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4.1 ¿De qué hablamos?

4.4. Las espiritualidades

Al hablar de espiritualidades me refiero aquí, como puede ya suponerse en este momento del escrito, a configuraciones generales del espíritu que nos permitan interpretar nuestro mundo interior y situarlo en un marco de sensibilidad y sentido para la vida. El perfil de estas configuraciones es variado, de acuerdo con las biografías personales y los contextos culturales en los que estas biografías se han desarrollado. A continuación describo algunas de estas configuraciones, aunque estas descripciones no se excluyen unas a otras, sino que más bien constituyen acentos concretos compatibles entre ellos.

a) Espiritualidades religiosas

La gran mayoría de tradiciones espirituales han estado y están vehiculadas por tradiciones religiosas. Dicho de otra manera, la mayoría de humanos que son espirituales lo son porque son religiosos. Esto significa que su espiritualidad tiene como referencia una realidad (a la que genéricamente llamamos Dios o dioses) en la que contemplan el origen de la vida, su fundamento perenne y una referencia final en un límite que está más allá de las coordenadas de espacio/tiempo en las que nos movemos. Esta referencia religiosa, cuando es correcta, no establece una heteronomía, sino una autonomía que es teónoma en tanto que fundante y enriquecedora. Ser religioso implica vivir «en relación con...», aunque no en «dependencia servil respecto de...», de forma parecida a como la vinculación que implica una correcta relación humana supone vivir en relación con el otro en situación de empatía y simpatía, pero no dependiente de él. Este estado relacional maduro es importante en la espiritualidad religiosa para que esta espiritualidad no se vuelva alienante.

Muestras de espiritualidades religiosas satisfactorias las tenemos en las grandes tradiciones: hebreas, cristianas, índicas, islámicas... que han dado lugar a movimientos espirituales tanto populares como selectos, de tipo místico, abiertos a la benevolencia universal y estructurados en el eje amoroso que es el estado maduro de la evolución personal. Este amor está dirigido a Dios o a cualquier «otro». El desarrollo de estas espiritualidades ha dado lugar en el Occidente cristiano a eminentes escuelas como las monacales y eremíticas antiguas, herederas del vivo monacato cristiano oriental; la espiritualidad benedictina, la carmelitana, la dominica, la franciscana, la jesuítica y las modernas espiritualidades de compromiso social. En el mundo musulmán destaca el sufismo, y en el judío la espiritualidad jasídica, caracterizadas ambas por las imágenes de la ternura y humor de Dios. Estas espiritualidades religiosas, fundamentalmente judeocristianas, islámicas e hindúes, reciben hoy la adhesión de más de media humanidad. Las espiritualidades religiosas, especialmente las grandes tradiciones judías, cristianas e islámicas están presididas en origen por un carácter profético liberador en favor de la justicia. Este empuje liberador lleva asociada una actitud ambivalente, en la

medida en que el mensaje tiende a ser proclamado como imperativo, y por tanto ha tendido históricamente a ser impuesto, con la cobertura ideológica de nociones como «pueblo escogido» o la contraposición «fieles/infieles». Esta situación ha sido asociada con razón a algunos aspectos poco edificantes del desarrollo histórico de estas tradiciones, como el uso de la violencia exterior o la imposición moral por medio del temor y la amenaza.

Algunas tradiciones religiosas que no han dado paso a la universalidad probablemente hayan sido más deficientes en cuanto a la madurez psicológica y adaptabilidad deseable en una religión, y no han dado lugar a planteamientos espirituales de calidad. Posiblemente sea el caso de tradiciones religiosas como las del imperio romano, la egipcia o las mesoamericanas, más conectadas con elementos cósmicos, agrarios o políticos que con dimensiones de relación personal. En el capítulo siguiente se detallará la dimensión teológica de las espiritualidades religiosas.

