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El autoconcepto y la autoestima

2. Desarrollo personal

2.1 El autoconcepto y la autoestima

Este desafío no es exclusivo de los años adolescentes, pero en ninguna otra etapa resulta más acuciante que en ésta. Todos tenemos una noción más o menos clara, más o menos estructurada y coherente quiénes somos y de cómo vamos convirtiéndonos en nosotros mismos. Tenemos un sentido de nuestro yo que comienza a formarse en la niñez y no deja de evolucionar durante toda la vida. Sin embargo, es durante los años adolescentes cuando las preguntas: ¿quién soy?, ¿qué me gusta y qué no?, ¿qué se me da bien hacer y qué no?, ¿cómo me ven los otros? son cuestiones que están en la base de la búsqueda de una identidad coherente y que vienen propulsadas por los numerosos y rápidos cambios que se presentan entre la pubertad y la vida adulta.

Los avances en el desarrollo cognitivo —poder pensar sobre abstraccio- nes, ser conscientes del propio pensamiento, pensar sobre lo posible, la ha- bilidad para la introspección, un mayor dominio de la teoría de la mente— tienen importantes consecuencias en las descripciones que los adolescentes dan de sí mismos. Así, su autoconcepto, la idea que tienen de sí mismos, se vuelve más abstracto y más complejo.

El adolescente se describe basándose más en rasgos de personalidad y en valores que en características más concretas, como el aspecto físico o ac- tividades que se realizan con éxito y con gusto o todo lo contrario, tal como se hace al final de la niñez. Asimismo, las autodescripciones adolescentes reconocen y expresan aspectos paradójicos, parciales o relativos, es decir, tienen mucha mayor complejidad que las de los niños, que suelen hablar de sí mismos en términos más absolutos. El autoconcepto de los adolescentes también denota una estructuración en la que las relaciones sociales y la aceptación del grupo son cruciales.

Soy reservado, algo tímido, odio los prejuicios, la falsedad, no creo en muchas cosas, me gusta estar con mis amigos, aunque me encanta la soledad, la independencia, la li- bertad. Soy tranquilo, pero me encanta salir y soltarme por las noches (tomo bastante, me descontrolo a veces, jejé, soy humano).

Pablo, 17 años

Al final de la adolescencia se observa el peso creciente de los valores y creencias personales como importante organizador del autoconcepto, lo que evidencia de nuevo el carácter abstracto de sus razonamientos.

Soy antifascista a muerte. Pero, ¡ojo!, no soy intolerante. Si me respetan, yo respeto. Si no, que les metan una piña por el culo. Suelo pensar mucho las cosas antes de actuar, menos en el amor, que eso aún me viene grande, soy demasiado joven xD. Soy comple- tamente atea, me cohíben mucho las religiones, pero respeto a los creyentes, mientras no traten de imponerme su dogma. Aprecio mi libertad por encima de todo.

Otro cambio que denota un avance en el autoconocimiento, es la capaci- dad que aparece en la adolescencia de distinguir ese yo real que se percibe y describe de los yo posibles. Los yo posibles son construcciones abstrac- tas, ideas con las que juega el adolescente. Dentro de los yo posibles está el

yo ideal (el tipo de persona que uno quisiera ser) y el yo temido (el tipo de

persona en que uno detestaría convertirse).

Ser consciente del yo real y de los yo posibles motiva a la persona a ac- tuar y esforzarse para alcanzar su yo ideal y a no convertirse en su yo temi- do. En general se considera que poseer un equilibrio entre el yo ideal y el temido favorece y estimula el desarrollo. Otras combinaciones, como tener

conciencia únicamente del yo temido y carecer del yo ideal, no es tan desea - ble, porque la persona no anticipa tanto un beneficio como teme un perjui- cio, y además no sabe exactamente hacia dónde quiere encaminarse. Por otra parte, también es cierto, tal como las investigaciones demuestran, que cuando existe una gran discrepancia entre el yo real y el ideal, aparecen sentimientos de fracaso, ineficacia y humor depresivo.

Soy una persona muy influenciable y me importa mucho lo que piensen de mí, estoy su- jeto a modas en cuanto a la forma de vestir (tirando a pijo), soy tolerante (con la forma de ser de la gente, con la música, con casi todo en general)... Me hubiera gustado ser una persona impactante, radical, muy dura psicológicamente, que sabe lo que quiere, dominante, con carácter y sobre todo segura de sí misma. Pero supongo que eso será algo que jamás se manifestará.

Miquel, 16 años

La capacidad de pensar con complejidad sobre los fenómenos, perci- biendo múltiples aspectos de una situación o idea, se refleja también en las autodescripciones adolescentes. Especialmente a partir de la adolescencia intermedia, encontramos con mayor frecuencia mención a aspectos perso- nales contradictorios.

Puedo ser muy buena o muy mala. Todo depende. Por lo general, no hago ningún mal a nadie, pero a nadie le mola que le toquen los huevos y ahí es cuando puedo sacar mi peor faceta. Soy lo más sincera que puedo, aunque soy algo reservada. Me cuesta mucho exteriorizar lo que siento o cómo me encuentro. Tal vez por ello casi nadie me conoce realmente. Muchas de las cosas que hago parecen ser por llevar la contraria o por ser distinta y salirme de los esquemas, pero van intrínsecas en mí, no es algo que pueda evi- tar, ni que quiera hacerlo.

