Al ir al encuentro del enemigo, los romanos habían creído hallarle en la orilla derecha del Tíber, y formaron, por consecuencia, su campo sobre la vía Flaminia. Mas los galos, para evitarse tener que pasar el río bajo los muros de Roma, lo habían atravesado por su curso superior, y marchaban adelante en la orilla izquierda. Apercibidos de su error aquellos, levantaron tiendas y pasaron a la vía Salaria, caminando en opuesta dirección a la corriente, hasta que llegados al torrente Allia, apareció a su vista la hueste bárbara. Mandaba la romana aquel día (16 de Julio)1 7 2, el tribuno consular Q. Sulpicio Longo. No teniendo tiempo para
construir un nuevo campo, ni levantar trincheras, escalonó Sulpicio sus tropas en la llanura que se extiende desde el Tíber hasta los montes, y sobre estas alturas colocó su ala derecha, formada en gran parte de reclutas. Breno, comprendiendo donde estaba la parte débil de la línea enemiga, en lugar de atacarla por el frente, pasó el Allia, y embistió furiosamente aquella ala derecha; la cual, deshecha por el impetuoso ataque, bajó en huída a la llanura, y rompió en su desorden toda la línea de batalla, que sin combatir fue desbaratada. La mayor parte de los soldados se arrojaron al Tíber, y, pasándolo a nado, refugiáronse en Veyes. ¡Quién pudo entonces vaticinar que los hijos de estos guerreros, vencidos sin combate, habían de conquistar el mundo! Sátira sangrienta hubiera parecido la profecía. Dos causas, sin embargo, podían aducirse como atenuante del hecho ignominioso: la u na era la ineptitud patente del jefe; la otra, la nueva manera de guerrear de sus contrarios. Ante aquel ensordecedor estrépito de cuernos y trompas; ante aquel feroz acometer a derecha e izquierda, la táctica romana se encontró desorientada y confusa, sin posibilidad de evitar el pánico que hizo a sus legionarios fiar a las aguas del Tíber su salvación contra el salvaje enemigo.
1 69 II, 18. 1 7 0 XIV, 114.
1 7 1 Diodoro no le da nombre alguno. Otros escritores menos antiguos le llaman Breno, que acaso era
el título de los generales galos (¿de brinn, piedra preciosa?). Véase Consten, op. cit. página 110.
1 7 2 Postridie idus Quintiles, dice Liv io, VI, 1. Un decreto de los pontífices en el año inmediato al
incendio de Roma, declaró dies atri los postridie, o días inmediatos posteriores a las kalendas, nonas e idus, en cuyos días estaba prohibido dar batalla y celebrar comisión.
CXV Y aquí comienza el famoso drama que el talento de Tito Livio describiera en un cuadro admirable1 7 3. Pero si este cuadro es, como obra de arte, cosa estupenda, mal
haría quien buscase en él la fidelidad histórica, la verdad, que en sus páginas se oculta, o se disimula por la mitología y la leyenda unidas. Y si una antigua ceremonia religiosa, que Roma celebraba anualmente, y en la cual figuraban un perro crucificado y un ánsar llevado procesionalmente en litera1 7 4 ha podido sugerir
la fábula de los ánsares del Capitolino1 7 5, sólo una vanidad excesiva pudo sugerir la
de Camilo devolviendo, por decirlo así, a la boca de Breno su vae victis, y arrancando de sus manos el oro del Capitolino rescatado.
Polibio, que escribió siglo y medio antes que Livio, no sólo ignora en absoluto la pretendida revancha, y el rescate del oro obtenido por Camilo, sino que afirma la vuelta de los galos a su patria, sanos y salvos, y con el rico botín1 7 6.
Más provechoso que el examen de estos particulares, es el estudio de las consecuencias que tuvo para Roma el incendio gálico. Prescindiendo de las pérdidas morales, como la destrucción de los archivos y otras especies de monumentos históricos, la República sufrió daños incalculables de orden político y económico, que tardó medio siglo en reparar. El propósito plebeyo de abandonar a Roma en sus ruinas, trasladando a Veyes su ciudadanía, dice bien el estado de desesperación en que la democracia romana se encontraba; y el abandono de ese propósito demuestra con no menos claridad el ascendiente de un solo hombre, Camilo, sobre sus conciudadanos1 7 7. La hegemonía de Roma en el Lacio, perdida; la
1 7 3 El drama comienza con la fuga de los habitantes de Roma, facilitada por los mismos vencedores
que perdieron todo un día en el saqueo del campo de batalla. Entre los fugitivos iban las v estales, que llevaban consigo el fuego sagrado. Viéndolas un patricio, L. Albinio, bajar a pie del Capitolino, les ofreció, para que su fuga fuese más rápida y segura, su propio carro en que conducía a su familia. Para la defensa del Capitolino quedaron sólo unos cuantos animosos, y ochenta ancianos patricios que se inmolaron a los dioses infernales en expiación de las culpas de Roma. Hiciéronse estos ancianos recitar por el sumo pontífice, M. Fabio, la fórmula del sacrificio, sentáronse en sus sillas curules del Foro, y esperaron a que los bárbaros v iniesen a darles muerte. La espera no fue larga: los galos, después de haber dos días acampado cerca del río, por temor de alguna emboscada, entraron, al tercero después de la batalla en Roma por la puerta Colina. Llegados al Foro, en medio del sepulcral silencio de la ciudad desierta, vieron a los ochenta ancianos majestuosamente sentados en sus ebúrneas sillas, y quedaron en muda suspensión contemplá ndolos, dudando si eran hombres o estatuas; hasta que uno de los invasores, acercándose a M. Papirio para tocarle la blanca barba, recibió de él un golpe con el bastón marfilino que tenía en su mano; y a esta señal, las hordas lanzáronse sobre los míseros, y los mataron a todos.
