El misterio de la desobediencia de Israel (11:25). ¿Hay algún secreto que, como las deidades paganas, Dios guarde oculto de sus hijos humanos para revelarlo solamente a la casta especial de sus iniciados? No, Dios no guarda sus secretos para sí. Los revela a sus hijos, para que ellos co- nozcan sus pensamientos y su personalidad. Dios no es un ser secreto y escondido que los seres humanos no puedan conocer. Es el Dios de la revelación y la amistad. El Dios cercano, siempre en compañía espiritual con los creyentes.
“Hermanos”, dice Pablo, dirigiéndose a todos los cristianos de origen gentil de Roma, “no quiero que ignoren este misterio, para que no sean arrogantes en cuanto a ustedes mismos: el endurecimiento de una par- te de Israel durará hasta que haya entrado la plenitud de los gentiles” (11:25).
no abarcó a toda la Nación. Por lo tanto, hubo un grupo que no se endure- ció en la incredulidad, no se obstinó en ella; es decir, creyó. Pero, los que no creyeron pueden volver a creer. Esto tienen que saberlo; de lo contra- rio, ustedes corren el riesgo de creerse muy sabios y no tendrán más que una sabiduría originada en ustedes mismos. No vayan a transformar la fe, con la que han creído, en una obra meritoria de ustedes mismos. Estarían en la misma situación que ellos: ellos atribuían mérito personal de sal- vación a la obediencia. Ustedes harían lo mismo con la fe. Los dos en el mismo pecado, queriendo alcanzar la salvación por méritos propios. Sin embargo, Dios arregló todo para el bien de todos. Quiere que todos procedan al arrepentimiento y se salven. Por eso, ese grupo de incrédulos continuará así hasta que haya entrado la plenitud de los gen- tiles. ¿Qué es la plenitud de los gentiles? ¿Cada gentil incluido? Sí, pero no todo gentil que haya existido en toda la historia humana. Si Pablo dijera, aquí, que todos los gentiles de todos los tiempos entrarán en el Reino de los cielos, estaría enseñando la salvación universal de los gen- tiles. Pablo no cree en eso.
“Pero, por tu dureza y por tu corazón no arrepentido, atesoras para ti mismo ira para el día de la ira, cuando se revele el justo juicio de Dios, el cual pagará a cada uno conforme a sus obras: vida eterna a los que, per- severando en hacer el bien, buscan gloria, honra e inmortalidad; pero ira y enojo a los que son contenciosos y no obedecen a la verdad, sino que obedecen a la injusticia” (2:5-8).
En el día del Juicio, unos serán salvados y otros serán condenados. La plenitud de los gentiles que Pablo menciona, como entrando en el Reino, son todos los gentiles que a través de los tiempos han creído en Cristo. Todos ellos entrarán en el Reino de los cielos.
Todo Israel será salvo (11:26, 27). A continuación, Pablo se refiere a todos los judíos. Dice:
“Luego, todo Israel será salvo, como está escrito: ‘Vendrá de Sion el Libertador que apartará de Jacob la impiedad. Y este será mi pacto con ellos, cuando yo quite sus pecados’ ” (11:26, 27).
¿Serán salvos todos los judíos, incluyendo a cada uno de ellos? Si así fuera, estaríamos ante la salvación universal de los judíos. No puede ser, por lo siguiente:
1. Pablo no cree en la salvación universal de los judíos. Cuando Pablo describió el Día del Juicio, mencionó la suerte de gentiles –ya lo mencio- namos arriba– y de judíos. En ninguno de los dos casos se salvan todos. Completando lo que dijo, agregó:
“Tribulación y angustia sobre todo ser humano que hace lo malo, sobre el judío en primer lugar, y también sobre el griego; en cambio, gloria, honra y paz a todo el que hace lo bueno: al judío en primer lugar y también al griego, porque para Dios no hay acepción de personas” (2:9-11).
2. Si Pablo, en este texto, enseñara la salvación universal de los ju- díos, ¿por qué solamente para los que vivan en el tiempo del fin? A ese tiempo se refieren las dos profecías que cita: una de Isaías (59:20) y la otra de Jeremías (31:33, 34). Es decir, la época del Mesías que, en térmi- nos cristianos va desde la primera venida de Cristo hasta su segunda venida; la Era Cristiana.
Pablo ya habló acerca del Remanente (11:5); ahora incluye a todos los que crean durante la Era Cristiana. Esos serían todos los judíos que serán salvos.
