide entrar en relación con el mundo21

.

b) El segundo aspecto de interés es el de la centralidad del ser humano en el conjunto de

la creación. Mientras los demás seres son creados «según su especie», el ser humano lo es «a su imagen y semejanza» (Gen 1, 26-27). Precisamente el hombre representa el culmen de la creación (también Gen 2, 15), pero también es el encargado de «cultivarla y cuidarla». Por eso, más que una preocupación ontológica, los relatos bíblicos tienen un gran interés axiológico, tanto por la primacía del hombre en la totalidad de lo creado como por la llamada a la responsabilidad con respecto a los demás seres y especies.

c) El tercero es la relacionalidad existente entre el ser humano y Dios, algo extensivo

también entre los propios seres humanos. Por un lado, los seres creados se comprenden desde la relación originaria que Dios establece con cada uno de ellos22,

pero, por el otro, el hombre es siempre relación al otro, se entiende desde una alteridad que equilibra la autonomía (la individualidad) y la relación. Dicho de otra manera: cada ser humano es único y autónomo, pero al mismo tiempo vive dependiente de Dios y de los demás. Se trata de algo que queda especialmente puesto de relieve en el relato yahvista: «no es bueno que el hombre esté solo: voy a hacerle una ayuda similar a Él» (Gen 2, 18). De alguna manera es en la polaridad varón-mujer en donde se realiza definitivamente la esencia del hombre como imagen de Dios, algo que también está presente en el relato sacerdotal: «macho y hembra los creó» (Gen 1, 27). De ahí que «cada uno llega a ser él mismo en la fusión con el otro. El tú no está ahí para limitar, sino para cumplir al yo: eso es lo que el hombre tiene que aprender en su relación interhumana, para poder luego comprender análogamente su relación al tú divino»23. d) El cuarto es la visión unitaria del ser humano frente a antropologías dualistas. Ruiz de

la Peña lo sintetizaba espléndidamente: «el hombre: a) es basar en cuanto ser mundano, solidario de los demás seres, y particularmente de sus semejantes; b) es

nefes en cuanto ser equipado con un dinamismo vital inmanente; c) participa del ruah

en cuanto receptor del influjo carismático de Dios, que lo pone a su servicio y lo llama a un destino salvífico»24

. Por eso se trata de una realidad psicosomática, dinámica y multidimensional, abierta al mundo, a los demás y a Dios. Se trata de algo importante para la comprensión de la moral, dado que implica no solo el origen personal de las decisiones morales sino también las consecuencias de las mismas en la totalidad de la

persona. Además esto significa que el ser humano no es reductible a una sola de sus dimensiones, sino que todas vertebran su específica identidad que debe ser tenida en cuenta en el momento de analizar orientaciones morales para la vida: la naturaleza, los sentimientos, la espiritualidad, etc.

e) Por último, en cuanto a la relevancia moral que posee, no podemos dejar de

mencionar el capítulo 3 del libro del Génesis, situado inmediatamente después de los relatos de la creación y en conexión directa con ellos. En este sentido lo primero que hay que señalar es la bondad de lo creado: «Elohim vio todo cuanto había hecho, y he aquí que estaba muy bien» (Gen 1, 31). Pero, ya en el capítulo 2 aparece un mandato de Yahvé: «del árbol de la ciencia del bien y del mal no has de comer» (Gen 2, 17). Se trata de un mandato importante por cuanto está situado en el contexto de la relación entre Dios y el ser humano, con lo cual adquiere una gran relevancia teológica25,

especialmente si lo unimos a la representación que la serpiente hace de la tentación. De alguna manera se puede decir que el mandato de Yahvé es una llamada a la aceptación de la propia condición humana situada en relación de alteridad con Él, pero una relación que el propio ser humano puede truncar en el ejercicio de su libertad, sobre todo cuando deja que la tentación hacia la autoafirmación domine su vida para querer ser como Dios. La consecuencia es no solo la vergüenza de estar desnudos en medio del jardín (Gen 3, 10), sino también la perturbación de todas las relaciones humanas, como sucederá en el caso de Caín y Abel (Gn 4, 1-16). Por eso, los relatos de la creación y la caída (el pecado original) muestran claramente, por un lado, la gratuidad amorosa de Dios hacia el ser humano para entrar en relación con él y, por el otro, la paradoja de la propia condición humana finita que siempre vive sometida a su propia condición y en donde la libertad no deja de estar en medio de la tentación al mal. De hecho, muchos de los posteriores acontecimientos de castigo narrados en el Antiguo Testamento, desde el diluvio hasta las plagas de Egipto, etc., no son sino interpretaciones de las consecuencias de la ruptura de las relaciones provocadas por el ser humano al sustentar su vida en ídolos y tentaciones en vez de en el único Dios que le ha dado la vida y el ser. De ahí que el pecado sea siempre una posibilidad para el ser humano y que tenga tanto una dimensión vertical (ruptura con Dios) como horizontal (ruptura de las relaciones con los demás). Precisamente la moral tiene como objetivo que la libertad pueda discernir adecuadamente el bien del que solamente Dios es su causa liberando el corazón de la «traza de pensamientos continuos al mal» (Gn 6, 5), es decir, recobrar la alianza primigenia que Dios ha establecido con cada uno de sus hijos.

