ELEGIA. Según el Arte Poética de Horacio, que reproduce el pensamiento común de
la antigüedad, la elegía procedía ya de las ceremonias fúnebres (llantos e inscripciones en honor de un difunto), ya de las acciones de gracias votivas que acompañaban las obladas de los fieles. De aquí proceden los dos caracteres bien diferenciados de la elegía: la tristeza y el dolor por la muerte de alguien, la alegría que se debe al amor. En la literatura alejandrina, la elegía adquiere normalmente un carácter docto y trascendente, y frecuentemente las experiencias de amor desdichado se asocian a mitos y a historias ejemplares, ricas de pathos dramático. La expresión de sentimientos más personales y ligeros o más directos se confía generalmente al epigrama, que en muchos aspectos tiene una génesis paralela a la de la elegía. Los neoteroi latinos, es decir, los seguidores de la poética alejandrina -y entre ellos, Catulo-, cultivan ambas formas, sin establecer una distinción temática rígida entre ellas. La elegía ya no es exclusivamente mitológica y erudita, sino que expresa un sentimiento de amor personal y dolorido. La elegía del período de Augusto, con Tibulo, Propercio y Ovidio, reúne en una síntesis equilibrada aspectos tonales y temáticos que proceden de diversos géneros: el epilio, el epigrama, la elegía preciosista que procede de la tradición helenística, la poesía catuliana, desbordante de pasión. Se dibuja pues, más que un género, una atmósfera elegíaca, que se caracteriza por un sentimiento de dolor contenido, de tristeza y melancolía, que constituirá un módulo recurrente (aunque bastante variado), en la historia de la literatura, que, sin embargo, tendrá su lenguaje y su estilo propio. Dante, en De vulgar¡ eloquentia lo define así: «Per elegiam stilum intelligimus miserorum» (Por elegía entendemos el estilo de los desdichados); el Pinciano dice que significa «Todo poema luctuoso y triste»; Herrera es, acaso, el que lo define con más justeza: «Conviene que la elegía sea cándida, blanda, tierna, suave, delicada, tersa, clara, y si con esto se puede declarar, noble, congojosa en los afectos y que los mueve en toda parte, ni muy hinchada ni muy humilde, no obscura con exquisitas sentencias y fábulas muy buscadas; que tenga frecuente conmiseración, quejas, exclamaciones, apóstrofes, prosopopeyas, excursos o parébasis. El ornato de ella ha de ser más limpio y reluciente que peinado y compuesto curiosamente» (Comentario a la Eleg. I de Garcilaso).
El metro característico de la elegía es el dístico (V.), formado por un hexámetro y un pentámetro (recuérdese el sarcasmo de Góngora: «que vuestros pies son de elegía», referido a la cojera de Quevedo). En este metro y con tema amoroso, apoyado en Ovidio, se escribieron las comedias elegíacas en el siglo xii a las que algo deben, según María Rosa Lida, el Libro de buen amor y la Celestina, sobre todo al Pamphilus.
Bruce W. Wardropper propone limitar el significado del término para designar a los poemas que parten de la muerte de una persona -frente a los poemas que hablan de la muerte en general-, para después, o antes, hacer consideraciones de carácter más o menos generalizador. Coincidiría así con una parte de lo que tradicionalmente se ha venido llamando llanto, desde el que se hace por el Arcipreste a la muerte de la Trotaconventos hasta el de García Lorca por la de Ignacio Sánchez Mejías.
ELIPSIS. Eliminación de algunos elementos de una frase. La elipsis puede ser
situacional, cuando los términos suprimidos están integrados en la situación (Ejem.: ya está cerrada: la puerta, la caja, la olla, etc., según el contexto) o gramatical (¡Las lágrimas cuando estés sola!, se sobreentiende el verbo las lloras). Como ejemplo de composición planteada desde una escritura fuertemente elíptica, recordemos el Diálogo del Amargo, en el Poema del cante jondo de García Lorca.
En el análisis del relato (V. TIEMPO), la elipsis es un movimiento narrativo (V. ESCENA, SUMARIO, PAUSA) gracias al cual, al «saltarse» el narrador algunas partes de la historia, el tiempo del relato se sincopa o es infinitamente inferior al de la historia (Genette, Figures IlI, Durée).
que comienza por vocal: algunas veces es la inicial la que desaparece (Algo'stá más quieto y reposado, Garcilaso). Frecuente en los siglos medios (nuef años, Cantar del Cid), su uso se va restringiendo incluso en poesía: en el siglo xvi ya se limita a unos pocos casos (desto, nuestramo); sólo Herrera la marca con un apóstrofo y la utiliza rítmica o estilísticamente: Lo que más m'agradó, no satisfaze. Hoy sólo queda en las formas fosilizadas al y del.
