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El nuevo pueblo de Dios (9:24-29)

In document ComentarioBiblicoHomileticoRomanos (página 131-133)

Con esto, Pablo universaliza la aplicación de la misericordia divina y destruye todo posible argumento de injusticia divina en el trato con Israel, ya fuera por haberlo llamado como su pueblo elegido, o por ha- berlo rechazado por su desobediencia. No lo ha rechazado. Ni había re- chazado a los otros pueblos, aparentemente rechazados por él.

A los que antes designó como israelitas, y a los que llamó “otros”, ahora los reúne bajo el nombre de “nosotros”.

“Esos somos nosotros”, dice, “a quienes Dios llamó, no solo de entre los judíos sino también de entre los gentiles” (9:24).

Aquí está el nuevo pueblo de Dios, el Israel de Dios, el Israel espiri- tual, integrado por todos los que creen como Abraham creyó, y unidos a todos los que, por la fe, aceptaron las condiciones del Pacto y las prome- sas, como los patriarcas las aceptaron.

No se trata de una determinación tardía de Dios. No se trata de que Dios haya cambiado de planes porque Israel fracasó. Ni el fracaso de Israel es total, ni son planes nuevos de Dios. Ya los tenía desde hacía mucho tiempo. En realidad, la elección de Dios fue siempre universal y los planes divinos siempre abarcaron a la humanidad entera.

Para probarlo, como lo hizo anteriormente, Pablo utiliza las Escrituras. Recurre especialmente a los profetas: Oseas e Isaías.

1. Profecías de Oseas: Los gentiles (9:25, 26). Oseas cumplió su minis- terio en un tiempo de un dolor nacional muy intenso, entre los años 753 y 729 a.C. El reino del Norte, Israel, cayó en manos de Asiria, y en un proceso de dos momentos históricos trágicamente memorables, el reino de Israel fue derrotado y llevado en cautiverio. La primera derrota ocurrió el año 733 AC, y la segunda, cuando Samaria fue capturada y los israelitas llevados en cautiverio a Asiria, entre los años 722 y 721 a.C. Poco después de ese enlutado momento, Oseas escribió su libro. No era un momento para sentir simpatía por los extranjeros, pero el profeta no habla desde la angustia de su propio corazón, sino desde la revelación que Dios coloca en su mente.

La primera cita de Oseas, utilizada por Pablo para mostrar a los cris- tianos de Roma que Dios tenía planes antiguos para incorporar al mun- do entero entre su pueblo, dice:

“Llamé mi pueblo a los que no son mi pueblo; y llamaré mi amada a la que no es mi amada” (9:25; Ose. 2:23).

Las naciones que no componían el pueblo escogido también consti- tuirían, en el futuro, el pueblo de Dios.

Y la segunda cita confirma:

“Y sucederá que en el mismo lugar donde se les dijo: ‘ustedes no son mi pueblo’, serán llamados: ‘hijos del Dios viviente’ ” (9:26; Ose. 1:10) Los dos nombres de la elección habían sido aplicados a los gentiles:

Pueblo de Dios e hijos de Dios. Israel no había captado el universalismo de los planes divinos. Dios, en cambio, sabía bien lo que estaba hacien- do. Lo supo desde siempre y desde siempre lo planeó, de modo que to- dos los pueblos pudieran constituir un solo pueblo de Dios, para gloria de su nombre.

2. Profecías de Isaías: Un remanente (9:27-29). Luego, Pablo cita a otro profeta notable, en otro momento crucial en la historia del reino del sur, Judá. Isaías cumplió su ministerio probablemente entre los años 739 y 686 a.C., cuando el poder de Asiria estaba en su cúspide. Reyes san- guinarios arrasaban con los países del Medio Oriente, y Judá sufrió el Zaqueo, la humillación y la opresión de ellos.

Delante de ellos se levantaba un grave peligro de cautiverio y des- trucción. La posibilidad de que ocurriera con Judá lo que ya había pa- sado con Israel era previsible. De ocurrir, todo el pueblo de Dios podría desaparecer. El cautiverio de Judá ocurrió mucho tiempo después, más de un siglo, pero ellos no lo sabían. Solo veían el peligro que los asirios, en ese momento, representaban para ellos, y era real. El cautiverio que ocurrió después, bajo los babilonios, también fue real.

En todo caso, Isaías les comunicó un mensaje concreto. La Nación entera no escaparía del castigo divino. Solo se salvaría un remanente. Pablo utilizó dos textos sobre el remanente.

El primero dice:

“Aunque los israelitas sean tan numerosos como la arena del mar, solo el remanente será salvo; porque plenamente y sin demora el Señor ejecutará su sentencia en la tierra con justicia y prontitud” (9:27, 28; Isa. 10:22, 23).

No es el juicio final. La expresión: su sentencia, en el original, es “pa- labra”. Cumplirá su palabra. Muchas veces el Antiguo Testamento habla de que Dios cumple su palabra; a veces, indicando que ejecutará los jui- cios o castigos anunciados por sus profetas. La palabra de juicio referida aquí es la reducción del pueblo, como pueblo de Dios, a un remanente. El segundo texto confirma la determinación divina de conservar un remanente de Israel, integrando la formación del nuevo pueblo de Dios. Esa es la interpretación de Pablo al citarlo.

“Si el Señor todopoderoso no nos hubiera dejado descendientes, se- ríamos ya como Sodoma y nos pareceríamos a Gomorra (9:29; Isa. 1:9). Israel no desaparecerá como Sodoma y Gomorra. De esas ciudades, solo queda el recuerdo, y nunca fueron el pueblo elegido de Dios. Israel, su pueblo elegido, no desaparecerá, y un remanente será salvo.

Es evidente. La palabra de Dios no ha fallado. Al contrario, se ha cumplido en todos sus detalles. Dios hizo las promesas al verdadero hijo de la promesa, Isaac; no a Ismael. Eligió a Jacob, no a Esaú, aunque los dos eran hijos de una misma madre y de un mismo padre. ¿Por qué lo

hizo así? Porque así lo quiso Dios. La elección y las promesas dependen solamente de lo que Dios desea, al igual que de su deseo dependen la gracia y la paciencia divinas. Nadie puede imponérselas a Dios. No son un derecho de nadie. Y nadie, en justicia, puede reclamar nada. Su re- clamo sería como el posible reclamo de una lámpara de barro dirigido al alfarero que la hizo. Es derecho del Creador crear su criatura como él quiera. Además, con la elección de Israel, Dios no planeaba un trato ex- clusivista que rechazara al resto de las naciones. Planeó la incorporación de los gentiles al pueblo de Dios, y se lo dijo a Israel, por intermedio de los profetas. Como Israel no concordó con ese plan, Dios decidió formar un nuevo pueblo suyo, integrado por un remanente judío que creye- ra, más los gentiles que se conviertan en descendientes espirituales de Abraham por la fe: el nuevo pueblo de Dios, los cristianos, integrado por creyentes de todas las razas, de la humanidad entera.

¿Por qué Israel no alcanzó la justicia? (9:30-10:21)

La entrada de los gentiles a la familia de la fe plantea otra pregunta que Pablo responde, no ya para justificar a Dios, sino para explicar por qué los judíos no alcanzaron la justicia. La conjunción de la justicia con la fe, en forma de justificación por la fe, es inevitable. Después de todo, la justificación por la fe es el centro del evangelio, y el evangelio es el tema que Pablo desarrolla en esta carta dirigida a los cristianos residen- tes en Roma.

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