Las narrativas y la historia
5. La literatura romance
Aunque se hayan usado algunos salmos en bodas de la realeza (Sal. 45), la pieza de literatura romántica más amplia y continua de la Biblia son los Cantares de Salomón. A través de la historia muchos intérpretes se sorprendían de que las Escrituras prestaran tan especial atención a un tema tan “secular” como lo es el romance marital, y por esa razón interpretaban los cantares como algo alegórico respecto a la relación de Dios e Israel, o de Cristo y la iglesia. Pero los cantares tienen más sentido en su significado literal (la unión de Cristo a la iglesia tiene algunos paralelos con el romance, pero las probables alusiones de la relación sexual, el desacuerdo matrimonial y los celos ¡no encajan con esta interpretación!)
Dios nos dio los Cantares en nuestra Biblia porque Él le da mucha importancia al romance en la pareja, y desea que las esposas y los esposos disfruten el amor entre ellos. Parte del lenguaje romántico con el cual no estamos familiarizados era común en su día (por ejemplo, las canciones de amor de los egipcios también celebran, como un ambiente romántico, la venida de la primavera y los sonidos que emiten los animales durante ese tiempo —cf. Cantares 2:12). La canción trata muchos aspectos prácticos del romance matrimonial (por medio de ejemplos específicos del rey y su novia): por ejemplo, él le reafirma su belleza (1:9-10, 15; 2:2; 4:1-15); ella le reafirma su atractivo (1:16; 2:3; 5:10-16); ellos participan en el banquete de bodas (2:4); experimentan un malentendido y se reconcilian (5:2-8); se debe tener cuidado de no provocar los celos (8:6).
Este libro es útil para la consejería matrimonial y para predicar acerca del matrimonio. Solamente después de que hayamos interiorizado sus lecciones para nuestros propios matrimonios podremos encontrar principios matrimoniales en la canción que también se
aplica a nuestra relación con nuestro Señor.
6. Las enseñanzas de Jesús
Las enseñanzas de Jesús no son un género tan vasto como lo es la poesía o la narrativa; de hecho, estos mezclan elementos de diferentes tipos de géneros. Jesús, entre otras cosas, era un sabio judío, por lo que a menudo usa el estilo que usaban los maestros judíos de Su época: por ejemplo, las exageraciones retóricas, los proverbios de sabiduría (ver arriba) y las parábolas. Al mismo tiempo, Jesús era profeta, y a veces daba profecías como lo hacían los profetas (“¡Ay, Capernaum!”). Por supuesto, Jesús era más que un sabio o un profeta, y a menudo hablaba con mayor autoridad que con la que los sabios o los profetas lo hacían, pero Él también usó muchas técnicas de enseñanza que eran familiares a la gente de Su tiempo.
Tomaremos como ejemplo la enseñanza de Jesús acerca del divorcio. Muchas personas suponen que lo dicho por Jesús en cierta ocasión abarca todas las situaciones, pero aunque a menudo esto es así, a veces Jesús mismo brindaba diferentes perspectivas para diferentes tipos de situaciones. Es por eso que cuando amamos a Jesús como Él quiere que le amemos, más que a nuestros padres, reconocemos que “odiarlos” es sólo un término para comparar nuestro amor hacia Él (Lc. 14:26); en otras partes, Él nos da instrucciones de que proveamos para ellos en su vejez (Mr. 7:10-13). Algunas personas citan solamente las palabras de Jesús de que casarse otra vez es adulterio (Mr. 10:11-12; Lc. 16:18), pero ¿qué tipo de palabras son estas? Cuando Jesús dice que el que comete adulterio debe sacarse un ojo para no ir al infierno (Mt. 5:28-30), ¿debemos tomar más en sentido literal Sus palabras acerca de casarse otra vez que ocurren inmediatamente después (Mt. 5:31- 32)? La única manera de probar estos es examinándolo en el contexto de todas las enseñanzas de Jesús al respecto.
En primer lugar, debemos examinar lo mejor posible el “porqué” de las enseñanzas de Jesús. En los días de Jesús, los fariseos discutían entre ellos acerca de cuáles eran las bases sobre las cuales un
hombre se podía divorciar de su esposa. La escuela más estricta decía que un hombre podía divorciarse de su esposa si ella le era infiel, pero la escuela más indulgente decía que se podía divorciar de ella si ésta le quemaba su pan.
En la Palestina judía (opuesta a las leyes romanas), los esposos se podían divorciar de sus esposas casi por cualquier razón; las esposas no se podían divorciar de sus esposos ni impedir que sus esposos se divorciaran de ellas. Jesús estaba, por lo menos en parte, defendiendo una parte inocente para que no fuera dañada: el esposo que se divorcia de su esposa y se vuelve a casar comete adulterio “contra ella” —contra su esposa (Mr. 10:11). Este era un pecado no sólo en contra de Dios, sino también en contra de otra persona inocente de divorcio (cf. también Malaquías 2:14).
