Con el advenimiento de Aníbal, la escena cambia; la política pacífica y conciliadora de Asdrúbal se abandona, y el nuevo estrépito de las armas anuncia a los celtíberos que a la cabeza del ejército cartaginés hay de nuevo un conquistador. Aníbal tenía entonces veintiséis años, la edad que tenía Napoleón Bonaparte
cuando bajó a Italia. Animábalo un ardor guerrero que, al lado de su cuñado, y a pesar de tener el mando de la caballería, había tenido que contener. Vino a Hispania, todavía niño, con su padre, cuyo último suspiro recogió en el campo de batalla. Entonces no pudo ser, por su corta edad, elevado al mando, y le fue preferido Asdrúbal, marido de una hermana suya; y aunque los dos cuña dos fuesen de bien distinta índole, reinó siempre entre ellos la mejor armonía. Aníbal demostró saber obedecer, cuando todavía no había llegado su tiempo de saber mandar.
CLXXXIII La conquista del país de los olcades, al Norte de Cartago Nova, y la represión de la revuelta de los vacceos, al Occidente de la península, fueron sus dos primeras empresas. Después vino el súbito asedio de Sagunto. Para Aníbal fue oportunísima la provocación de aquella ciudad griega que, orgullosa de la protección romana, había llegado a ser un centro revolucionario donde se conspiraba contra la dominación de los Barcidios. Situada, entre Cartago Nova y el Ebro, en excelente sitio, sacaba de su misma posición ardor para sus arrogancias. El dominio cartaginés en Iberia no estaba seguro mientras Sagunto fuese libre. Aníbal resolvió asaltarla y tomarla.
El tratado de Asdrúbal con Roma (528-226 a.C.) no podía ser un obstáculo para quien se había criado odiando a Roma, y siempre había abrigado el deseo de la revancha. Por esto Aníbal no quiso recibir siquiera a los enviados que en nombre de la República fueron a invitarle a respetar a Sagunto21 0, y a quienes tampoco dieron
la menor satisfacción los gobernantes de Cartago que, partidarios de Aníbal, aprobaron su proceder sin miedo al riesgo que el suyo pudiera ofrecerles.
Roma, sin embargo, no creyó que aquel gobierno fuese temerario hasta el punto de ocasionar la guerra, ni que Aníbal osase sumir en tal conflicto a su patria. Y en esta creencia distrajo su atención de las cosas de Hispania para volverla al Oriente,
CLXXXIV donde la rebelión de Demetrio de Faro amenazaba destruir los frutos de su empresa ilírica (535-219 a.C.). Los hechos demostraron lo ilusorio de tal creencia. Mientras Roma castigaba al rebelde Demetrio y le hacía buscar asilo en Macedonia, Aníbal estrechaba a Sagunto, y después de un asedio de ocho meses la obligaba a rendirse a discreción. El sabio y previsor Senado fue víctima de grosera ilusión: urgía, pues, pensar en el remedio, y se empezó contemporizando; una comisión romana fue a Cartago a pedir satisfacción por el olvido del tratado, y la satisfacción pedida que consistía en que se le entregase Aníbal. Cartago habría podido responder que aquel tratado no llevaba la firma de su gobierno, y era un compromiso contraído entre Roma y Asdrúbal; pero aquella república sintió los deberes de su dignidad, como tal vez Roma no los hubiera sentido en igual caso, y se declaró solidaria de Aníbal; y cuando el orador de la legación romana, Marco Fabio, dijo que traía debajo de su toga la paz o la guerra, el Senado de Cartago respondió altivo que él mismo escogiese. Y así fue declarada la guerra.
Aníbal había logrado su objeto; la dirección de la nueva empresa no podía concederse a otro que a él; y él demostró cómo se podía combatir a la poderosa Roma hasta llevarla al borde del abismo.