Raquel, 16 años

Los adolescentes son capaces de distinguir lo que ellos piensan de sí mismos de la imagen que proyectan en los demás, y en muchas ocasiones, si hay discrepancias, las observan y las hacen objeto de sus reflexiones.

Algunas personas dicen que soy seria, despreocupada, que soy tímida, o muy dura a la hora de demostrar los sentimientos... pero, siento que soy alegre y divertida, que sí me preocupo por las cosas, sólo que en un menor grado en comparación con los demás, y coincido, en que soy tímida, pero es mientras me adapto a la otra persona, que me toma algo de tiempo abrirme, sí, pero que al final (y me lo han dicho), vale la pena. Y eso no lo estoy inventando. Entonces caigo nuevamente en el problema, ¿quién soy en verdad? Charlotte, 18 años

Pero también a veces se sienten confusos porque perciben cambios en su forma de pensar o actuar en función de con quién están y entonces se pre- guntan quiénes son verdaderamente. Otras veces simplemente exhiben un

yo falso con plena conciencia de estar interpretando un papel. Aunque la

mayoría dice no estar a gusto falseándose, muchos consideran que esa re- presentación es aceptable y comprensible cuando su finalidad es epatar a alguien o no mostrar ciertas facetas personales que uno prefiere guardar para sí.

A veces me gusta decir cosas que no pienso y observar lo que hace la gente. No son mentiras, es otra cosa. Me gusta, por ejemplo, exagerar que estoy triste o inventarme un problema. A priori la gente suele confundirse mucho conmigo, pero, sinceramente, me da igual... no me importa mucho que se sepa que invento, me gusta mi misterio.

Laure, 15 años

Definir lo que somos no es nunca una tarea sencilla, porque nuestra identidad es compleja. Se suelen distinguir el yo psicológico, social, sexual, familiar y de afrontamiento (véase cuadro 3.1).

Para cada una de esas facetas la persona emite un juicio valorativo que determina la estima global que tiene de sí misma, su autoestima. Éste es un tema clásico y permanente en la investigación sobre adolescencia, porque, al menos en el entorno de los países occidentales, se relaciona con el desarro-

Cuadro 3.1 Las facetas del yo

Yo psicológico ¿Me gusto físicamente? ¿Sé controlarme? ¿Cuáles son mis de-

seos? ¿Cuáles son mis sentimientos?

Yo social ¿Soy una persona amistosa? ¿Caigo bien a la gente? ¿A qué

aspiro socialmente? ¿Soy una persona solitaria?

Yo sexual ¿Cuál es mi visión del sexo? ¿Quiénes me atraen? ¿Soy atrac-

tivo/a? ¿Estoy a gusto con mi sexualidad?

Yo familiar ¿Qué opino de mis padres y de mi familia? ¿Me siento bien

con ellos? ¿Siento que me quieren y que les gusto?

Yo de afrontamiento ¿Soy una persona eficaz para enfrentarme a los retos de la vida? ¿Qué tal es mi respuesta a las exigencias escolares? ¿Qué me exijo? ¿Sé adaptarme? ¿Soy suficientemente feliz?

llo saludable. Algunas de las conclusiones que se repiten invariablemente en los trabajos empíricos son las siguientes (Harter, 2003):

a) Los adolescentes no necesitan tener una imagen positiva en todas las esferas (académica, social, apariencia física, atractivo sexual, etc.) para que su autoestima sea elevada. De hecho, puede haber gran- des diferencias entre su estimación en unas y otras. Lo que parece ser decisivo es la importancia que se otorgue a las áreas en cues- tión.

b) Se produce una oscilación en el nivel de autoestima en la mayoría de los adolescentes. Las investigaciones indican que la autoestima tiende a disminuir en la adolescencia temprana y luego va aumen- tando en la adolescencia intermedia y tardía.

c) Se han constatado diferencias en función del género en cuanto al peso de unas facetas y otras en la autoestima global, que reflejan en gran medida los valores tradicionales asociados a la masculinidad y la feminidad. Si bien la apariencia física, el rendimiento académi- co, la popularidad y la aceptación social son factores importantes para unos y otras, los chicos suelen manifestar una actitud algo más despreocupada que las chicas. En general también se han encontra- do puntuaciones algo más bajas en autoestima en las chicas que en los chicos. Tal vez, como argumentan algunos autores, entre ellos Carol Gilligan (1982), las chicas van «perdiendo su voz» a medida que se van adaptando a las expectativas de género culturales, mien- tras que los chicos son presionados para afirmarse. Sin embargo, no siempre es fácil para éstos valorarse positivamente, sobre todo cuan- do no cumplen con la expectativa que dictamina que un hombre debe ser siempre fuerte, seguro, duro y arriesgado. La socialización diferen- cial hace también distinta la vulnerabilidad.