Lo segundo que debemos examinar es lo que estas palabras están diciendo literalmente. El “adulterio”, en el sentido literal, es serle infiel al compañero con quién se está casado; entonces para que el volverse a casar se considere adulterio contra el cónyuge anterior quiere decir que, a los ojos de Dios, esa persona todavía está casada con su cónyuge anterior. Si tomamos esto de manera literal, entonces quiere decir que el matrimonio no puede ser disuelto, y que todos los cristianos deberían terminar con su segundo o tercer matrimonio. (Es interesante que a pesar del escándalo que esto habría causado en la sociedad antigua, no se tiene registro alguno en el Nuevo Testamento de nadie que haya roto con matrimonios posteriores).
Pero, ¿es esto una declaración literal o una de las expresiones usadas por Jesús para captar la atención de la gente —como el sacarse un ojo, un camello entrando por el ojo de una aguja o la fe como un grano de mostaza? Podemos responder fácilmente esta pregunta si examinamos lo que dice Jesús en otros lugares acerca del mismo tema.
En el mismo contexto de Marcos 10:11, Jesús también dice: “Por tanto, lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre” (Mr. 10:9, NVI). En el 10:11 dice que el matrimonio no puede ser disuelto; en el 10:9, que no debe y no puede ser disuelto, pero que sí sucede. La diferencia en significado que hay aquí es esta: uno dice que siempre
está casado al primer cónyuge; el otro dice que se debe permanecer casado al primer cónyuge. El primero es una afirmación; el otro, una exigencia. Sin embargo, el matrimonio no puede ser algo rompible e irrompible a la vez; por lo que es posible que el 10:11 sea una exageración deliberada (hipérbole), mientras que el 10:9 comunique su verdadera intención: evitar que nos divorciemos, no romper nuevos matrimonios.
Otras palabras de Jesús nos ayudan aún más. Por ejemplo, el mismo Jesús no tomó Marcos 10:11 de manera literal: Él consideró que la mujer samaritana estuvo casada cinco veces, no como si se hubiese casado una vez y de ahí en adelante estuviese cometiendo adulterio (Juan 4:18). Además, el mismo Jesús permite una excepción en dos de los cuatro pasajes en donde se refiere al divorcio. Un seguidor de Cristo no debe disolver su matrimonio, pero si su cónyuge lo hace por infidelidad sexual, Jesús no castiga a la persona inocente (Mt. 5:32; 19:9). En ese caso el matrimonio puede ser disuelto, pero tan solo una persona es culpable de ello. (Debido a que tanto la ley judía como la romana demandaban el divorcio por adulterio, Marcos y Lucas pudieron haber dado por sentada esta excepción sin tener que registrarla explícitamente).
Cuando Pablo cita la prohibición de Jesús en cuanto al divorcio, él le dice a los cristianos que no deben divorciarse de sus cónyuges, sean ellos cristianos o no (1 Co. 7:10-14). Pero si el cónyuge se marcha, la parte cristiana no es responsable del comportamiento del otro (1 Co. 7:15). La expresión “sujeto a servidumbre” (7:15) es la usada en los antiguos contratos judíos de divorcio para permitir que la persona se volviera a casar. Por lo tanto, Pablo aplica las enseñanzas de Jesús como una demanda a la fidelidad en el matrimonio, no como una afirmación para deshacer los matrimonios: los cristianos no deben disolver nunca sus matrimonios, pero si su matrimonio se disuelve en contra de su voluntad, no debemos censurarlos por ello. Jesús se pronunció para defender al cónyuge inocente, no para empeorar su condición.
Pero aunque Jesús realmente no está llamando a los cristianos a disolver sus postreros matrimonios, esto no quiere decir que no debamos tomar en serio lo que dice. El sentido de que se use una exageración deliberada no es para que digamos: “Ah, eso es tan solo
una exageración; podemos ignorarla”. El sentido de tal expresión es el de llamar nuestra atención para hacernos ver cuán serio es lo que nos demanda. El arrepentimiento genuino (expresado en restitución) cancela los pecados del pasado, pero no se puede esperar que haya arrepentimiento genuino si se peca de manera premeditada.
Los cristianos no son responsables por los matrimonios disueltos en contra de su voluntad, pero sí lo son ante Dios de hacer todo lo que esté genuinamente a su alcance para que su matrimonio funcione. En este ejemplo hemos tratado de mostrar cuán cuidadosos debemos ser al escuchar por qué Jesús se expresa en ciertas maneras, y de examinar todas Sus enseñanzas con cuidado para poder discernir cuándo está hablando en sentido literal, cuándo está exagerando Su punto en forma de parábola.
Pero las expresiones recargadas no son con el propósito de ser ignoradas; son con el propósito de ¡llamar nuestra atención aún más! También debemos añadir dos palabras de precaución: Jesús mismo usa principios como “misericordia y no sacrificio” (Mt. 9:13; 12:7) y el de buscar la esencia del mensaje (Mt. 5:21-22; 23:23-24). Pero también debemos ser honestos al tratar lo que Él nos dice: el temor a Dios adecuado nos dará integridad a la hora de buscar la verdad, en vez de tratar de justificar la manera en que queremos vivir (cf. Pr. 1:7).