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El Espíritu de adopción: Transmite seguridad (8:14-17)

In document ComentarioBiblicoHomileticoRomanos (página 105-107)

“Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios”, dice Pablo (8:14 a).

El concepto de que los creyentes son hijos de Dios está relacionado con Israel y con Cristo.

1. Israel como hijo. Israel fue llamado por Dios para que fuera su pue- blo propio. Cuando encomendó a Moisés la misión de ir a librar a Israel de Egipto, le dijo:

“Ciertamente he visto la opresión que sufre mi pueblo en Egipto. Los he escuchado quejarse de sus capataces, y conozco bien sus penurias. Así que, he descendido para librarlos del poder de los egipcios y sacar- los de ese país” (Éxo. 3:7, 8).

Los israelitas estaban a punto de nacer, en la historia humana, como una nación. En ese momento, Dios los quiso como su pueblo propio y libre.

Moisés estaba en camino hacia Egipto, para librarlos, cuando Dios se le presentó de nuevo para confirmar la misión que le había dado. Esta vez, concentró toda la misión en un punto especial.

“Dirás a Faraón”, le dijo. “Jehová ha dicho así: Israel es mi hijo, mi pri- mogénito. Ya te he dicho que dejes ir a mi hijo para que me sirva; pero si te niegas a dejarlo ir, yo mataré a tu hijo, tu primogénito” (Éxo. 4:22, 23). Con esto, Dios completó su intención de adoptar a la Nación, todos los israelitas; darles libertad y transformarlos en sus hijos, para que lo sirvieran. Era una filiación adoptiva, y el concepto clave en relación con los israelitas como hijos de Dios era este: hijos de Dios, libres para servir a su Padre celestial. Nada era más fuerte, en la religiosidad de cada is- raelita, que la conciencia de ser hijos de Dios. El profeta Isaías la vinculó con la redención.

“Tú, Jehová”, escribió, “eres nuestro Padre. Redentor nuestro es tu nombre desde la eternidad” (Isa. 63:16 b).

2. Cristo. El tema de la liberación para servir a Dios vuelve a apare- cer cuando Pablo explica la adopción de los creyentes en relación con Cristo.

“Pues no han recibido el espíritu de esclavitud, para estar otra vez en temor, sino que recibieron el Espíritu de adopción, por el cual clama- mos: ¡Abba, Padre!” (8:15).

La expresión: ¡Abba, Padre!, como propia, solo pertenece a Cristo, el único y verdadero Hijo de Dios. Un título vinculado a su triunfo en la misión redentora.

“El evangelio de Dios se refiere a su Hijo”, dice Pablo en otro lugar, “nuestro Señor Jesucristo, que era del linaje de David según la carne, que fue declarado Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad,

por su resurrección de entre los muertos (1:3,4).

Los creyentes han sido adoptados por Dios, como sus hijos, para que sean transformados por el Espíritu Santo y porten, en su personalidad, la imagen de su Hijo.

“A los que antes conoció”, dice Pablo, “también los predestinó a ser transformados según la imagen de su Hijo, para que él sea el primogé- nito entre muchos hermanos” (8:29).

La adopción de los creyentes es una obra que realiza el Padre, por medio del Hijo. Y, una vez adoptados, Dios envía la confirmación por medio del Espíritu Santo, pues nadie puede declararse hijo de Dios por sí mismo. Es el Espíritu quien lo proclama en sus corazones.

“Cuando vino el cumplimiento del tiempo”, escribió Pablo a los gála- tas, “Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la Ley, para re- dimir a los que estaban bajo la Ley, a fin de que recibiéramos la adopción de hijos. Y, por cuanto son hijos, Dios envió a sus corazones el Espíritu de su Hijo, el cual clama: ¡Abba, Padre! Así que, ya no eres esclavo, sino hijo” (Gál. 4:4-7 a).

Israel fue adoptado por Dios como su hijo, para que viviera en liber- tad y en obediencia a su voluntad. Para que, al servirlo, fuera un ejemplo visible ante las demás naciones, y ellas, al percibir la bondad de Dios, el Redentor, se sintieran atraídas hacia él. Los creyentes son llamados a la misma condición de hijos y Dios los adopta, en el Espíritu Santo, que transforma la vida de ellos a la semejanza de Cristo. Una vida obediente al Padre, dedicada a la misión de Cristo y dedicada al servicio misionero, que comparte la salvación con los que no son hijos de Dios.

3. Seguridad: testimonio y herencia. El Espíritu Santo aprueba el estilo de vida de los hijos adoptivos de Dios, si ellos viven con él. Utiliza dos formas de aprobación: el testimonio interior que les da y la participa- ción en la herencia de Dios. Ambas tienen por objetivo transmitirles seguridad en Dios.

Sobre el testimonio interior, Pablo dice:

“El Espíritu mismo da testimonio, a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios” (8:16).

Y, sobre la herencia, a renglón seguido, afirma:

“Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados” (8:17).

La sola presencia del Espíritu en nuestra vida interior, dando vida a nuestras capacidades espirituales, es ya un motivo de seguridad espiri- tual en Dios. Pero él hace algo más: da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios. Esta forma de testificar a nuestro espíritu es un trabajo de integración espiritual. El Espíritu no trabaja dentro de nosotros separado de lo que nosotros somos. Trabaja con nosotros, formando una

integración tan estrecha que su propio testimonio resulta un testimonio conjunto; es tanto del Espíritu Santo como de nuestro espíritu. Por eso, su obra en nosotros es también nuestra propia obra y su testimonio se trans- forma en nuestra convicción. Una convicción fuerte, segura, sin vacilacio- nes, ni dudas. Esto se llama fe. El creyente, por creer, pierde todas las in- seguridades de la esclavitud y se deshace de todas las incertidumbres de la muerte. Vive. Y, porque ahora vive espiritualmente en el Espíritu Santo y con él, vivirá con Dios en la eternidad, sin problema alguno, plenamente adaptado a él, y sintiendo el gozo espiritual de su presencia eterna. La participación actual en la herencia del Padre, en la propiedad eterna de Dios, también otorga seguridad al creyente. Una seguridad tan grande en Dios que los sufrimientos propios de esta vida no lo afec- tan. Y no le producen los efectos negativos que sufren los incrédulos, porque los enfrenta en unión con Cristo.

Como dice Pablo:

“Coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con él”. Cosufrientes hoy, coherederos mañana.

Y termina la frase:

“Para que, juntamente con él, seamos glorificados” (8:17).

El creyente plenamente seguro en Dios vive su vida interior totalmente integrada con el Espíritu Santo y su vida externa en integración total con Cristo. Nada es incierto en su espíritu y todo es seguro en sus acciones. Ni el sufrimiento altera ese equilibrio de seguridad y Dios es su Dios, no importa cuán adversas sean las circunstancias.

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