ELOCUTIO. Una vez encontrados los argumentos (inventio) y distribuidas en grandes
grupos por las partes del discurso (dispositio), viene la tercera función de la retórica (V.) que recibe el nombre de elocutio, en griego lexis: buscar las palabras y expresiones con que cubrir el discurso. La operación fundamental de la elocutio, al decir de Barthes en La antigua retórica, es la elección de las palabras (electio), seguida inmediatamente de su combinación (compositio). El primer acto nos introduce en el amplio campo de los tropos, es decir, en el campo de las figuras de sustitución lingüística; las figuras son necesarias al escritor porque la comunicación normal es neutra, no connotada, y debe, por lo tanto, ser «personalizada», «ornada», «coloreada». La distancia retórica y estilística introduce los colores, las luces, las flores, los «adornos», en una palabra, para recubrir la base desnuda del estado normal de la comunicación. Esto explica por qué la elocutio ha sido considerada como la parte más importante de la retórica, produciendo una proliferación desmesurada de catálogos de figuras y tropos: Barthes llega a hablar de «furor taxonómico». El concepto básico en que se apoya la teoría clásica del estilo adornado es el mismo del extrañamiento (V.) lingüístico: el poeta debe decir las cosas apartándose de los modos comunes -así lo recomienda Aristóteles- para provocar en el destinatario una sorpresa, un efecto imprevisto. El ornatos apunta en particular hacia la belleza de la expresión y puede ser «vigoroso,, (como variante del estilo sublime, V. ESTILO), «suave», «elegante», etc. Se individualizan algunas propiedades típicamente oratorias. como la gracia, la pureza, la concinnitas (= armonía), la claridad brillante, la sutileza, etc.
ELOGIO. Expresión encomiástica en prosa o en verso, muy cercana al panegírico.
De carácter lírico u oratorio en sus orígenes (Píndaro o Isócrates), pronto sirvió de pretexto para ejercitar el virtuosismo de los rethores, aplicándolo a asuntos que, muchas veces, eran inanes. Sin embargo, se pueden encontrar elogios insertos en obras de mayor enjundia.
En la literatura medieval son frecuentes los elogios (De las propiedades que las dueñas chicas han), y también, con carácter burlesco o satírico, en el Renacimiento: citemos el Elogio de la locura de Erasmo o el Encomio de las bubas. En el teatro da lugar a ciertos tipos de loa.
Un subgénero muy peculiar del elogio son las dedicatorias que los escritores del Siglo de Oro dirigen a sus posibles o reales mecenas y protectores.
EMBLEMA. Ducrot-Todorov (Diccionario s.v. Personaje) dan el nombre de emblema a
un peculiar procedimiento de caracterización del personaje: un objeto que le pertenece, una forma de vestir o hablar, un lugar, están ligados a aquél estrechamente, de manera que su aparición en el seno del relato evoca, aun in absentia, al personaje del que son emblema; para los dos críticos, el emblema es «un ejemplo de utilización metafórica de las metonimias: cada uno de esos detalles adquiere un valor simbólico». Así, por ejemplo, la vacuidad y lo redondo, en Tirano Banderas, definirán al gachupín don Celestino Galindo, «orondo, redondo, pedante»; la lentitud y la quietud a Tirano. En San Manuel Bueno el lago y la montaña se refieren siempre a la figura del prota- gonista. En un sentido más restringido, la descripción física de un individuo, los detalles de su indumentaria, algún gesto característico pueden ser considerados emblemáticos, es decir, significativos de la condición (por ejemplo, social), del carácter moral o de la psicología de los personajes: por ejemplo, los modos de construir el relato en
Galdós.
Se llama también emblema en la literatura de los siglos xvi y xvii a un dibujo de valor simbólico, acompañado o no de un mote, que puede ir seguido de un comentario en verso o prosa, o de ambos; si en lugar de tener valor universal el dibujo y la glosa, se refieren a una persona o a una clase social, la forma literaria se denomina Empresa. Creada la forma por Alciato, acaso alcanza su culminación literaria en Saavedra Fajardo. Gracián, en El Criticón, sustituye el gráfico por la descripción textual: así el objeto recoge un haz de valores simbólicos.