Conciencia reflexiva y protagonismo del yo
3.2. Enraizadas en la carne: las trascendencias
Las dimensiones singulares humanas se despliegan en la solemnidad cultural pero mantienen un enraizamiento claro en las estructuras arcaicas de nuestro cerebro, estructuras que compartimos con los animales más cercanos a nosotros. Así que, incluso en nuestras expresiones más «elevadas» o «espirituales», manifestamos claramente las raíces arcaicas que las alimentan. Baste indicar, por ejemplo, la importancia que tienen en las manifestaciones estéticas o religiosas los aspectos más «animales» de nuestras conductas, como los relacionados con la alimentación o el sexo. Los artistas expresan con frecuencia sus percepciones estéticas por medio de representaciones del cuerpo desnudo, lo que deja pocas dudas sobre la implicación del deseo sexual sublimado en estas expresiones artísticas, o los místicos se refieren a desposorios con la deidad, o los grupos religiosos colocan en el centro de sus ritos ágapes de tipo sagrado. Este enraizamiento en la carne es muy importante para comprender la base antropológica que explica el origen, estructura, constancia y venturosa inevitabilidad de estas manifestaciones trascendentes humanas.
¿Cuáles son estas «trascendencias»? Dos grandes filósofos europeos han apuntado las dimensiones de estas trascendencias que anidan en el cerebro humano. Immanuel Kant, el eminente filósofo prusiano, potente inspirador de la modernidad, se planteaba tres preguntas fundamentales sobre el sujeto humano: 1. ¿Qué puedo conocer?; 2. ¿Qué debo hacer?; 3. ¿Qué me cabe esperar? Las tres preguntas trascendentales corresponden a las tres grandes dimensiones trascendentales que el cerebro humano exhibe respecto del estereotipado cerebro animal. A ellas corresponde el conocimiento en todos sus aspectos (raciocinio, comprensión estética, intuición emocional...), la reflexión ética acerca de cómo hay que comportarse desde la libre elección, y la dimensión religiosa y simbólica que nos orienta hacia horizontes de sentido. No muchos años después de Kant, el filósofo vienés Ludwig Wittgenstein profundizaba en el mundo mental humano y la filosofía del lenguaje, señalando los tres campos privilegiados de los que era tan difícil como inevitable hablar: la estética, la ética y la mística o dimensión religiosa.
Las tres dimensiones expresadas por Kant o por Wittgenstein no son un añadido estrictamente superestructural al cerebro sino una manifestación «natural», una función espontánea de un cerebro enriquecido, una carne que se convierte en palabra significativa. Ahora bien, si ya resulta difícil en neurología entender cómo se genera una conducta a partir de una estructura cerebral (seguimos, por ejemplo, sin saber exactamente qué significa que el núcleo dimórfico sexual del área preóptica del hipotálamo genere la conducta sexual, aunque sepamos que «allí» se produce el control de tal conducta), más difícil todavía es escudriñar cómo se producen los naturales procesos que llevan al conocimiento estético, la exigencia ética o la expansión espiritual o religiosa. Con todo, parece obligado admitir que las sorprendentes capacidades mentales
citadas que singularizan a la especie humana responden a disposiciones cerebrales. Cada una de ellas nos coloca ante un acceso, por vía simbólica, hacia alguna dimensión que no forma parte de las necesidades de supervivencia. La ética vive de una utopía simbólica que la orienta hacia un modelo social de convivencia ideal; la estética se recrea en una expresión sensorial simbólica que apunta a una belleza que nos descubre la «otreidad» de lo real; lo espiritual y religioso trabajan normalmente sobre relatos simbólicos que aportan sentido y trascendencia profunda a lo que vivimos. Si recurriésemos al símil alimentario en relación con la mente, el conocimiento científico y la técnica constituirían los nutrientes de base, pero el sazonamiento de la alimentación correspondería a las trascendencias, que son la «sal de la vida» y aquello que le da sentido, profundidad y fruición. El análisis de estas dimensiones mentales humanas suscita la atención de muchos neurobiólogos en la actualidad. Más adelante voy a extenderme ampliamente sobre la dimensión espiritual y religiosa, pero, antes de hacerlo, anoto algunos comentarios sobre las funciones estética y ética, dado que el paralelismo de su enraizamiento cerebral ilustra la consideración perfectamente comparable que merecen las tres dimensiones.
