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Señorío de la Ley (7:1-6)

In document ComentarioBiblicoHomileticoRomanos (página 90-95)

Comienza explicando el señorío de la Ley. Enuncia un principio fun- damental, por lo demás absolutamente evidente; pero, como punto de partida, hay que enunciarlo, aun a riesgo de parecer demasiado simple. “Hermanos”, dice, “les hablo como a quienes conocen la Ley. ¿Acaso no saben que uno solamente está sujeto a la Ley entretanto que vive?” (7:1).

Obvio. En la muerte, nada que rija la vida está en vigencia. ¿Por qué? Por el estado de la persona en la muerte. Duerme. Inconsciente de todo y sin conexión con ninguna actividad de la vida.

Dos días después de haber recibido la noticia sobre la enfermedad de Lázaro, Jesús dijo a sus discípulos:

“Vamos de nuevo a Judea”. Los discípulos le respondieron:

“Rabí, hace poco los judíos intentaban apedrearte, ¿y otra vez vas allá?”

Otra vez al peligro. ¿Para qué? Los seres humanos somos siempre re- luctantes al peligro. Peligros de la vida. Peligros de la muerte. Nos gusta permanecer en nuestra pequeña zona de seguridad, como nosotros la entendemos, y eso nos priva de muchas experiencias que podrían ser muy valiosas para comprender la vida diaria y también para alcanzar la vida eterna.

Respondió Jesús:

“¿No tiene el día doce horas? El que anda de día no tropieza porque ve la luz de este mundo; pero, el que anda de noche tropieza, porque no hay luz en él”.

¿Que luz tenían ellos acerca de lo que Jesús sabía, por lo cual estaba dispuesto a correr los riesgos que ellos veían?

Entonces, dijo algo cargado de un sentido simple, por las palabras usadas, pero muy amplio, que abarcaba la vida y la muerte.

“Lázaro, nuestro amigo, duerme. Mas voy a despertarlo”. “Señor”, dijeron ellos, “si duerme, sanará”.

No percibieron el contenido de lo que Jesús dijo. ¿Cómo podía estar hablando del sueño normal y esperar que Lázaro siguiera durmiendo durante todo el tiempo que duraría el viaje de Jesús hasta Betania, don- de vivía su amigo, para que Jesús lo despertara?

Entonces Jesús, con toda la paciencia de un verdadero maestro y sin recriminarlos por la lentitud de su mente, les dijo:

“Lázaro ha muerto”. (Juan 11:1-14.)

El estado de un muerto es semejante al estado de una persona que duerme. Así permanecerá hasta la resurrección.

“Muchos que duermen en el polvo de la tierra”, dijo el profeta Daniel, “serán despertados” (Dan. 12:2).

Cuando Pablo escribió a los tesalonicenses acerca de la resurrección, les dijo:

“Hermanos, no queremos que ignoren lo que va a pasar con los que duermen, para que no se entristezcan como los otros que no tienen espe- ranza. ¿Acaso no creemos que Jesús murió y resucitó? Así también Dios resucitará a los que durmieron con la esperanza en él” (1 Tes. 4:13, 14). Siendo así las cosas, la Ley únicamente puede tener señorío sobre las personas mientras ellas vivan. Para aclarar esta realidad, Pablo utili-

za primero una ilustración, luego un argumento y finalmente saca una conclusión.

Ilustración: La mujer casada (7:2, 3). La ilustración utiliza la rela- ción de la mujer casada con su marido, para mostrar que el ser humano está bajo la Ley solamente durante el tiempo que permanece con vida. “La mujer casada está sujeta por la ley al marido mientras este vive; pero, si el marido muere, ella queda libre de la ley que la unía a su marido” (7:2).

Pablo intensifica la situación legal de la mujer casada por la relación que ella tiene con su marido y con la Ley.

Para con su marido, está casada. El término que usa Pablo, traducido como casada, literalmente significa: bajo esposo. A menudo, Pablo usa la preposición bajo para referirse a personas que están en una relación de sumisión. La mujer casada, por el hecho mismo de ser casada, está sujeta a un varón, su esposo.

