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LOS GALOS 1

In document Bertolini Francisco - Historia de Roma I (página 111-114)

La tradición hace llegar los galos a Italia en el reinado de Tarquino Prisco; pero esta fecha no sólo resulta inverosímil por el hecho de indicar sus autores a Belloveso como fundador de Massilia1 62, llamando a la vez floreciente y populosa a

esta ciudad, que por entonces naciera, sino que tiene en su contra el testimonio de los más respetables historiadores. Éstos convienen en que entre la venida de los galos a Italia, y el incendio de Roma por ellos, medió corto espacio1 63. Quizás

podrían concertarse ambas versiones admitiendo que los galos, en vez de aparecer en Italia divididos en tribus independientes, bajaron a ella de un golpe y en unión formidable, como los normandos de la Edad Media lo hicieron para hacerse dueños de nuestro Mediodía.

1 58 Liv io, V, 22.

1 59Ranke, Weltgeschichte - Die Römische Republik und ihre Weltherrschaf , II, 1, página 85. 1 60 Los historiadores hacen v ariar la suma de la multa entre 15.000 y 100.000 ases.

1 61 Con este nombre (contracción de Galati) eran llamados antiguamente los habitantes de la

moderna Francia, para distinguirlos de las otras naciones célticas (Briti y Galeci). Los galos eran un pueblo batallador.: su propio nombre lo dice: gal proelium. Véase J. K. Zeuss, Grammatica Celtica, I, 993. De aquí su constante inquietud, su fiebre de aventuras y la expansibilidad de su raza. Pero estas cualidades sólo dieron resultados negativos. Los galos consiguieron destruir algunos Estados, mas no supieron fundar ninguno grande, ni una cultura en que el sentimiento nacional pudiese educarse. Véase L. Contzen, Die Wanderungen der Kelten, Leipzig, 1861, páginas 74 a 94.

1 62 Massilia fue fundada por los focenses de la Jonia, el año 597 a.C.

1 63 Polibio describe brevemente el paso de los Alpes por los galos, y añade: “Poco timpo después,

eran dueños de toda Roma, excepto del Capitolino”. Appiano los hace llegar a Italia en la olimpíada 97, o sea pocos años antes de su marcha sobre Roma. Y Justino, (Historiarum Philippicarum, XXIV, 4), compilador del gálico Pompeo Trogo, narra los dos sucesos, el de la bajada de los galos a Italia y el de la destrucción de Roma, de modo que el último aparece siguiendo inmediatamente al primero: Ex his portio in Italia consedit, quae et urbem Romanam captam incendit.

CXII En este caso, Belloveso, que en la tradición figura como jefe de la expedición entera, no sería más que cabeza de una tribu, la de los insubrios; y su celebridad provendría de haber asociado su nombre a la fundación de Mediolano1 64 Por lo

demás, al establecer la tradición una coincidencia cronológica entre la conquista de

Melpo (nombre etrusco de Mediolano) por los galos y la de Veyes por Roma,

demuestra que el movimiento de los invasores en el valle del Po, y en la región situada a la izquierda del gran río, duraba aún la víspera de la expedición romana. Al cesar la invasión hallamos las tribus conquistadoras distribuidas en el país que de ellos tomó el nombre de nueva Galia, o Galia Cisalpina, en la forma siguiente: en la región Transpadana estaban los insubrios y los cenomanos, los primeros confinando al Occidente con las tribus ligurias de los taurinios y salasios, y los segundos al Oriente con el pueblo ilírico de los vénetos: Mediolano era la capital de los insubrios, Brixia (Brescia), de los cenomanos. Entre las dos regiones Transpadana y Cispadana estaban los boios, la más numerosa y potente de las tribus gálicas, poseyendo a la orilla izquierda del Po a Laus Pompeii (Lodi), a la derecha a Bononia (Bolonia), Parma y Mutina (Módena); y sus vecinos en la Cispadana eran los lingones en Ravenna y los senonios en Senigallia. Entre el Po, el Trebbia y el Apenino, habitaba la tribu liguria de los anares, confinando al norte con los boios.

