• No se han encontrado resultados

Indicadores de salud Puntos cardinales

4.1 ¿De qué hablamos?

4.3. Indicadores de salud Puntos cardinales

Los creyentes gozan estadísticamente de la misma lucidez y estabilidad psíquica que los no religiosos o no espirituales. Están, por tanto, expuestos a los riesgos habituales de desequilibrios, obsesiones, alteraciones del humor, limitaciones relacionales, etc. En algunos casos, las deficiencias psíquicas pueden encontrar en la dimensión religiosa o espiritual una ocasión de desestabilización, igual que pueden hallar en ella una orientación sanadora. Algunas indicaciones pueden ilustrar los parámetros o direcciones en los que la profundización espiritual ofrezca más garantías de solidez. Serían como los puntos cardinales que permiten orientar correctamente esta apertura a dimensiones potencialmente desestabilizadoras, si no se despliegan dentro de horizontes de normalidad aceptable.

El primer indicador de salud que conviene asegurar es una suficiente confianza en la vida, aquella que la psicología define como «confianza básica». Se trata de una emoción primaria y fundamental, anterior a cualquier planteamiento o razonamiento, aunque podrá recibir fuerza posteriormente de razones y propuestas, que impulsa al sujeto a entregarse confiadamente al oficio de vivir. Seguramente este estado mental se afianza en experiencias muy primarias conectadas con las relaciones primigenias que acompañan a un buen desarrollo del attachment, aquel proceso neuropsicobiológico en el que debuta la ternura del vivir. A medida que la persona avanza en su madurez mental, esta confianza podrá ser reforzada y confirmada por entornos y mensajes positivos y por una vida de calidad, lo que no significa siempre satisfacción o placer. La confianza básica se reviste de su mejor perspectiva cuando puede adjetivarse con la expresión «trascendental», es decir, una confianza que va más allá de las previsiones simplemente razonables de los parámetros psíquicos y sociales. La confianza trascendental, sugerida muy frecuentemente por espiritualidades y religiones, anuncia una consistencia de la vida que supera las coordenadas que solamente corresponden a los datos de nuestras percepciones inmediatas.

Un segundo indicador de salud mental en el ámbito espiritual lo constituye la existencia de un yo suficientemente consolidado, asumiendo cordialmente su mundo condicionante pero sin depender de él, y afirmando su libertad y conciencia sin negar la vinculación y el reconocimiento de una realidad/ley superior, personal o impersonal.

Técnicamente, expresaríamos esta situación hablando en términos freudianos de asunción sin esclavitud del «ello» y aceptación sin sumisión del «superyó». Sin un yo adecuadamente establecido y autónomo, la vida interior está en riesgo de derivas patológicas. Estas derivas pueden encontrar en los pretextos espirituales o religiosos aliados destructivos que orienten al individuo hacia situaciones sociales sectarias que intenten compensar o aprovecharse (se dan formas muy diversas), incluso con «buenas

intenciones» pero con desafortunadas intervenciones, de las debilidades de los individuos para controlarlos so pretexto de promoción espiritual.

El tercer indicador corresponde a la necesidad de ubicar lúcidamente las funciones espirituales y/o religiosas de la mente en un entramado razonable, es decir, susceptible de ser analizado por una razón informada y abierta, aunque consciente de la imposibilidad de exigir una fundamentación racional última y definitiva de la realidad, organizada por la contingente razón humana. El núcleo de la experiencia trascendente espiritual o religiosa permanece más allá de la analítica estricta de una razón pretendidamente definitiva, pero ello no autoriza a reclamar que lo religioso o espiritual pueda plantearse al margen de todo análisis racional. Al contrario, la función espiritual/religiosa ha de aceptar de buen grado e incluso ha de impulsar una confrontación ponderada entre la razón y cualquier otra dimensión mental en la complejidad de la mente humana. Tener intereses espirituales no debe ser una excusa para menospreciar la crítica racional proporcionada e informada. Es preciso disponer de un marco mental de referencias que den sentido e incluyan todo tipo de dimensiones de la mente: arcaicas y pulsionales, emocionales y de deseo, y críticas y razonables. Solamente una concepción global coherente de la realidad y de la presencia del sujeto en ella, en coherencia con los datos fiables que ofrecen la razón y las ciencias y que se asumen desde las propias necesidades y deseos, merece la confianza de poder constituirse como la urdimbre suficientemente firme sobre la que puedan tejerse sólidamente los vislumbres de aquella «otredad» que reclamaba como percepción enriquecedora Octavio Paz. Fideísmos exaltados y apuestas tipo credo quia absurdum son malos consejeros de una buena trascendencia.

