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Efectos sobre el comportamiento

Por otra parte, la oxitocina sintética tiene efectos físicos, si bien al no llegar al cerebro, carece de los efectos que so- bre la conducta ejerce la oxitocina endógena, hormona del amor que prepara a la madre y al bebé para la «impronta». La oxitocina endógena, a su vez, por un mecanismo de retroa- limentación, deja de producirse en presencia de su variante de síntesis. Esto hace que la mujer que da a luz bajo los efectos de las hormonas artificiales no esté impregnada de las hormonas del amor que su cuerpo habría producido para hacer de su primer encuentro con su bebé algo verdaderamente mágico y gozoso. Algo parecido sucede en el caso de la cesárea pro- gramada, en la que el bebé es extraído sin preparación previa, en un estado hormonal neutro, o a lo sumo de estrés y miedo por la operación.

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Qué dice la OMS

Por lo que se refiere al uso de la oxitocina y de las perfusiones intravenosas, en su «clasificación de las prácticas en el parto normal» del año 1999, la OMS incluye entre las «prácticas que son claramen- te útiles y que deberían ser promovidas» el «ofre- cer líquidos por vía oral durante el parto»; entre las «prácticas que son claramente perjudiciales o inefi- caces, que deberían ser eliminadas», la «perfusión intravenosa de rutina en el parto»; y entre las «prác- ticas que a menudo se utilizan inadecuadamente», la «estimulación con oxitocina».

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Para saber más:

Artículos:

«Violencia hospitalaria, el caso del Pitocín.» Gabrie- la Cob y Marie Tyndall. www.cosmovisiones. com/primal

Libros:

Guía de la mujer consciente para un parto mejor.

Henci Goer. Ob Stare, 2006.

Webs:

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La química y la bioquímica

La mujer no aprende a dar a luz más de lo que aprende a ges- tar a su bebé. La naturaleza provee... si se le deja. El parto se desen cadena espontáneamente y progresa gracias a un estado hormonal específico. Que el parto se desarrolle con normali- dad depende, sobre todo, del equilibrio hormonal de la madre. Sin em bargo, nada más fácil que perturbarlo. Se puede ha cer de varias maneras.

La primera es inducir la creencia de que el naci miento es una experiencia dolorosa y peligrosa nece sitada de ayuda alta- mente especializada y tecnifica da. Ese mie do, junto con la an- siedad producida por la ausencia de intimidad, la situación de subordinación y las prácticas de rutina, pueden alterar significa- tivamente el equilibrio hormonal de la mujer durante el parto. El miedo, el estrés, la ansiedad incrementan la secreción de adrenalina. Entre sus muchos efectos, está el de inhibir la producción de oxitocina, hormona regula dora del parto. Otra consecuencia es que aumenta el tono muscular, algo poco conveniente cuando de lo que se trata es de relajarse y dila- tar. Todo ello dificulta el progreso del parto, pudiendo llegar incluso a interrumpirlo totalmente. Es una reacción mamífera, que detiene el parto cuando la parturienta no se siente segura. Para muchas mujeres, la mera llegada al hospital supone la in- terrupción del proceso de dilatación durante horas, aunque habitualmente este parón se recupera por medio de la oxito- cina intravenosa.

En la mayoría de los hospitales, la oxitocina se administra por rutina. Esta hormona sin tética vuelve las contracciones más potentes, resultando más violentas para el bebé y más do- lorosas para la parturienta. En estas condiciones, es fácil que

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la madre reclame anestesia. La anestesia, incluida la epidural, puede disminuir la eficacia de las con tracciones, haciendo ne- cesarias otras intervenciones (fórceps...). Es una escalada de intervenciones, cada una de las cuales conduce a la siguiente, en la que puede llegar el punto en que lo único que quiere la mujer es acabar cuanto antes.

Uno de los efectos secundarios de la anestesia es la dismi- nución de la producción endógena de las endorfinas. Estas son morfinas endógenas que disminuyen el dolor y proporcionan placer. En condiciones normales, el organismo las segrega en gran cantidad en el parto, pero en presencia de otros anestési- cos o sustancias opiáceas, su producción disminuye. La madre anestesiada no necesita producir tantas endorfinas.

