Conciencia reflexiva y protagonismo del yo
2.2. El yo, un territorio de la conciencia
Dentro del campo de la conciencia, los humanos disponemos de una sólida e imprescindible especialización funcional de alto nivel que denominamos «yo» y que experimentamos como centro psicológico de gobierno y atribución de protagonismo, además de instancia de continuidad biográfica.
La noción del «yo» hay que situarla en la coherencia biológica de la individuación. El ser vivo se define por una clara individuación respecto del medio. Esta individuación le permite mantenerse como centro definido de acción (metabólica, relacional, conductual...) en esta sorprendente función vital que es el automantenimiento frente a la degradación termodinámica (aumento de entropía). Psicológicamente el «yo» responde a esta necesidad de individuación que condiciona la vida. No es pues el yo «un engaño», como se afirma frecuentemente con cierta ligereza, ni el cerebro nos engaña al respecto, sino que simplemente facilita la función yoica de forma muy aceptable. Un perro no es un engaño: es un perro. Un yo psicológico no es un engaño: es un yo, ni más ni menos. Es decir, que, sin querer atribuir al yo una desmesurada consistencia o una fantasiosa esencialidad, hay que afirmar sin reservas que el yo constituye una imprescindible y muy fiable función vital, que mantiene la consistencia psicológica, nos da un aceptable registro de la realidad y nos confiere una buena capacidad de acción frente a los desafíos del medio. Estos son los datos que recoge una buena observación científica y hay que tenerlos presentes para evitar el fuego cruzado contra la integridad del yo, proveniente tanto de ciertos sectores de la neurociencia que destacan sobre todo del yo sus márgenes de error (los cuales no invalidan su interés y fiabilidad), como de ciertos sectores de la espiritualidad que se recrean excesivamente en la negación del yo desde posturas más bien ideológicas y metafísicas, derivadas de interpretaciones no siempre mesuradas de las críticas al egocentrismo de parte de corrientes espirituales diversas. Las ciencias neurobiológicas observan el yo desde ópticas operacionales y no desde posturas ideológicas o metafísicas.
Resultan interesantes algunos intentos de abordar neurofisiológicamente la naturaleza del yo con intención de precisar desde este observatorio las diversas afirmaciones que sobre el yo se proponen, particularmente en el campo de la comparación entre espiritualidades orientales (proclives a desautorizarlo) y occidentales (tendentes a responsabilizarlo). Un ejemplo de este enfoque lo constituye un trabajo de A. V. Lebedev y su grupo, que estudian neurológicamente los procesos de la disolución del yo utilizando la estrategia de uso de la psilocibina (A. V. Lebedev et al., 2015). El estudio comienza recordando el importantísimo papel que en la historia de la filosofía, la espiritualidad y las ciencias neurales ha tenido la noción de self, y cómo su disolución puede observarse en la psicosis aguda, las auras epilépticas de lóbulo temporal, los experimentos con psilocibina y, de forma normal, en los estados singulares espirituales o
místicos. Notan los autores que el self puede ser considerado como un paraguas bajo el que se reúnen una constelación de constructos como: conciencia de sí mismo, monitorización del yo, reconocimiento propio, autoidentificación, autocontrol, centro de actividad, teoría de la mente, diferenciación sujeto-objeto y comprobación de la realidad. Aluden también a las distintas acepciones con las que Karl Jaspers aludía a la conciencia del yo: sensación central de vida, conciencia de protagonismo, consistencia de la propia persona, distinción del propio yo frente a lo que nos rodea, e identidad en el tiempo y el relato. Los fenómenos de disolución del yo fueron detectados neurológicamente en el decrecimiento de la conectividad entre el lóbulo temporal medio y las regiones corticales de alto nivel. También esta disolución fue asociada a la desintegración de algunas grandes redes neurales y una reducción de la comunicación interhemisférica. El trabajo concluye que las regiones citadas y su conectividad adecuada son la garantía del mantenimiento del self o ego como fenómenos perceptuales. Este tipo de estudios ayuda a matizar afirmaciones que a veces se hacen «alegremente» a propósito de temas altamente complejos (como el yo) y dependientes de estructuras neurales muy difíciles y poco conocidas, lo que debería aconsejar la utilización de un lenguaje muy ponderado y provisional sobre estos temas. Esto vale para situaciones relativas a la psicopatología y también para el campo de la espiritualidad, en el que a veces se hacen grandes afirmaciones sobre el yo de forma muy inconcreta.