b) La introspección

Una gran tradición espiritual, muy fundamental en la cultura oriental, considera que el aspecto central de la preocupación espiritual consiste en profundizar en la experiencia del yo, a fin de aclarar los mecanismos que en ella se esconden, y analizar la misma realidad del yo. En esta tradición, la mirada sobre el propio yo no tiene solamente el interés de evitar caer en las asechanzas que pueden deformar nuestro mundo interior, sino que está presidida por la sospecha de que las sensaciones, deseos y decisiones que adoptamos son engañosos. A la introspección que puede desarmar estas acechanzas ha de seguir, pues, un silenciamiento del propio yo que, desvelado por un trabajo de extinción del engaño, queda abierto a una iluminación que le traerá a la verdadera comprensión de todo. El desafío de este planteamiento es duro y seductor, y a su servicio Oriente ha generado grandes y variadas tradiciones espirituales orientadas a la introspección, entre las que se cuentan las correspondientes a los movimientos espirituales índicos (el jainismo, por ejemplo, con su no-violencia llevada al extremo, o el yoga que impregna los movimientos religiosos que denominamos hinduismo) y las derivaciones índicas que evolucionan hacia el budismo con la gran paleta de técnicas de interiorización del zen, o la rica tradición taoísta china, con su cultivo de la plenitud que revela la nada y orienta el camino. Estas tradiciones han trabajado hasta la sofisticación prácticas de interiorización completas y variadas que van asociadas a contenidos filosóficos concretos, disciplinas ascéticas muy serias y prácticas de interiorización muy completas y exigentes. Occidente ha quedado seducido en la actualidad (a veces solamente de forma superficial y parcial) por estos planteamientos, probablemente desencantado por el cansancio que una excesiva formalización de la propia tradición espiritual había generado.

Estas tradiciones orientales carecen, en ocasiones, de formulación religiosa explícita (no plantean el tema), aunque frecuentemente acaben bien integradas en formas

religiosas (como el yoga en ciertas formas de hinduismo), bien funcionando a nivel popular como auténticas religiones (es el caso de algunas formas del budismo). En algunos casos existe un planteamiento filosófico no dualista (Advaita Vedanta, por ejemplo), a partir del cual es difícil establecer semejanzas o diferencias con las doctrinas o propuestas occidentales. Las tradiciones religiosas índicas son múltiples, no se estructuran en instituciones como las Iglesias, y tienen filosofías de referencia muy alejadas de las occidentales (por ejemplo, sistemas lógicos que compaginan los contradictorios, relativizando las «evidencias» tan caras a Occidente), todo lo cual enriquece el panorama pero no facilita comparaciones sencillas ni permite fáciles trasvases interculturales oportunistas.

c) Espiritualidades humanistas no religiosas

El clima espiritual europeo, ya desde los griegos, se ha desenvuelto en un panorama mental presidido por la observación, en cuyo valor se confía, y por un uso privilegiado del razonamiento. En este contexto, las expansiones místicas o las entregas fiduciales trascendentes no tienen fácil ubicación. Esta postura espiritual ha dado lugar preferentemente a lo que hoy denominamos posturas humanísticas (sin que ello suponga minusvalorar el carácter humanístico de las espiritualidades religiosas o centradas en la introspección).

La cultura griega, que es estructuralmente religiosa, aunque no es este aspecto el que destaca en ella, dio lugar a propuestas espirituales humanistas de gran calado. Pierre Hadot ha sido, sin duda, uno de los autores que mejor ha expuesto cómo la filosofía/espiritualidad griega destacó por sus planteamientos acerca del arte de vivir sin caer en el «vértigo» en el que caía la noción del yo en las sabidurías orientales (P. Hadot, 2006). Hadot analiza especialmente el estoicismo y el epicureísmo en autores como Sócrates o Marco Aurelio, relacionándolos con Platón o Filón y dibujando un interesante panorama de la espiritualidad humanista. En este panorama destacan las recomendaciones psicológicas sobre el control de la atención, los ejercicios de meditación, el dominio de sí mismo y una propuesta de indiferencia sabia ante los estímulos irrelevantes.

