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UIZÁ la mayor acusación contra las Naciones Unidas es la de haber fallado en prevenir el mayor genocidio llevado a cabo en África en los años noventa del pasado siglo. Repetidamente, el secretario general, la Asamblea General y el Consejo de Seguridad ignoraron y hasta excusaron agresiones debido a que estas chocaban abiertamente con los intereses de sus países.En la década de los noventa, la Organización de las Naciones Unidas sería testigo «neutral» de uno de los peores genocidios perpetrados contra civiles inocentes desde la Segunda Guerra Mundial.
Pero el secretario general de la ONU, Butros-Gali, no hizo absolutamente nada para impedirlo.
Las Naciones Unidas estaban envueltas en la misión de Ruanda172 desde junio de 1993. A través de la Misión de Asistencia de las Naciones Unidas en Ruanda, la UNAMIR, la ONU era la encargada de colaborar inicialmente en la aplicación de los Acuerdos de Arusha, firmados por los diferentes poderes ruandeses. Su mandato era el de prestar asistencia en la seguridad de la ciudad de Kigali, supervisar el acuerdo de cese el fuego, supervisar los procedimientos de desmovilización, prestar asistencia en la remoción de minas y coordinar las actividades de asistencia humanitaria, entre otras173 .
En 1991, un buen número de organizaciones de derechos humanos de Ruanda comenzaron a informar de asesinatos masivos de tutsis por parte
de las milicias hutus y la detención y tortura de hutus moderados. Tras los primeros asesinatos masivos, las ONG locales comenzaron a reclamar la atención de las organizaciones internacionales como la ONU. Los principales cabecillas de las bandas de asesinos pertenecían a organizaciones guerrilleras conocidos como los interahamwe o «los que matan juntos»174 . En noviembre de 1992, una delegación internacional de ONG, incluida Human Rights Watch, llegaron a Ruanda en busca de pruebas de genocidio y asesinatos masivos. En enero de 1993, la delegación informó de que el régimen hutu del presidente Juvenal Habyarimana había permitido actos de genocidio y violaciones de los derechos humanos. La Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas documentó abusos masivos de derechos humanos que estaban sucediendo en Ruanda con el visto bueno del Gobierno175 .
La única respuesta que obtuvieron los tutsis asesinados y sus familias sería el embargo por parte de Estados Unidos y la Unión Europea de toda ayuda económica al Gobierno de Kigali. Debido a las presiones, el presidente Habyarimana reconoció públicamente los actos de genocidio y abusos cometidos y prometió que aceptaría un control internacional de su régimen y de las sanguinarias milicias. La ONU decidió creer en la palabra de quien había permitido el genocidio y redujo las presiones sobre el Gobierno hutu. El 4 de agosto de 1993 serían firmados los Acuerdos de Paz de Arusha.
El Frente Patriótico Ruandés, después de estar tres años combatiendo, decidió deponer las armas y formar parte del Gobierno de unidad nacional que debía establecerse tras los Acuerdos de Arusha. También se establecía que el Gobierno hutu permitiría el retorno de todos los refugiados tutsis desde Tanzania, Burundi y Uganda. Habyarimana llegó incluso a establecer un acuerdo para la convocatoria de elecciones libres en Ruanda como punto de partida de una reconciliación étnica en el país y que solo un Gobierno democrático podía llevar a cabo.
La comunidad internacional, en general, y la ONU y su secretario general Butros-Gali, en particular, pensaban que Ruanda podría ser el perfecto ejemplo de un país multiétnico en donde la reconciliación y la paz fuesen posibles; pero estaba claro que se equivocaban.