El análisis del yo debe abordarse desde la aceptación de consideraciones poliédricas. Son diversos enfoques los que pueden acabar dibujando el poliedro más adecuado a la definición de la especialización funcional de alto nivel que es el yo en el campo de la conciencia. A continuación se citan algunas referencias de las formas de enfoque que configuran conjuntamente una aceptable aproximación al yo.
a) El yo neural
Naturalmente existen diversos intentos de relacionar la función del yo con determinadas estructuras mentales. Al respecto se citan: el tálamo, centro de referencia privilegiado por lo que se refiere a la coordinación de toda la información circulante entre el organismo y el córtex cerebral; la ínsula, zona del córtex replegada detrás del lóbulo temporal, estructura en la que se proyectan datos globales sobre el estado del organismo; el claustro, estructura adyacente a la ínsula y que se manifiesta muy sensible como «interruptor» que abre o cierra los estados conscientes del yo; el default mode work, formado por unas estructuras muy estudiadas en relación con el estado mental que «por defecto» se produce cuando el cerebro «descansa»; y redes de conexión como las que se acaban de citar en el artículo de Lebedev.
El cerebro no es una estructura responsable en solitario del mundo mental, sino que constituye una estructura que forma parte de un organismo con el que está profundamente identificada. Progresivamente van quedando claras las relaciones de la vida mental con aspectos que anteriormente considerábamos ajenos a ella. Así, por ejemplo, aparece un creciente interés por establecer las relaciones específicas del cerebro con el sistema digestivo (E. A. Mayer, 2011), e incluso con la flora intestinal (J. F. Cryan y T. G. Dinan, 2013), relaciones que son mucho más íntimas de lo que tradicionalmente se había considerado. Gran parte de la percepción del propio yo está condicionada por las sensaciones corporales que identifican al individuo a partir de su esquema corporal y de la definición del propio yo que se estructura a partir de estas sensaciones. En este aspecto tienen gran importancia las sensaciones táctiles (propias y resultantes del tacto de otros en caricias, etc.) y las impresiones visuales que recibimos a partir de la cara y la mirada. La integración de las sensaciones corporales en la percepción del yo, o percepción de la localización del yo en el espacio, y la sensación de «posesión» del propio cuerpo se producen significativamente en una zona del cerebro denominada córtex cingulado posterior (A. Guterstam et al., 2015).
c) El yo psicológico
Aparentemente el yo psicológico funciona, desde el punto de vista neural, a partir de sistemas relativamente independientes que se coordinan en niveles no conscientes en coaliciones funcionales. Por ejemplo, el reconocimiento de la cara, que en los humanos tiene gran importancia, parece que es fruto de dos subsistemas: la percepción de la familiaridad y el reconocimiento facial. Cuando falla la coordinación, se puede presentar la prosopagnosia (se ve la cara de un familiar pero no se identifica como familiar: falla el reconocimiento de familiaridad) o el síndrome de Capgras (se ve la cara del familiar y se identifica como familiar pero se cree que es un impostor: falla el reconocimiento facial). Además, el yo, psicológicamente, es un sistema dinámico con una base neural, que Freud identificó como el «ello», el «superyó» y el «yo», modelo que Kandel, Nobel de neurobiología, considera que sigue siendo el mejor modelo psicológico de la mente. Es sabido que la maduración del yo depende de una correcta evolución de las tres instancias freudianas citadas.
