Las narrativas y la historia
2. Las leyes en la Biblia
Las leyes bíblicas tienen mucho que enseñarnos acerca de la justicia, incluso si necesitásemos tomar en cuenta la cultura y la era histórica a la que fueron dirigidas. De esta manera Dios le informa a Israel que ninguna otra nación tenía leyes tan justas como ella (Dt. 4:8), y el salmista celebra y medita continuamente en la ley de Dios (Salmo 119:97).
Algunas leyes, como es el caso de los Diez Mandamientos, están expresadas generalmente como principios transculturales. También se hace difícil encontrarles paralelos genuinos en otras colecciones legales del antiguo Cercano Oriente. La mayoría de las leyes, sin embargo, estaban dirigidas al antiguo Israel como leyes civiles para indicar cómo debía funcionar la sociedad de Israel. Éstas estaban dirigidas específicamente a un marco del Cercano Oriente, y debemos ser cuidadosos a la hora de buscar analogías apropiadas de cómo aplicarlas en el presente.
La ley del antiguo Cercano Oriente marcaba la pauta por la cual tenían que ser tratados los asuntos. Las leyes israelitas trataban muchos de los mismos asuntos que trataba la ley mesopotámica. El código de Hammurabi y otras colecciones legales hacían referencia al perforado de las orejas (Éx. 21:6); la esclavitud por deuda (21:7); el tratamiento de los cautivos esclavizados (21:9); hacer que una mujer abortara (21:22); ojo por ojo y diente por diente (21:23-25); la
negligencia respecto a un buey (21:28-36); la dote de la novia (22:16- 17); la responsabilidad por derramamiento de sangre (Dt. 21:9-10); y así sucesivamente.
Al mismo tiempo, diferencias significativas modificaban la tradición legal del antiguo Cercano Oriente. En otras sociedades el castigo recibido era más severo si se pertenecía a una baja casta social. A diferencia de esto, en la ley israelita no se cometía tal injusticia. Por otra parte, en la ley babilónica si un hombre causaba la muerte de la hija de otro hombre, entonces su hija tenía que ser ejecutada; en la ley israelita, el hombre que cometía el homicidio era el que moría. No conocemos de otras sociedades que protegiesen las tierras ancestrales de la manera en que lo hacían las leyes israelitas (Lv. 25:24). Esta ley prevendría la acumulación monopolística de capital que convertiría a algunos en personas adineradas a expensas de otros. En la ley de Israel algunos delitos tenían castigos más indulgentes (bajo la ley babilónica, los ladrones que robaban durante el día eran ejecutados) y algunos otros, los tenían más severos (la ley israelita era más estricta en cuanto a los hijos desobedientes). La ley babilónica ordenaba la pena de muerte para aquellos que albergaban esclavos fugitivos. La ley de Dios le ordenaba a Israel que acogiera a esclavos fugitivos (Dt. 23:15).
Pero las leyes en el Antiguo Testamento, aunque mejoraban las normas de su cultura, no siempre nos proveían con el ideal perfecto de justicia que quiere Dios. En toda cultura, las leyes civiles proveen una exigencia mínima para que la gente pueda trabajar unida, pero no hacen mención de todas las cuestiones morales. Por ejemplo, una ley puede decir: “No matarás”, pero solamente Dios puede llevar a cabo las máximas implicaciones de esa ley para los estándares morales, es decir: “No querrás matar” (Mt. 5:21-26).
Podemos tomar como ejemplo la ley concerniente al esclavo que es golpeado y muere, que se encuentra en Éxodo 21: 20-21; en dicha ley, si el esclavo sobrevive un día o dos, el dueño no es castigado. Hasta cierto punto aquí se va acorde a la ley para cualquiera que no muere inmediatamente de las heridas (21:18-19), pero en este caso la ley dice específicamente que esto es así porque el esclavo es “propiedad” del amo. Según lo que leemos en Filemón y en Efesios
acerca de la esclavitud (tratada anteriormente), la misma no parece siquiera ser el propósito ideal de Dios. De igual modo, aunque la ley condena el uso sexual de una esclava perteneciente a otro dueño, lo hace en menor grado que el adulterio, por el hecho de ser una esclava (Lv. 19:20; cf. Dt. 22:23).