Lo establecido en los Acuerdos de Arusha sería controlado por una fuerza de observadores y de pacificación de las Naciones Unidas, los «cascos azules». El 5 de octubre de 1993, el Consejo de Seguridad aprobó el establecimiento y envío de la Misión de Asistencia de las Naciones Unidas en Ruanda, la UNAMIR. Se decidió que su misión no duraría más de seis meses para de esta forma no aumentar los ya «abultados» presupuestos del Departamento de Operaciones de Fuerzas de Pacificación (DPKO). Al poco tiempo, 1.400 «cascos azules» comenzaron a desplegarse por el país, de los 8.000 necesarios para llevar a cabo esta misión. El problema era que las probabilidades de reanudación de hostilidades eran bastante amplias, tanto por parte de las Fuerzas Armadas Ruandesas (hutu) como por parte del Frente Patriótico Ruandés (tutsi).
En el mismo mes de octubre comenzó a hacerse efectivo el alto el fuego entre las FAR y el FPR y el establecimiento de «zonas desmilitarizadas». De cualquier forma, los altos mandos de UNAMIR informaban a Nueva York de que la situación en Ruanda era muy volátil y que si explotaba podría provocarse una de las mayores catástrofes humanas desde la Segunda Guerra Mundial. Para ello solo hacía falta encender una mecha, y ese día llegó el 21 de octubre de 1993, cuando el ejército de Burundi, dominado por la etnia tutsi, asesinó al presidente hutu, Melchior Ndadaye, dando así comienzo a una gran oleada de asesinatos masivos176 .
Más de 300.000 refugiados hutus escaparon de Burundi hacia Ruanda, pero ni las Naciones Unidas ni su secretario general respondieron.
Desde la estación de radio de «las Mil Colinas», los extremistas hutus recomendaban a los miembros de su etnia a armarse y prepararse para luchar contra los tutsis antes de caer asesinados por sus machetes. Estaba ya claro que Juvenal Habyarimana había fallado al intentar concertar un Gobierno de unidad nacional.
Las tropas de «cascos azules» de UNAMIR entraron en Ruanda para controlar lo establecido en los Acuerdos de Arusha, pero los extremistas hutus no pensaban lo mismo. Hasan Ngeze, editor del diario Kangura, proclamaba desde sus páginas que «UNAMIR solo estaba en Ruanda para ayudar al Frente Patriótico Ruandés a tomar el poder por la fuerza» y
reclamaba «la salida de todos los «cascos azules» del país». Ngeze asesoraba a sus lectores en la forma de cómo combatir a los «cascos azules», a quienes calificaba de enormemente «cobardes». El editor extremista predijo que las fuerzas de UNAMIR abandonarían Ruanda como lo habían hecho en Somalia tras el asesinato de dieciocho rangers estadounidenses. «Si matamos “cascos azules”, eso obligará a la ONU a retirarlos de nuestro país», aclaraba el periódico.
Entre diciembre de 1993 y enero de 1994, los extremistas hutus comenzaron a asesinar indiscriminadamente a civiles tutsis, hombres, mujeres y niños. El 11 de enero de 1994, el general canadiense Romeo Dallaire, comandante en jefe de las fuerzas de pacificación en Ruanda, envió un fax urgente a su superior inmediato en Nueva York, el vicesecretario general para Operaciones de Pacificación, Kofi Annan177 . Dallaire alertaba desde su residencia de que un miembro de inteligencia estaba recibiendo alarmantes noticias de un informante hutu. El militar canadiense enfatizaba en la fiabilidad del informante y de lo informado.
El jefe de UNAMIR expresaba en el texto: «La fuente del informante es un muy, muy importante político del Gobierno»; y continuaba: «El contacto le ha revelado que las milicias extremistas hutus interhamwe están siendo entrenadas en campos oficiales de entrenamiento del ejército ruandés y aparentemente tienen la nueva misión de, apartándose de su tradicional papel, proteger Kigali, la capital de Ruanda, del Frente Patriótico Ruandés [tutsi]. El informante dijo que sus superiores han ordenado registrar a todos los tutsis que viven en Kigali. El informante sospecha que es para su exterminación. La milicia hutu, afirma él, quizá asesinará a miles de tutsis. Explica también que él se opondrá a la exterminación de inocentes tutsis y que el informante está preparado para entregar a las fuerzas de pacificación de la ONU la localización de los mayores depósitos de armas que la milicia hutu planea usar»178 .
