y la iluminación
Las actividades espirituales o religiosas son muy variadas y solamente en algunos casos son susceptibles de ser registradas con métodos neurocientíficos. Así, por ejemplo, podrían analizarse rituales colectivos con sus aspectos motores, rítmicos o musicales, experiencias de trance propiciadas por uso de substancias psicotrópicas, o las conocidas recomendaciones alimentarias como el ayuno (Yom Kippur, Cuaresma, Ramadán) u otras conductas, como diversas formas de vegetarianismo, recomendaciones hoy revalorizadas (purificadas de aspectos obsesivos) por consejos terapéuticos procedentes del ámbito de la nutrición. Otros registros pueden cubrir otro tipo de aproximaciones. Naturalmente, las actividades más fácilmente analizables desde las neurociencias son aquellas que se centran en prácticas que afectan a aspectos somáticos y mentales que pueden observarse en condiciones de estabilidad analítica. Es el caso de las prácticas más o menos conocidas como meditaciones, ampliamente extendidas en muchísimas tradiciones espirituales y religiosas. A continuación se describen, en primer lugar, algunos planes generales fuera de los cuales no tendría mucho sentido el análisis anecdótico de técnicas concretas, y en segundo lugar se presentarán los datos neurocientíficos relativos a las prácticas meditativas, que han sido objeto de un amplio interés espiritual, educativo y terapéutico y han podido ser ampliamente analizadas por sus beneficiosos efectos mentales.
El objetivo de los ejercicios espirituales de todo tipo es, en origen, un intento de liberación, y en muchas tradiciones una propedéutica para una iluminación gratuita, un conocimiento profundo que puede dar un vuelco significativo al mundo mental. Este objetivo original ha sido muy frecuentemente deformado por mil intervenciones espurias a lo largo de los inevitables procesos de institucionalización que han generado limitaciones, errores y muchas veces auténticas perversiones deformadoras del genio original. La situación de crisis de las instituciones en la que vivimos podría facilitar un encuentro con los aspectos más originales y originantes de las grandes tradiciones, cosa que nos permitiría restituir a las espiritualidades/religiones su fuerza creativa, que a veces ha quedado fosilizada o neutralizada.
6.1. Planes de vida: austeridad/contención y benevolencia
La proliferación de ofertas de tipo terapéutico o espiritual, relacionadas frecuentemente con planteamientos de autoayuda, inspiradas no raramente de forma superficial en tradiciones orientales sacadas de su contexto profundo, ha llevado a trivializar el marco de seriedad en el que cobran sentido las prácticas espirituales rigurosas, susceptibles de facilitar cambios profundos en las personas. En realidad, ni en Oriente ni en Occidente hay ofertas baratas para lograr resultados espirituales sorprendentes. La mente humana es capaz de elaborar interioridades de gran calidad, pero esto siempre requiere un trabajo asiduo, un contexto humano secularmente acreditado y, dentro de lo posible, la colaboración de un maestro o consejero espiritual, conocedor de la psicología y la tradición espiritual. Estas necesidades se ven hoy con frecuencia escarnecidas por ofertas de acompañamiento o coaching improvisadas con ligereza y falta de seriedad. Un ejemplo de lo que se comenta no es difícil encontrarlo hoy a propósito del yoga. El yoga es una imponente tradición espiritual de origen hindú, que propone una nueva forma de ser y vivir como consecuencia de un amplio programa espiritual que abarca todos los aspectos de la vida. El prestigio de esta tradición y, muy a menudo, un simple tributo a la moda han llevado a una utilización fragmentada y empobrecida del yoga, que no se corresponde con la cualidad de su naturaleza. Así, se recurre a algunas prácticas de tipo gimnástico o respiratorio, desconectadas del nervio profundo de la tradición del yoga. No es que estas prácticas sean perjudiciales, pero el planteamiento resulta empobrecedor. De ahí que sea bueno recordar los grandes modelos de ejercicios espirituales que, como planes de vida, han propuesto las más importantes tradiciones espirituales o religiosas y que suelen incluir un trabajo ascético de contención de las conductas, acompañado de una actitud general de benevolencia hacia la realidad y muy concretamente hacia las personas.
a) El modelo del yoga como ejemplo. Interés y limitaciones.
