b) Otras propuestas
6.3. Registros y valoraciones neurocientíficas
El panorama de la meditación presenta muchísimas modalidades y no es fácil la sistematización. A. Lutz, C. J. Dahl y R. J. Davidson se han dedicado al tema y ya en 2008 presentaban una primera clasificación en la que distinguían, con vistas a adquirir una conciencia plena, dos procesos: la FA (focused attention), que centra la atención en un punto u objeto singular, y la OM (open-monitoring), que no intenta concentrarse en ningún objeto singular. A propósito de ellas fueron analizados resultados en la neurodinámica cerebral (A. Lutz et al., 2008). Recientemente, en una nueva publicación (C. J. Dahl et al., 2015), han ensayado la presentación de una tipología de las prácticas meditativas, tanto las correspondientes a los medios espirituales como las que se refieren a la práctica clínica. Distinguen tres familias que denominan atencional, constructiva y deconstructiva. Todas ellas, y esto es importante, pretenden una remodelación del self por medio de la meditación, al servicio del bienestar profundo del individuo, lo que se lograría a través de una conciencia profunda, una toma de perspectiva, una reevaluación del mundo interior y una profundización en el insight personal. No hay que perder de vista estos objetivos, dado que la meditación es una actividad útil y no un simple entretenimiento de ocio. La familia atencional destaca por su centralidad en el manejo de la atención en todas sus dimensiones. Citan los autores como referibles a esta familia la meditación Jhana del Theravada, la centrada en la respiración del zen, la atención corporal del zen tibetano, la Shamata tibetana y diversas tradiciones centradas en la recitación de mantras. También adscriben a esta familia escuelas filosóficas grecorromanas y terapias clínicas de reducción del estrés basadas en la mindfulness. La familia constructiva reuniría principalmente técnicas en las que tiene importancia la reconstrucción del self, así como su situación en perspectivas relacionales y la atención a los valores. A ella podrían referirse la compasión amorosa (Theravada y tibetana), la Bodhisattva tibetana, la meditación cristiana centrada en la oración, la meditación basada en la compasión, la contemplación de la muerte (Tíbet, zen), las propuestas filosóficas del estoicismo o las terapias clínicas centradas en la recuperación de la paz interior. Finalmente, la familia deconstructiva comprendería un grupo orientado al objeto (Vipassana, meditación analítica tibetana, práctica del koan zen); otro grupo orientado al sujeto (terapia cognitiva clínica conductual, Mahamudra tibetana y meditación Dzogchen); y un tercer grupo basado en el insight no dual (Muraqaba sufí, Shikantaza zen o búsqueda del auténtico self en el Advaita Vedanta). La precisión sobre los detalles de estas técnicas escapa al no especialista, pero se traen a colación para mostrar el interés específico y detallado de los neurocientíficos interesados en el tema de la meditación. Posiblemente una de las más detalladas aproximaciones neurológicas a los procesos cerebrales y mentales asociados a la práctica del mindfulness sea el estudio publicado por Vago y Silbersweig en el que intentan precisar la infraestructura cerebral correspondiente a la práctica de la meditación mindfulness atendiendo a los tres aspectos principales
(autoconciencia, autorregulación y trascendencia), formulando unos modelos neurales de estos procesos (D. R. Vago y D. A. Silbersweig, 2012).
Como ya se ha señalado, el análisis de los beneficios de la meditación desde el punto de vista de las neurociencias es frecuente y abundante. Existe literatura científica de primer nivel sobre el tema. Una excelente revisión la tenemos en un artículo de Yi- Yuan Tang y colaboradores (Y. Tang et al., a), 2015). Los autores recuerdan que los estudios sobre neurociencia de la meditación están aún en sus comienzos pero que disponemos ya de un amplio espectro de datos que las investigaciones futuras podrán ir confirmando y precisando. En su revisión, Tang y su equipo recogen tanto los cambios estructurales generales como los cambios en zonas cerebrales concretas, producidos como consecuencia de la práctica meditativa.
Respecto de los cambios estructurales generales, se registran, analizando diversas técnicas meditativas (ejercicios de insight, zen, Dzogchen tibetano, MBT y MBSR), modificaciones presumiblemente beneficiosas en el grosor de la corteza cerebral, el volumen de materia gris, la densidad de materia gris, la anisotropía funcional o el volumen del hipocampo. Por lo que se refiere a cambios en regiones cerebrales concretas, la revisión que comentamos refiere múltiples e interesantes modificaciones: en el córtex cingulado anterior (que regula la atención y la emoción y se activa en los ejercicios de conciencia respiratoria); en el córtex prefrontal y sus conexiones con la amígdala, en relación con la atención y control emocional; en el córtex cingulado posterior, centro de referencia de la conciencia de sí mismo, desactivado durante ciertos tipos de meditación, como los que se distancian del yo; en la ínsula, centro muy significativo de la conciencia de sí mismo y de los procesos emocionales, activada en relación con las sensaciones respiratorias y los estímulos sonoros emocionales; en el estriado (núcleos caudado y putamen), en el que se manifiesta activación en el estado de reposo; en la amígdala, centro importante de la vida emocional y que manifiesta notables modificaciones de actividad según las reacciones a determinados sentimientos. La cita tal vez resulte algo técnica, pero puede ser un buen ejemplo de la precisión con que se realizan los estudios cerebrales sobre los beneficios de la meditación. Aunque se trata de un área de estudio todavía incipiente, la revisión concluye que «existe evidencia emergente de que la meditación mindfulness puede provocar cambios neuroplásticos en la estructura y función de regiones del cerebro implicadas en la regulación de la atención, la emoción y la conciencia de sí mismo». Una revisión parecida ha sido publicada por M. Boccia y su equipo (M. Boccia et al., 2015).
