que se tengan problemas sexuales posteriores y molestias en la cicatriz durante mucho tiempo. Además, puede hacer que, en las semanas siguientes al parto, de máximo ajetreo y ne- cesidad de estar disponible para el bebé recién naci do, algo tan sencillo como sentarse sea una experien cia penosa. La sutura de la herida, por otra parte, debe reali zarse inmediata- mente tras el parto, lo que dificulta el vínculo madre-bebé. Así de claro lo explicaba una madre que había parido su segundo bebé en Pithiviers:
Para una mujer, el do lor del parto no puede ser reducido al dolor de las contracciones, hay otros dolores, otras heridas más íntimas que duran más tiempo. La intervención médi ca es también su- frimiento. Para una mujer, una epi siotomía no es nunca anodina. ¿Lo es para esos hom bres médicos que hacen una regla de oro de cortar el órgano sexual de las mujeres? Este otro dolor sí es traumatizante.
El arraigo de la episiotomía entre los profesionales a pesar de las evidencias en contra es una incógnita para las mujeres. Henci Goer, en su libro
G
uía de la mujer consciente para un parto mejor, cuenta cómo en Canadá se quiso realizar un estudio sobre las indicaciones y consecuencias de la episioto- mía. Pues una parte de los médicos que pertenecían al grupo que no debía realizarlas fue incapaz de continuar adelante con el estudio. No pudieron evitar seguir haciéndolas.Todos los intentos por comprender la persistencia de esta práctica terminan conduciendo a motivaciones más o menos conscientes y que pertenecen a un orden mental diferente de las indicaciones médicas. La episiotomía cumple ciertamente algunas funciones, como convertir el parto normal en un acto quirúrgico que sustrae el protagonismo de la mujer para dár- selo al profesional, además de satisfacer en ciertos casos moti- vaciones más o menos conscientes de control y dominación. «Davis-Floyd también señala que la episiotomía, la destrucción y la reconstrucción de los genitales femeninos, permite a los hombres controlar los “aspectos poderosamente sexuales, creativos y amenazadores para ellos...”. En resumen, la episio-
tomía rutinaria tiene una función ritual pero médicamente no cumple con ningún propósito», afirma la autora Henci Goer.
Muchas mujeres sienten la episiotomía como una agresión que repercute en su vida sexual durante largo tiempo después. Cristina, una mujer gallega con dos penosos partos medicali- zados a sus espaldas, nos cuenta así su segunda episiotomía:
Durante la dilatación, agradecí el poco tiempo que tenían para ocuparse de mí. En el expulsivo, evidentemente, no tuve tanta suerte..., sé que en esta ocasión no subí yo sola al potro, me subió un celador, lo siguiente que recuerdo son unos segundos de tor- tura, unos segundos en los que se centra el recuerdo de este par- to... El ginecólogo metió la mano y agarró mi periné mientras me ataban las piernas, en ese mismo momento se volvió (sin sacar la mano) para buscar la tijera con la que practicarme la episio- tomía. Recuerdo retorcerme con angustia y sacar una pierna del estribo mientras le gritaba que sacase la mano de ahí, se volvió hacia mí, ya con la tijera en la mano, y yo intenté (de hecho lo hice) meter la pierna de nuevo en el estribo. En esto la matrona se dio cuenta de lo que pasaba y empezó a recriminarme (en un tono muy desagradable) que yo era una mujer adulta y que esta- ba allí para tener un hijo y que no debía hacer tonterías y tenía que ayudar... No recuerdo nada más, creo que para cuando acabó de escupir todo eso, mi hija ya estaba fuera de mí, alejándose en manos de Dios sabe quién. Fueron unos momentos en los que se concentraron todas las cosas desagradables que me habían ocurrido por estar tan «desatendida», todo el dolor físico, toda la humillación...
Mientras manipulaban a mi hija, el ginecólogo seguía sen- tado frente a mí con gesto de preocupación, le pregunté qué pasaba y dijo: «El útero se está cerrando y la placenta no sale», al tiempo que gritaba: «¡Que alguien cierre este gotero!». Yo no en- tendía lo que pasaba pero parecía algo bastante malo, me quedé allí callada, esperando aterrorizada, hasta que, afortunadamente, salió la placenta.