Pirro había sucumbido porque las poblaciones grecoitálicas no le respondieron. Aníbal sabía que en Italia había otros pueblos que responderían a su llamamiento; y mientras Roma arma 220 naves y las manda con cuatro legiones, unas a Sicilia y otras a Hispania, para combatir aisladamente a Cartago y al ejército bárcido, Aníbal emprende su famosa bajada a Italia para establecer del lado acá de los Alpes su campo de batalla. Si también entonces salieron fallidos los cálculos del Senado, ¿cómo condenarle? ¿Quién hubiera osado creer que un general se dispusiera a sacrificar la mitad de su ejército para llevar el teatro de la guerra a Italia, a esta Italia que Roma había convertido por doquiera en ciudadela suya? Pero esta ciudadela tenía en su lado Norte una brecha formidable que abría el odio de los galos mantenido por la reciente servidumbre de su patria; y por aquella brecha entró Aníbal.
Antes de dejar la Hispania, Aníbal tomó medidas de precaución que asegurasen la tranquilidad del país en su ausencia. Mandó a África un cuerpo de soldados hispanos de 13.800 infantes y 1.200 caballeros, también indígenas, e hizo venir de allá un cuerpo igualmente fuerte de soldados libios, que puso a las órdenes de su hermano Asdrúbal; además se hizo dar rehenes por las principales ciudades, y los puso a seguro en la fortaleza de Sagunto.
Reunióse en Cartago Nova, la primavera de 536 (218 a.C.), el ejército expedicionario, el cual constaba de 90.000 infantes y 12.000 caballos con 37 elefantes. Toda esta fuerza no estaba destinada a acompañarle más allá de los Alpes; dejó una parte con Annón, entre el Ebro y los Pirineos, para que guardase las barcas y tuviese en respeto a aquellas poblaciones que le habían recibido hostilmente e intentado cerrarle el paso. Y entre las pérdidas que sufrió para abrirse el camino de la gran cordillera, y la gente que dejó en las guarniciones de la península, y las numerosas licencias que tuvo que dar a enfermos y descontentos,
CLXXXV cuando entró en el valle del Ródano su ejército se encontraba disminuido en casi una mitad (50.000 infantes y 9.000 caballos)21 1. En la Galia tuvo que vencer nuevos
obstáculos, además de los del terreno; las poblaciones acogieron mal a la soldadesca extranjera, y Aníbal tuvo que usar la fuerza, cuando el oro no bastaba para aquietarlas. El paso del Ródano lo efectuó merced a una estratagema; mandó un cuerpo de caballería para atravesarlo a lo largo del curso superior, con orden de bajar luego por la orilla izquierda y tener ocupados a los galos mientras que el grueso del ejército pasaba el río a favor de la noche (por Roquemaure).
A este tiempo el cónsul P. Cornelio Escipión había llegado a Massilia con su armada. Allí supo que el enemigo, que iba a buscar en Hispania, había salvado los Pirineos y estaba atravesando el Ródano. Esta noticia lo desorientó; en vez de correr a Italia por la vía de Genua (Génova), para encontrarse junto al Po antes que Aníbal, y combatirlo antes que su ejército se repusiera de las fatigas del tránsito, dividió en dos partes sus tropas mandando la mayor a Hispania con su hermano Gneo, y llevó consigo la menor a Pisa, proponiéndose tomar el mando del ejército pretoriano y dar la batalla a las fuerzas del Aníbal.
CLXXXVI Éste siguió su marcha, asegurado ya respecto al ejército consular. En la confluencia del Isera halló el país llamado Isla de los Alóbroges, en plena guerra civil, suscitada por dos hermanos que se disputaban su trono. Aníbal tomó el partido del mayor, le ganó una victoria y recibió de él en recompensa víveres y vestidos para sus soldados, y escolta segura para el camino. Todavía disputan los críticos la vía recorrida por Aníbal en el gran valle; la de San Bernardo, el Mont- Cenis y el Mont-Ginebra, son las que señalan los escritores modernos. Adviértase, sin embargo, que, según el acorde testimonio de los historiadores21 2, Aníbal, al
poner el pie en Italia, tocó primero el territorio de los taurinios; y que Livio lo hace marchar, antes de empezar la ascensión, a lo largo del valle del Durance; fuerza es, pues, con estos datos, excluir la vía del San Bernado y la del Mon-Cenit y aceptar la del Mon-Ginebra.