Con todos estos datos recibidos de su aparato de inteligencia, el general Dallaire informó a Nueva York de sus intenciones de localizar y destruir los arsenales de la milicia hutu y así desbaratar el plan de exterminación179 .
Página 1/2 del mensaje secreto enviado el 11 de enero de 1994 por el general Dallaire al cuartel general de la ONU, avisando del posible genocidio tutsi que se estaba preparando. La ONU negó siempre la existencia de estos avisos tras el genocidio.
Página 2/2, del mensaje secreto enviado el 11 de enero de 1993 por el general Dallaire al cuartel general de la ONU. Ante las más de 800.000 personas masacradas y la indiferencia de la ONU, el secretario general Butros Butros-Gali, sencillamente se disculpó en sus memorias, alegando que cuando llegó el mensaje él estaba de viaje fuera de Nueva York.
Después de recibirse el telegrama del general Romeo Dallaire, el Departamento de Operaciones de Pacificación, encabezado por un Kofi Annan que estaba ya preparando el terreno para ser elegido secretario general de la ONU en un futuro no muy lejano, decidió convocar una reunión urgente.
Iqbal Riza, asistente de Annan, ordenó a Dallaire que «no debía llevar a cabo ninguna de las acciones que él proponía», y que su información sería pasada a las embajadas de Estados Unidos, Francia y Bélgica para que estas presionasen al presidente hutu de Ruanda. Tampoco se recibió ninguna orden de informar al Frente Patriótico Ruandés (tutsi) para que estuviese en guardia y de esta forma poder proteger a los civiles. El Departamento de Annan ordenó a Romeo Dallaire que debía operar conforme a lo establecido en el mandato de UNAMIR y nada más180 . De esta forma, Annan y Riza ataban las manos y la boca a los mandos de UNAMIR en Ruanda ante la catástrofe que se avecinaba.
Los diferentes mandos de las unidades de «cascos azules» en Ruanda comenzaron a informar a su jefe, Dallaire, desde febrero de 1994, de asesinatos masivos contra civiles de etnia diferente o ideas políticas contrarias.
the Devil: The Failure of Humanity in Rwanda, el general Dallaire afirma
que recibió un fax codificado de Kofi Annan y firmado por su asistente, Iqbal Riza, dirigido a él como comandante de UNAMIR y al representante del secretario general en Ruanda y ex ministro de Asuntos Exteriores de Camerún, Jacques Roger Booh-Booh, en el que Annan «les ordena contenerse y bajar su guardia. También les recomienda que no piensen más en esos arsenales y que suspendan cualquier operación respecto a eso, inmediatamente».
En febrero de 1994, el general Dallaire volvió nuevamente a informar sobre «las consecuencias catastróficas que se verán si la fuerza de Naciones Unidas no hace absolutamente nada». El militar canadiense deseaba ver un atisbo de luz en los comunicados que recibía desde Nueva York para poder tener cierto margen de maniobra que le permitiese actuar contra los arsenales hutus, pero esa luz no llegó jamás. Los telegramas seguían en la misma línea: «La ONU no debe tomar partido».
El 6 de abril de 1994, el presidente hutu de Ruanda, Juvenal Habyarimana, fue asesinado cuando el avión en el que viajaba caía derribado por un misil cerca de Kigali. En el avión viajaba también el presidente de Burundi..., y así comenzó el genocidio.
Unidades del ejército ruandés y las milicias extremistas hutus empezaron a asesinar en masa a tutsis y hutus moderados. Miles fueron masacrados a machetazos solo el primer día. El 7 de abril, soldados ruandeses consiguieron la rendición de diez «cascos azules» belgas que protegían a la primera ministra y a sus cinco hijos. Estos se negaron a entregar sus armas, pero al recibir órdenes de su superior, decidieron hacerlo. Los diez «cascos azules» fueron torturados, mutilados y asesinados.