Luego comenzó la costura, mi niña ya estaba vestida y dijeron que iban a dejar pasar un momento al padre para que la viera (¿y a mí?), entró mi marido y ya no se fue, se quedó a mi lado ayudándome
a aguantar, el bebé estaba sobre mí sin dejar de llorar... y yo me pre- guntaba cuándo la podía poner al pecho, aunque en ese momento no me apetecía hacerlo, me dolía demasiado lo que me estaban haciendo... En un momento determinado, el ginecólogo me dijo: «Esto te va a doler», y comentó con alguien que a ese punto le lla- maban el de la suegra... Recuerdo el dolor, me recuerdo completa- mente tensa aguantando, recuerdo la tensión en el ambiente, tanta que mi bebé se calló en seco y volvió a llorar cuando pasó...
La «bola extra» consiste en que, no sé por qué extraña razón, la sutura de al menos dos de las cuatro episiotomías de esa noche se realizó con un material distinto del habitual, hecho que hu- biera sido anecdótico si alguien me hubiera avisado de que esas suturas no se iban a caer en un plazo razonable y, aunque acudí a la revisión puerperal con la matrona del centro de salud antes de la fecha que me correspondía, los puntos se habían conver- tido en una especie de alambres para los que tuvo que usar dos bisturís porque el primero no consiguió cortarlos... Al hematoma de rigor tuve que sumarle cuatro abscesos que me mantuvieron todo un mes en un ¡ay!, sin poder sentarme en condiciones ni para amamantar. Al cabo del mes y tras un tratamiento con anti- bióticos, dejaron de supurar...
Han pasado dos años y solamente ahora he podido olvidar la imagen del ginecólogo agarrando mi periné cuando «intento» mantener relaciones sexuales con penetración, solamente ahora empiezo a sentir menos dolor cuando las mantengo y aún no he conseguido mirar ni tocar la cicatriz sin estremecerme...
Me pregunto por qué no pensé todas estas cosas antes del se- gundo parto, por qué entré en la web de la clínica Acuario y no entendí qué era eso de «una comuna hippy que paría en una cueva», por qué intenté apuntarme sin éxito a Lisnac para ver qué de- cían por ahí, por qué andaba buscando partos en agua y cosas se- mejantes... Ahora me doy cuenta de que no sabía qué buscaba pero evidentemente buscaba, y no fui capaz de encontrar, no fui capaz de no tropezar por segunda y definitiva vez con la misma piedra...
No es de extrañar, pues, que las mamíferas, muy sabia- mente, se escondan para traer al mundo a sus hijos. Como afirma Michel Odent: «Muchos rituales agresivos transmitidos
de generación en gene ración son, de hecho, variaciones de comportamien tos profundamente arraigados... Ocurre lo mis- mo con la necesidad de ver y cortar el periné, difícil de justifi- car después de la publicación de estudios controlados que sugieren que los principales factores de desgarros graves son, precisamente, la episiotomía y la posición echada».
Desde hace años, vienen publicándose estudios que de- muestran que las mujeres que sufren una episioto mía suelen experimentar dolores en el coito durante bastante tiempo después de la operación.
A este respecto, otra madre nos comenta:
Nos dicen que las mujeres estamos contentas con nuestros par- tos, que tenemos el parto que queremos, que se hacen cesáreas y se ponen epidurales a partir de un centímetro de dilatación porque lo pedimos las mujeres.
Pues yo tengo mis dudas: desde hace un tiempo, cada vez que voy al taller de lactancia y dejo traslucir mi «pelaje» de loca del parto, se me acerca una mujer y me cuenta una historia de horror. Las dos últimas son sobre episiotomías, esos «cortecitos limpios que se suturan y curan mejor que un desgarro». Parece que sus únicos efectos secundarios son una gran dificultad para mantener relaciones sexuales cuando han pasado hasta nueve meses del parto, y también una notoria angustia cuando le cuen- tan el parto a una desconocida... Las mujeres se echan a llorar cuando te cuentan su parto en dos minutos. Recuerdan el fór- ceps y se echan a llorar. Te cuentan, a los cinco minutos de cono- certe, que no pueden hacer el amor con sus maridos y se echan a llorar. Una de ellas me ha preguntado por el parto en casa, dice que antes de buscar otro bebé (y si consigue algún día sexo con penetración, según sus propias palabras), quiere saber que no le harán otra episiotomía. Su hija tiene ya nueve meses. La chica tendrá veinticinco años, tendríais que verla, es tan joven y tan guapa..., la imagino llorando junto a su marido y me dan ganas de episiotomizarles a ellos y ellas, porque lo que más rabia me da de mi propia episiotomía es que me la haya hecho una mujer.