También está sujeta a la ley. Naturalmente, la ley del matrimonio, que le exigía fidelidad a su marido. De la mujer infiel, la ley decía que se había descarriado de su marido (Núm. 5:20).

Por eso mismo, dice Pablo, si se casa con otro hombre mientras el esposo vive, se la considera adúltera (7:3 a).

La obligación de la Ley y la sujeción al marido colocaban a una mu- jer, y todavía es así, bajo obligación. Bajo control. La situación del hom- bre casado era la misma, pero el ejemplo de Pablo es la mujer casada. No podía ella tener relaciones sexuales con nadie, excepto con su marido. Esta obligación cesaba con la muerte de su esposo.

“Pero si muere su esposo”, dice Pablo, “ella queda libre de esa ley, de tal manera que si se casa con otro hombre no se la considera adúltera” (7:3 b).

¿Cuál es, entonces, el asunto específico que Pablo desea destacar con la ilustración de la esposa? ¿Que la ley dejó de existir para ella y nunca más necesitará cumplirla? No, por cierto. Solamente la dejó en libertad para casarse con otro marido; pero, una vez casada, tendrá que someter- se a la misma ley del matrimonio, como antes. La ley sigue en vigencia para ella.

Argumento: ustedes han muerto a la Ley (7:4, 5). Luego, Pablo aplica la ilustración a los cristianos de Roma.

Les dice:

“Así también, ustedes, hermanos míos, han muerto a la Ley”.

¿La del matrimonio? No, la Ley que define el pecado, los Diez Mandamientos. Los creyentes han muerto a la Ley de Dios. ¿Acaso Dios eliminó la Ley, y por eso ellos están muertos a ella? Por supuesto que no. ¿Cómo, entonces?

“Mediante el cuerpo crucificado de Cristo, para que sean de otro, el que resucitó de entre los muertos” (7:4 a).

No murió la Ley, ni el creyente. Cristo murió. ¿Es Cristo el esposo que muere? Parece que sí. Pero el creyente, antes de ser justificado por medio de su muerte, no estaba casado con Cristo, sino con el pecado. Tenía una naturaleza pecadora, era esclavo del pecado, solo hacía las obras del mal, estaba destinado a la condenación de la Ley en el juicio de Dios. La muerte de Cristo lo libró de la condenación de la Ley y, al mismo tiempo, le proveyó el traslado de esa vida desobediente a una vida de obediencia a Dios. Una nueva vida. La nueva vida del creyente, como obra de Dios en él, tiene un objetivo (6:17). ¿Cuál?

“A fin de que produzcamos fruto para Dios”, dice Pablo (7:4 b). Ya lo había dicho antes:

“Ahora que ustedes han sido libertados del pecado y hechos siervos de Dios, tienen por fruto la santificación y por fin la vida eterna” (6:22). Eso es lo que Pablo desea aclarar. ¿Qué relación tienen los creyentes con la Ley durante el proceso de su santificación, obra de Dios en ellos, que ocurre por la fe?

Pablo vuelve al tiempo de la esclavitud, e insiste:

“Mientras vivíamos en la carne, las pasiones del pecado, por medio de la Ley, energizaban nuestros miembros para producir frutos para muerte” (7:5).

El contraste entre los frutos para muerte y los frutos para santificación es claro. Bajo el dominio del pecado, pasional e inductor de energía ma- ligna, el pecador únicamente produce frutos para muerte. Esos frutos son contrarios a los frutos del Espíritu. Pablo los llama obras de la carne: “Manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, lujuria, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, divisiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a estas. En cuanto a esto, les advierto, como ya les he dicho antes, que los que practican tales cosas no heredarán el Reino de Dios” (Gál. 5:19-21).

Pablo dice que las pasiones del pecado, por medio de la Ley, energi- zaban a los miembros hacia los frutos para muerte. ¿Qué significa por medio de la Ley? No lo explica. Reserva la explicación para ofrecerla un poco más adelante.

