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Capítulo II: Hacia una Teoría Integral de la Argumentación

9.2. Juicios indirectos y explicaciones

Cuando ofrecemos razones para hacer un explanandum inteligible, lo que hacemos es señalar una parte de su referencia que permanecía oculta, desconocida, velada o simplemente desatendida. Esta parte, el explanans, vendría a ser una manera de “completar” la representación del hecho de referencia del explanandum respecto de algún aspecto o dirección pertinente, como su origen o génesis, su naturaleza, su propósito, etc.

En la medida en que las explicaciones son intentos de dar sentido a un explanandum respecto de algún aspecto o dirección pertinente, el éxito de un hablante a la hora de ofrecer explicaciones no requiere necesariamente que el oyente efectúe juicios indirectos, o que se forme creencias de manera inferencial, lo único que requiere es que el oyente juzgue y se forme una creencia en relación a un estado de cosas. En ese

sentido, al contrario que los actos de habla argumentativos, las explicaciones pueden estar constituidas por una única afirmación. Al evaluar la explicación, dicha afirmación habría de considerarse como un todo. Ciertamente, cuando se nos ofrece una explicación siempre podemos considerar su plausibilidad, confiabilidad o corrección. Al hacer esto, lo que nos cuestionamos es hasta qué punto las cosas son o pueden haber sido tal como la explicación sugiere. Para ello, podemos considerar la plausibilidad misma del explanans a base de ponerlo en conexión con otros hechos que lo hagan verosímil: por ejemplo, para la explicación “el bebé está llorando porque está cansado”, podríamos considerar explicaciones adicionales del mismo explanans (“porque ha dormido mal esta noche”). Pero también podemos considerar la justificación para la afirmación que constituye la explicación como un todo: por ejemplo, considerando las credenciales del hablante para hacer tal afirmación (“normalmente se acuesta dos horas antes”).

Por otra parte, desde el punto de vista del proceso mental de elaborar explicaciones, también es posible encontrar explicaciones que no involucran juicios indirectos. Considérese explicaciones como “voy a tomar algo porque tengo hambre”, “la palabra ‘casa’ no se acentúa porque es llana y acaba en vocal”, o “funciona porque Pedro lo ha arreglado”. La elaboración de este tipo de explicaciones no requiere de pasos inferenciales en tanto en cuanto no involucra ninguna conjetura, sino tan sólo meras constataciones.

Pero en otros casos, las causas que hacen inteligible el explanandum pueden no ser directamente accesibles y tenemos que reflexionar sobre ellas. En esos casos, podemos suspender nuestros juicios sobre cómo es el hecho del que tenemos algunos datos, y producir conjeturas alternativas que funcionen como hipótesis a testar. Pero también es posible hacer juicios directos. Veamos en más detalle estos procesos de elaboración de explicaciones.

Determinar cuál es la causa, el motivo, que vuelve (más) comprensible un explanandum por medio de hipótesis alternativas es un proceso evaluativo. Este proceso ha sido denominado a veces “abducción” o “inferencia a la mejor explicación”. Cuando elaboramos una explicación de manera abductiva lo que hacemos es considerar distintas hipótesis (producidas, por ejemplo, mediante juicios directos) que darían lugar a una explicación de ciertos datos de formas alternativas. Esas explicaciones alternativas, las cuales constituyen afirmaciones independientes, han de ordenarse según su grado de

plausibilidad, de tal modo que la más plausible se considera la explicación adecuada para los datos observados. Así, cuando elaboramos explicaciones por medio de inferencias a la mejor explicación, conseguimos no sólo explicaciones, sino explicaciones justificadas mediante el procedimiento de mostrar que son, de entre las alternativas, las mejores.

Por el contrario, el acto mental de aprehender cuál es la explicación que vuelve inteligible cierto explanandum sería un juicio indirecto sobre una hipótesis, el cual habría sido motivado por la evidencia que ha de ser explicada. Este modo de buscar una explicación es inferencial, pero no se dirige a justificar ésa explicación, sino a obtenerla: no se trata de mostrar que la hipótesis es correcta, sino de conseguir una hipótesis plausible. Es decir, debería verse más bien como la aprehensión de una idea, a partir de la evidencia a explicar y de la motivación de la inferencia que viene a ser una medida de su plausibilidad como hipótesis para el sujeto que juzga.

De ese modo, tanto la consideración de la argumentación como la elaboración de explicaciones pueden involucrar razonamiento, en el sentido de procesos de juzgar indirectamente. Pero el tipo de razonamiento involucrado en aceptar una razón para creer cierta afirmación, y la elaboración de explicaciones no son idénticos: cuando aceptamos una razón que nos ofrecen, r, para creer que a, juzgamos indirectamente que

a. Por el contrario, cuando llegamos a una explicación de la evidencia e, juzgamos indirectamente sobre la explicación completa, a partir de un juicio de que e como causa de este juicio indirecto. Por ejemplo, cuando se nos ofrece un argumento como “últimamente no para de hacer tonterías de ese tipo: está enamorado” el contenido del juicio indirecto al que se nos invita es “está enamorado”, y la razón que ofrece el hablante, aquella que motivaría el juicio indirecto, es “últimamente no para de hacer tonterías de ese tipo”. Por el contrario, cuando elaboramos una explicación como “no para de hacer tonterías de ese tipo porque está enamorado”, el juicio indirecto al que llegamos es, precisamente el hecho significativo completo, a saber, que su estar enamorado es lo que le hace comportarse de tal modo, y lo que motiva nuestro juicio indirecto es nuestro juicio sobre su comportamiento tomado como evidencia.

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