“Y si es por gracia”, agrega Pablo, “ya no es por obras; porque en tal caso la gracia ya no sería gracia” (11:6).
Los israelitas que buscaban la justicia por las obras no alcanzaron la justicia ni la salvación. Pero los que aceptaron la gracia fueron ellos mismos aceptados por Dios, justificados en Cristo Jesús y salvos para la vida eterna.
La relación de las obras humanas con la gracia divina define el cómo de la elección divina de su pueblo. Nada humano interviene en su de- cisión de elegir a su pueblo o de salvar a los pecadores, y cuando los seres humanos tratan de interferir, ya sea con sus obras buenas o con sus malas obras, intentan, consciente o inconscientemente, limitar la acción del poder divino en la salvación. Limitar a Dios, de esta manera o de cualquier otra, es colocar al ser humano por encima de Dios. Una acción rebelde contra él. Inaceptable. La elección del remanente, lo mis- mo que la salvación de los pecadores, solo es posible por gracia, por la libre y espontánea bondad de Dios. El endiosamiento del ser humano,
por él mismo, es la mayor separación de Dios que pueda existir. El pe- cado mayor, después del pecado contra el Espíritu Santo y muy próximo a él. En cambio, la aceptación de la gracia divina, por la fe, es la mayor aproximación a Dios que el pecador, en las condiciones actuales de pe- cado, pueda alcanzar. En esa intimidad de la gracia, Dios es Dios; y el ser humano, un pecador arrepentido que Dios acepta, justifica y salva. El remanente de Israel, que aceptó la gracia de Dios, era su verdadero pueblo elegido.
¿Por qué Dios no rechazó definitivamente a Israel? (11:7-10)
“¿Qué pues”, dice Pablo? (11:7 a). ¿Qué concluimos de todo lo dicho?
“Lo que buscaba Israel no lo alcanzó. Pero los escogidos sí lo han alcanzado, y los demás fueron endurecidos” (11:7 b).
¿Queda alguna duda de lo que Pablo entiende por pueblo elegido de Dios? Ciertamente no era la Nación, considerada corporativamente. Eran los que creyeron en Cristo.
Y este concepto no apareció como una idea posterior a los hechos, para acomodar la nueva realidad de la Nación con respecto al pueblo elegido, o para aclarar la aparente contradicción debido al rechazo de Dios por no aceptar a Cristo. Tampoco el endurecimiento y la obstina- ción de Israel ocurrieron como una sorpresa para Dios. Él mismo lo ha- bía anunciado por medio de Moisés, y por medio de David.
Moisés había dicho:
“Dios les dio un espíritu insensible, ojos con lo que no pueden ver y oídos con los que pueden oír, hasta el día de hoy” (11:8; Deut. 29:4). Sobre el espíritu insensible, de estupor, como inhabilidad para pen- sar, que Moisés no menciona en las palabras citadas por Pablo, Isaías escribió:
“El Señor ha derramado sobre ustedes un espíritu de profundo sue- ño” (Isa. 29:10).
David anunció el endurecimiento de Israel como empañamiento de los ojos, una ceguera para no ver las realidades espirituales colocadas por Dios delante de ellos.
“Que sus banquetes se les conviertan en red y en trampa”, dijo, “en tropezadero y en castigo. Que se les nublen los ojos para que no vean y se les encorven las espaldas para siempre” (11:10; Sal. 69:22, 23).
Dios sabía que la mayor parte del pueblo no aceptaría a Cristo. ¿Por qué dice que él lo endureció? Porque él no estaba dispuesto a aceptar a los que rechazaran al Mesías. Y no estaba dispuesto porque el mismo rechazo de ellos los convertía en rechazables. Se apartaron por sí mismos, y cuando el ser humano, libre por creación, decide algo, Dios nada puede hacer contra la voluntad de ellos. Los deja en su separación. Eso pasó con la mayoría del pueblo israelita. Dios no hubiera rechazado a ninguno si
todos hubieran creído. Pero no podía aceptar a los incrédulos.
Felizmente no todos rechazaron al Mesías. Por eso Pablo cuando pre- guntó:
“¿Acaso rechazó Dios a todo su pueblo?” (11:1). Respondió:
“¡De ninguna manera! Yo mismo soy israelita, y a mí no me ha recha- zado”.
Dios no rechazó a todo Israel porque no todo Israel había rechazado al Mesías, Cristo, el Señor...
¿Cayeron definitivamente los israelitas al tropezar? (11:11-32)
Ya está claro que no todos los israelitas fueron rechazados por Dios. Ahora, Pablo desarrolla otro asunto estrechamente relacionado con el anterior. La relación de su caída con el tiempo. ¿Era esa caída el fin de todo para Israel?
No definitivamente (11:11 a-b)
La pregunta de Pablo es directa:
“¿Los israelitas, al tropezar, ¿cayeron definitivamente?” (11:11 a). ¿Es posible que ya no haya ninguna oportunidad adicional para la parte incrédula de Israel, en el futuro? ¿Ocurrió ya el juicio final, para ellos?
La respuesta de Pablo es tan clara y directa como su pregunta. “¡De ninguna manera!”, dice (11:11 b).
El Juicio Final no ha llegado aún, para nadie. ¿Por qué Dios cerraría toda oportunidad de salvación a los que, aunque hubieran rechazado al Mesías, habían pertenecido a su pueblo propio? La sola idea de que Dios pudiera hacer algo así es repulsiva a la personalidad de Dios. Él no quiere que nadie se pierda. Solo quiere que todos procedan al arre- pentimiento. Toda vez que Israel pecó, lo que más quiso, siempre, fue su arrepentimiento. Y Dios sigue igual.