3.3. La estética
Una de las curiosas dimensiones de la trascendencia humana pertenece a este ámbito del conocimiento que conocemos como percepción estética. Se trata de la percepción de lo bello, curiosa experiencia que responde a proporciones de ciertos elementos de la percepción que nos producen especial satisfacción y placer. Algo hay en la estética que está profundamente enraizado en la tradición animal. No es fácil concretarlo, pero conocemos el comportamiento de algunas especies que disponen sus paradas sexuales con algunos tipos de preparativos que solo pueden interpretarse como atracción estética. En el caso de los pergoleros pardos (Amblyornis inornatus), aves de Nueva Guinea, el macho procede a decorar de una forma espectacular el área de exhibición para atraer a la hembra, la cual escoge entre las áreas mejor decoradas al macho con el que aparearse. Parece que nos encontramos ante una percepción arcaica de lo que en humanos consideraríamos estética. Naturalmente, también es de algún modo estética la propia decoración del cuerpo de algunos animales, igualmente con ánimo de atraer a la pareja, pero en este caso parece que no se da iniciativa «creativa» en la decoración.
La neurociencia se ha interesado por la naturaleza de la percepción estética y considera que la experiencia estética responde a algunas estructuras cerebrales no fáciles de precisar. Al respecto existen algunas pistas muy interesantes, de las cuales damos a continuación algunos detalles.
Un tema ampliamente conocido y estudiado es el de la sensación de belleza producida por determinadas proporciones matemáticas que nos satisfacen. Es tradicional la atención prestada a la conocida «proporción áurea», simbolizada por el número «phi» (1,6180339). Existen muchas publicaciones que recogen las particularidades que presentan las proporciones matemáticas por lo que se refiere a la apreciación de la belleza (por ejemplo, G. Doczi, 1994; P. Hemenway, 2008). La proporción áurea es la que se expresa típicamente en un rectángulo cuyas proporciones sean 5x8, lo que da un cociente de 0’625 o de 1’618. Estas proporciones pueden rastrearse en innumerables diseños naturales de seres vivos. En el cuerpo humano fueron estudiadas por Euclides, Policleto, Vitruvio, Leonardo o Durero. Las grandes figuraciones del cuerpo humano del arte griego responden a estas proporciones, así como multitud de obras que van desde la pirámide de Keops o el Partenón de Atenas hasta los jarrones y vasijas decoradas que los griegos y romanos elaboraron. Todos los modernos carnés o tarjetas de crédito responden a estas proporciones. La razón por la que estas proporciones nos satisfacen es desconocida, pero, dado que se presentan en diversos diseños vivos (conchas espirales de moluscos, diagramas florales, etc.), se puede suponer que existe una adecuación entre formas geométricas óptimas en la distribución de elementos y estructuras perceptivas adaptadas a estas formas. La belleza percibida respondería a esta adaptación.
El registro cerebral de la belleza no es fácil de establecer, pero eminentes figuras de la neurología han intentado una aproximación al tema. Semir Zeki, uno de los más destacados especialistas en córtex visual, ha dedicado al tema significativos estudios relacionados con la contemplación de la pintura centrándose en Vermeer, Mondrian, Malevich o Kandinsky (S. Zeki, 1999). Otra eminente figura de la neurología, el Nobel Eric Kandel ha escudriñado los cimientos cerebrales del arte en el mundo inconsciente centrándose en los aspectos ansiosos, eróticos y agresivos estudiados en las obras de autores vieneses como Klimt, Kokoschka, Schnitzler y Schiele, relacionándolos con Freud (E. C. Kandel, 2013).
