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Aparte de los daños auditivos que puede causar la exposición a elevados niveles de ruido, al igual que en humanos, no deben pasarse por alto las alteraciones no auditivas (Pascuan et al., 2014). El estudio de los efectos del ruido antropogénico sobre la fauna terrestre es un área relativamente nueva de estudio y se sabe poco sobre la relación entre niveles de ruido y las molestias reales sobre la fauna silvestre (Brown et al, 2012.; Coffin, 2007; Leblond et al., 2013), sobre todo debido a la complejidad de vincular parámetros relevantes para la fauna y de la exposición al ruido a escala de paisaje (Fahrig, 2003, 2013; Coffin, 2007). Se ha comprobado que la exposición al ruido puede causar estrés fisiológico en numerosas especies animales (Crino et al.,

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2013; Farina, 2014) y que el incremento de los niveles de estrés durante largos períodos de tiempo puede reducir su capacidad para hacer frente a nuevas amenazas o desafíos (v.g. predadores, infecciones, etc.) que, a su vez, podrían acarrear consecuencias negativas a nivel de población (Wingfield y Sapolsky, 2003; Romero 2004; Husak y Moore, 2008). El estrés es una respuesta adaptativa del organismo, un mecanismo de supervivencia ante un estímulo (estresor), una situación potencialmente conflictiva, debido a la existencia de cualquier clase de peligro o amenaza real o percibida. Esta respuesta fisiológica está regulada por el eje hipotalámico-hipofisario-suprarrenal en organismos vertebrados.

El hipotálamo recibe los estímulos exteriores e inicia una cadena de señales bioquímicas que llegan hasta las glándulas suprarrenales que secretan el cortisol que, ante una respuesta de estrés permite movilizar reservas de energía del cuerpo muy rápidamente (gluconeogénesis). Ese aporte de glucosa (energía) adicional es lo que permite responder de forma rápida y eficaz al agente estresante. La corteza de las glándulas suprarrenales regula varios componentes del metabolismo y secreta glucocorticoides (como cortisol, cortisona y corticosterona), hormonas del grupo de los esteroides que, en general, se consideran necesarios para que el organismo responda y resista a situaciones de estrés (Hill et al., 2006). Una vez superada la situación de estrés los glucocorticoides retornarán a su nivel basal mediante un mecanismo de retroalimentación negativa. Pero la exposición a períodos prolongados de estrés puede desajustar la retroalimentación negativa y mantener los niveles de glucocorticoides constantemente elevados, lo que puede tener consecuencias negativas para la salud de los individuos, incluyendo afecciones a su sistema inmunológico, reducción de la condición física, inhibición de la función reproductiva normal, etc. (Harper y Austad, 2000; Hill et al., 2006; Acosta, 2008; Pascuan et al., 2014).

Hasta hace poco tiempo, el principal método para evaluar el nivel de estrés de un individuo consistía medir la concentración en sangre de glucocorticoides (Young et al., 2004). Pero estas técnicas, obviamente, requieren la extracción de muestras de plasma y por lo tanto la captura de los animales que, a su vez, resulta una técnica estresante por sí misma sobre todo en el caso de la fauna silvestre (Young et al., 2004). Además, las concentraciones de glucocorticoides pueden sufrir notables oscilaciones a lo largo del

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día en un mismo individuo, incluso en cuestión de minutos y en ausencia de estresores (Harper y Austad, 2000).

Posteriormente se han ido desarrollando metodologías para determinar la concentración de metabolitos glucocorticoides fecales, que refleja un patrón de secreción de más integrado, como resultado del metabolismo de varias horas y, además, permiten estudiar el nivel de estrés fisiológico de animales silvestres mediante métodos considerados no invasivos (Barja et al., 2007, 2008, 2011, 2012; Piñeiro et al., 2012; Zwijacz-Kozica, et al., 2013). De este modo se ha investigado la actividad de la corteza suprarrenal en animales durante la exposición a estímulos estresantes como entornos inhóspitos, infraestructuras de transporte, tensiones sociales, agresiones, perturbaciones humanas, exposición a depredadores, etc. (Young et al., 2004). Por ejemplo, Navarro- Castilla et al. (2014) han relacionado el aumento de metabolitos del cortisol en heces (MCH) con los individuos que viven más cerca de las autopistas y que, en teoría, se encuentran sometidos a una mayor perturbación debido al tráfico de vehículos. Estos métodos permiten el muestreo de amplios territorios con un nivel de esfuerzo y una inversión de tiempo y de recursos asequible, aún a escala de paisaje, lo que permite obtener información sobre el estado fisiológico de las poblaciones de animales silvestres (Brearley et al, 2012.; Escribano-Avila et al. 2013). Proporcionan una gran oportunidad para entender los efectos de las perturbaciones humanas, en este caso por la contaminación acústica, sobre poblaciones animales en libertad.

Varios autores afirman que las posibles molestias generadas por el tráfico de las carreteras influyen en la riqueza y la densidad de especies animales presentes en su entorno (Parris y Schneider, 2008). Un fenómeno muy estudiado en el grupo de las aves y generalmente relacionado de manera directa con el volumen de tráfico de estas infraestructuras (Forman et al., 2003; Kociolek et al., 2011; Peris y Pescador 2004). En este sentido, otro criterio de evaluación del impacto sobre la fauna en el entorno de las carreteras podría venir dado por el análisis de sus efectos sobre el éxito reproductivo, que puede influir en la persistencia de determinadas especies, más aún en el caso de las consideradas amenazadas o en peligro debido a su estado de conservación (Pater et al., 2009). En la mayoría de los casos, la literatura sugiere que el ruido asociado al tráfico de vehículos es el causante de este impacto negativo (Halfwerk y Slabbekorn, 2009; Rheindt, 2003). Sin embargo, resulta muy complicado delimitar una zona de influencia

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de las carreteras que pueda ser uniformemente considerada en todas las infraestructuras para indicar hasta donde se produce este impacto (Forman y Deblinger 2000; Hawbaker et al., 2006). Además, en ocasiones las interpretaciones de los resultados de algunos trabajos son contradictorias, pese a que se trata de un tema ampliamente discutido en la literatura desde hace aproximadamente dos décadas (Pieretti y Farina, 2013; Slabbekoorn y Ripmeester, 2007).