d) El yo ético
Este punto de vista se ocuparía de analizar la orientación del yo desde la polaridad egocentrismo-alocentrismo. A este respecto, hay que evitar confundir un yo bien establecido con un yo «egocentrado». Un yo maduro bien establecido puede estar perfectamente orientado a la vinculación hacia los otros. Un yo egocéntrico es un yo deficitario. Hoy se conocen las redes o tramos cerebrales que dirigen el psiquismo hacia la consideración de lo propio (el ego) y los que se dirigen al reconocimiento de la
alteridad (R. J. Murray et al., 2015). No hay que confundir, pues, el cultivo vigoroso del yo con una orientación autocentrada del individuo.
e) El yo extenso o social
Existe un creciente interés en situar neurológicamente el yo en el ámbito social. El yo de cada individuo depende fuertemente de los elementos externos con los que se estructura y dialoga. Elementos sensoriales, ideológicos, contextuales, afectivos... externos a nosotros constituyen también nuestro yo. Esta es, por ejemplo, la razón de que nos sorprendamos de cómo las ideas de determinadas épocas que hoy nos parecen aberrantes fueran mantenidas por eminentes pensadores de otros tiempos (piénsese en la esclavitud, la indignidad femenina, etc.). Las bases neurales del cerebro social son objeto de gran interés (Ch. E. Forbes y J. Grafman, 2013; D. A. Stanley y R. Adolphs, 2013). Este estudio se está enriqueciendo con las aportaciones de la epigenética, que registra cambios conductuales que se traducen en modulación de la expresión génica, cosa que explicaría interesantísimos fenómenos de domesticación y autodomesticación a través de las influencias sociales en la genética cerebral, en perspectiva hereditaria. Este cerebro extenso explicaría también sutiles diferencias en la estructura neuronal que podrían interpretarse como explicaciones de modos de pensar cultural. Algún autor, por ejemplo, ha propuesto este punto de vista para explicar grandes orientaciones del pensamiento que caracterizan a Oriente u Occidente. Se puede comprender el creciente interés que suscita este yo extenso como elemento para entender la conexión naturaleza-cultura en aspectos de la vida humana.
f) El yo metafísico
El análisis de la consistencia del yo está muy relacionado con las implicaciones metafísicas que el análisis del yo suele suscitar. Efectivamente, la extendida creencia de que el yo tiene una proyección más allá de la existencia biológica concreta lleva a que, en el tratamiento del tema del yo, el intento de presentarlo como una «entidad» trascendente genere una reacción en contra que acaba en un intento de desacreditar la solidez del yo. Ambos intentos se ven invadidos por consideraciones ideológicas. Grandísimas culturas han afirmado la consistencia metafísica del yo. Baste citar desde los egipcios a los judíos del posexilio, los cristianos, los musulmanes, los hindúes, los mesoamericanos o las grandes tradiciones animistas. El tema del yo metafísico reviste un alto interés filosófico y cultural, pero no debería interferir excesivamente en la forma poliédrica de comprensión del yo.
El yo es, pues, una entidad-función de gran complejidad y que exige cuidadosísimas precisiones para hablar adecuadamente de él. La expresión «supresión del yo» aparece con frecuencia en la literatura espiritual sin que se sepa exactamente qué indica. Puede significar desde la superación del egocentrismo, actitud muy interesante, hasta la
abolición de todas las cualidades centrales del psiquismo, señaladas por Lebedev y citadas anteriormente, y que supondrían la abolición catastrófica de la mente.