Una de las dimensiones en que se expresa el arte visual correspondería a la sublimación de la pulsión sexual. Freud ya había analizado este tema fijándose en la evidente presencia en las representaciones artísticas del desnudo humano. No es difícil deducir que tras esta exposición de la belleza se halla una exhibición sexual sublimada, lo que «suaviza» el grado de excitación de la pulsión sexual directa y la convierte en artística. En este caso la conexión entre biología, cerebro y estética resulta muy evidente.
El caso de la estética musical es particularmente digno de mención. Se ha discutido y se sigue discutiendo si la sensación de belleza percibida a partir de los acordes musicales responde a proporciones matemáticas precisas. Muchos piensan que resultan agradables aquellos acordes que son relacionables con la voz humana y aquellos en los que la relación entre las frecuencias (número de vibraciones por unidad de tiempo) responde a una fracción simple (1/1; 3/2, 4/3), mientras que fracciones como 27/14 o 19/13 darían lugar a percepciones desagradables. Otros autores creen que se trata de familiarización cultural. Autores acreditados en el tema han publicado amplios estudios al respecto (I. Peretz y R. Zatorre, 2004). La publicación de artículos sobre neurología de la música es abundantísima, ya se trate de las emociones asociadas a la percepción musical (S. Koelsch, 2010), la neuroquímica de la música (M. L. Chanda y D. J. Levitin, 2013), el estudio de cómo responde el cerebro a la improvisación musical (R. E. Beaty, 2015) o el papel biológico evolutivo de la música en relación con los desórdenes mentales (C. N. Clark et al., 2015). Un estudio reciente sobre las zonas cerebrales activadas por la percepción musical destacaba cómo, además de centros de placer y de emoción activados por otras artes (núcleo accumbens, hipotálamo, amígdala, ínsula, córtex cingulado y córtex orbitofrontal), la música activa concretamente el córtex motor, lo cual explicaría por qué la música invita al baile y a movimientos rítmicos con plena connaturalidad, cosa que no sucede, por ejemplo, con las artes visuales (S. Koelsch, 2014). La música, por otra parte y como es sabido, goza desde antiguo de una merecida fama de apaciguar y domar «incluso las fieras», fama que se refiere seguramente a las potentes raíces que mantiene en los aspectos más arcaicos de nuestro cerebro, es decir, en el mundo mental animal. Algunos autores se inclinan a reivindicar claramente las estructuras biológicas cerebrales como referencia del placer estético generado por la
música (D. L. Bowling y D. Purves, 2015). El conocido, ocurrente y prestigiado neurólogo Oliver Sacks dedicó a los diversos aspectos neurales de la música una interesante obra (O. Sacks, 2009).
Propuestas recientes sobre el estudio de la evolución de la estética musical sitúan las raíces de esta estética en estructuras animales muy arcaicas. Tianyan Wang, investigador de la Tsinghua University de Pekín, ha publicado un trabajo sobre este tema (T. Wang, 2015). En este trabajo Wang, asumiendo, como cuadro general de referencia, propuestas clásicas (como las de Darwin y otros) sobre las grandes perspectivas de la evolución de la música, plantea la hipótesis del origen de la música en las fuerzas primarias de presión selectiva establecidas por el conjunto de ritmos en el que se mueve el animal; ello daría lugar a sistemas de atención y emoción de base rítmica (RRRE, por rhythm-related reward and emotion), los que determinarían el origen biológico y social primario de la pro-música, la pro-danza y la pro-palabra, raíces de las que provendrían, ya estructuradas, la música, la danza y la palabra. Aun tratándose de hipótesis, queda clara la preocupación por indagar en las más profundas raíces animales los orígenes de la estética musical. Una muestra más del interés por conectar la «carne» con sus expresiones más elevadas en forma de manifestación estética.
La naturalidad de la estética musical se traduce en el placer que produce su deleite. Este beneficio natural de la estética musical está estudiado en diversos aspectos de la vida mental y, en general, en la mejora de los grandes procesos mentales como el aprendizaje, la atención y las tareas cognitivas en general. Como consecuencia, el placer musical posee un valor terapéutico comprobado en la moderación de fenómenos epileptiformes, o de la ansiedad y la depresión. El estudio de estos fenómenos se ha concretado en diversas investigaciones como las relacionadas con la escucha de obra musicales de Mozart, Bach o Beethoven (W. Verrusio et al., 2015).