Quince días duró la fatigosa marcha alpestre, nueve invertidos en el ascenso, seis en la bajada (Octubre 536-218 a.C.). A las dificultades materiales se añadieron las hostilidades de los pueblos montañeses, y dos veces tuvo Aníbal que abrirse paso con las armas entre ellos. Cuando terminó la difícil travesía, contó sus tropas, y sólo halló 20.000 infantes, 6.000 caballeros y siete elefantes; la marcha desde Hispania a Italia le había costado 33.000 hombres. El sacrificio era enorme, pero la recompensa fue adecuada a él. Aquel Escipión, que en el valle del Ródano le había dejado llegar libremente al pie de los Alpes, no sólo le dejó ahora tiempo, con su lenta marcha de Etruria al Po, para restaurar sus fuerzas, sino para tomar la capital de los taurinios, guardándose así la espalda. En la llanura que se extiende entre el
Ticino y el Sesia, tuvo principio el gran duelo que debía decidir la suerte del mundo. Por un lado luchaban hispanos, libios y númidas; por el otro romanos e itálicos; y entre unos y otros había un pueblo que bramaba de ira contra Roma, pero que no fiaba bastante en Aníbal para abrazar su causa antes de verle sometido a la prueba. Y en efecto; en el Ticino Aníbal no tenía más que sus propios soldados; los galos habían quedado de espectadores. Escipión tenía las tropas traídas de Massilia y el ejército pretoriano, que acampaba en la Cisalpina. En realidad las fuerzas de una y otra parte se equilibraban; pero en la de Aníbal preponderaba la caballería, y ésta decidió la victoria. Escipión, herido, se retiró de la lucha con sus avanzadas, y refugióse en Placentia. Aníbal le dejó ir para no comprometer lo ganado. Entonces los galos comenzaron a acudir bajo sus banderas, y su ejército subió en breve a 38.000 hombres.
CLXXXVII
Este aumento de fuerzas le fue tan oportuno, cuanto que de allí a poco Aníbal se halló en presencia de un segundo ejército enemigo, más fuerte que el suyo. Había el jefe africano pasado el Po y apoderádose de Clastidium, y desde allí había llegado a la orilla izquierda del Trebbia, cuando ya sobre la derecha estaban alineadas las legiones consulares. Aníbal debía ahora medir sus fuerzas con Tiberio Sempronio Graco, vuelto de Sicilia, desde donde, como hemos dicho, debió pasar a África. Ya había comenzado felizmente su expedición, haciendo caer en su poder la importante isla de Melita (Malta), cuyo comandante, Amílcar de Giscón, se le rindió con todo su presidio de 2.000 hombres, que fueron vendidos como esc lavos, cuando recibió la orden del Senado para correr al Po con el ejército. Dejando, pues, Sempronio parte de sus naves al enviado Sexto Pomponio, y parte al pretor M. Emilio, dio suelta a sus soldados con orden de que se hallasen a los cuarenta días en Arimino; y allí, en efecto, recompuso sus legiones y las condujo al campo de Escipión, uniéndose con ello los dos ejércitos consulares. Pero esta unión no libró a Roma de un nuevo desastre; Sempronio, ávido de gloria, desdeñó los prudentes consejos del colega, que bárcido le tendiera.
Mandó Aníbal, en efecto, más allá del Trebbia una columna de caballería númida para provocar al enemigo, con orden de retirarse apenas fuese perseguida. Con esta maniobra obtuvo que el adversario pasase el torrente, y viniera a presentarle batalla en condiciones peores que las suyas. Mientras los legionarios estaban cansados por las fatigas del paso del Trebbia, rígidos por el frío (era a mediados de
CLXXXVIII Diciembre) y por añadiduras en ayunas, los cartagineses, por el contrario, estaban bien alimentados, y dispuestos de cuerpo y de ánimo. Como en el Ticino, en el
Trebbia la caballería númida decidió la victoria; desplegándose y rebasando las alas del ejército enemigo, lo atacó por la retaguardia, al mismo tiempo que un cuerpo escogido de 2.000 hombres, puesto por Aníbal en acecho, salía de su escondite y embestía al centro. La deshecha de los romanos fue completa; de 40.000 hombres, sólo 10.000 lograron salvarse y volver a Placentia.