Estos planteamientos de la espiritualidad humanista griega son los que hoy, con pocas variaciones, reeditan las propuestas espirituales humanistas ateas o gnósticas (nihil novum sub sole!) con gran alivio de muchas personas apasionadas por el arte de vivir y que lamentaban una especie de marginación que sufrían en relación con la cualidad de sus preocupaciones espirituales. La cultura occidental retoma las propuestas griegas después del importante paréntesis de dominio absoluto de la espiritualidad religiosa cristiana en Europa. Un texto como el de André Comte-Sponville sobre la espiritualidad sin Dios puede ser una buena muestra de ello (A. Comte-Sponville, 2006). Este planteamiento humanista, expresamente no religioso, permite a Occidente establecer un

panorama secular y a la vez espiritual más completo en las sociedades europeas, reconocedoras también del importante papel que las espiritualidades religiosas representan aún en el Viejo Continente.

Las espiritualidades humanistas en muchas de sus propuestas coinciden con recomendaciones y prácticas que emanan de la psicología o las escuelas de relajación en sus diversas versiones y que están ampliamente representadas en Occidente.

d) La pasión por la justicia

Desde sensibilidades trascendentes variadas nace una espiritualidad que coloca la decencia y la justicia en el nivel más alto de la trascendencia y entiende que la realización más completa del arte de vivir es el compromiso con los otros, concretamente con las víctimas, para restablecer la justicia. Esta pasión por la justicia brilla en biografías concretas que, juntas, dibujan una espiritualidad que puede enorgullecer a la especie humana. Evoco a continuación algunas de estas biografías prácticamente contemporáneas, pero que se podrían ir seleccionando de cualquier época histórica. Son de personajes que podrían ser nuestros vecinos y en los que tenemos el gusto de reconocer nuestros maestros espirituales.

DA W AUNG SA N SUU KY I. Política birmana nacida en 1945, símbolo de la lucha en favor de la libertad y la democracia. Educada en Oxford, inspirándose en Gandhi luchó pacíficamente contra la dictadura militar birmana, que la mantuvo confinada durante años, impidiéndole el contacto con su familia y torpedeando sus actividades democráticas, en las que persistió con coraje. Recibió el premio Sájarov a la Libertad de Conciencia y el premio Nobel de la Paz en 1991.

ÓSCA R ROMERO. Arzobispo católico de San Salvador. Hombre más bien tímido y conservador, al ser encargado de la diócesis de San Salvador entendió la situación injusta mantenida por la dictadura y se posicionó valientemente en favor de los pobres y la justicia. Fue asesinado el 24 de marzo de 1980 por militares salvadoreños (dirigidos por Roberto d’Aubuisson y Álvaro Saravia) mientras celebraba la eucaristía en la catedral. Fue beatificado en mayo de 2015 y es venerado en diversas Iglesias cristianas.

ETTY HILLESUM. Judía holandesa nacida en 1914, estudiosa de jurisprudencia, filosofía y lenguas eslavas. Vivió una vida pasional en diversas relaciones amorosas y alcanzó una visión profunda de los procesos internos que vivía, analizados en una honda terapia. Con ocasión de la segunda guerra mundial y la persecución a los judíos, rehusó esconderse y eligió un compromiso activo con la resistencia y la solidaridad con sus hermanos judíos perseguidos, aceptando el riesgo de morir con una entereza ejemplar, que expresó en una de sus frases, escrita en sus impresionantes diarios: «Si llegase a sobrevivir a esta etapa, surgiré como un ser más sabio y profundo; mas, si sucumbo,

moriré como un ser más sabio y profundo». Interpretó su entrega como una profunda ocasión de intimidad con Dios. Moría gaseada en Auschwitz al final de 1943.

DESMOND TUTU. Nacido en Transvaal en 1931, llegó a ser arzobispo de la Iglesia anglicana en Ciudad del Cabo y destacó por su clara oposición al apartheid, que describía diciendo: «Cuando vinieron los misioneros a África, ellos tenían la Biblia y nosotros, la tierra. Nos dijeron: “Vamos a rezar”. Cerramos los ojos. Cuando los abrimos, teníamos la Biblia y ellos, la tierra». Se apuntó decididamente a una reivindicación estricta de igualdad, diciendo: «Si eres neutral en situaciones de injusticia, has elegido el lado del opresor». En los años 80 luchó activamente contra el apartheid, lo que le mereció el premio Nobel de la Paz, trabajando por la reconciliación de su país.