Pero no es lo mismo dar a luz con anestesia que con la ayu- da de las propias endorfinas. Tanto estas como la oxitocina no solamente son naturales, fisiológicas y carentes de efectos se- cundarios, sino que además tienen otros efectos importantes, como preparar psicológicamente a la madre para la creación del vínculo con su bebé. Un propósito para el que las sustan- cias artificiales no sirven. La oxitocina, hormona del amor, se secreta durante el parto y justo después en una cantidad supe- rior a cualquier otro momento de la vida, y tiene un poderoso efecto favorecedor del vínculo. Las endorfinas, hormonas del placer y del apego, completan la fórmula mágica de hormonas del amor que hacen del primer encuentro de madre y bebé un momento mágico y de efectos perdurables. Solamente las mujeres que dan a luz en libertad, intimidad y con respeto pueden segregar de manera óptima los «mensajeros químicos del amor».

Son muchos expertos los que advierten de que la anestesia epidural, a la vez que elimina el dolor, también puede eliminar otras cosas. En un experimento realizado con cabras, cuando se las hacía parir con epidural, estas no reconocían a sus crías y se desentendían de ellas. Una madre que había tenido dos hijos sin anestesia y un tercero con epidural contaba que «dar a luz con anestesia epidural es como ver el nacimiento de tu hijo en un documental». La psicóloga Laura Gutman habla de

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Quizá ha llegado el momento de comprender cuál es el verdadero papel de la epidural en el contexto del parto hos- pitalario. Como afirma lúcidamente Andrea Robertson: «Quizá ha llegado el momento de examinar la necesidad de epidura- les desde una perspectiva diferente, la del fracaso de los hos- pitales en el intento de proporcionar a las mujeres un entorno seguro y protector para el parto, en lugar de etiquetar a las mujeres como “fracasadas” cuando sus cuerpos tienen miedo ante la tesitura en que se las coloca».

Muchas madres que disponen de la oportunidad de te- ner un parto respetado viven auténticos estados alterados de consciencia a causa de estos opiáceos internos. Cossy nos cuenta cómo en su parto se sentía «colocada».

... Comienzo a sentirme como drogada, es evidente que entro en transición pero ¿cómo es posible eso? Francamente no me sentía «de parto». Comienzo a sospechar que a lo mejor me han administrado algo y me han drogado, repaso los momentos y me doy cuenta que todo está en mi imaginación. Comienzo a hablar realmente como si estuviera completamente drogada y me pre- gunto una y otra vez por qué me siento así. Lucy me explica que estoy en la transición... y yo asiento con un «ah, con razón, umm». Comienzo a buscar en mi mente qué fase es esa de la transición y me niego a estar en ella, me sigo sintiendo verde. Yo pienso que si es que le da la gana de nacer al bebé, sería hasta por la noche.

Lucy me pide en varias ocasiones que puje, pero Alicia me dice al oído (aunque no presente, sino por medio de los recuer- dos de lo que me ha dicho en ocasiones anteriores al parto) que si alguien me dice que puje y mi cuerpo no tiene ganas de pujar, no discuta, simplemente no lo haga porque me cansaré más y cuando sea la verdadera hora de pujar, no podré hacerlo, así que desisto y no hago caso, sigo sin pujar.

Decido ponerme a cuatro patas como estaba en mi cama. Lucy no hace otra cosa más que repetirme que pronto veré a mi bebé, que necesito esforzarme y pujar, y yo sigo sin hacer caso. Que el bebé está perfectamente y que vamos bien. Yo sigo pensando que es mejor dormirme un ratito porque todavía falta mucho pero ¡ay, qué drogada me siento! Me sigo preguntando

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si he fumado marihuana, cocaína, o «algo» porque me siento drogadísima.

(Ahora creo que lo que sucedió es que la calma, la tran- quilidad de verme libre de las presiones de un hospital y la comodidad de mi hogar y la gente estupenda que estaba con- migo hicieron que mi cuerpo creara en exceso las tan famosas endorfinas, anestésico natural que en mí provocó un exceso de «dopaje».)

Al bajarme de la cama y sentarme en la silla de partos que Lucy ha traído, Alicia eufórica grita: «¡Ahí está el bebé!». Lucy se asoma y dice que es verdad, que está coronando, yo incrédula les digo que no siento nada, ni una presión ni nada. Me invita Lucy a autoexplorarme para que sienta sus cabellitos, lo hago y al sentir- los quito la mano de asombro y susto a la vez. Comienzo a creer que esto va en serio, no como antes, que pensaba que apenas iba a comenzar el show.