El yoga constituye una buena referencia para ejemplificar un plan de vida que ofrece una imagen global de sentido acompañada de una sistematización de actitudes morales y prácticas concretas. Esta gran tradición espiritual hindú tiene un texto de referencia en el «Yoga Sutra de Patanjali», texto escrito en los primeros siglos de nuestra era. Mircea Eliade tiene un estudio clásico sobre él (M. Eliade, 1965). El yoga es uno de los seis grandes sistemas filosóficos brahmánicos (excluyendo, pues, el jainismo y el budismo, considerados heréticos por la ortodoxia hindú). El yoga presentado por Patanjali asume las grandes líneas filosóficas del Samkhya, diferenciándose de él solamente por su cariz teísta (el Samkhya puede considerarse no teísta) y la importancia dada a las técnicas de meditación (mientras que el Samkhya se centra sobre el conocimiento metafísico). Ambos comparten la opinión de que el mundo es real, en contra de la convicción vedanta que lo proclama como ilusorio. Según Patanjali, el sabio descubre que «todo es
sufrimiento», convicción muy generalizada en el mundo oriental, que marca, por ejemplo, esencialmente la orientación budista y que articula a su alrededor toda la visión general de la vida. Oriente tiene con frecuencia una concepción pesimista de la vida, que es compensada muy penosamente por la loable actitud benevolente generalizada. El Mahabhárata señala que «la esperanza es la mayor tortura que existe». Señalo estos aspectos, que no son menores en la concepción del yoga, porque seguramente muchos occidentales practicantes de yoga se encuentran muy lejos de estas apreciaciones generales sobre la vida, cosa perfectamente lícita y normal, pero que diferencia profundamente el estado de ánimo con que se enfocan todos los demás aspectos de la tradición del yoga. Estos son los puntos centrales en los que discrepan grandes tradiciones espirituales de Oriente y Occidente, y tales discrepancias son muy significativas para interpretar y vivir dichas tradiciones.
En el contexto de esta cosmovisión, Patanjali sitúa los ocho capítulos de su camino del conocimiento, que constituye un itinerario soteriológico. Naturalmente, aislar estos capítulos de este itinerario significa empobrecer la propuesta del yoga. Veamos cuáles son estos eslabones del proceso.
– Yama. Es lo preliminar de cualquier ascesis. Comprende cinco abstinencias: no matar (ahimsa), no mentir (satya), no robar (asteya), abstinencia sexual (brahmacariya) y superación de la avaricia (aparigraha).
– Niyama. Conjunto de disciplinas: limpieza de los órganos corporales como signo de la purificación espiritual; serenidad, para no amplificar las necesidades de la existencia; ascéticas de moderación en la comida, la bebida y la búsqueda de la confortabilidad; estudio de la metafísica yogui y esfuerzo para hacer de Dios el motivo de todas las acciones.
– Asana. Es el capítulo de las posturas. Es uno de los grandes temas más conocidos en el Hathayoga y el que con más facilidad se identifica con el yoga en Occidente. Las posturas tienen como finalidad la neutralización de las alteraciones que la presencia del cuerpo puede producir en la mente.
– Pranayama. Otra de las grandes referencias en la espiritualidad oriental, que se propone sintonizar la mente con el cuerpo al asumir ritmos respiratorios en la frontera entre lo voluntario y lo vegetativo. Estas prácticas respiratorias en Oriente llegan a propuestas francamente sorprendentes que, con frecuencia, bordean la rareza y lo insólito, si no increíble.
– Pratyahara. Liberación de los sentidos, facultad de liberar el mundo sensorial de la distracción de los objetos exteriores. Orienta al yogui hacia una postura que se asemeja a la inmovilidad de la divinidad.
– Dharana. Concentración, detención del flujo mental por la fijación en un punto más nocional que físico.
– Dhyana. Meditación que permite acceder a la lucidez y a una mirada profunda sobre la realidad.
– Samadhi. Éxtasis yóguico, estado contemplativo o iluminación, que es la plenitud final a la que conduce el proceso espiritual seguido por el yogui.
Recojo esta breve cita de las etapas del yoga compiladas por Patanjali simplemente para ilustrar la propuesta integral del yoga. Dudo que la mayoría de occidentales que practican yoga estuviesen dispuestos a abrazar la filosofía de fondo y la dura oferta de vida integral que propone el yoga. En este sentido, es oportuno hablar de limitaciones para abrazar la propuesta del yoga en su integridad. Es normal que estas grandes síntesis espirituales generen versiones abreviadas y simplificadas que puedan ayudar a la vida concreta de las personas, pero lo que resulta deformador y adquiere tintes perversos es que se proponga el yoga como práctica funcional para generar un bienestar según los cánones ligeros e irresponsables de nuestra conocida sociedad del bienestar.