DOROTHY DA Y. Periodista y activista social norteamericana (1897-1980), anarquista católica y miembro del Partido Socialista de Estados Unidos. Tuvo una vida familiar poco convencional, abandonada por su marido. Creó el Catholic Worker, movimiento social dedicado al pacifismo y la lucha a favor de los desheredados. Se adhirió como laica al movimiento benedictino. Renegaba del Estado, al que llamaba «Estado de esclavos»; defendía el «distributismo», propuesta social alternativa que promovió como sistema de comunidad de recursos con los más pobres y los desahuciados, inspirándose en Kropotkin.

IGNA CIO ELLA CURÍA. Jesuita vasco (1930-1989). Filósofo y teólogo, estudioso de Zubiri. Profesor en la UCA de El Salvador, puso su gran capacidad intelectual al servicio de la teología de la liberación, enfrentándose a la dictadura militar salvadoreña, que le amenazó de muerte. Lejos de amedrentarse, siguió manifestando su posición como Rector de la UCA, reclamando la solución pacífica de la situación salvadoreña. Fue asesinado junto con otros cinco jesuitas, la señora que cuidaba la residencia y su hija de 15 años, por un conjunto de militares, todos identificados, dirigido por el coronel René Emilio Ponce.

VÁ CLA V HA V EL (1936-2011). Político checoslovaco que se opuso a la invasión soviética de su país en 1968 durante la Primavera de Praga. Fue detenido, y posteriormente firmó la Carta de los 77 y fue líder del Fórum Cívico. Al caer la dictadura comunista en la Revolución de terciopelo, fue escogido presidente de la República. Su buen hacer político le valió un reconocimiento general e internacional, concretado en diversos premios (Simón Bolívar, Carlomagno, Príncipe de Asturias, Catalunya, Erasmus...).

JOA N ALSINA. Nacido en Castelló d’Empúries (Girona) en 1942, se ordenó sacerdote y fue a trabajar a Chile en 1968 con los más necesitados como sacerdote obrero, ilusionado con la teología de la liberación y con el socialismo democrático de Salvador Allende. Ocho días después del golpe de Estado de Pinochet (19 de septiembre

de 1973) fue secuestrado, apaleado y asesinado en Puente Bulnes, junto al río Mapocho, en Santiago.

La lista podría alargarse enormemente, sobre todo con la cita de los millares de luchadores y luchadoras anónimas y de las víctimas de tantos frentes, que se pueden unir a las brillantes citas de los grandes personajes que han manifestado su pasión vital trascendental en el compromiso por los otros, como Gandhi, Luther King, Hammarsjköld, Mandela, Simone Weil o Bonhoeffer. Su perfil nos recuerda que desde perspectivas diferentes puede centrarse la preocupación espiritual al servicio de la justicia, propuesta transversal muy frecuente entre diferentes tradiciones espirituales. e) La seducción de la fórmula. ¿El yo perdido en el cosmos?

Desde tiempos muy antiguos, muchas grandes reflexiones han concluido que nuestra vida puede integrarse en formulaciones exactas que describan nuestra realidad concreta en el marco de la realidad total, entendida como una construcción armónica que se puede formular en conceptos matemáticos o geométricos. Esta referencia fundamental permite situar la mente humana en coordenadas espirituales que le den sentido y estabilidad. Tal propuesta aparece en diversas épocas y localizaciones culturales.

Los pitagóricos, dependientes de Pitágoras (siglo VI a. C.), constituyen la muestra más brillante de la espiritualidad cosmológica y de la armonía del mundo en la cultura griega. En el pitagorismo coinciden las concepciones matemáticas y las preocupaciones espirituales, hasta tal punto que el pitagorismo se concreta en una secta religiosa, dotada de poder político. El pitagorismo parte de unas concepciones básicas que suponen que el mundo es un cosmos (orden armónico), que todos sus elementos están unidos por lazos de parentesco, que el alma individual vive conectada a lo divino, y que el conocimiento del orden universal es una tarea espiritual que permite descubrir los aspectos divinos de uno mismo. En este contexto espiritual, los pitagóricos reflexionaron sobre matemáticas y geometría, sobre música, sobre filosofía (que en Pitágoras tiene siempre connotaciones religiosas) y sobre la divinidad. Pitágoras argumenta sobre la inmortalidad del alma en razón de su parentesco divino. Los tratados numerológicos pitagóricos abundan en elucubraciones filosóficas y espirituales muy interconectadas. La dimensión espiritual del pitagorismo resulta, pues, evidente e incluso llamativa.

