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No obedeció el evangelio (10:16-20)

In document ComentarioBiblicoHomileticoRomanos (página 144-146)

Pablo pasa a otro aspecto que la mayoría de los israelitas debieran haber estado mejor capacitados, que los gentiles, para entender; pero no entendieron. El concepto de obediencia al evangelio. ¿Por qué no lo en- tendieron, cuando la obediencia a la Ley constituía el centro de su pie- dad religiosa? Porque no entendieron la obediencia a la Ley. Ellos obe- decían la letra de la Ley, no su espíritu. El evangelio no tiene una letra normativa, como la Ley, que dice: No matarás, no cometerás adulterio, no codiciarás. Su estructura no es formal, sino espiritual. La obediencia espiritual estaba fuera de su área de comprensión. Solo obedecieron los que podían entender este tipo de obediencia.

“No todos obedecieron al evangelio”, dice Pablo (10:16 a).

Luego, cita una frase de Isaías que se refiere al siervo sufriente, el Mesías:

“Señor, ¿quién ha creído a nuestro anuncio?” (10:16 b; Isa. 53:1). Al hablar de la obediencia al evangelio, comienza por la fe. Esta es la base de la obediencia espiritual; tiene que ser por fe.

“Porque lo que no es de fe es pecado”, dice Pablo.

Luego, agrega otro elemento de la obediencia espiritual: oír la Palabra.

“Así que”, dice, “la fe viene como resultado de oír el mensaje, y el mensaje que se oye es la palabra de Dios” (10:17).

Creer la palabra del profeta sobre el Mesías y oír la palabra de Dios son equivalentes. Pablo opone un escuchar con fe a las obras de la Ley. Pregunta a los gálatas:

“¿Recibieron el Espíritu por las obras de la Ley o por escuchar con fe?” (Gál. 3:2).

Ciertamente, escuchar con fe es creer. Una obediencia espiritual al evangelio que los gálatas habían aceptado por fe.

Además de oír la palabra de Dios, presentada por sus predicadores, debe ser aceptada como palabra de Dios, con autoridad final.

Así lo dice Pablo a los tesalonicenses.

“Por lo cual también nosotros damos gracias a Dios sin cesar, porque cuando ustedes recibieron la palabra de Dios que oyeron de nosotros, la recibieron no como palabra de hombres, sino, según es en verdad, la palabra de Dios, la cual actúa en ustedes los creyentes” (1 Tes. 2:13). Establecida la base de la obediencia espiritual por fe, con sumisión a la autoridad de la Escritura, procede Pablo a analizar lo que ocurrió con muchos israelitas. ¿Por qué no obedecieron al evangelio?

1. Israel oyó (10:18). Plantea el primer asunto con una pregunta: “¿Acaso no han oído?”, cuestiona (10:18).

¿Cómo es posible que no hayan oído? Tenían toda oportunidad ima- ginable para oír la palabra de Dios, que estaba siempre cercana a ellos. Y, utilizando la Escritura, afirma:

“¡Claro que sí! Por toda la tierra se difundió su voz y sus palabras llegan hasta los confines del mundo” (10:18 b; Sal. 19:4).

Esos israelitas que no creyeron están imposibilitados para decir que no escucharon la palabra de Dios. Pueden no haber creído en ella, pero escucharla, sí la escucharon.

2. Israel conoció (10:19, 20). Para dejarlos sin excusa alguna, Pablo le- vanta otro asunto: las profecías sobre los gentiles. ¿Podían haberlas en- tendido, sí o no?

“Insisto”, dice Pablo, “¿acaso no entendió Israel? (10:19 a).

¿No tuvo una comprensión inteligente de la Escritura? ¿No le eran familiares? ¿No se dio cuenta de su contenido? Dos cosas:

“En primer lugar, Moisés dice: Yo haré que ustedes sientan envidia de un pueblo que no es pueblo, y voy a provocarlos a ira con un pueblo insensato” (10:19 b; Deut. 32:21).

Chocante. ¿Cómo no haberse percatado de algo tan ofensivo? Israel, una nación esclarecida. Con una mente cristalina, iluminada por la Revelación, seguros de su pertenencia a Dios, con envidia de un pueblo que no era el pueblo de Dios. ¿No se daban cuenta, los israelitas incré- dulos, de que lo único que les provocaría envidia hacia otra nación era la posibilidad de que esa nación se convirtiera en pueblo de Dios, en lugar de ellos? Claro que se daban cuenta. Pablo no puede admitir otra posibi- lidad, y si no lo hubieran comprendido sería su propio error, no de Dios; porque Dios se lo había dicho con toda claridad. Aun en los libros de la Ley había, Dios, anunciado el evangelio.

No sólo en la Ley; también los profetas lo anunciaban. Esta vez, cita a Isaías.

“Luego Isaías se atreve a decir”, agrega: “Dejé que me hallaran los que no me buscaban; me di a conocer a los que no preguntaban por mí” (10:20; Isa. 65:1).

El contexto en el cual Isaías dice esto, sobre los gentiles que buscan a Dios, se refiere a la búsqueda de Dios por Israel. Hay una sustitución de Israel por los gentiles. Pudo haber sido un agregado de pueblo, los que no buscaban a Dios, gentiles, agregándose a los que lo buscaban, is- raelitas; y todas las naciones se hubieran juntado a Dios para conformar un pueblo solo. Pero los israelitas incrédulos no concordaron con esto, cuando la presencia del Mesías, entre su pueblo, trajo esta realidad. No lo aceptaron. ¡Qué lástima! Sería tan grato compartir con toda la na- ción israelita las bendiciones del Mesías. Predicar el evangelio juntos. Esperar la Segunda Venida con ellos y con ellos entrar en el Reino de los cielos, como un solo gran pueblo de Dios, bajo su bendición y vida eterna.

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