2.3. La libertad
Abordar la cuestión de la libertad resulta imprescindible al hablar del protagonismo del yo. Efectivamente, no hay protagonismo real sin libertad. El tema de la libertad es suficientemente serio y trascendental en la vida de cada individuo y en la aventura humana en su conjunto para que no pueda resolverse con simplismos. Y el tema está amenazado por estos simplismos. Dos de ellos son particularmente socorridos. Uno es la ingenuidad materialista: invocando ideológicamente el principio lógico y físico de causa- efecto, se acaba postulando que no es posible la libertad, dado que cualquier experiencia personal de libertad no es más que el resultado de una concatenación de causas y efectos sobre los que el sujeto no tiene ninguna capacidad real de intervenir. El otro simplismo es el espiritualista: la libertad sería una capacidad de autodeterminación absoluta y no dependiente de condiciones físicas, caracterizada por una responsabilidad trascendente si no se responde a las indicaciones éticas adecuadas.
En el ámbito de las ciencias neurobiológicas, las afirmaciones ideológicas son poco fructíferas e ilustran poco la evidencia (aunque sea siempre provisional) que la ciencia pretende. Por eso, se abre camino una interpretación operacional de la libertad que no recurra a definiciones y principios ideológicos, sino que observe e interprete lo que sucede. En este sentido, se consideran hoy dos enfoques científicos que pueden ilustrar nuestra comprensión de la libertad.
Uno de ellos es la teoría del caos determinista. En forma muy sucinta, esta teoría viene a indicar, en boca de Edward N. Lorenz, uno de sus más eminentes representantes, «la ausencia de un cierto orden que debería estar presente». Esta característica suele acompañar a los sistemas hipercomplejos (E. N. Lorenz, 1995). Los sistemas hipercomplejos se presentan, por ejemplo, en la meteorología, la dinámica de poblaciones, los sistemas no lineales, la economía o el funcionamiento de órganos vivos, y especialmente el cerebro. Muchos autores han profundizado en el análisis del caos (por ejemplo K. Hayles, 1993; P. Coveney y R. Highfield, 1992) y algunos de ellos han publicado «manuales» divulgativos bien referenciados (Z. Sardar e I. Abrams, 2006). El biólogo R. May evidenció las sorpresas del caos en el estudio de los modelos de crecimiento de las poblaciones. Aplicando la ecuación logística (X1 = rX0 [1-X0]) al estudio de la dinámica de una población, observó que, dependiendo de r, la curva de crecimiento de la población daba lugar a estados estacionarios, períodos relativamente regulares o figuras caóticas irregulares. Era un buen ejemplo de cómo los sistemas ecológicos, que se creía que respondían a ecuaciones sencillas de modo simple, en realidad daban lugar a resultados impredecibles variando sutilmente algunos factores. Este carácter impredecible del sistema era una característica de los modelos caóticos. Si algún sistema es hipercomplejo, ese es el cerebro humano. Robert Soler, especialista eminente en sistemas complejos denomina al cerebro «la catedral de la complejidad». Se
trata de un sistema retroalimentado sin fin que vehicula inmensas cantidades de información a través de estructuras que desencadenan respuestas interactivas. Este sistema está dotado de numerosos «atractores» extraños para cada una de sus actividades. El resultado global de un tal sistema está caracterizado por la imprevisibilidad, aunque su funcionamiento respete el principio de causa-efecto. Siempre se trata de sistemas deterministas, pero no predecibles. Los sistemas caóticos nos podrían evocar una cualidad de la mente que denominamos «libertad», sin recurrir a ingenuidades interpretativas ni arrojarnos en manos de definiciones trascendentales.
El otro enfoque es el que procede de la física cuántica y tiene relación con el tema anterior. La mecánica cuántica está «presidida» por el principio de indeterminación de Heisenberg, que sitúa la indeterminación en el corazón de la realidad y subraya el papel del observador en la determinación. Partículas y ondas son aspectos complementarios de la luz, cuya determinación depende de la acción del observador. De alguna forma, relativiza la relación causa-efecto al destacar que los sucesos solo precisan su estatus en presencia del observador. El matemático Von Neumann escribía sorprendido: «El mundo no está conformado por fragmentos de materia sino por fragmentos de conocimiento: conocimientos subjetivos, conscientes». En su conjunto, la mecánica cuántica ha planteado a fondo y en nuevas perspectivas el estatuto de la realidad y la acción del observador sobre ella.