La primera ministra, que intentaba escapar por la parte de atrás de la casa, fue también torturada y asesinada. La situación estaba ya fuera de control y las Naciones Unidas no podían cambiar de opinión. Por ejemplo, el Gobierno belga, que durante meses había hecho oídos sordos para que presionase a los hutus a acabar con los asesinatos, decidía ordenar la retirada de su contingente tras la muerte de sus diez «cascos azules».
Mientras tanto, el general Dallaire seguía intentando que Nueva York hiciese caso a sus ya «plegarias», aunque sin un resultado positivo. El canadiense pidió un refuerzo de 5.000 «cascos azules» para detener la matanza, pero la respuesta de Annan fue: «Usted debe hacer todos los esfuerzos para no comprometer su imparcialidad o actuar contra su mandato». Miles de ruandeses estaban siendo decapitados, mutilados, violados, empalados, quemados vivos, enterrados en fosas comunes aún vivos o lanzados con vida a los cocodrilos, pero la Organización de las Naciones Unidas estaba solo preocupada en mantener su imparcialidad.
Posteriormente se sabría también, a través del primer ministro belga, Willie Claes, que su país había pedido la intervención, pero que Francia había dicho sencillamente «no».
El siguiente paso de Dallaire fue intentar convencer a Estados Unidos de establecer una fuerza de paz para llevar a cabo una gran operación de evacuación, pero Washington respondió que solo se enviarían tropas si los países occidentales estaban dispuestos a dirigirla. Con el refuerzo de 5.000 «cascos azules» de UNAMIR, más 900 soldados belgas y paracaidistas franceses, más 200 marines estacionados en Burundi, podrían llevar a cabo la «evacuación».
El general Dallaire confesó entonces a sus más directos oficiales que había recibido órdenes de Nueva York de «no evacuar a locales». La mayor parte de los oficiales de UNAMIR ignoraron esta orden y dieron refugio a cientos de tutsis ruandeses. «Si tú quieres hacer el bien, hazlo, pero no preguntes a Nueva York», afirmó un oficial de los «cascos azules» en Ruanda181 .
La orden de evacuación desde el Cuartel General de la ONU en Nueva York llegó también al contingente belga. El 11 de abril, noventa «cascos azules» de Bélgica se retiraron de la Escuela Técnica Oficial de los Padres Salesianos de Dom Bosco. En su interior se refugiaban unos dos mil tutsis, incluidos cuatrocientos niños de diferentes edades. Mientras los soldados belgas se retiraban, fuera del edificio se concentraban miembros de las milicias hutus interhamwe.
los radicales hutus entraron en el edificio y sacaron a rastras a las mujeres más jóvenes. Después de ser violadas eran asesinadas ante los ojos de sus padres, esposos e hijos. Posteriormente, comenzaron a disparar contra el edificio, lanzaron granadas por las ventanas, y tras cerrarlo herméticamente, le prendieron fuego. Según un informe posterior, solo sobrevivieron once tutsis de los dos mil. Estaba claro que los elegantes políticos y funcionarios de la ONU, vestidos con sus trajes caros hechos a medida, en sus lujosos despachos estaban muy lejos de los civiles muertos en la Escuela Técnica Oficial de los Padres Salesianos de Dom Bosco.
El Gobierno de Bruselas, al conocer el alcance de la matanza, exigió a la ONU un mandato para UNAMIR que pusiese fin a estas masacres. Pero para los «cascos azules» belgas que se vieron obligados a abandonar a inocentes en manos de sus verdugos estaba claro que nunca olvidarían los gritos, ni el sonido de los disparos, ni el llanto de los niños pidiéndoles que no les abandonaran.
Curiosamente, cuatro días después del incidente de la Escuela Técnica, Bruselas ordenó la retirada total de su contingente, dejando a los tutsis en manos de los hutus. En contra de lo que reclamaba el general canadiense Romeo Dallaire, las fuerzas de UNAMIR fueron reducidas de 2.500 efectivos a solo 270 hombres en mitad de la carnicería en la que se había convertido Ruanda ante los «imparciales» ojos de las Naciones Unidas.