Además de las modificaciones referidas en las revisiones que se acaban de comentar, otros aspectos de la modificación cerebral debida a la meditación han sido estudiados en relación con tipos concretos de meditación. Por ejemplo, respecto de la conectividad de redes cerebrales en relación con la meditación zen (P. B. Kemmer et al., 2015) o el estudio de los mecanismos neurofisiológicos y neurocognitivos en relación con
el yoga (L. Schmalzl et al., 2015). Incluso se han realizado estudios para comprobar eventuales distinciones específicas entre diversas escuelas de meditación, como el que compara los mecanismos neurales activados específicamente por técnicas meditativas hindúes o budistas (B. Tomasino et al., 2014) o la investigación sobre los efectos cerebrales específicos de la recitación de mantras (A. Berkovich-Ohana et al., 2015). También se han analizado las consecuencias beneficiosas de diferentes formas de meditación. Amihai y Kozhevnikov han logrado precisar cómo en la meditación budista las tradiciones Vajrayana y la tántrica hindú producían una alerta en el sistema vegetativo simpático y en la alerta fásica, mientras que las tradiciones Theravada y Mahayana promovían la actividad parasimpática y la alerta tónica (I. Amihai y M. Kozhevnikov, 2015).
Algunos estudios analizan modificaciones de tipo genético, como los cambios en la expresión génica debidos a estados singulares de conciencia (M. Ravnik-Glavač et al., 2012) o modificaciones en la actividad de la telomerasa (N. S. Schutte y J. M. Malouff, 2014; S. B. Kumar et al., 2015).
En el orden práctico, los beneficios cerebrales de la meditación han sido aplicados tanto a situaciones terapéuticas como educativas. Respecto de lo primero, se han analizado los efectos beneficiosos de la meditación mindfulness en relación con la formación psicoterapéutica (M. Dorian y J. E. Killebrew, 2015) o en gerontología (M. A. Foulk et al., 2015). G. A. Kelley y K. S. Kelley han presentado una revisión completa de los efectos de la meditación yoga, tai chi y qigong en la mejora de la calidad de vida en adultos (G. A. Kelley y K. S. Kelley, 2015). En relación con las aplicaciones pedagógicas existen diversas publicaciones, como por ejemplo sobre los efectos de la meditación en la toma de decisiones (S. Sun et al., 2015), los beneficios del mindfulness en relación con la mejora del self-control en problemas de adicción (Y. Tang et al., b), 2015), y en especial una revisión sobre el tema (Ch. Zenner et al., 2014).
Aunque las investigaciones neurocientíficas sobre meditación son realizadas generalmente a propósito de la mindfulness, muchos elementos de estos estudios pueden generalizarse a otras técnicas o prácticas meditativas de otras escuelas. Así, por ejemplo, los recursos relativos a la fijación de la atención en puntos sensoriales o imaginativos externos o internos al propio cuerpo son relativamente transversales en muchas escuelas. Igual sucede con la respiración, pieza importante entre los recursos meditativos (en casi todas las tradiciones existe esta práctica). En la actualidad se suele invocar la experiencia del yoga o del budismo zen, pero en la tradición cristiana, sobre todo en Oriente, que dispone de una amplia experiencia en este punto en el hesicasmo monacal, se dan ejemplos de la práctica meditativa centrada en la respiración. El mismo Ignacio de Loyola, en sus Ejercicios, al explicar el «tercer modo de orar» dice: «El tercero modo de orar es que con cada un anhélito o resollo se ha de orar mentalmente, diciendo una palabra del Pater noster, o de otra oración que se rece, de manera que una sola palabra
se diga entre un anhélito y otro, y mientras durare el tiempo de un anhélito a otro, se mire principalmente en la significación de la tal palabra, o en la persona a quien reza». Se trata, evidentemente, de una aplicación de la técnica respiratoria a un ejercicio de meditación con objeto, inspirada probablemente en la tradición hesicasta de los monjes cristianos orientales.
En otros aspectos más generales, las diferencias entre escuelas de meditación pueden ser más marcadas. La tradición cristiana, por ejemplo, no comparte la aversión por el yo que suele aparecer en Oriente; el yo es concebido como sujeto responsable y se le coloca ante el tú de Dios. Aquí la promoción del sujeto no es vista como un defecto. Consecuentemente, la meditación no busca solamente la capacidad de fugarse de un yo egocentrado, sino la de madurarlo en responsabilidad y superación del egocentrismo, al servicio no solamente de una benevolencia genérica sino también en función de relaciones interpersonales amorosas que intentan reproducir un amor gratuito recibido de Dios. Esta particularidad ha de ser destacada, y no como un inconveniente porque se afirma el yo, sino como una responsabilización generosa de este yo ante la prosecución de la justicia que la tradición profética hebrea coloca en un lugar central de la espiritualidad. Naturalmente, los tipos de meditación de la tradición cristiana son frecuentemente meditaciones con «objeto» en las que el vaciamiento de un yo superficial es solamente la primera etapa de la consolidación de elecciones maduras y socialmente justas decididas por el sujeto en el seguimiento de un mensaje claro y definido.
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APÍTULO7:
Panorama (a modo de epílogo)
El gran panorama cultural de las espiritualidades y las religiones se presenta hoy con el interés de siempre pero en condiciones culturales, filosóficas y teológicas diferentes de las que nos resultaban más familiares. El enfoque neurocientífico del tema recogido en los capítulos precedentes es una de las novedades más llamativas. Pero hay otras que se unen a esta. A modo de balance de los aspectos comentados en el presente texto y como indicación de puntos de vista para orientar una buena navegación en el océano de las formas de trascendencia religiosa y espiritual, apunto unas notas que nos permitan interpretar y valorar, además de observar o describir.