La Galia Cisalpina, excepto las dos colonias de Placentia y Cremona, estaba perdida. Pero la guerra de Aníbal tenía para Roma un peligro mayor que el de las victorias del gran capitán; el dominio del mar. Cartago, libre por la llamada de Sempronio, mandó una flota a Cerdeña, para que desde allí hiciese rumbo a las costas de Etruria y secundase las operaciones de Aníbal. Roma, no obstante, previendo este golpe, había reunido su escuadra de 120 buques en la desembocadura del Tíber. La cartaginesa sólo contaba 70. Alcanzada ésta por el enemigo, retrocedió a Cerdeña, y de allí a África. Así la guerra se mantuvo en sus primeras proporciones, y Aníbal, aunque victorioso, se halló aislado.
Este aislamiento fue mayor después de los grandes éxitos obtenidos por Gneo Escipión en Hispania. Ya hemos visto que el cónsul Publio, al dejar a Massilia, mandó allí a su hermano Gneo con el grueso de su armada. Desembarcado éste en Emporio (Ampurias), de la que se apoderó, internóse por el país al Norte del Ebro, y aprovechando el odio de las poblaciones hacia los cartagineses, los indujo con
CLXXXIX largas promesas a unírsele. Annón, a quien Aníbal dejó guardando aquella comarca, comprendió tarde el peligro, y cuando intervino, halló una resistencia insuperable, y pagó con la derrota y la prisión su culpable inacción. Asdrúbal, entretanto, se había puesto en camino con 8.000 hombres para reforzar la defensa de Annón; mas sabiéndolo perdido, repasó el Ebro y tornó a sus posiciones. Aníbal quedó, pues, separado de su base de operaciones, y su triunfo confiado únicamente a sus fuerzas y a su genio. Por algún tiempo pudo creer que aquéllas y éste le bastarían; pero el desengaño se acercaba.
Las ruinas de la gran Cartago.
En Roma había empezado a dominar una confusión temerosa, que debía ser pronto verdadero terror. El Senado, sin embargo, conservó su sangre fría; y el espíritu firme, inconmovible de aquella gran asamblea, que no desespera nunca del porvenir de la patria, aunque la vea al borde del abismo, salvó ciertamente a Roma con mayor eficacia que los triunfos de Marcelo y de los Escipiones.
CXC Las elecciones consulares del año 537 (217 a.C.) volvieron al poder al popular Flaminio, que recibió el encargo de acampar en Arretio, para proteger a Etruria y vigilar las entradas del Apenino. Su colega Gemino fue mandado a Arimino para cerrar el paso de la costa adriática. Aníbal cruzó el Apenino por la parte de la Liguria, atravesando el valle de Serchio. En las marismas tuvo grandes pérdidas; él mismo sufrió una oftalmía, y perdió un ojo. Su propósito era decidir a Flaminio a dar la batalla antes que el colega se viniese; contaba para ello con la vanidad del fogoso demagogo, y obtuvo más de lo que esperaba; porque, en efecto, mientras Aníbal, dejando a su derecha a Cortona, avanzaba hacia el lago Trasimeno (de Perusia), Flaminio, sin aguardar al colega, que ya no podía tardar en aparecer, levantó el campo de Arretio y se dirigió al enemigo. En tanto Aníbal, llegado a la orilla del Trasimeno, había ocupado las colinas que lo separan del valle del Tíber, con numerosas fuerzas, y había acampado en la llanura que se extiende al Norte del lago. Flaminio, arrebatado por su ímpetu, atravesó incautamente los estrechos pasajes entre el lago y las colinas, ganoso de llegar al llano donde creía que estaba todo el ejército enemigo. Pero apenas su vanguardia tocó la llanura, Aníbal dio la señal de ataque, y las legiones se vieron envueltas por las tropas emboscadas en las alturas. Las brumas del lago que oscurecían el cielo vinieron a aumentar el terror de los romanos y a impedir que las legiones formasen en batalla. Así se explica aquella catástrofe; 15.000 romanos perecieron, ya en el campo, ya ahogados en el lago. Entre los primeros se contó al propio Flaminio. Al otro cónsul, Gemino, que acudió al fin en su ayuda, tocó también su parte de derrota; 4.000 de sus caballeros, que quisieron volver atrás al encontrar deshecho al ejército de Flaminio, fueron asaltados por un cuerpo enemigo de mayores fuerzas, batidos y hechos en su mayor parte prisioneros.