Me pongo alerta lo más que puede para percibir todas las sensaciones, me muero de ganas de sentir el tan famoso círculo de fuego sobre el que he leído en algunos relatos. Recuerdo haber visto fotografías y vídeos de partos, mi propio parto anterior en el que sale la cabecita y se espera un momento hasta la siguiente contracción, con la que sale el cuerpo. Llega la contracción, al cólico no le hago caso alguno y ahora siento unas ganas tremen- das de hacer caca, ups, ha salido la bebé de un solo sopetón, ha salido la cabeza y en el siguiente el cuerpo, la he visto salir de mí así de rápido y de un solo empujón. He estado atenta al círculo de fuego pero me ha dado esa sensación por un segundo solamente y he dicho internamente: «¿Eso es todo?».

Me recuesto mientras bañan a la nena a mi ladito, Alicia se me acerca y me pregunta si todavía siento «ese cansancio» que yo decía, que estaba como drogada o ida. Y le digo: «No, se esfumó. ¡Ja, ja, ja, ja!» Y me dice: «¿Ya ves?»

COSSY. SALTILLO, COAHUILA, MÉXICO

Hay mucho miedo al dolor en el parto, aunque no siempre se tiene en cuenta que el dolor de un parto que progresa por

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sí mismo no es comparable con el de uno intervenido. Así lo expresaba una madre que había dado a luz en Pithiviers:

En Pithi viers se sufre, pero se tiene el derecho a decirlo. Se vive el dolor de otra manera, se tiene el derecho de vivirlo, de expresarlo... Este dolor que se puede ex presar en el momento no es traumático, porque no se asocia a humillaciones, o a lo que puede vivirse como violencia sexual (afeitado, episiotomía, etc.). Me pa rece que se sufre en el cuerpo, pero no en la sexuali- dad... Hay un espacio de soledad en el dolor, pero no se está, además, obligada a hacer frente a la imbecili dad de un sistema deshumanizado.

Los bebés que nacen únicamente con la ayuda de las pro- pias hormonas y las de la madre vienen al mundo en un esta- do de máxi ma alerta, favorecido por el rápido desarrollo neu- ronal que tiene lu gar antes, durante y después del nacimiento, y por la adrenalina y las endorfinas que segregan en grandes cantidades durante el parto y especialmente en el expulsivo. Este estado de alerta favorece su primer encuentro con la madre y la creación del vínculo. A este respecto, el pediatra doctor Accolet co menta su sorpresa cuando se trasladó a la materni dad de Pithiviers:

Me chocó el mínimo porcentaje de niños que necesita una ver- dadera reanimación posnatal primaria, en comparación con la frecuencia con que era llamado de urgencia cuando estaba de pediatra de guardia en los paritorios. Puede pasar un año sin que sea necesaria una intubación, y pienso que esto se debe al tipo de obstetricia que se practica en Pithiviers: sin droga. Lo que es una experiencia probablemente única en las maternida- des occidenta les. Pasan meses sin que se utilicen morfínicos u oxi tócicos. Los tranquilizantes también se usan rara mente. De hecho, no se producen nunca depresiones respiratorias medi- camentosas ni comas barbitúricos iatrogénicos que precisen reanimación, un factor su plementario de separación entre ma- dre y bebé tras el naci miento. Después, la madre vuelve a pie a su habita ción, sostenida por la comadrona o el padre, con el

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bebé en sus brazos. Eso también me chocó. Siempre he visto a la madre volver a su habitación en camilla y el niño en brazos del personal médico.

Mucho se habla de las ventajas de la anestesia epidural, pero no de sus inconvenientes, como la disminución de la efi- cacia de las contracciones —la mujer no sabe cuándo «empu- jar»—, bajada de tensión y, después de muchas horas, incluso fiebre. Muchos profesionales observan que los bebés nacidos con epidural muestran un nivel de alerta inferior a los naci- dos sin ninguna estimulación química ni analgesia. Por otra parte, existe el riesgo de no acertar con la dosificación. Una epidural mal dosificada puede conducir incluso a una parada respiratoria.