El cuarto indicador de salud que completaría los puntos cardinales que hacen buena una buena espiritualidad sería una adecuada conciencia corporal. El eterno debate dualista del que el mundo occidental ha sido profundamente tributario (probablemente por la tremenda influencia de Platón, que logró ofuscar en este punto la más equilibrada visión semita de la Biblia) ha dado como resultado una espiritualización artificiosa de la vida, que ha convertido la espiritualidad en un asunto «del alma», con las pésimas consecuencias que esto ha tenido para la consideración del cuerpo y de todos los elementos vitales que han sido adscritos a esta «parte» defectiva del ser humano. De ello ha derivado la alergia al placer y a algunas grandes dimensiones de la vida lógicamente asociadas a esta dimensión, como la sexualidad, que ha acabado en los antípodas de la espiritualidad y designada como el elemento central de los impedimentos para la vida espiritual. También Oriente, a pesar de sus tradiciones tántricas, ha coincidido, en definitiva, en que la sexualidad debe ser tratada en clave «singular» y sospechosa o seductora (poco «normal») en relación con la trascendencia y la divinidad. El cuerpo y todas las dimensiones personales más evocadoras de lo corporal no son o dejan de ser espirituales por ser corporales sino, en todo caso, por ser egoístas. Desde el punto de vista neuropsicológico, una buena convivencia con los aspectos corporales de la persona

es importante para respetar la unidad del individuo y para establecer una sanidad psicosomática que propicie una sanidad espiritual o religiosa. De lo contrario, todo un panel central de la persona se convierte en su enemigo. Estudios elegantes y muy rigurosos han aportado hoy conocimientos muy detallados, incluso a nivel de conexiones celulares, de cómo las formas de vivir nuestra corporalidad condicionan los códigos de interocepción propios de cada uno, es decir, que vivimos nuestro cuerpo de acuerdo con las buenas o malas predicciones que de él nos configuramos (L. F. Barrett y W. K. Simmons, 2015). En este tema las influencias orientales en el ámbito de las espiritualidades han aportado alguna corrección beneficiosa al desmesurado intelectualismo espiritual de Occidente, aunque estas aportaciones frecuentemente han empobrecido la riqueza espiritual original, reduciéndolas a una práctica funcional somática. La adopción de prácticas espirituales de origen oriental, en las que se revaloriza el papel de la postura o la respiración como elementos de fijación de la atención, ha ayudado a recuperar el valor de la dimensión corporal en la experiencia humana y concretamente en sus aspectos más característicos de las preocupaciones trascendentes.

En relación con el tema de indicadores de salud, todos los interesados en los temas espirituales tendrían que afrontar valientemente el reto de valorar hasta qué punto hay que presentar las espiritualidades como condición de sanidad. Efectivamente, se corre el riesgo de sustituir las viejas imposiciones institucionales de obligaciones espirituales impuestas desde la autoridad religiosa por imposiciones que se basasen en pretendidas necesidades psicológicas, lo que equivaldría, si fuesen imposiciones, a mantener una actitud de impertinencia al no dejar en paz al sujeto para que descubra libremente los beneficios de la espiritualidad. La espiritualidad, para ser provechosa, debe mantener el tono de un descubrimiento gracioso y enriquecedor para el que valen propedéuticas, pero no imposiciones.