1 7 4 Plinio, Historia Natural, XXIX, 14. Servio, ad Aeneida, VIII, 652. Véase también L. Preller,
Römische Mythologie, página 253, y Schwegler, op. cit., III, 259.
1 7 5 Esta leyenda fue luego introducida en el relato del asalto del Capitolino, que los galos intentaron,
y que rechazó la v igilancia de M. Manlio.
1 7 6 Polibio, II, 22. En este lugar Polibio pone en boca de algunos galos discursos encaminados a
obtener de sus compañeros otra ex pedición contra Roma, y como consecuencia de este consejo habla de la vuelta de Breno y los suyos. “Por último, dice, cuando los galos dejaron por espontánea voluntad la ciudad, volvieron a su país sanos y salvos, con el botín, y sin haber sufrido la menor molestia”. En otro lugar añade que los invasores acudieron, dejando a Roma, a la defensa de su patria invadida por los vénetos (II, 18).
1 7 7 Es sabido que fue el gran Camilo quien, con una fervorosa oración de amor patrio, persuadió a la
CXVI insolencia de los vecinos, aumentada; todo había que recuperarlo, que enmendarlo, que hacerlo de nuevo, empezando por la misma ciudad material. Y el haber hecho, en efecto, los romanos todo eso; reedificada la ciudad, reprimida la insolencia de los confinantes; recobrada la hegemonía romana en el Lacio; emprendidas de nuevo las conquistas, todo en medio siglo; el haber hecho, repetimos, Roma todo esto, que no es leyenda, constituye para ella un título de honor mucho más alto que el de las pretendidas victorias de Camilo, y el de la restitución del oro pagado por el rescate del Capitolino.
El patriciado no dejó, sin embargo, de aprovecharse de las angustias económicas de la plebe, para intentar restablecer el régimen oligárquico. Pero este intento produjo el contrario resultado de una reacción que apresuró la igualdad de las dos clases; porque, en efecto, entre el incendio de Roma y la votación de las leyes Licinio-Sextias no pasaron más que veinticuatro años (364-388/390-366 a.C.).
La triste experiencia por los romanos adquirida en la batalla de Allia, les aconsejó la reforma de su táctica militar, que Camilo llevó a efecto. Ya él había introducido, en la época de su censura (351-403 a.C.), otra reforma militar que llevó al ejército los proletarios de 800 ases de renta, y cuyo objeto fue acrecer la fuerza armada de la República en previsión de la guerra que debió haber sostenido con los etruscos después de la conquista de Veyes1 7 8. La nueva reforma consistía en
la llamada acies triplex, compuesta de tres filas, cuyas dos posteriores servían de reserva a la primera. Estas filas conservaron sus viejos nombres de Astati, Principi y Triarii, y estaban ordenadas de modo que cuando los primeros no salían victoriosos en la lucha, iban a ocupar los intersticios de la fila de los Principi, y volvían con ellos a combatir. Si también el segundo encuentro les era adverso,
Astati y Principi iban a unirse con los Triarii, y daban todos juntos el ataque
decisivo. Esta ordenación, que recuerda la falange dórica, ofrecía la ventaja de tener siempre tropas y fuerzas frescas sobre el campo de batalla; y con ella sujetó Roma todos loe pueblos de Italia y preparó su universal dominio.
Los galos experimentaron antes que nadie los efectos de la nueva táctica. Reaparecidos en el Lacio treinta años después, sufrieron su primera derrota (393- 361 a.C.); igual éxito tuvieron sus sucesivas invasiones hasta que, cansados de ser vencidos, desistieron definitivamente de su empeño (403-351 a.C.). La tradición ha mezclado el relato de estas guerras con episodios fantásticos de singulares combates entre patricios romanos y oficiales galos de atléticas formas; de cuyos combates, las familias de los Manlios y Valerios recibieron, a título de honor, los apelativos de Torquato y Corvo. No es improbable que estos mismos nombres, recibidos por otra razón desconocida, fuesen los que inspirasen los relatos legendarios; de todos modos, es evidente que si aquellos duelos y encuentros personales se realizaron, no tuvieron la exagerada importancia que se les atribuye.
1 7 8 Herzog, en su Memoria Die Bürgerzahlen im römischen Census, procuró demostrar que la
introducción de los proletarios en el ejército tuvo efecto el año 551 (203 a.C.). Lange, con sólidos argumentos (Römische Alterthümer, I, 499, II, 24) ha probado que fue obra de Camilo, realizada en el tiempo de su Censura.
CXVII
El guerrero gálico