Mi primer hijo nació hace casi diez años en una clínica priva- da. Acudí a la clínica demasiado pronto (craso error) y después de sufrir enemas, afeitados, cinturones, oxitocina, inmovilización en la cama y malos modos por parte del personal durante unas diez horas, solamente había dilatado 3 centímetros. Me diagnos- ticaron «desproporción cefalopélvica» (tendríais que verme las caderas para echaros a reír) y, como era mediodía de viernes y mi médico se quería ir a esquiar, mi hijo nació por cesárea a las tres y media de la tarde. Pesó 3,950 kilos. La anestesia espinal que me pusieron me provocó una parada respiratoria en el quirófano y tuvieron que reanimarme. Recuerdo a todos pegando voces como en las películas cuando las máquinas empezaron a pitar. Me desperté cuando estaban sacando al niño.

ÁNGELA ÁLVAREZ

Respiración

La respiración es otra forma de incidir artificialmente en el estado de ánimo de la madre. La preparación para el parto de las embarazadas, en general concebida para ajustar su conduc- ta a lo que se espera de ellas, enseña a las muje res, entre otras

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cosas, a «respirar». Pero las técnicas artificiales de respiración se basan en un concepto puramente mecanicis ta, según el cual la respiración debe ser superficial durante la primera fase del parto y más profunda, con retención «para empujar», en la segunda, como si el diafragma actuara de pistón.

Semejante técnica, sin embargo, no tiene en cuenta la in- soslayable relación existente entre la respiración y el estado emocional y hormonal. Cada estado emocional va de la mano de un determinado estado hormonal, y a cada estado anímico le corresponde un tipo de respira ción. Por ello, no respiramos igual cuando estamos en fadados, ansiosos, tensos, que cuando estamos leyendo, relajados o riendo.

Tampoco respiramos igual cuando corremos que cuando estamos sentados o dormidos. Y es el propio organismo, a tra- vés del sistema nervioso y hormonal, el que regula la respira- ción adecuada a cada circunstancia. Para el parto no es distin- to. Pensar que el propio cuerpo no va a encontrar la forma de respirar adecuada para la ocasión demuestra la poca confianza que la obstetricia tiene en la fisiología.

La respiración que se pide a las embarazadas en la prime- ra fase del parto —superfi cial— corresponde a un estado de máxima tensión, estrés y ansiedad, poco compatible con la ne- cesidad de estar tranquila. La respiración que se enseña para la segunda fase del parto —con retención— pretende acele- rarla y sustituir el reflejo espontáneo de expulsión fetal, que obviamente no puede produ cirse en semejantes condiciones. Este tipo de respiración conduce rápidamente al agotamiento. Estas técnicas artifi ciales pueden incluso, en ocasiones, origi- nar consecuencias no deseables, como los estados de hiper- ventilación.

La mujer embarazada respira de forma diferente, de igual manera que cada estado emocional y la actividad física afec- tan a la respiración, y cada fase del parto tiene un tipo de respiración regulada de for ma involuntaria. Lamaze, uno de los obstetras que más escuela han creado, ha afirmado que «los ejercicios respiratorios deben ser diri gidos y controlados cui- dadosamente, y no debería ha cerse ninguno sin dirección mé- dica».

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Suero

Después del rasurado y el enema, lo primero que se hace a la mujer en el hospital es abrirle una vía, que servirá no so- lamente para administrarle el suero sino también la oxitocina o cualquier otro medicamento. Pero el mero hecho de clavar una aguja en el cuerpo puede ser en sí mismo un factor con- traproducente, en la medida en que incrementa la secreción de adrenalina, hormona del estrés.

Por otra parte, la perfusión de suero glucosado recibe cada vez más críticas, a causa de los súbitos incrementos de glucosa sanguínea que produce, que a su vez incrementan los niveles de insulina en sangre. Una posible consecuencia de estos pi- cos de glucosa e insulina es el riesgo de hipoglucemia después del parto, tanto en la madre como en el bebé. Tal cantidad de glucosa, por otra parte, puede afectar negativamente a la sínte- sis de prostaglandi nas, importantes catalizadores en la fisiología del parto. Varios autores atribuyen a la perfusión constante de líquido otros efectos, como la sobrehidratación del bebé, con su consiguiente aparente pérdida de peso tras el nacimiento, o el edema vulvar, que predispone a las lesiones del perineo.