Los pueblos a cuyas expensas había surgido aquel vasto imperio bárbaro en Italia, eran los etruscos, los umbríos y los picenos. Los primeros habían sufrido el mayor daño, cuya medida no estaba aún llena. Los senonios, sea porque no se hallasen gustosos en su región, sea porque no se contentasen con una vida tranquila, invadieron la Etruria propiamente dicha1 65, y sitiaron la ciudad de Clusio,

contestando a las reclamaciones contra esta violación del derecho de gentes, que "la tierra es el patrimonio del más fuerte" (364-390 a.C.).

Aquí fabrica la tradición un vasto tejido de hechos legendarios, de entre los cuales es bastante difícil sacar lo verdadero. Desde la intervención de los romanos en la cuestión de los clusinios, hasta la partida de los galos de Roma, después de haberla incendiado, el relato tradicional, que nos transmite Livio, rebosa de contradicciones y de inverosimilitudes. Los clusinios, aunque, según la afirmación del mismo Livio, nunca habían estado en relaciones de alianza, ni de amistad con Roma1 66, pídenla, sin embargo, y el Senado les manda a los tres hermanos Fabios,

hijos del pontífice máximo M. Fabio Ambusto. Éstos invitan primero a los galos a marcharse, y no habiendo sido oídos, únense a los clusinios para la refriega, en la cual uno de los enviados mata a un oficial de los galos. De aquí las querellas de

164 Livio habla, en rigor, no de una invasión, sino de una serie de invasiones, y c ita a Belloveso

como jefe y capitán de siete tribus de las catorce que enumera como venidas a Italia. La última es por él llamada de los Senonios, a quienes califica de recentissimi advenarum (V, 35). Pero todas estas expediciones las da por realizadas en el reinado de Tarquino Prisco.

1 65 Sobre la leyenda del campesino Arunte, supuesto autor de la invasión de los senonios en Etruria,

por v enganza contra el Lucumon que había seducido a su hija, v éase Mommsen die Gallische Katastrof (Römische Forschungen, II, 301).

1 66 Clusini , quamquam adversus romanos nullum eis ius societatis amicitiaeve erat, legatos

CXIII éstos, a las que el pueblo romano responde eligiendo como tribunos consulares a los tres hermanos cuya destitución se pedía.

Diodoro cuenta de otro modo los hechos, y con más verosímil criterio. Según él, el Senado envió a Clusio dos ciudadanos, cuyo nombre no dice, para que conocieran las fuerzas que los bárbaros traían1 67. No hubo, pues, con arreglo a esta

versión, verdaderos legados, sino meros exploradores. Y si se considera que Clusio distaba de Roma sólo tres días de camino, no parece extraño que la ciudad se preocupase de la aparición de los invasores en Italia, y tratase de proveer a su seguridad propia. Diodoro no menciona sino la reclamación contra uno solo de los enviados, y añade que, admitida por el Senado, fue negada por las centurias, a las que acudió el tribuno consular, padre del acusado. Puede sospecharse, por tanto, como observa con agudeza Schwegler1 68, que en la tradición común se recargaron

las tintas para poder atribuir la derrota de los romanos y la destrucción de la ciudad a la venganza de los dioses, librando así del oprobio a los vencidos. Y en este intento de disminuir la vergonzosa derrota de los romanos, se inspira también Livio cuando dice que Roma, en la repentina confusión producida por el asalto bárbaro, no pudo disponer sino de un exercitus tumultuarius. Una ciudad

1 67 Diodoro, XIV, 113. 1 68 Op. Cit., III, 238.

CXIV organizada militarmente no necesitaba mucho tiempo para poner en armas un ejército; y que el tiempo no le faltó lo atestiguan Polibio1 69 y Diodoro1 7 0, aquél

contando que se pidió auxilio a los aliados, cuyas fuerzas podían sumar 40.000 hombres, y éste añadiendo que el jefe de los galos1 7 1 hizo también venir refuerzos de

su patria.

IV

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