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La teología moral en la historia II: De la Edad Media hasta la actualidad

2. La teología moral en la modernidad (ss XVI-XX)

2.3. El probabilismo y los sistemas de la moral

Las Instituciones morales representan, por tanto, una nueva forma de hacer teología moral ajena al dogma, a la fe y a la Escritura para centrarse en la resolución de casos de conciencia; una función que, sin carecer de importancia, desde luego empobrecía la moral. De alguna manera representan la confluencia y el aterrizaje del nominalismo y las preocupaciones tridentinas en el ámbito más concreto de la moral cristiana y en las problemáticas en torno a la conciencia. Ahora bien, es una concepción de la conciencia en donde esta aparece siempre subordinada a la ley, de modo que las cuestiones que se plantean son sobre la manera de articular la relación entre ley y conciencia en las situaciones concretas cuando puede existir algún riesgo de pecado debido a la frecuente inseguridad en la que se toman las decisiones. De esta manera ley (Decálogo) y pecado se convierten en los referentes últimos desde donde analizar el papel de la conciencia. El problema es que ni la ley es siempre del todo clara, ni las situaciones son siempre iguales, con lo cual puede ocurrir que algunas decisiones sean simples probabilidades ante casos inciertos. Por eso la moral casuista es una moral cuyo principal foco de atención es el probabilismo y sus problemas, hasta el punto de que Bernhard Häring ha llegado a decir que la historia de los siglos XVII y XVIII no es más que «la historia del probabilismo»66

, y que trajo consigo una innumerable cantidad de disputas entre concepciones morales muy diferentes. Es la época de las controversias entre los denominados sistemas de la moral, y en donde frente a la benevolencia pastoral de algunos confesores se contrapone la intransigencia de aquellos que no están dispuestos a minusvalorar la relevancia del pecado ni a dejar que la salvación de las almas se convierta en una mera gracia barata.

¿Qué se entiende aquí por «sistema moral»? A diferencia de la teología medieval, para la cual un sistema se refería a la organización del conjunto de la teología, en la casuística los sistemas son maneras o posiciones y criterios de juicio para afrontar situaciones de ley dudosas67

, es decir, qué hacer en caso de dubio iuris68

, seguir una ley incierta o seguir la conciencia personal. Dicho de otro modo: ¿qué es lo primero y más importante, la ley o la conciencia? La respuesta se refleja precisamente en la variedad de los sistemas morales que van desde el rigorismo más absoluto hasta el laxismo más audaz, en medio de los cuales encontramos vías también muy variadas. En concreto podemos encontrar hasta siete sistemas distintos: tuciorismo absoluto (rigorismo), tuciorismo mitigado, probabiliorismo, compensacionismo, equiprobabilismo, probabilismo y laxismo.

Evidentemente la problemática en torno al probabilismo, que tiene su origen expreso a partir de la segunda mitad del siglo XVI, no es ajena en absoluto al papel protagonista que la confesión y la penitencia adquieren durante ese período. De hecho, ya desde san Agustín el pecado había sido interpretado, entre otras formas, como una transgresión de la ley, a pesar de la importancia que autores como Tomás de Aquino daban a la conciencia invenciblemente errónea. En cualquier caso la probabilidad no tenía valor sino en cuanto a su proximidad a la verdad reflejada en la ley objetiva69

. Esto no significa que los diferentes autores no reconocieran las dificultades inherentes a algunas situaciones concretas en las que cualquier solución podría ser mala o incluso cuando la ley fuera imprecisa en referencia a algunos casos concretos. Es ahí cuando se aplicaba la categoría aristotélica de la epikeia, que autores como Alberto Magno o el propio Tomás de Aquino interpretaron como «equidad», pero que, en realidad, se puede decir que es una forma de prudencia en las soluciones sin olvidar el espíritu de la ley70

. En cualquier caso la generalidad de los autores, influenciados además por el voluntarismo ockhamista, eran proclives a una tendencia tuciorista o rigorista en la aplicación de la ley, es decir, hacia la elección de la opinión más segura, entendiendo como tal la que se sitúa a favor de la norma para evitar un pecado mortal.

