E
N los primeros años bélicos, Kurt Waldheim sabía que si conseguía tener un expediente militar sin tacha, podría después de la guerra, tras la supuesta victoria de Hitler, conseguir un buen destino en el Ministerio de Asuntos Exteriores alemán.En 1940, los alemanes están estacionados tras su línea Sigfrido, mientras que los franceses permanecen tras su línea Maginot. Waldheim, como muchos otros austriacos, piensa que la guerra será solo cuestión de poco tiempo, hasta que alguien negocie un acuerdo de paz. Esto le permitía seguir con su carrera diplomática. Todas las obras que se han publicado sobre Kurt Waldheim, tanto a favor como en contra, muestran a un futuro secretario general de la ONU muy poco atraído por los acontecimientos que le rodean, siempre y cuando eso no afecte a sus intereses. Sus estudios y su carrera de funcionario en el futuro Reich de los Mil Años son más importantes que la sangre, muerte y destrucción que marcan ese año.
El 10 de mayo, la Wehrmacht y la Luftwaffe atacaron Francia y los Países Bajos; poco después caía Bélgica y Holanda. En diciembre de este mismo año, Kurt Waldheim es ascendido a teniente137 .
El 22 de junio de 1941, Hitler ordena a sus ejércitos la invasión de la Unión Soviética. La unidad del teniente Kurt Waldheim forma parte de la vanguardia de ataque. La primera acción bélica en la que toma parte el futuro secretario general de la ONU se desarrolla en la ciudad fronteriza de Brest- Litovsk. Tras una sangrienta batalla, la ciudad cayó en poder de los alemanes. Al joven teniente, a pesar de que, según él, no había pegado un solo tiro, se le concedió la Cruz de Hierro de segunda clase, por sus méritos en acciones de combate.
El 18 de agosto, Waldheim fue nuevamente condecorado con la Insignia de Combate de la Caballería. El 8 de octubre de 1941 fue puesto al mando del 1.erEscuadrón de Combate de la 45 Unidad de Vanguardia, la VA
1.erEscuadrón de Combate tenía la misión de «cazar» a los rezagados del ejército soviético para evitar que quedasen desperdigados tras las líneas alemanas.
Pero la suerte estaba por abandonar al joven teniente de veintiún años. El 5 de diciembre de 1941, una esquirla de una granada soviética penetró en su cadera derecha. Al recobrar el conocimiento, se encontraba en un hospital militar en Minsk. Waldheim pensó que la guerra había acabado para él, pero no era cierto. El 6 de marzo de 1942 fue enviado al Cuartel General del XII Ejército alemán en Belgrado. Curiosamente, las pruebas de la colaboración de Kurt Waldheim en crímenes de guerra son muy abundantes a partir de esta fecha139 .
Según el historiador yugoslavo Vladimir Dedijer, hasta octubre de 1941, los alemanes habían ejecutado a casi siete mil civiles yugoslavos. Waldheim, destinado en el Alto Mando del general Lohr, pudo leer un documento en el que se destacaba «la buena labor de las unidades alemanas en la lucha contra los partisanos. En enero 1942 se han fusilado a 449 prisioneros y se ha ordenado el fusilamiento de otros 3.484». Años después, Waldheim se defendía indicando que él no tenía nada que ver con aquello. Como siempre en la vida del futuro secretario general de la ONU, ningún acontecimiento, por brutal que fuera, tenía verdadera importancia comparado con su imparable carrera hacia el funcionariado.
Por ejemplo, el condecorado teniente Waldheim aseguró décadas después que nada de eso se sabía en Belgrado, cuando existen fotografías fechadas el 20 de marzo de 1942 y realizadas por el servicio fotográfico de l a Wehrmacht en las que aparecen varios cuerpos colgados de civiles ahorcados en farolas de las calles de Belgrado. Waldheim llegó a la capital yugoslava seis días antes, pero al parecer no se fijó en el particular alumbrado de Belgrado.
En los meses siguientes, Kurt Waldheim se dedicó solo a transferir órdenes entre el mando alemán y su aliado en la zona, el ejército italiano al mando del general Esposito. Con el tiempo, la amistad entre Esposito y Waldheim se hizo más fuerte, dedicándose más tiempo a jugar a las cartas y beber valpolicetta que a perseguir partisanos.
Poco después, Waldheim es destinado a la ciudad bosnia de Banja Luka, en donde realiza tareas administrativas y de contabilidad bajo el mando del general Stahl. El 1 de julio de 1942, los alemanes cercaron a un gran número de partisanos de Tito en la región de Kozara. El día 3 comenzó el ataque. La batalla duró hasta el 10 de ese mismo mes, con enormes pérdidas por ambos bandos, pero la peor parte fue para el lado yugoslavo. Casi dos mil partisanos perdieron la vida, otros cinco mil fueron capturados y cerca de cuatro mil fueron cercados en la meseta de Kozara.
Cuando Waldheim llegó a Belgrado, el comandante del XII Ejército había dado órdenes de «nada de humanitarismo con los prisioneros» y «todas las personas a quienes se las detenga con armas, o que se sepa que han combatido contra tropas alemanas, serán fusiladas»140 . La mayor parte de los prisioneros de Kozara eran ejecutados, mientras que los jóvenes que podían convertirse en mano de obra, o mejor dicho, en esclavos del Reich, eran deportados. El trabajo de Waldheim consistía en facilitar la deportación de esta mano de obra. El eficaz teniente y futuro secretario general de la ONU era responsable de ordenar las estadísticas que contabilizaban el número de prisioneros y luego calcular el total de camiones y vagones de tren necesarios para su deportación.