La estética literaria se refiere directamente a la palabra. Aquí el enraizamiento en la carne, es decir, en el mundo mental animal, es más difícil de establecer en la medida en que la palabra, como producto lógico, simbólico y abstracto que es, no puede referirse al funcionamiento mental no humano. En el caso de la estética literaria, a la originalidad del lenguaje humano en relación con las características citadas se añade la vertiente estética. Los estudios sobre el registro cerebral del lenguaje son abundantísimos y constantes, refiriéndose naturalmente a aspectos fonológicos, semánticos y sintácticos, en relación con las áreas específicas del lenguaje (Broca y Wernicke) y no entramos en ellos, pero sí que existen investigaciones específicas sobre el carácter estético del lenguaje. Hay algunos estudios que referirían la creatividad literaria a una confluencia, en el default mode network (el conocido modo de funcionamiento por defecto del cerebro), de un sistema sensorial ascendente (bottom-up) lingüístico y semántico y un sistema de tratamiento creativo del lenguaje (top-down) que daría cuenta de la estética de este (R. J. S. Wise y R. M. Braga, 2014).
Análisis particularizados de aspectos concretos del lenguaje literario han llevado a analizar dos temas muy específicos y sutiles de la estética del lenguaje. Uno de ellos es la metáfora y el otro, el humor. Por lo que se refiera a la metáfora, base de la superación de la literalidad del lenguaje, se ha estudiado como origen del lenguaje figurativo y su generación se localiza en el hemisferio izquierdo y concretamente en el córtex prefrontal dorsomedial izquierdo. Su creación movilizaría los recursos de la memoria semántica para dar lugar a nuevas formas y figuras del lenguaje, que serían las que manifestasen la estética de la palabra (M. Benedek et al., 2014). El aspecto de novedad creativa con el que el lenguaje figurado se reviste estaría asignado al hemisferio derecho, que sería el encargado de «tunear» la metáfora para cargarla de su dimensión ocurrente (E. R. Cardillo et al., 2012).
En cuanto al humor, constituye un delicado mecanismo del funcionamiento mental, muy centrado en la palabra, que facilita el descubrimiento de aspectos ocultos que se manifiestan en una agradable sorpresa y, a la vez, interpreta sorprendentemente aspectos potencialmente amenazadores o enigmáticos de la vida, encauzando el mundo mental hacia un tono hilarante. Su aspecto estético orienta hacia la risa. Existen decenas de estudios específicos sobre aspectos cerebrales del funcionamiento del humor que se centran en identificar las zonas en las que se detectan las incongruencias (espacios mentales que separan lo esperado de lo presente) y que parecen localizarse en áreas temporales y occipitoparietales; zonas mesocorticolímbicas participarían en la detección de la novedad asociada a la percepción humorística (P. Vrticka et al., 2013). La resolución de la percepción de la incongruencia del estímulo que genera el humor y su procesamiento ha sido también estudiada por un grupo de Taiwán (Y.-Ch. Chan, 2013). Muy específicamente se ha intentado precisar cuál es la diferencia entre la detección agradable de la incongruencia comparada con la desagradable, con el fin de delimitar los correlatos neurales de la risa, relacionando esta curiosa y específicamente humana reacción mental con la acción de opioides ante el descubrimiento de una incongruencia reveladora (O. Amir et al., 2015). Justamente a propósito del lenguaje literario, se ha estudiado un tema central en el arte, como es el de la creatividad. Liu y su grupo han analizado las estructuras cerebrales que se activan y relacionan en la creatividad literaria, estableciendo las diferencias entre la creatividad de principiantes y de literatos acreditados, y delimitando las zonas que se activan en el proceso creativo, especialmente el córtex prefrontal medial y la red dorsal de la atención (S. Liu et al., 2015).