CXCI La noticia de la derrota del Trasimeno fue para los romanos como un rayo. Y aunque la ciudad nada temiese, por carecer el enemigo de máquinas e instrumentos de asedio, se tomaron medidas para prevenir una sorpresa, cortando los puentes y reforzando las murallas. La tenaz defensa de Espoleto, que rechazó bravamente los asaltos de Aníbal, los tranquilizó, e hizo al africano desistir de su marcha sobre Roma, si es que la tenía decidida. Volvióse, por el contrario, hacia el Piceno, para ponerse en comunicación con Cartago; y desde allí, prosiguiendo por la ribera del Adriático, cruzó las tierras de los marsos, pelignios, marucinios y frentanios, y entró en Apulia a esperar que los pueblos se alzasen a su favor y que los romanos viniesen a darle nueva batalla; pero ni los pueblos se movieron, ni la batalla se presentó en aquel año.
La experiencia de las dos primeras campañas de la guerra de Aníbal, no fue estéril para Roma. El Senado volvió a recurrir a la dictadura, caída en desuso hacía mucho tiempo; y estando un cónsul lejano y el otro muerto, se dio el nuevo ejemplo de crearse por los comicios populares21 3 el dictador con el título de prodictador 21 4.
La elección recayó en Q. Fabio Máximo Verrucoso, hombre severo, ajeno a la popularidad y sincero amante del interés público. El plebeyo M. Minucio Rufo fue nombrado jefe de sus caballeros. Con Fabio entra la guerra en una nueva fase; en vez de buscar al enemigo para presentarle batalla, como habían hecho los cónsules anteriores, puso aquel especial cuidado en circunscribir cada vez más el campo de acción del ejército cartaginés, siguiendo sus movimientos desde sitios elevados, y atormentándolo con sus escaramuzas, hasta que lograse encerrarlo en el fondo de la península; de aquí el nombre de Cunctator (el que retrasa) que la historia le diera. Mas para que su plan se realizase, se necesitaba por parte de los romanos una abnegación de que no podía ser capaz un pueblo conquistador. Pronto comenzaron en el ejército las murmuraciones; y M. Minucio, que buscaba la popularidad tanto como la gloria, se valió de una temporal ausencia del dictador para romper su sistema de aplazamientos. Divisando en las tierras de Larino un cuerpo de forrajeros cartagineses que estaban recogiendo las vituallas por allí esparcidas, cayó rápidamente sobre ellos y los puso en desbandada. Era un triunfo pequeño y momentáneo; y, sin embargo, levantó gran rumor en Roma, como si se tratase de una estrepitosa victoria. El tribunio M. Metilio, de la fracción de Flaminio, hizo entonces la inaudita proposición de que diesen a Minucio atribuciones iguales a las del prodictador; y las tribus la aprobaron.
Fabio se sometió noblemente al decreto popular, y cedió a Minucio el mando de un cuerpo de su ejército; mas procuró no perderlo de vista, a fin de evitar los posibles y graves daños de la doble jefatura; y en cierta ocasión, en que vio al colega