CAMPO DE UN ARGUMENTO COMO CONCEPTO RETÓRICO
16.2. Dos funciones retóricas para los campos en tanto que proveedores de valores de verdad
Al considerar la función que el concepto de campo podría jugar dentro de una teoría de la argumentación, tenemos dos opciones: o bien definir los campos de manera rígida, de tal modo que no todo argumento pertenecería a un campo, o bien definirlos de manera amplia, de modo que podamos aceptar que incluso argumentos como “deberías coger el paraguas, está muy nublado” pertenecen a un campo.
Creo que para los propósitos de la Teoría de la Argumentación no es necesario dar una definición precisa del concepto de campo, sino tan sólo una caracterización general
21 Esta proposición puede justificar cláusulas de inferencia como “si Juan tiene una mutación heredada en el receptor de la proteína, entonces probablemente desarrollará hipertensión pulmonar”.
que pueda ser desarrollada según los intereses que tengamos en un tipo de discurso particular. Lo que pretendo hacer plausible es que la configuración de los campos sería una cuestión de la hermenéutica de los discursos argumentativos y de sus funciones sociales.
Considérese la definición de J. Wenzel (1982): “El campo de un argumento es un compuesto integrado de conceptos, proposiciones, argumentos, que perdura en el tiempo, dirigido a objetivos explicativos compartidos, que representan estándares compartidos, sostenidos de manera consensuada por los iniciados de una disciplina” (1982: 211). Creo que esta concepción es perfectamente aceptable, aunque, obviamente, no todo argumento resultaría pertenecer a un campo según esta acepción del término. Por ello, cabe señalar que semejante concepción habría de renunciar a la idea de que los campos proporcionan estándares para la evaluación de los argumentos pues, de lo contrario, aquellos argumentos que no pudieran ser propiamente adscritos a un campo no podrían ser evaluados.
Podemos asumir que los argumentos pertenecen a los campos en tanto en cuanto los campos se conciben como “temas”, “disciplinas intelectuales” o en general, “sistemas de proposiciones”. Según esta concepción, los campos cumplirían una función retórica fundamental para la Teoría de la Argumentación. Una función que se desenvolvería en dos niveles. En el primer nivel, los campos se relacionarían con la determinación de la fuerza persuasiva de un argumento. En este sentido, adscribir cierto argumento a un campo nos permitiría valorarlo según los valores de verdad que el auditorio de referencia de ese campo adscribiría a las proposiciones que constituyen su razón y su garante. Por ejemplo, si estamos interesados en la efectividad o adecuación de cierto argumento respecto de un auditorio concreto, a saber, el auditorio de referencia de un campo, puede ser útil valorar este argumento según las creencias que normalmente mantienen los miembros de este auditorio. Estas creencias resultarán accesibles por referencia al tipo de cosas que el campo, como sistema de proposiciones con una adscripción de valores de verdad, haya establecido.
Así pues, cuando alguien establece que cierto argumento pertenece a un determinado campo, también está avanzando, en cierto modo, los valores de verdad que atribuye a las proposiciones implicadas. En esos casos, el campo se comporta como la matriz a la que se remite la cuestión de ulteriores justificaciones, y donde ésas justificaciones habrán de proveerse, bien en el presente, o bien en el futuro. Esta
asunción no significa que el campo provea de estándares para evaluar el argumento. Sólo significa que los argumentos pueden tocar temas que constituyen el campo como “sistema de proposiciones”. Si no adscribimos el argumento a ningún campo, o si la propia aceptabilidad del campo está en cuestión (por ejemplo, si no estamos de acuerdo con la mayoría de sus adscripciones de valores de verdad), tendremos que determinar los valores de verdad de las proposiciones involucradas independientemente del campo.
Este aspecto de los campos como proveedores de valores de verdad explicaría la observación de Zarefsky de que “los científicos pueden desdeñar ciertos datos o afirmaciones como no-científicos, mientras que otra disciplina puede adoptar esos mismos datos y afirmaciones” (1982: 195). En mi opinión, ese desacuerdo no se referiría a un conjunto de estándares para la evaluación, sino a una adscripción de valores de verdad divergentes.
El segundo nivel de la función retórica de los campos sería heurístico. En este sentido, una adscripción de un argumento a un campo determinaría la propia interpretación del argumento. En concreto, nos permitiría entender cuál es el verdadero sentido de sus razones y afirmaciones. Por ejemplo, es mucho más fácil determinar cuál es el objetivo de un hablante al argumentar, si nos damos cuenta de que el campo al que se refieren sus objeciones contra la eutanasia, por ejemplo, no son legales sino morales. La razón es que muchos términos, como “bueno” o “recomendable”, también tienen fuerza y criterios de uso. Y esos criterios, es decir, las razones que justifican nuestros usos de esos términos valorativos varían según el campo: algo puede ser “recomendable” por razones legales, pero no por razones morales. En algunos casos, puede resultar ventajoso hacer creer, por ejemplo, que cierta razón que sólo tiene consecuencias morales, apoya afirmaciones legales. En T. Goodnight (1982) ‘The personal, technical and public spheres of argument: a speculative inquiry into the art of public deliberation’, podemos encontrar buenos ejemplos de la importancia estratégica de adscribir cierto discurso a un campo determinado. Según nuestra propuesta, este efecto puede ser el resultado de dos causas: por un lado, cuando determinamos que cierto argumento pertenece a un campo, también apuntamos al modo que hemos de entenderlo. Por otro lado, tal adscripción también determina cuál es el auditorio que, en principio, estaría capacitado para evaluarlo, esto es, el conjunto de expertos que, se supone, conoce los valores de verdad de las proposiciones involucradas.