El cerebro estético sigue dando constantes ocasiones de precisar la originalidad de la mente humana, bien enraizada, por otra parte, en las estructuras que la sostienen y que provienen de un mundo animal con mente propia, sorprendentemente enriquecida al convertirse en dominio humano. Anjan Chatterjee, profesor de Neurología y miembro del Center for Cognitive Neuroscience de la Universidad de Pennsylvania, autor conocido por sus estudios en estética cerebral, ha resumido muy acertadamente este
proceso evolutivo que nos ha llevado al deseo de la belleza y al disfrute del arte en una de sus obras recientes (A. Chatterjee, 2014). En ella entrelaza, desde la óptica de las neurociencias evolutivas, tres dimensiones estéticas fundamentales: la belleza, el placer y el arte.
3.4. La ética
La ética, como criterio de conducta humana, constituye una realidad mental notablemente singular en relación con los modelos animales de conducta, aunque mantiene conexiones muy notables con las raíces conductuales animales. Efectivamente, en la raíz de la ética bullen las pulsiones hipotalámicas que regulan las conductas esenciales de supervivencia animal, pero estas pulsiones, más o menos estereotipadas, quedan en los humanos confrontadas con un complejo diálogo con los aspectos empáticos del cerebro y, sobre todo, con un diálogo rico y abierto con el mundo del razonamiento y los sentimientos. Así que en la ética se juega una partida al menos a tres bandas, que serían: los intereses arcaicos de la supervivencia de la especie (raíz hipotalámica), el enriquecimiento de las emociones y la capacidad empática (progresos límbicos y enriquecimiento de aspectos empáticos correspondientes a las «neuronas espejo» o neuronas de Von Economo) y, finalmente, la confrontación con los planteamientos racionales y los sentimientos humanos correspondientes a una maduración de las emociones. Este juego a tres bandas constituye la urdimbre sobre la que se bordará la ética. Debido a esta complejidad, las alteraciones de la conducta ética van asociadas frecuentemente a anomalías en las que juegan un papel importante tanto la crisis de valores bien establecidos socioculturalmente como las alteraciones emocionales que acompañan a las psicopatías y que reducen la capacidad empática o la de sentirse responsable y culpable de los perjuicios causados a los otros (J. Decety et al., 2015).
La parte de la ética humana que procede de las raíces más arcaicas del mundo animal comprende aquellos aspectos de la conducta que forman parte de la programación de una correcta supervivencia. Para ser un buen animal con éxito comportamental, se requieren una serie de comportamientos individuales y grupales que permitan hacer frente con éxito a los desafíos del vivir. Esto es ya muy complejo y está admirablemente codificado en el cerebro animal. Están, en primer lugar, las conductas de supervivencia individual como la alimentación o la agresividad, imprescindible para defenderse de predadores y competidores. En este tipo de conducta existen indicadores de la bondad de una acción como son el placer (las cosas buenas están indicadas por el placer que producen en primera aproximación) y las emociones positivas que lo acompañan. Naturalmente, estos aspectos más individuales están engarzados en una red de conductas de grupo entre las que figuran las conductas de la pareja reproductora, las relaciones de jerarquía y territorio, las alianzas de caza y convivencia, las defensas de grupo, las conductas de altruismo interesado en reciprocidad, etc. Cuanto más ascendemos en la escala evolutiva (los cerebros animales «progresan» en la medida en que son capaces de recibir, tratar y responder a mayor número de informaciones), las conductas citadas van adquiriendo cualidades y matices espectaculares que frecuentemente contemplamos con justa admiración. En estas conductas podemos contemplar los esbozos de lo que en la mente humana se proyectará en formas éticas que, desde raíces animales (desde «la
carne»), se desplegarán en perspectivas que denominaremos éticas, por la novedad que manifiestan en lo que a márgenes de libertad se refiere y por las reorientaciones y despliegues en que se manifiestan, constituyendo «palabras» que interpelan las relaciones humanas y las normas que las conductas humanas deben respetar, para preservar la