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Físicamente no existe distinción entre sonido y ruido, sin embargo, es posible encontrar numerosas definiciones del concepto de “ruido” con apreciables matices en función de si corresponden a un punto de vista físico, jurídico o social. En resumen, se puede considerar que se trata de un sonido no deseado o molesto, que puede producir efectos fisiológicos y psicológicos en un receptor (humano u otro ser vivo) o en un conjunto de ellos. Por su parte, el concepto de “ruido ambiental”, legalmente, se refiere al sonido exterior no deseado o nocivo generado por las actividades humanas, incluido el ruido emitido por los medios de transporte, por el tráfico rodado, ferroviario y aéreo y por emplazamientos de actividades industriales (Directiva 2002/49/CE). Además, de acuerdo con la Ley del ruido (BOE, 2003), se entiende por contaminación acústica la presencia en el ambiente de ruidos o vibraciones, cualquiera que sea el emisor acústico que los origine, que impliquen molestia, riesgo o daño para las personas, para el desarrollo de sus actividades o para los bienes de cualquier naturaleza, o que causen efectos significativos sobre el medio ambiente (BOE, 2003). La contaminación acústica es una forma de degradación del medio ambiente que amenaza, y causa un impacto negativo significativo, a la salud y el bienestar de las personas a nivel mundial (Goines y Hagler, 2007; WHO, 2011). Asimismo, su expansión continua lo está convirtiendo en un contaminante global que reduce drásticamente los espacios libres de ruido antropogénico y las oportunidades para disfrutar de zonas tranquilas en la naturaleza, por lo que también puede constituir una amenaza global para la salud de los ecosistemas

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naturales (Lynch et al., 2011). En cualquier caso, los parámetros meramente físicos no sirven por sí solos para evaluar el impacto del ruido hasta que se ponen en relación con su respuesta fisiológica y psicológica en los potenciales receptores (García y Garrido, 2003).

Tabla 2. Niveles sonoros y habitual respuesta humana.

Nivel dB(A) Efecto Ejemplos característicos

130 Absolutamente

insoportable y doloroso Es el nivel percibido a unos 10 m de un avión.

120 Muy peligroso y

doloroso

Reactor de un avión volando a 50 m. Se considera el umbral del dolor en humanos.

110 Peligroso y muy alto. Nivel habitual en discotecas, conciertos tipo rock, pop etc. y

a 100 m de un avión aterrizando.

100 Muy alto y muy molesto. Martillo neumático

90 Muy alto y peligroso si

duradero

Nivel de ruido característico de un vehículo pesado a unos 60 km/h y percibido a unos 10-15 m.

80 Muy alto y molesto

Calle con tráfico intenso o algunos electrodomésticos como secador de pelo, aspiradora o lavadora. Límite de seguridad para un ruido contínuo.

70 Alto y tolerable. Nivel habitual en zonas comerciales y muchos bares, en el

interior de algunos trenes y automóviles.

60 Moderado. Nivel habitual de la voz en una conversación normal a 1m

de distancia.

50 Ambiente tranquilo Nivel habitual en una oficina, aunque todavía interfieren en

el sueño.

40 Ambiente en calma Son propios de un ambiente de calmado, nivel característico

de la sala de estar de un domicilio.

30 Bajo, ambiente

silencioso

Ambientes silenciosos, característico de una biblioteca o un dormitorio (por la noche). Sonidos en un bosque.

20 Muy bajo, ambiente

silencioso

Nivel característico de un estudio de radio o un desierto tranquilo.

10 Muy bajo, ambiente

silencioso Respiración tranquila

0 Silencio Umbral de audición para humanos. No significa ausencia de

sonido.

< 0 Silencio Sonidos audibles para carnívoros nocturnos.