Pero ya desde el siglo XV algunos autores, tal vez abrumados con la complejidad de muchas situaciones novedosas en el ámbito económico y social, empiezan a tener posturas un poco más flexibles, en el sentido de que otorgan un mayor papel protagonista a la conciencia, como es el caso de Antonino de Florencia, de Juan Gerson o de Juan Nider, que llega a dedicar una obra monográfica a defender la legitimidad de la «certeza probable»: «no siempre es de necesidad para la salvación seguir una opinión más segura. Basta una opinión segura. Porque “más seguro” (tutior) es un comparativo que presupone de forma positiva que otra opinión es segura»71

. Ahora bien, esta opinión es segura si ha sido sostenida por algún gran doctor, de manera que el tuciorismo aparece ya en su forma mitigada, algo que se fue abriendo paso durante el siglo XVI con los primeros autores de la Escuela de Salamanca y la aparición de los moralistas jesuitas preocupados por las orientaciones tridentinas en la confesión.

Aun así, existe una vía intermedia entre el tuciorismo y el probabilismo que es la representada por la llamada «moral de Grenoble»72

de Francisco Genet (1640-1703) y por los dominicos Vicente Conteson (1641-1674) o Daniel Concina (1687-1756). En este caso sigue siendo una moral de tipo rigorista, pero en donde se deja una ventana abierta a la conciencia siempre y cuando sus razones sean más probables (probabilior) que aquellas que están a favor de la ley. Por eso se le llama probabiliorismo, que en determinadas ocasiones deriva aún hacia el compensacionismo dado que admite la opinión probable cuando existan razones suficientes que excusen y compensen las eventuales transgresiones de la ley. En cualquier caso se puede decir que sigue siendo válido el principio general del rigorismo por el cual «en la duda hay que tomar la parte más segura», es decir, la que está a favor de la norma objetiva y no de la libertad.

El probabilismo se fue abriendo paso a través de autores como Francisco de Vitoria, Melchor Cano o Domingo Soto, que constituyen la prehistoria de un probabilismo que adquiere verdadera expresión teórica con el dominico Bartolomé de Medina (1528-1580) y el jesuita Francisco Suárez (1548-1617). Aunque no son los únicos, se puede decir que con ellos se empieza a poner en primer plano la libertad y la subjetividad en la formación del juicio moral al sostener que, en caso de duda, se puede seguir cualquier opinión probable siempre que tenga excelentes razones y partidarios sabios, incluso aunque exista otra opinión más probable. Dice Suárez: «es soberanamente duro que el hombre esté siempre obligado a lo más seguro, puesto que entonces debería ayunar o restituir siempre, cada vez que dude si está obligado a ello»73

. Se puede decir que en muy poco tiempo la mayoría de los moralistas se inclinaron hacia soluciones probabilistas, constituyéndose así en el sistema dominante del siglo XVII e incluso del XVIII, aunque sin descuidar su continua tensión con el probabiliorismo también bastante extendido.

Al mismo tiempo, hay que reconocer que al igual que no faltaron los excesos rigoristas, tampoco faltaron las desviaciones probabilistas hacia el laxismo, que es, por tanto, la antítesis del tuciorismo absoluto y uno de los frutos de la excesiva casuística moral fomentada con la penitencia. El laxismo no niega el deber de seguir una opinión probable, pero amplía tanto el criterio de probabilidad a favor de la benignidad que termina por dejar la conciencia en el terreno del interés propio. Esta es la tendencia que aparece en el ya citado Antonio Diana, pero que encuentra su representante más importante en Juan de Caramuel (1606-1682), al que san Alfonso, a pesar de reconocerle sus dotes intelectuales, llegará a llamar «príncipe de los laxistas».

En realidad las fronteras que separan el laxismo del probabilismo nunca estuvieron del todo bien definidas en la práctica, aunque en la teoría se pueden distinguir con bastante claridad. Esto llevó a que algunos de los autores rigoristas atacaran duramente al probabilismo utilizando a veces argumentos laxistas para descalificarlos y realizando generalizaciones que no reflejan del todo la realidad de los hechos. Para apreciarlo basta detenerse brevemente en una de las controversias más conocidas y que también ha ejercido mucho influjo posterior; nos referimos a la mantenida por Blaise Pascal (1626- 1662) en sus feroces ataques contra los jesuitas74

Para entender la posición de Pascal es ineludible hacer referencia a su contacto con el movimiento surgido de la reforma cisterciense de Port-Royal y a las figuras de Cornelio Jansenio (1585-1638) y Antonio Arnauld (1612-1694), todos ellos de tendencia marcadamente rigorista y enemigos acérrimos de la Compañía de Jesús. Jansenio –cuyas proposiciones rigoristas ya habían sido condenadas por Inocencio X en 165375

