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Parábolas

Las parábolas son un tipo específico de narrativa que difiere en algunas cosas de los otros tipos de narrativa. Los antiguos sabios de Israel en el Antiguo Testamento y en los tiempos de Jesús usaban varias formas de enseñanza gráfica para comunicar su sabiduría, formas que a menudo ponía a pensar a quienes escuchaban acerca de lo que se decía. Un tipo de enseñanza parecido es el proverbio (al cual nos referiremos más adelante). Una categoría más amplia de enseñanza (la cual es abarcada por la palabra hebrea mashal) incluye a los proverbios, comparaciones cortas y a veces comparaciones más extensas, incluyendo algunas que en verdad son con el propósito de ser alegorizadas (¡a diferencia de la mayoría de la narrativa bíblica!).

En el tiempo de Jesús los maestros judíos a veces se expresaban contando historias en las cuales uno, dos o hasta más personajes representarían algo del mundo real. A veces contaban historias acerca de un rey que amaba a su hijo, en las cuales el rey era una analogía de Dios y el hijo una analogía de Israel. Por lo tanto, cuando Jesús contaba las parábolas, podrían estar ya familiarizados con ellas, y sabrían cómo tomarlas.

Pero aun cuando las parábolas de Jesús eran a veces analogías extendidas con verdades en el mundo real (por ejemplo, los cuatro

tipos diferentes de terreno en la parábola del sembrador, Mr; 4: 3-20), a veces incluían algunos detalles simplemente necesarios para que la historia tuviera lógica o para que fuese una historia bien contada. (Éste también era el caso de otras parábolas judías de este período). Por ejemplo, cuando el fariseo y el cobrador de impuestos oran en el templo (Lc. 18:10), el templo no “representa” algo; simplemente ese era el lugar favorito para orar de los habitantes de Jerusalén. Cuando el dueño de la viña construye una muralla alrededor de su viñedo (Mr. 12:1), no debemos esforzarnos en determinar lo qué representa la muralla; ésta era simplemente una característica común de los viñedos y obliga al lector atento a reconocer que Jesús está aludiendo a la parábola del Antiguo Testamento que se encuentra en Isaías 5:5, por lo que los lectores sabrán que la viña representa a Israel.

Cuando hablábamos de la parábola del hijo pródigo con anterioridad, el Padre representaba a Dios, el hijo menor era una analogía respecto a los pecadores, y el mayor, otra respecto a los escribas y fariseos, pero los cerdos no “representan” algo en particular. Éstos simplemente ilustran el rigor del sufrimiento e inmundicia que sufría el hijo pródigo. Las prostitutas (Lc. 15:30) no representan las falsas enseñanzas, la idolatría ni nada más, como si fueran un símbolo estándar; ellas simplemente ilustran el grado de inmoralidad con que el que el hijo malgastó las ganancias de su padre.

Veamos la parábola del Buen Samaritano en Lucas 10:30-35. En esta parábola vemos a un hombre que “bajó” desde Jerusalén hasta Jericó, y en el camino es asaltado y golpeado por unos ladrones, quienes lo dejan casi muerto. Un sacerdote y un levita pasan de largo, pero finalmente un samaritano es quien le rescata y lo lleva a un mesón. Agustín, un gran pensador y padre de la iglesia de la costa norte de África, decidió que esta era la historia del Evangelio: Adán “bajó” porque cayó en pecado, el diablo abusó de él, no fue ayudado por la ley, pero finalmente fue salvado por Cristo como un buen samaritano. Se podría predicar haciendo uso de esta interpretación y realmente esperar que haya conversiones, porque se estaría predicando el Evangelio. Pero el Evangelio podría ser predicado sin adherirlo a esta parábola en particular, y de hecho esto no es a lo que se refiere esta palabra en el contexto de Lucas.

En Lucas 10: 29, un intérprete de la ley le pregunta a Jesús que quién era su “prójimo” al cual la Biblia le mandaba que tenía que amarlo (cf. 10:25-28). Jesús le responde que su vecino podría ser hasta un samaritano—que el amor verdadero debe cruzar fronteras tribales, raciales y hasta religiosas. Probablemente esta no era la respuesta que el intérprete quería oír. Esta respuesta todavía hoy en día sigue siendo muy ofensiva para algunos que no quieren que esta parábola quiera decir esto. Pero, ¿por qué “bajaría” aquel hombre de Jerusalén a Jericó? ¡Simplemente porque Jericó es de más baja elevación que Jerusalén! Además, el camino a Jericó (como muchos otros caminos) era albergue de muchos asaltantes; un hombre que viajase solo sería una presa fácil, especialmente de noche.

El sacerdote y el levita que pasaron por allí, por el otro lado del camino (10:31-32), probablemente lo hicieron así para evitar contraer impureza espiritual. Muchos maestros judíos pensaban que alguien podía quedar inmundo hasta por una semana si tan solo su sombra tocaba un cadáver, y no se podía realmente saber, a menos que se acercaran bastante, si alguien “medio muerto” (10:30) estaba realmente vivo o muerto.

El sentido de esta historia es que algunas personas que eran muy religiosas no actuaban como un verdadero prójimo, pero que una persona de la cual no se esperara algo así, sí actuó como tal. Quizás si en este tiempo contáramos la historia, hablaríamos de un maestro de Escuela Dominical o de un ministro que pasaron por el otro lado del camino, pero que un musulmán, o alguien perteneciente a una tribu hostil, rescataron a la persona. Nuestros escuchas podrían reaccionar con hostilidad ante tal comparación—pero esa es exactamente la manera en que reaccionarían los que escuchaban a la comparación de Jesús. El “prójimo de este” intérprete de la ley podría ser un samaritano. El nuestro podría ser alguien a quien estemos tentados a rechazar de una manera no menos intensa, pero Jesús nos manda a que amemos a todo el mundo.