Hace dos siglos algunas personas trataban de argumentar a partir de dichos textos el hecho de que Dios estaba a favor de la esclavitud, pero ningún texto en específico apoya la esclavitud. Más bien, el texto se refiere a un sistema que ya se practicaba y lo hace más humano. Los coterráneos israelitas no podían ser esclavos de manera permanente. Éstos servían por un tiempo; entonces eran puestos en libertad y se les daba cierto capital por medio del cual se podían mantener (Dt. 15:12-15). (Israel usualmente no podía siquiera cumplir con esta norma divina; cf. Jer. 34:11-22). Los cristianos que se oponían a la esclavitud citaban una gama más amplia de principios bíblicos (como el de amar al prójimo como a uno mismo, Lv. 19:18, o de que todas las personas eran iguales ante Dios, Hechos 10:28). Este último grupo de intérpretes fue el que articuló de manera correcta el ideal de las Escrituras. ¿Cómo lo sabemos?
Cuando algunos eruditos citaron Deuteronomio 24 como el permiso de un hombre para divorciarse de su esposa, Jesús dijo que esa ley era una “concesión” a la naturaleza pecaminosa del ser humano (Mr. 10:5): es decir, Dios no subió la exigencia hasta su ideal definitivo porque estaba obrando dentro de su cultura. Para proveer leyes morales que funcionasen dentro de una sociedad pecaminosa, Dios limitó el pecado en vez de prohibirlo por completo. Pero la moral que Dios demanda del corazón humano va más allá de esas concesiones. Dios nunca aprobó que un hombre se divorciara de su mujer, excepto por razones muy limitadas (Mr. 10:9; Mt. 19:9). Otras concesiones en el Antiguo Testamento pueden incluir la poligamia, estar obligado a trabajar para alguien durante un período de tiempo determinado, y quizás la guerra santa: Dios obraba por medio o a pesar de esas prácticas, pero Su ideal en el Nuevo Testamento es mucho mejor. Las leyes rituales y las civiles pueden contener algunos absolutos morales, pero también contienen concesiones en cuanto al tiempo y a la cultura a la que fueron dirigidas, tal y como Jesús lo reconoció.
A la vez, algunos delitos siempre llevaban la pena de muerte en el Antiguo Testamento, sugiriendo de esta manera la seriedad en que Dios los tomaba para todas las culturas: el asesinato, la hechicería, la idolatría, el adulterio, el sexo prematrimonial, las relaciones homosexuales, la rebeldía extrema contra los padres y algunos otros delitos. Esto no quiere decir que hoy en día debamos ejercer la pena de muerte en contra de todos esos pecados. Pero debemos tratar con seriedad todas estas ofensas.
A la hora de interpretar las leyes del Antiguo Testamento, debemos tener en cuenta la diferencia de era, así como la diferencia de cultura. Así como la gente en los días de Moisés no podía ignorar la revelación que Dios le había dado, citando la que Dios le había dado anteriormente a Abraham, así mismo en nuestros días algunas cosas son diferentes a causa de la venida de Jesús. En general la naturaleza humana es la misma. Las formas de Dios obrar tienen mucho en común con las que obraba en el Antiguo Testamento, pero ahora hay momentos en los que obra de manera diferente. En los días de Moisés, Dios ahogó a los egipcios en el Mar Rojo; en los días de Jesús, Dios desató una revolución espiritual que en un período de tres siglos convirtió gran parte del imperio romano y del Aksum (Este africano). El antiguo pacto era bueno, pero obraba mediante la muerte; el nuevo pacto obra por medio de la vida (2 Corintios 3:6). La ley sigue siendo buena y útil para la enseñanza ética, siempre y cuando se use adecuadamente (Ro. 3:27-31; 7:12; 1 Ti. 1:8-11). Pero una mera obediencia a la ley sin fe nunca ha traído salvación; Dios siempre salvó a las personas por gracia por medio de la fe (Ro. 4:3-12), y desde la venida de Cristo, ha salvado a las personas por medio de la fe en Jesucristo. Cuando consideramos cómo aplicar en nuestros días detalles particulares de la ley, debemos tener en cuenta otros factores. Algunos patrones bíblicos, como el mandato de Dios a que descansáramos, fueron dados antes que fuese dada la ley (Gn. 2:2-3; Éx. 20:11). Él también nos da mandamientos en el Nuevo Testamento (Jn. 13:34; Hch. 2:38; 1 Jn. 2:7-11). El Espíritu Santo también estaba bastante activo en los tiempos del Antiguo Testamento (1 S. 19:20-24; 1 Cr. 25:1-2), pero ha cobrado una nueva actividad en Cristo (Jn. 7:39; Hch. 1:7-8; 2:17-18).