La planificación acústica se define como el control del ruido futuro mediante medidas planificadas, como la ordenación territorial, la ingeniería de sistemas de gestión del tráfico, la ordenación de la circulación, la reducción del ruido con medidas de aislamiento acústico y la lucha contra el ruido en su origen (BOE, 2005). Los actores implicados en estos niveles de decisión requieren la asistencia de indicadores
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ambientales a una escala adecuada a las escalas de planificación, que describan o cuantifiquen con rigor el nivel de las potenciales perturbaciones ambientales sobre el territorio y, en particular, sobre áreas geográficas singulares (Chester y Ryerson, 2014).
En la Fig. 6 se ilustran los niveles del ruido de fondo por debajo de los cuales suelen situarse las zonas tranquilas en espacios naturales (Forman et al., 2003) y los niveles del indicador Lden correspondiente a cada porcentaje de población que suele
referir una alta molestia por el ruido procedente de tres medios de transporte diferentes (Münzel et al., 2014). A la vista de ellos, parece razonable pensar que para cuantificar un impacto, a priori similar, no tienen por qué emplearse necesariamente las mismas herramientas, índices o métodos para escenarios y fuentes tan diferentes. Aunque pudiera darse el caso que por medio de adaptaciones, se permitieran reflejar los cambios introducidos sobre una situación previa del medio, sus posibles efectos y así realizar una evaluación de los mismos. El servicio de parques nacionales de los EE.UU. monitoriza los paisajes sonoros con el fin de determinar las condiciones actuales y, a partir de ello, predecir los potenciales efectos de su gestión y otros potenciales impactos. Según los estándares de evaluación del ruido ambiental, los niveles de ruido en los parques suelen ser relativamente bajos para los criterios habitualmente aplicados a las personas, pero muy altos considerando criterios de audibilidad del ruido en relación a la fauna silvestre (Lynch et al., 2011).
La ausencia de contaminación por ruido en espacios naturales determina una valoración positiva en la experiencia de sus visitantes (Beal, 1994; Carles et al., 1999; Cessford, 1999; Saxen, 2008) incluso aún más cuando las irrupciones sonoras tienen lugar en paisajes visualmente más atractivos (Benfield et al., 2010). Partiendo de la hipótesis de que el ruido antropogénico degrada la calidad de los paisajes, al contrario que los sonidos naturales, Benfield et al. (2010a) extendieron al análisis del ruido de las carreteras y a las voces humanas las investigaciones que previamente se habían centrado en analizar el impacto del tráfico aéreo sobre varios parques nacionales de los EE.UU. Encontraron que, a igualdad de nivel de presión sonora (en torno a 45 dB), el ruido de los coches superaba en nivel de molestia a la que causaba el ruido de los aviones, al contrario que en la escala elaborada por Münzel et al. (2014) en otros ambientes (Fig. 6) y, además, ambos tipos de ruido fueron superados por el nivel de molestias causado por las voces y conversaciones de otras personas. Sin embargo, para un nivel de presión
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sonora de 60 dB el ranking de la valoración de las molestias se modificó y el primer lugar pasaban a ocuparlo las aeronaves seguidas del tráfico por carretera y, en este caso, las voces humanas quedaban relegadas a la tercera posición.
Fig. 6. Relación entre nivel de ruido de diferentes medios de transporte y la población que declara sentirse molesta. Fuente: modificado de Münzel et al. (2014).
Lynch et al. (2011) caracterizaron los recursos sonoros en 43 parques nacionales de los EE.UU., combinando aspectos de audibilidad con la inspección visual de sonogramas, porque ninguna métrica por separado se consideraba lo suficientemente adecuada, y encontraron que el patrón de audibilidad que representaba el ciclo de las actividades humanas en los senderos de los parques era casi idéntico al patrón del ruido de los aviones. Miller (2008) contribuyó a la discusión sobre la determinación de los criterios utilizados para tomar decisiones en la gestión del paisaje sonoro de los parques nacionales, a partir de su experiencia de más de 15 años como consultor en la materia para el servicio de parques nacionales de los EE.UU. Buscaba, entre otras, la respuesta a cuánto ruido de origen antrópico es aceptable en estos lugares, partiendo de la premisa que la respuesta “cero” no era factible. Este autor sugiere la posibilidad de zonificar los parques en distintas áreas en función de su sensibilidad a la contaminación acústica,
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tanto la que se refiere a los propios recursos de los parques como desde la perspectiva de la experiencia de los visitantes:
- Zonas de alta sensibilidad al ruido. Donde se debe tratar de mantener el mejor estado natural posible del paisaje sonoro, bien por contener hábitats de especies sensibles, por motivos culturales, histórico o religiosos, o porque sea destinada a ofrecer excelentes oportunidades para experimentar la soledad, tranquilidad, etc. - Zonas de sensibilidad moderada al ruido. Donde se ofrece una cierta sensación
de lejanía y paz, los paisajes serían predominantemente naturales, históricos o de marcado interés cultural y, respecto a las expectativas de los visitantes, algunos ruidos serían inevitables sin menoscabar la experiencia del visitante.
- Zonas de baja sensibilidad al ruido. Estos son zonas moderadamente desarrolladas, aún algo retiradas del tráfico de carreteras y de los estacionamientos de vehículos, donde los visitantes deben tolerar niveles de ruido moderados y encuentros frecuentes con otros visitantes.
Con independencia de que las características de los paisajes sonoros y de los ruidos que los afectan puede mermar el nivel de bienestar, el valor recreativo o la calidad de las experiencias de los visitantes (Barber et al., 2011; Brown et al., 2013; Mace et al., 1999, 2013; Pilcher et al., 2009), la sensibilidad o el nivel de tolerancia de cada individuo también juega un papel crítico en estas evaluaciones (Benfield et al., 2014). Por lo que muchos autores insisten en la necesidad de continuar investigando para evaluar y cuantificar el impacto humano sobre los paisajes sonoros (Krog y Engdhal, 2004; Mace et al., 2013; Pijanowski et al., 2011b).