3.3.2. El Decálogo y la teología moral

El Decálogo es un texto con un gran peso en toda la Escritura y que además ha configurado gran parte de la moral cristiana a lo largo de los siglos por haber sido considerado la síntesis normativa de la voluntad de Dios sobre el ser humano26. No en

vano la Escritura lo denomina «las Diez Palabras» de Yahvé, aunque durante la Patrística (posiblemente Clemente de Alejandría e Ireneo) se introdujo el concepto griego

de «dekálogos»27

. En cualquier caso se puede decir que en el Decálogo se encuentra una recopilación tardía de la ley de Israel y que, al mismo tiempo, constituye la expresión de la Alianza entre Dios y el pueblo a través del binomio don-ley28. Dos son las narraciones

del Decálogo presentes en la Escritura: la primera la encontramos en Ex 20, 2-17, que está incluida en la narración elohísta de la revelación del Sinaí; y la segunda en Dt 5, 6- 21 formando parte del Código deuteronómico. Por su importancia para la teología moral merece la pena reproducir ambas versiones en su totalidad29

:

Ex 20, 2-17 Dt 5, 6-21

2Yo soy el Señor, tu Dios, que te saqué de Egipto, de la esclavitud. 3No tendrás otros dioses rivales míos. 4No te harás una imagen, figura alguna de lo que hay arriba en el cielo, abajo en la tierra o en el agua bajo tierra. 5No te postrarás ante ellos, ni les darás culto; porque yo, el Señor, tu Dios, soy un Dios celoso: castigo la culpa de los padres en los hijos, nietos y bisnietos cuando me aborrecen; 6pero actúo con lealtad por mil generaciones cuando me aman y guardan mis preceptos. 7No pronunciarás el Nombre del Señor, tu Dios, en falso, porque el Señor no dejará impune a quien pronuncie su Nombre en falso. 8Fíjate en el sábado para santificarlo. 9Durante seis días trabaja y haz tus tareas, 10pero el día séptimo es un día de descanso, dedicado al Señor, tu Dios: no harás trabajo alguno, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu esclavo, ni tu esclava, ni tu ganado, ni el inmigrante que viva en tus ciudades, 11porque en seis días hizo el Señor el cielo, la tierra y el mar y lo que hay en ellos, y el séptimo descansó; por eso el Señor bendijo el sábado y lo santificó. 12Honra a tu padre y a tu madre; así prolongarás tu vida en la tierra que el Señor, tu Dios, te va a dar. 13No matarás. 14No cometerás adulterio. 15No robarás. 16No darás testimonio falso contra tu prójimo. 17No codiciarás los bienes de tu prójimo; no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su esclavo, ni su esclava, ni su buey, ni su asno, ni nada que sea de él.

6Yo soy el Señor, tu Dios. Yo te saqué de Egipto, de la esclavitud. 7No tendrás otros dioses rivales míos. 8No te harás imágenes: figura alguna de lo que hay arriba en el cielo, abajo en la tierra o en el agua debajo de la tierra. 9No te postrarás ante ellos ni les darás culto, porque yo, el Señor, tu Dios, soy un Dios celoso: castigo la culpa de los padres en los hijos, nietos y bisnietos cuando me aborrecen. 10Pero actúo con lealtad por mil generaciones cuando me aman y guardan mis preceptos. 11No pronunciarás el Nombre del Señor, tu Dios, en falso, porque el Señor no dejará impune a quien pronuncie su Nombre en falso. 12Guarda el día del sábado, santificándolo, como el Señor, tu Dios, te ha mandado. 13Durante seis días trabaja y haz tus tareas; 14pero el día séptimo es día de descanso dedicado al Señor, tu Dios. No harás trabajo alguno, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu esclavo, ni tu esclava, ni tu buey, ni tu asno, ni tu ganado, ni el inmigrante que viva en tus ciudades, para que descansen como tú, el esclavo y la esclava. 15Recuerda que fuiste esclavo en Egipto y que te sacó de allí el Señor, tu Dios, con mano fuerte y con brazo extendido. Por eso te manda el Señor, tu Dios, guardar el día del sábado. 16Honra a tu padre y a tu madre, como te mandó el Señor; así prolongarás la vida y te irá bien en la tierra que el Señor, tu Dios, te va a dar. 17No matarás. 18Ni cometerás adulterio. 19Ni robarás. 20Ni darás testimonio falso contra tu prójimo. 21No pretenderás la mujer de tu prójimo. Ni codiciarás su casa, ni sus tierras, ni su esclavo, ni su esclava, ni su buey, ni su asno, ni nada que sea de él.

