El contexto del párrafo: Examinándote
Capítulo 3: El contexto integral del libro
11. El castigo de Judá en Génesis
En sus ataques al cristianismo, el escritor sudafricano Ahmed Deedat se queja de que la Biblia está llena de pornografía y que Génesis 38, la historia de Judá y Tamar, “es una historia sucia, asquerosa”. ¿Incluyó la Biblia esta historia simplemente para satisfacer viles intereses de lectores impíos? ¿O Deedat y otros no vieron lo que la historia quiere decir?
La historia puede resumirse brevemente, después de lo cual veremos rápidamente una lección moral en ella. Judá tiene tres hijos: Er (38:3), Onán (38:4) y Sela (38:5). Cuando Dios mató a Er por su comportamiento pecaminoso (38:7), su hermano menor, Onán, heredó automáticamente la responsabilidad de Er de levantar descendencia para el nombre su hermano. Algunas culturas en donde las mujeres no pueden ganar dinero practican la heredad de la viuda, en donde otro hermano toma la esposa de su hermano fallecido.
Sin embargo, en las culturas alrededor de esta familia, lo que normalmente se hace es que el hermano simplemente embaraza a la viuda, para que así ella pueda tener un hijo que reciba la primera parte de la herencia de su esposo; a la vez este hijo la sostendría financieramente durante su vejez.
Pero Onán derramaba su semen en tierra (LBLA), y Dios, airado, le quita la vida (38:9-10), como se la había quitado a su hermano antes que Él. ¿Por qué Onán vertía en tierra? ¿Y qué tan malo había en él que hizo esto? El primogénito (en este caso, Er) normalmente recibía dos veces más que la parte que le pudiera tocar a cualquier otro hermano; si Onán levantaba un hijo para su hermano, ese hijo sería contado como hijo de su hermano y recibiría la mitad de la herencia, dejando tan solo un cuarto para Onán y otro para Sela. Pero si Tamar no salía embarazada, Onán recibiría dos tercios de la herencia, y Sela, un tercio.
Onán era ambicioso y le importaba más la herencia adicional que honrar a su hermano y proveer para Tamar. Dios defendió el honor de Tamar porque ella era importante para él. El texto nos enseña acerca de la justicia.
Pero la historia continúa. Judá, temiendo que el hecho de permitir que sus hijos se acostaran con Tamar los llevara a la muerte, rehúsa darle su último hijo a Tamar. En algunas de las culturas circundantes (aunque nunca en la cultura israelita posterior), si no había un hermano disponible, se consideraba aceptable al padre; por lo tanto, Tamar toma el asunto por su propia cuenta. Ella, sabiendo qué tipo de persona era Judá, se disfraza de prostituta y entonces permite que él la deje embarazada, pero se queda con el anillo de sello para
después poder probar que él era el padre (38:18).
Cuando Judá se entera de que Tamar estaba encinta, ordena que sea ejecutada. Esto refleja una práctica de doble rasero en muchas culturas: la idea de que un hombre pudiera tener sexo con cualquiera (tal como Judá se acostó con quien él pensaba era una prostituta), pero una mujer no. Pero Dios no tiene doble rasero: el pecado está tan mal para un hombre como para una mujer. Tamar le envió el sello, obligando así a Judá a que la pusiese en libertad y que admitiera que “ella era más justa que él” (38:26).
Esa era la moraleja de la historia: Judá era inmoral y crió a dos hijos inmorales, y ahora se encontraba atrapado en su culpa. Al desafiar el doble rasero de su cultura, el escritor se levanta en contra del pecado. ¡En lo absoluto es esta una “historia sucia”!
Pero el contexto integral del libro nos revela más aún. El capítulo 37, antes del 38, es el capítulo en donde Judá asume el protagonismo en la venta de su hermano como esclavo. En el capítulo 38, el estilo de vida pecaminoso de Judá le alcanza, ¡y sufre por ello! Vendió como esclavo al hijo de su padre; ahora pierde dos de sus hijos. El capítulo 39, después del 38, es donde José resiste las provocaciones sexuales de la esposa de Potifar, a pesar de las penalidades que enfrenta por causa de esto. José no practica el doble rasero: vive en santidad sin importar el costo.
Y en algunos capítulos después, Dios recompensa a José por su obediencia. Se convierte en visir de Faraón, y en el agente por medio del cual Dios puede rescatar a los mismos hermanos que lo habían vendido como esclavo. Y cuando José es exaltado, Faraón le entrega su anillo (41:42) —invitándonos a recordar a Judá, quien le prestó el suyo a quien creía que era una prostituta (38:11). La historia más ampliada tiene una moraleja: aquellos que llevan un estilo de vida pecaminoso pueden, a la corta, prosperar, pero a la larga sufrirán; por el contrario, aquellos que permanecen fieles a Dios pueden sufrir al principio, pero al final serán bendecidos.
Sin embargo, este no es el final de la historia. Aunque Judá asumió el papel protagónico en la venta de su hermanastro, aprendió de sus errores. Más adelante él mismo se responsabiliza de Benjamín, el
hermano de padre y madre de José, ante su padre Jacob (43: 8-9), y por causa de su padre se hace responsable de Benjamín ante José (44:16-34). Judá está dispuesto a convertirse en esclavo para evitar que Benjamín lo sea —y esto es lo que convence a José de que sus hermanos habían finalmente cambiado. Entonces, la moraleja final de la historia es la del perdón y la reconciliación, y de la fidelidad de Dios que preparó los sucesos para que todo esto sucediera. ¡Ahmed Deedat no leyó lo suficiente como para entender la historia!