Conclusión: Servir a Dios con el poder del Espíritu (7:6). Por ahora quie- re terminar su argumento de que la Ley se enseñorea del hombre mien- tras está vivo. Ha dicho que la mujer casada lo ilustra. Mientras vive el marido, está sujeta a él y a la ley del matrimonio. Cuando muere, queda libre para casarse con otro, pero la ley matrimonial sigue vigente. Luego argumentó que el creyente estaba bajo el control del pecado y que la Ley que le imponía el castigo de muerte. Cuando Cristo murió y pagó la demanda de la Ley, el pecador quedó libre del pecado para servir otro, a Dios, y producir frutos para él.

“Ahora, al morir a lo que nos tenía subyugados”, dice, “hemos que- dado libres de la Ley, a fin de servir a Dios con el nuevo poder que nos da el Espíritu y no bajo el antiguo régimen de la letra” (7:6).

¿Qué es lo que nos tenía subyugados? ¿La Ley? No. El pecado. La Ley únicamente define el pecado, lo hace visible y lo condena. Si no hay pecado en la persona, la Ley no le dice nada condenatorio; solo cumple una tarea didáctica. Pero, en cuanto la persona comete pecado, la Ley está allí para hacérselo saber, y decirle que la acción pecaminosa y el pensamiento pecaminoso no son aceptables para Dios. El creyente era esclavo del pecado. De esa esclavitud, lo liberó Dios.

“Gracias a Dios”, había dicho Pablo, “que, aunque ustedes eran escla-

vos del pecado, han obedecido de corazón a aquella forma de doctrina a

la cual ustedes han sido llevados (6:17).

Pablo ya ha dicho también que los creyentes no viven una vida que continúa pecando, porque han muerto al pecado.

“¿Qué, pues, diremos?”, pregunta. ¿Vamos a proseguir en el pecado para que la gracia abunde? ¡De ninguna manera! Nosotros, que hemos

muerto al pecado ¿cómo podemos seguir viviendo en él?” (6:1, 2).

Entonces, ¿de qué cosa relacionada con la Ley quedamos libres cuando morimos al pecado, bajo el cual estábamos subyugados? ¿Del contenido moral que Dios colocó en ella? No. ¿De la revelación sobre la voluntad de Dios que ella expone? No. ¿De su función didáctica, que claramente nos enseña lo que es bueno y lo que es malo? No. ¿De qué? De la condenación. Si no tenemos pecado –y el creyente cuando Dios lo perdona en Cristo no lo tiene–, la Ley no lo condena.

Sin el yugo del pecado y sin la condenación de la Ley, libre. El cre- yente está libre. ¿Para qué?

“Para servir a Dios”, dice Pablo, “en el nuevo régimen del Espíritu, ya no bajo el viejo régimen de la letra” (7:6 b).

El servicio a Dios no termina cuando el creyente entra en la nueva vida. Ya no es esclavo del pecado, pero sí es siervo de Dios. Un siervo que sirve a Dios en lo nuevo del Espíritu. Esto nuevo del Espíritu co- rresponde a la vida nueva, y el creyente puede ofrece a Dios un servicio nuevo y espiritual. No más de manera legalista. No más confiando en sus propias obras para salvarse. No más al estilo de los fariseos, que habían olvidado la dimensión espiritual de la Ley.

Como Jesús les dijo:

“¡Ay de ustedes, maestros de la ley y fariseos hipócritas! Diezman la menta, el anís y el comino, y dejan lo más importante de la ley: la justicia, la misericordia y la fe. Esto era necesario hacer sin dejar lo otro” (Mat. 23:23).

El creyente, después de morir al pecado y habiendo quedado libre de la condenación de Ley, resucita a una nueva vida. En esa vida nueva, la Ley sigue vigente, y el cristiano tiene que cumplirla porque, muerto

al pecado, ya no puede continuar viviendo en él. Las obligaciones que, bajo la Ley, tenía con el pecado, para él, ya no existen. Ahora sirve a otro, que es Dios. Por eso, cumple la Ley como un servicio a Dios, bajo el régi- men del Espíritu y con su poder. La cumple con una nueva obediencia, ya no basada en la letra, sino plena y espiritual.

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