–, y en general los jansenistas, ofrecen el apoyo teórico de la moral tanto de Arnauld como de Pascal, algo que queda reflejado en la visión pesimista de la naturaleza y de la razón humana expuesta en su obra Augustinus. Por tanto, lo que hacen Arnauld y Pascal es aplicar a la moral lo que Jansenio aportaba a la antropología, pero lo hacen sin matices: lo único que salva es el cumplimiento de la ley. De hecho, en su escrito sobre la Teología

moral de los jesuitas afirma Arnauld que «no hay casi nada que los jesuitas no permitan

a los cristianos, reduciendo todo a probabilidades y enseñando que se puede abandonar la opinión más probable, que se cree verdadera, para seguir la opinión menos probable; y sosteniendo luego que una opinión es probable tan pronto como dos doctores la enseñan»76

.

Hay que decir que ni siquiera todos los jesuitas eran probabilistas ni mucho menos laxistas. Predominaban los probabilistas pero hubo alguno –además influyente– que no lo fue. A este respecto podemos recordar el caso del jesuita español y profesor de moral en Salamanca, Tirso Gonzalez, que fue un destacado militante probabiliorista. Escribió un libro dedicado al General de los jesuitas, el P. Oliva, y no le dieron el permiso para publicarlo. El asunto llegó a conocimiento del papa Inocencio XI que a través de un decreto del Santo Oficio, en 1680, exhortaba al P. González a no cejar en la defensa de sus tesis a favor de «la opinión más probable», y ordenaba al General de la Compañía que permitiese a todos los miembros de la orden y sus universidades adoptar la posición probabiliorista. Se supone que con ayuda del papa, el hecho es que Tirso González fue elegido General de los Jesuitas en 1687 y desde esa influyente función finalmente llegó a publicar su libro.

Pero es unos años antes de aquel sonado episodio cuando encontramos al genial filósofo francés Blaise Pascal, que, como hemos dicho, era un fervoroso defensor del rigorismo, enzarzado en un mordaz ataque y una acre crítica a la Compañía de Jesús y sus posiciones teológico-morales. El año 1656 salen a la luz sus primeras Cartas

Provinciales, en donde afirma cosas tales como la siguiente: «Ved de que manera los

Jesuitas se han esparcido por todo el mundo, valiéndose de la doctrina de las opiniones

probables, origen y piedra fundamental de todo este desconcierto»77. Es en ese mismo

lugar en el que Pascal relata su diálogo con un jesuita con el intento de ridiculizar sus posiciones en torno a la probabilidad, de manera que en un momento de la conversación afirma: «Pero padre mío, dije, ¿muy embarazado se hallará entonces un hombre para escoger una de las dos opiniones? No por cierto, no hay más que tomar la que más agradare. ¿Y si una fuese más probable? No importa, respondió. ¿Y si fuese más segura? No importa: aquí lo explica muy bien Manuel Sa de nuestra compañía en su Aforismo de

aunque la contraria sea más segura; pues la opinión de un solo doctor grave basta. Y

si una opinión fuere juntamente menos probable y menos segura, ¿será permitido seguirla dejando la otra que se crea más probable y más segura? Dígote otra vez que sí»78.

Evidentemente el tono duro y por momentos burlesco de Pascal no dejó indiferente a muchos autores que se alzaron contra sus acusaciones. Tal es el caso, por ejemplo, de la obra publicada en torno a 1659 por el jesuita Georges Pirot titulada Apologie pour les

casuistes contre les calumnies des jansénistes, en la cual afirma que «solo los espíritus

soberbios que presumen de conocer todas las verdades, o las almas engañadas persuadidas de tener revelaciones de todo, pueden censurar las opiniones probables y decir que una opinión probable no basta para obrar prudentemente y para eximir de pecado a quien la sigue»79

.

En cualquier caso la controversia forma parte de un problema de fondo en torno a la concepción del ser humano, la razón y la gracia que deriva también hacia las problemáticas morales dando lugar a una polémica que nunca ha dejado de estar presente en la teología moral, que es la polémica entre el objetivismo y subjetivismo y la forma de articular ley y conciencia o verdad y libertad en la vida moral cristiana. Hay que decir que tanto el jansenismo como el laxismo, que representan los dos extremos de los sistemas morales, fueron condenados en diversas ocasiones, entre las que destaca el Decreto de Alejandro VII en 1666 contra los errores de la moral laxista (DZH 2021- 2064), y el Decreto del Santo Oficio de 1660 contra los errores jansenistas (DZH 2301- 2332).

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