Otro caso que sería denunciado fue el del juez Joseph Kovaruganda. El magistrado, un hutu moderado que pedía el fin de las matanzas, se encontraba junto a su familia bajo protección de un batallón de Ghana de UNAMIR. Kovaruganda fue capturado en su propia casa por milicianos hutus. Lo peor del caso es que mientras los hutus mutilaban al juez y violaban a su esposa y a sus dos hijas, de once y nueve años, los «cascos azules» de Ghana reían y bebían con los verdugos fuera de la casa182 . Naciones Unidas confirmó este incidente en sus documentos oficiales sobre el papel de la ONU en el genocidio de Ruanda183 .
A finales de abril se estimaban ya las víctimas en más de cien mil personas. Las evidencias siguieron llegando hasta los despachos de la
Primera Avenida en Nueva York, cuando, en mayo de 1994, el diario The
New York Times describió cómo las milicias hutus arrojaban a las aguas del
río Kagera los cuerpos de los tutsis asesinados. Estos flotaban río abajo hasta el lago Victoria. Una televisión filmó cómo varios cuerpos de tutsis que parecían niños eran disputados por los cocodrilos. El representante de Ruanda negó este hecho y protestó al ser incluido como prueba en un documento oficial de las Naciones Unidas184 .
Curiosamente, mientras Butros-Gali y Kofi Annan ataban de pies y manos a los «cascos azules» de UNAMIR y a su comandante en jefe, Romeo Dallaire, para no intervenir en apoyo de las víctimas del genocidio, Francia, miembro permanente del Consejo de Seguridad, pedía a la ONU autorización para enviar tropas como parte de una intervención humanitaria.
El 27 de abril, el presidente François Mitterrand se había reunido en secreto con dos hutus pertenecientes a las milicias extremistas. Ellos pudieron entrevistarse con la mayor parte de los líderes políticos galos, desde el primer ministro, Edouard Balladur, hasta el ministro de Asuntos Exteriores, Alain Juppe.
Diferentes documentos indican que desde mediados de junio de 1994 el Gobierno socialista de Francia suministró armas a las milicias hutus desde el Zaire (actual República Democrática del Congo). Los franceses, por supuesto, niegan estas acusaciones.
El Consejo de Seguridad autorizó el despliegue francés en Ruanda, y el 22 de junio los soldados franceses llegaron con el mandato de usar la fuerza si fuera necesario, algo que negaron a Romeo Dallaire para proteger a las víctimas inocentes185 .
Mientras las fuerzas especiales galas se desplegaban por el 25 por 100 del país, los hutus los recibían con pancartas de «Bienvenidos hutus franceses». Según París, la Operación Turquesa tenía como finalidad proteger a los más de cien mil tutsis que se encontraban en Ruanda occidental; pero no era cierto. Informes de UNAMIR indican que durante esos mismos días miles de tutsis siguieron siendo asesinados. El diario
franceses habían entrenado a miembros de los escuadrones de la muerte hutus186 .
Cuando llegaron los franceses a Ruanda, casi 800.000 tutsis y hutus moderados habían sido ya asesinados. El 18 de julio, las fuerzas tutsis del Frente Patriótico Ruandés llegaron a Kigali, obligando al Gobierno hutu a escapar al Zaire. Los franceses se retiraron poco después.
Había llegado la hora de las preguntas, que nadie se atrevía a hacer, y a dar respuestas, que nadie quería responder. Todo el mundo en la ONU de Nueva York deseaba pasar sobre 800.000 cadáveres sin mancharse siquiera los zapatos.
Al principio, tras conocerse el alcance del genocidio y mientras las televisiones de todo el mundo mostraban las imágenes de cuerpos descabezados a machetazos, mujeres y niños quemados vivos y bebés descuartizados y empalados, el Departamento de Operaciones de Pacificación, después de «condenar» el genocidio ocurrido, alegó que nunca se les había avisado de lo que podría suceder.
Misteriosamente, alguien consiguió filtrar el original del fax enviado por el general Romeo Dallaire a sus superiores en Nueva York, Kofi Annan e Iqbal Riza, avisándoles del genocidio que preparaban los hutus contra los