Con razón Axel Kahn, destacado biólogo francés, en la introducción a un libro de Libet (B. Libet, 2012, 22) en el que este autor sale en defensa de la libertad desde la neurología, dice: «En realidad la ciencia moderna reconoce hoy los límites del determinismo laplaciano». Simon de Laplace estaba convencido que un «demonio» omnisciente y tremendamente inteligente podría deducir el futuro en sus más mínimos detalles partiendo de su perfecto conocimiento del pasado y del presente. Pero la mecánica cuántica, el azar y el caos son nociones que desmontan esta creencia. En lo que concierne al funcionamiento del espíritu, parece muy improbable que los innumerables determinismos causales de una elección solamente puedan dar lugar a una única posibilidad. Se mantiene, pues, un «espacio» para la libertad.
Es lógico, en este contexto, que hoy diversos neurólogos de categoría se pronuncien claramente por la existencia de la libertad en los humanos. Citemos en primer lugar a Libet, al que nos acabamos de referir. Sus experimentos acerca de una cierta anticipación del registro eléctrico cerebral respecto de la voluntad consciente del sujeto llevaron a muchos precipitadamente a exhibir estos datos como prueba de negación de la libertad. El mismo Libet (B. Libet, 2012), examinando los procesos conscientes en régimen «caótico» en el sentido más arriba expuesto, cree que nuestros pensamientos, sentimientos y conducta no están predeterminados y que aportamos algo único y original a cada situación. Gran parte de nuestras pulsiones tienen componentes no decididas en sus orígenes, pero cada uno puede oponer su veto a estos impulsos y decidir sobre su
realización, algo parecido a la moderación que un árbitro ejerce sobre el juego, aunque no sea promovido por él mismo.
Joaquín M. Fuster, eminente neurólogo de la Universidad de California y uno de los mejores conocedores del córtex frontal humano, en un reciente texto (J. M. Fuster, 2014) defiende la libertad desde el punto de vista neurológico, analizando lo que denomina «ciclo percepción-acción». En este contexto concreta lo que llama «hemiciclo de la libertad», basado en la capacidad de la corteza cerebral para tomar decisiones sobre información perceptual o ejecutiva e introducirlas en el ciclo percepción-acción.
Peter Ulric Tse, Profesor de Neurociencia Cognitiva en el Dartmouth College (New Hampshire), publicó un texto (P. U. Tse, 2013) difícil y complejo, en el que expresa lo que llama criterial causation, que es en realidad un rigurosísimo análisis del condicionamiento y estructura de las conexiones neuronales, lo que le lleva a una afirmación clara de la libertad como consecuencia de la estructura del cerebro y su funcionamiento. Tse analiza cómo procede la información cerebral a niveles de los receptores de NMDA (ácido N-metil-D-aspártico), las sinapsis, las dendritas, las neuronas y los circuitos neuronales.
Vilayanur S. Ramachandran, eminente neurólogo hindú, director del Centro para el Cerebro y la Cognición de la Universidad de San Diego (California), ha expresado su defensa de la libertad en uno de sus textos ya citado (V. S. Ramachandran, 2012). El estudio de este tema lo realiza muy concretamente desde la clínica, examinando el papel del giro superior derivado del lóbulo parietal inferior izquierdo, giro exclusivo en los humanos, donde se crea una imagen dinámica interna de las acciones anticipadas, y del cingulado anterior del que parece depender significativamente la voluntad. Subraya que este tipo de análisis neurológico permite complementar aproximaciones al yo o la libertad hechas desde la filosofía o el psicoanálisis. Cuando describe las características del yo, Ramachandran cita el libre arbitrio al lado de la unidad, la continuidad, la encarnación, la intimidad, el vínculo social y la conciencia de sí mismo.
Los cuatro autores citados son excelentes representantes de toda una corriente de