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El ruido del tráfico se identifica hoy en día como la fuente más importante de perturbaciones ambientales, aunque no ha sido así siempre, porque se consideraba que niveles relativamente bajos de ruido ambiental no representaban un peligro potencial para la salud (Ising y Kruppa, 2004). Si bien hace ya más de 40 años, en 1971, la Organización Mundial de la Salud (OMS) identificó el ruido como una gran amenaza (a major threat) para el bienestar humano y esa valoración no ha cambiado en la actualidad, en todo caso la amenaza se ha intensificado (Goines y Hagler, 2007). Más allá de los daños traumáticos que puede causar la exposición a elevados niveles de ruido, súbitamente o no, las evidencias científicas han ido produciendo un cambio de actitud respecto a los riesgos para la salud inducidos por el ruido a largo plazo. De hecho, en el pasado un ruido nocturno sólo se consideraba molesto en caso de que activara al individuo e interrumpiera su descanso durante el período de sueño, sin embargo se ha demostrado que el ruido de fondo de aviones o vehículos pesados puede inducir la liberación de hormonas del estrés incluso durante el sueño, aún por debajo de los anteriores umbrales (Ising y Kruppa, 2004).

El creciente desarrollo de todo tipo de infraestructuras y la expansión del urbanismo generan una huella sonora, expresión que suele utilizarse indistintamente con huella acústica para ilustrar que los sonidos que producen se extienden más allá que la estricta ocupación física del suelo por cada tipo de construcción, y causan la fragmentación acústica del paisaje, de forma que las condiciones naturales o los lugares relativamente tranquilos quedan reducidos a breves intervalos del día (Lynch et al., 2011). En este sentido el impacto del ruido antropogénico puede resultar más grave y extenso de lo que inicialmente se pudiera prever (Blickley y Patricelli, 2010). Los numerosos costes ocultos de la exposición al ruido ha podido influir en que la preocupación por este tipo de contaminación se haya considerado más un lujo que una necesidad, que sus efectos se hayan subestimado por ser poco visibles, que posiblemente no se evalúen correctamente en la actualidad y que se haya tardado en acumular experiencias y conocimientos al respecto (Recuero y Suárez, 2004; Brown et al., 2011; Francis y Barber, 2013). Por otro lado, la declaración de áreas protegidas por sí solas no resulta eficaz en la consecución de sus objetivos ni logran detener la pérdida de biodiversidad (Mora y Sale, 2011) que entre otros factores ambientales puede resultar afectada por el ruido antropogénico, y precisamente los lugares muy frecuentados, o fragmentados, pueden ser candidatos prioritarios para introducir la

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gestión del ruido ambiental (Barber et al., 2010). Sala et al. (2000) sugieren que las actividades humanas en sí y los cambios de usos del suelo podrían tener un impacto sobre la biodiversidad terrestre mayor que el cambio climático.

El buen estado de conservación y la calidad de los paisajes sonoros son esenciales para la comunicación animal y también para la oferta de oportunidades para escuchar los sonidos de la naturaleza y disfrutar de sensaciones como la tranquilidad, la soledad o simplemente de espacios de reducida contaminación, que también pueden ser razones de peso para visitar espacios naturales (Lynch et al., 2011; Carver et al., 2013; Mace et al., 2013). Sin embargo, la contaminación acústica puede limitar e impedir su disfrute y contemplación en estado puro (Mace et al., 2013). También se ha relacionado al ruido como un factor que degrada la calidad de los hábitats, que puede causar afecciones a nivel de comunidades y que puede tener efectos negativos sobre la conservación de la biodiversidad y la provisión de servicios por los ecosistemas (Johansson et al., 2005; Balvanera et al., 2006; Francis et al., 2009, 2012; Blickley y Patricelli, 2010; Barber et al., 2010, 2011; Dumyahn y Pijanowski, 2011a, 2011b; Chan y Blumstein, 2012; Helldin et al., 2013; Proppe et al., 2013; Farina, 2014). No obstante, las consecuencias de sus efectos sobre la fauna, los ecosistemas, los paisajes sonoros o los propios visitantes de espacios naturales aún no son bien conocidas, pese a recibir una atención creciente en el ámbito de la investigación científica (Gjestland, 2008; Miller, 2008; Barber et al., 2010, 2011; Saha y Padhy, 2011).