La enemistad de Israel (11:28, 29). Los judíos vivían una paradoja: por un lado, eran enemigos; por el otro, amados. ¿Podían las mismas perso- nas ser enemigas y amadas?
“Así que, en cuanto al evangelio, son enemigos por causa de voso- tros; pero, en cuanto a la elección, son amados por causa de sus padres, porque irrevocables son los dones y el llamamiento de Dios” (11:28, 29). Es evidente que la dos expresiones que Pablo atribuye a Israel, ene- migos y amados, tienen que ver con el elemento al que están asociadas. En el primer caso, el evangelio; en el segundo, la elección.
Son enemigos de Dios en cuanto al evangelio, y por causa de los gen- tiles y para su beneficio. Los judíos rechazaron a Dios por el evange- lio, pues no querían la incorporación de los gentiles a los beneficios del Pacto. Esa actitud de odio a Dios provocó el rechazo de Dios, al dejarlos que siguieran el curso de sus propias actitudes, endureciéndose más y más en su separación de Dios.
Por otro lado, los israelitas eran amados por Dios, en cuanto a la elec- ción, por causa de los padres, para beneficio de los que recibieron dones irrevocables y el llamamiento de Dios, que no puede fallar. El beneficio que Israel recibe a causa de los padres no se debe a ninguna obra ejecu- tada por ellos que hubiera agradado a Dios de un modo especial. Estaba basado en la obra redentora que Dios les había prometido y estaba rea- lizando por ellos. El mayor Don, regalo, de Dios para ellos era el Mesías, Cristo. Los israelitas disfrutan el amor de Dios por gracia, igual que los patriarcas y de la misma manera en que, por el evangelio, lo manifiesta también a los gentiles.
¿Cuál es, entonces, el sentido de la enemistad de los judíos? Con res- pecto a la salvación, la apertura del evangelio a los gentiles y la conti- nuidad de la salvación no cerrada a los judíos creyentes. Con respecto al Juicio, la condenación de los incrédulos, judíos o gentiles, porque Dios no hace acepción de personas.
Y la condición de amados ¿Qué agrega a la salvación de los judíos? Todo. Porque el Hijo que Dios dio al mundo entero lo dio también por ellos y para ellos. ¿Son amados todos los israelitas? Sí, aunque no todos sean salvados; porque el hecho de ser salvos, además de depender del
amor de Dios, está condicionado a la fe de los pecadores.
“Pues dio a su Hijo unigénito para que todo aquel que en él cree no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16).
Todos en desobediencia (11:30-32). Pablo llega al punto que aclara bien la cuestión relacionada con la salvación todos los judíos.
Dice a los cristianos de origen gentil:
“Dios sujetó a todos en desobediencia, para tener misericordia de todos” (11:32).
Este sujetar de Dios no es una acción caprichosa ni autoritaria; es una consecuencia. Ya que todos son desobedientes, los puso a todos en esa condición, como un pescador coloca todos los pescados en una canasta. No que los peces se hayan vuelto pescados porque él los colocó en la canasta, sino que los colocó ahí porque ya estaban pescados. Todos eran desobedientes, y Dios los trató a todos como eran. No para destruirlos. Sí para salvarlos. Dios realiza todas sus acciones relacionadas con los pecadores con un propósito salvador.
¿Cómo opera Dios con los pecadores? Como ellos son y donde ellos están. Realismo absoluto.
Pablo dice a los cristianos de origen gentil:
“Ustedes eran, en otro tiempo, desobedientes a Dios, pero ahora han alcanzado misericordia por la desobediencia de los israelitas” (11:30). ¿Dependía Dios de la desobediencia de los israelitas incrédulos para manifestar misericordia a los gentiles? No. La misericordia únicamente procede de la gracia divina y la gracia, para ser gracia, no tiene que ser provocada en Dios por la colaboración de nadie, mucho menos si esos presuntos ayudadores son desobedientes y rebeldes. Lo que ocurrió fue de otra naturaleza. Cuando los judíos desobedecieron, se sumaron a los desobedientes gentiles, igualándose con ellos; y Dios los trató a todos como desobedientes, para tener misericordia de todos. De la misma manera, todos los judíos, creyentes e incrédulos, pueden ser objeto de la misericordia de Dios, porque no hay diferencia; la posibilidad de la salvación pertenece a todos.