En el mundo oriental, la espiritualidad unida a identificaciones cósmicas se manifiesta en la antiquísima tradición china del I Ching, el «Libro de las mutaciones» o «Libro de los cambios», cuyo origen se sitúa de forma inconcreta en el tercer milenio antes del presente. Este texto contiene la presentación de una serie de figuras, los trigramas iniciales, que simbolizan las grandes realidades fundamentales del universo. Posteriormente se añaden los hexagramas, combinaciones de los trigramas que aumentan el carácter descriptivo y explicativo de la armonía universal. El I Ching tiene una

influencia decisiva en toda la mentalidad china, y muy concretamente en las dos grandes figuras de la espiritualidad china: Confucio y Lao-Tse. Confucio concretamente, en el siglo VI a. C., escribe sus comentarios al respecto ensalzando la armonía que preside el universo, la sociedad y el individuo. En su estela se desarrolla el confucianismo, movimiento filosófico y espiritual de gran importancia en la cultura china. Relacionado con Confucio está Lao-Tse, el otro gran referente de la cultura y espiritualidad chinas. De ubicación histórica incierta (¿contemporáneo de Confucio?), su obra Tao Te King constituye una de las referencias centrales de la literatura universal. El Tao Te King analiza el Tao o camino, realidad superior y también concreta, que explica la armonía del mundo teniendo en cuenta el carácter dual de la realidad, expresado en el Yin y el Yang, elementos confrontados y complementarios. La vida china está presidida por esta armonía que hay que descubrir. La sociedad china, alterada por el paréntesis brutal del maoísmo, está hoy a la expectativa para descubrir qué tipo de actitudes espirituales pueden de nuevo inspirar una sociedad inmensa por su calidad y dimensión demográfica, y por el papel que le pueda corresponder en la cultura mundial.

La versión actual del planteamiento de la espiritualidad planteada matemática y físicamente pasa por la cosmología, la cual tiene a su favor el prestigio indudable de la ciencia, cuyas conclusiones, hipótesis u opiniones pasan por infalibles ante el gran público. Decir que somos «polvo de estrellas», además de contener aspectos de verdad muy interesantes, sugiere que en esta definición quedan resueltas todas las grandes cuestiones que plantea la experiencia humana, lo cual no es el caso. Afirmar la naturaleza «polvorienta» de nuestra constitución no la explica. Sea cual sea la actitud espiritual de entenderse a sí mismo, en el límite, como una coagulación ocasional entre redes, nódulos y bucles cerebrales y mentales en el inmenso universo o pluriverso, genera una cierta confortabilidad mental no exenta de soledad interestelar. Tegmark, con su carismática presentación de nuestro universo matemático, es un brillante modelo de espiritualidad (autoconciencia reflexiva en formato trascendente) cósmica, en la que muchos se sienten incluidos. Es verdad que no entendemos probablemente gran cosa de expresiones como «los humanos nos correspondemos con determinados patrones de trenza dentro del espacio-tiempo» (M. Tegmark, 2014, 321), pero muchos se sienten hoy mejor descritos en esta frase que en formulaciones filosóficas o teológicas clásicas de las que tampoco entendían gran cosa. Las formulaciones de hoy tienen, al menos, un tono científico. Y la verdad es que textos como el de Tegmark al que acabo de aludir son atractivos y sugerentes (tanto como difíciles). Es el oscuro atractivo de la física más compleja que existe. Pero es esta física y su simbología, y no la simbología religiosa, la que mueve hoy muchos auténticos intereses espirituales. De hecho, el prestigio de los libros de Stephen Hawking (gran físico de referencia de nuestra cultura), de los que la gran mayoría de lectores es posible que no entiendan gran cosa, proviene de su categoría como físico (no