El 22 de julio, el dictador croata Ante Pavelic condecoró al teniente de l a Wehrmacht Kurt Waldheim con la Medalla de Plata de la Corona del Rey Zvonimir con hojas de roble por «el valor demostrado en la batalla contra los rebeldes en Bosnia occidental durante la primavera y el verano de 1942».
Lo que estaba claro es que el Gobierno pronazi de Croacia premiaba a Waldheim por su eficaz y eficiente trabajo administrativo en las deportaciones y no por su valor en el combate, debido a que en esta operación él solo empuñó un lápiz y no un fusil.
Años después, Waldheim dijo primero que nunca había estado en Kozara; después, cuando se descubrió que sí había estado allí, afirmó que nunca se habían desarrollado matanzas en Kozara; cuando se descubrió que sí había habido matanzas en Kozara, Waldheim dijo que su trabajo fue
únicamente administrativo y que no había estado relacionado con la lucha contra los partisanos de Tito; y, por último, cuando se descubrió que él formaba parte de la maquinaria de las deportaciones de prisioneros, Waldheim dijo que su trabajo era meramente administrativo, como conseguir comida para los prisioneros, alojamientos y cosas por el estilo. En síntesis, una mentira tras otra.
El 31 de agosto de 1942, el eficiente teniente llegó a Arsakli, su nuevo destino, una pequeña ciudad en las colinas del puerto de Salónica. Allí trabajaría como traductor en la unidad de inteligencia Ic/AO. En otoño, y debido a su «brillante» hoja de servicios, se le concedió un permiso especial para poder regresar a Viena y examinarse de las asignaturas que le quedaban pendientes141 .
Es en estos días cuando decide escribir su tesis doctoral sobre la figura de Konstantin Frantz, un teórico de la política alemana de la mitad del siglo XIX cuyas ideas pangermánicas y antisemitas eran muy aplaudidas por los nazis. Se titulaba «La idea del Reich según Konstantin Frantz».
Con esta tesis alcanzó el doctorado, pero misteriosamente la única copia que existía de ella en los archivos de la Universidad de Derecho de Viena desapareció tras la guerra. Algunos dicen que en ella hacía una alabanza al origen del nazismo, mientras que el propio Waldheim asegura que jamás escribió la famosa tesis. Como el documento nunca se encontró, no ha podido demostrarse.
En abril de 1943 se reincorpora al servicio activo nuevamente en los Balcanes. Su trabajo consistía en hacer de intérprete entre las tropas alemanas del XII Ejército y las tropas italianas del XIV Cuerpo Armado. Su buen hacer le llevó a ser recomendado al Alto Mando en Grecia. En julio del mismo año se incorpora al mando del joven general de división Heinz von Gyldenfeldt. Waldheim es su segundo al mando tras el coronel jefe de operaciones, Bruno Willers142 .
Sus relaciones con los mandos italianos, los generales Vecchiarelli y Gandin, son excelentes. Con ellos aprovecha para visitar la Acrópolis mientras discute de historia militar con ambos; pero los buenos tiempos
iban a cambiar cuando el 26 de julio se anunció por radio que el Gran Consejo Fascista había derrocado al Duce y que el rey Víctor Manuel III había ordenado su arresto. Temiendo una represalia alemana, el mariscal Pietro Badoglio se apresuró a informar a Hitler de que Italia permanecería en la guerra junto a Alemania. Estas palabras no tranquilizaron al Führer.
En medio de todos estos acontecimientos, sobre el escritorio del eficiente teniente Waldheim cayó un informe en el que se relacionaban diferentes problemas que la 1.ª División de Montaña de la Wehrmacht tenía con los judíos de Ionnina. El futuro secretario general de la ONU lo tramitó con su particular eficiencia, sin saber que este se convertiría en el primer peldaño que confirmaría décadas después lo que él había negado desde entonces, su desconocimiento de la «Solución final», y su verdadera relación con la maquinaria burocrática y administrativa del Holocausto.
En la mañana del 15 de agosto, Waldheim recibió un mensaje de la división, así como un informe de inteligencia sobre «Ionnina y el comité judío que estaba surgiendo allí». Waldheim volvió a copiarlo de forma eficiente y tras hacer varias copias lo envió al Alto Mando. Uno de estos informes llegó al Departamento de Operaciones del Grupo E del Ejército. Siete meses después, efectivos de esta unidad se ocuparon de la deportación de casi dos mil judíos de Ionnina143 .
El mismo Waldheim explicaría en 1986 sobre su posible implicación en el caso de los judíos de Ionnina: «Desconocía absolutamente todo aquello. Juro que no tuve la más mínima relación con la deportación de judíos. Me he enterado de todo eso por artículos recientes en la prensa».
Lo cierto es que, aunque desconociese este hecho, el oficial de comunicaciones y enlaces del Cuartel General de Gyldenfeldt, al transmitir correctamente información sobre la situación de judíos en los territorios ocupados, se convertía en una pequeña pieza de la gran maquinaria de Hitler para llevar a cabo la «Solución final». Pero su papel en la maquinaria de las deportaciones no iba a acabar ahí. Ahora les tocaba el turno a sus antiguos aliados, los italianos.