2. Desarrollo personal
2.2 La identidad
La mayor capacidad introspectiva del adolescente y su habilidad para pen- sar de forma abstracta le permiten pensar sobre sí mismo de una forma dife- rente y más compleja a la de cuando era niño. Durante la adolescencia, la persona se interesa por construir lo que se denomina «sentido de identi- dad». Está interesada en descubrir las fortalezas y debilidades que le son propias, en entender lo que es distintivo de su personalidad, en perfilar sue- ños y metas y en tomar decisiones consecuentes con todo ello. El sentido de identidad implica, en consecuencia, percibir la continuidad y la cohe- rencia de uno mismo a lo largo del tiempo. Es una organización interna
constituida por impulsos, capacidades, creencias e historia de vida personal que va elaborando de forma dinámica el propio individuo a lo largo de su vida. En este proceso son necesarias las estrategias de razonamiento for- mal: ser consciente de las alternativas posibles, examinarlas activamente, y tras reflexionar, comprometerse con la que se estime más idónea.
Eric Erikson es el autor de referencia ineludible en el estudio de la identi- dad adolescente. En su teoría sobre el desarrollo psicosocial, describe los de- sa fíos críticos de cada etapa del ciclo vital a los que se va enfrentando la perso- na. Dos supuestos fundamentales subyacen en la teoría de Erikson (1986): a) La personalidad se desarrolla siguiendo unos pasos predetermina- dos en la naturaleza humana que conducen a que las personas tien- dan a interactuar y ser conscientes de un radio social cada vez más amplio.
b) La sociedad tiende a estar constituida de tal modo que satisface y propicia esta sucesión de potencialidades para la interacción si- guiendo la secuencia y el ritmo adecuados.
El desarrollo de la personalidad es descrito como un proceso que implica una secuenciación jerarquizada de estadios o etapas relacionados con la edad cronológica a través del cual van sucediéndose una serie de crisis que retan al yo e incrementan tanto la vulnerabilidad como el potencial de madurez.
La personalidad va madurando progresivamente a medida que el yo se enfrenta a los sucesivos desafíos psicosociales. Aunque todos los elementos de la personalidad están presentes en alguna medida en todas las etapas, en cada una de ellas emerge con más fuerza la necesidad de consolidar una cualidad particular. En este sentido, las etapas se consideran críticas, puesto que constituyen un reto, un desafío para el crecimiento y afianzamiento del yo, de forma que la resolución positiva da lugar al surgimiento de una nue- va fuerza psicosocial, mientras que la resolución negativa aporta, en cam- bio, una debilidad del ego.
Cada estadio o etapa se construye sobre los resultados previos y contri- buye a la forma en que se resolverán los siguientes. De este modo, el yo va acumulando fuerzas o debilidades psicosociales. En este proceso, el con- texto social desempeña un papel fundamental, de modo que, un desarrollo óptimo implica la sincronización entre las capacidades y necesidades del individuo y las demandas sociales asociadas en mayor o menor medida a la edad cronológica. Un desarrollo de la personalidad completo y saludable implica resolver adecuadamente cada uno de los dilemas o crisis propios de cada etapa.
Las etapas y sus correspondientes edades, definiciones, fuerzas y debili- dades del yo quedan recogidas en el cuadro 3.2.
Cuadro 3.2 Etapas en el desarrollo del yo según la teoría de Erikson Edad 0 - 1 2 - 3 4 - 5 6 - 12 13 -18 19 - 25 25 - 65 65... Etapa Confianza vr. Desconfianza Autonomía vr. Vergüenza y duda Iniciativa vr. Culpa Industriosidad vr. Inferioridad Identidad del yo vr. Difusión Intimidad vr. Aislamiento Generatividad vr. Estancamiento Integridad vr. Desesperación Fuerza del yo Esperanza Voluntad Finalidad Competencia Fidelidad Amor Cuidado Sabiduría Debilidad del yo Retraimiento Compulsión Inhibición Inercia Repudio de rol Exclusividad Actitud rechazante Desdén
Descripción de una resolución adecuada
A partir de la relación con el cuida- dor el niño aprende a sentirse segu- ro en el mundo y a confiar en que sus necesidades serán satisfechas. Las energías del niño están dirigi- das al desarrollo de habilidades fí- sicas tales como andar y controlar esfínteres que le ayuda a crear un cierto sentido de independencia. El niño va aumentando su iniciativa cuando ensaya nuevas conductas y no se deja abrumar por el fracaso. El niño aprende las destrezas básicas de su entorno cultural y a enfrentarse a sentimientos de inferioridad. El adolescente va definiendo su propio sentido de sí mismo a través de la exploración tentativa de alter- nativas con las que comprometerse. El joven desea y consigue estable- cer relaciones satisfactorias de pro- fundo compromiso e inicia la in- mersión de su Yo en un «nosotros». El adulto siente interés y se involu- cra en acciones que suponen la guía y el cuidado de las generaciones más jóvenes, así como la aporta- ción de un legado importante. El anciano alcanza el sentido de aceptación de lo que ha sido su vida, lo que le permite aceptar sin desesperación la muerte que sabe cercana.
Como vemos, el proceso de elaborar el sentido de la identidad es el as- pecto crítico de la adolescencia aunque, evidentemente, está presente du- rante toda la vida. Puede tener un resultado saludable, que consiste en lle- gar a establecer un sentido firme y claro de quién es uno y de su lugar en el mundo y otro menos saludable: estar confuso e indeciso respecto a lo mismo.
El logro de la identidad se refleja en la asunción de un compromiso en tres ámbitos: el área interpersonal y afectivo-sexual, el área vocacional-pro- fesional y el área ideológico-ética. La incapacidad de comprometerse en estas áreas al final de la adolescencia indica que la persona está en el polo denominado confusión de identidad.
Una de las principales funciones psicosociales de la adolescencia es per- mitir una moratoria, un tiempo prolongado en el que el individuo puede va- lorar y experimentar roles y opciones diferentes, antes de decidirse por las alternativas que encuentran más adecuadas para expresar su individualidad en la vida adulta hacia la que se encaminan.