Más allá de las problemáticas de crítica textual a los que se enfrenta la teología bíblica30, lo cierto es que el Decálogo ha tenido una importancia fundamental en la

conciencia religiosa y ética de Israel, algo que se ha transmitido a lo largo de los siglos y que también ha sido asumido por el cristianismo desde sus inicios hasta la actualidad. De hecho, han sido numerosos los autores que han expuesto la moral cristiana desde el Decálogo e incluso el Catecismo de la Iglesia Católica lo toma como texto orientador para su exposición de toda la moral (nn. 2052-2557).

Ahora bien, es sabido que los estudios sobre la historia de las formas nos han hecho ver que, en realidad, el Decálogo no es tan excepcional en cuanto a sus contenidos concretos31

. De hecho, se pueden encontrar listas de prohibiciones incluso con anterioridad a las redacciones de Ex y Dt, hasta el punto de que se han llegado a identificar sus preceptos con los contenidos de la ley natural. Por eso la novedad del Decálogo, más que en los mandamientos concretos, se encuentra en el contexto en el que está situado como culmen de la elección divina y de la Alianza entre Dios y el pueblo de Israel, es decir, en la articulación interna que posee y en donde la dimensión racional se integra en la perspectiva teológica. De ahí que por lo que respecta a nuestro interés, podamos señalar varios elementos que destacan especialmente y que aquí solo podemos esbozar:

a) El primero es que el Decálogo es un texto en donde se pone en relación al ser humano

con Dios y con el prójimo, dando así carácter normativo al hecho mismo de la creación. Dicho de otra manera: la ley es consecuencia de la interrelación existente entre diferentes sujetos libres, y de ahí que tenga una dimensión vertical (con respecto a Dios) y otra horizontal (con respecto a los demás). De hecho tradicionalmente se distinguieron los mandamientos de Primera Tabla (que tienen como referente a Dios) de los de Segunda Tabla (que tienen como referente al prójimo). En este sentido la ley deriva de la complementariedad existente con respecto a los semejantes, y es en ella en donde se descubren los límites del propio sujeto. De hecho, el concepto hebreo de justicia (se

daqâh) no solo se refiere a la relación con las normas, sino a la relación entre

personas, cuya transgresión será la base de la denuncia profética.

b) El segundo es que la ley contenida en el Decálogo es consecuencia de una donación

previa: «Yo soy Yahveh, tu Dios, que te he sacado del país de Egipto, de la casa de la esclavitud» (Ex 20, 2; también Dt 5, 6). Por tanto la gracia precede cualquier precepto32 y el discurso normativo no comienza con la enunciación de imperativos,

sino con el recuerdo de un don previo por parte de Dios. Por eso es también un recuerdo de la liberación y un camino a seguir para no volver a ser esclavos: «Dios ha actuado primero, y el israelita responde»33. Esto significa que la ley no tiene sentido en

sí misma, sino en cuanto está vinculada a la Alianza ofrecida por Yahvé. De ahí la valoración de A. Noth: «en la tradición veterotestamentaria los conceptos “alianza” y “ley” aparecen estrechamente unidos [...]. Lo que la tradición consiguió con ello, y no es pequeño acierto, fue el expresar la relación objetiva entre “alianza” y “ley”, aunque haya sido a base de situar en un único acto lo que se desarrolló con el tiempo y dentro de la organización duradera que se originó con este acto»34. De otra manera lo

un conjunto de preceptos negativos, sino indicaciones concretas para salir del desierto del “yo” autorreferencial, cerrado en sí mismo, y entrar en diálogo con Dios, dejándose abrazar por su misericordia para ser portador de su misericordia» (n. 46).

c) El tercer elemento importante es el referente a las normas concretas. Como ya

dijimos, su novedad no está ni en el número ni en las prohibiciones o mandatos concretos que contiene (al menos en cuanto a los de Segunda Tabla) y que, en cualquier caso, tienen un carácter apodíctico y extensivo35. Lo que sí es significativo es

la vinculación que el Decálogo establece entre los preceptos y prohibiciones de la Primera Tabla con respecto a los de la Segunda, o más bien la introducción de los mandamientos referidos al prójimo en la dinámica de la Alianza con Yahvé. Por eso, en el fondo, el Decálogo tiene una dimensión unitaria que se pierde cuando se desvinculan los preceptos de Primera y Segunda Tabla. De hecho, algunos autores como J. R. Busto sostienen que «al contrario de nuestra representación tradicional, los preceptos [del Decálogo] no se dividen entre las dos tablas según su contenido haga

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