Pablo, al decir que la justificación es por la fe, mediante el sacrifi- cio de Jesucristo, que Dios otorga gratuitamente únicamente por su misericordia, y que la otorga al pecador desobediente aun antes de obedecer, cuando la obediencia ni siquiera es posible para él, parece que ha dicho todo lo que se necesita saber sobre la justificación por la fe. Pero, todavía hay mucho más sobre ella. Pablo avanza un paso más en su exposición, y entra en el terreno de la relación que existe entre la promesa y la fe.
“La promesa de que sería heredero del mundo”, dice Pablo, “fue dada a Abraham o a su descendencia no por la Ley sino por la justicia de la fe” (4:13).
Sigue con el ejemplo de Abraham. A esta altura de la carta, no nece- sita salir de ese ejemplo para referirse a la fe, en relación con todos los seres humanos, porque ya ha dicho que Abraham es el padre de todos los creyentes, tengan origen judío o gentil. Están todos vinculados con la fe y la obediencia de Abraham. Lo que ocurrió con él, en estas expe- riencias, debe ocurrir con todos los creyentes.
Ahora conecta a todos ellos con la promesa que Dios hizo a Abraham. Le prometió, como herencia, la posesión del mundo entero.
¿En qué sentido?
De acuerdo con los registros del Génesis, la promesa a Abraham ha- bía sido bastante específica e incluía tres cosas:
1. Una cantidad ilimitada de descendientes (Gén. 12:2; 13:16; 15:5; 17:4-6, 16-20; 22:17).
2. La posesión de la tierra (Gén. 13:15-17; 15:12-21; 17:8).
3. Y él sería instrumento de Dios para bendecir a todas las naciones de la tierra (Gén. 12:3; 18:18; 22:18).
Parece no incluir al mundo entero. Sin embargo, esa frase contiene un buen resumen de las tres promesas, ya que la promesa de la bendi- ción incluye a todas las naciones de la tierra. Además, hablando Dios a los profetas sobre el pacto con la nación israelita, va más allá de Canaán, la tierra mencionada en la promesa que hizo a Abraham. Dios habla de pueblos y naciones; hasta incluye a naciones desconocidas para Israel. “Presten atención y vengan a mí”, dijo Dios al pueblo por intermedio de Isaías, “escúchenme, y vivirán. Haré con ustedes un pacto eterno, con- forme a mi constante amor por David. Lo he puesto como testigo para los pueblos, como su jefe supremo. Sin duda convocarás a naciones que no conocías, y naciones que no te conocían correrán hacia ti, gracias al Señor tu Dios, el Santo de Israel, que te ha colmado de honor” (Isa. 55:3-5). Los dos testigos de Dios, David y el Mesías davídico, el descendiente prometido que nunca faltaría en el trono de David, dirigen y comandan el mundo. Son testigos del poder de Dios y de su carácter. Cuando el Mesías llama a todas las naciones, ellas acuden a Israel para conocer los caminos de Dios; y cuando testifica sobre el poder de Dios, muestra su voluntad para salvar, a todas las naciones, de sus pecados. Por eso el Mesías, Siervo de Jehová, merece que el mundo lo ame y obedezca sus órdenes. A través de él, los descendientes espirituales de Abraham, judíos creyentes y gentiles creyentes, heredarán el mundo para la salva- ción y para morada eterna, sin pecado.
No reciben esta herencia del mundo por la Ley; porque, habiendo desobedecido sus mandamientos, están perdidos y sin herencia. La re- ciben por la fe. Solo por fe, pues solamente así forman parte de la familia de Dios.
“Si los que viven por la Ley fueran los herederos”, agrega Pablo, “la fe no tendría ningún valor y la promesa no serviría para nada” (4:14). Más grave aún:
“La Ley produce ira. Porque donde no hay ley tampoco hay transgre- sión” (4:15).
den recibir la herencia. No pueden conquistar al mundo para Cristo. No pueden heredar el mundo para vivir en él eternamente. Mejor no pretender la conquista del mundo por la Ley. No que Pablo, por esto, deseche la Ley y pretenda, de ese modo, eliminar la existencia del peca- do. Eso no es posible. El pecado existe y su existencia misma prueba que Dios no ha eliminado la Ley. Pero, no se puede heredar el mundo por la Ley.
“Por eso”, dice Pablo, “la promesa viene por la fe, a fin de que por la gracia quede garantizada para toda la descendencia de Abraham” (4:16). Esa descendencia incluye a judíos, que están por la Ley, y a gentiles, que están por la fe; porque él es padre de todos ellos, ante Dios.
“Y Dios, a quien Abraham creyó”, dice Pablo, “da vida a los muertos y llama las cosas que no son como si ya existieran” (4:17).
Con ese poder transforma a los pecadores en justos, si creen. Luego, Pablo argumenta desde el caso de Abraham, que llegó a ser padre de un hijo cuando ya, por lo medios naturales, no era posible. Su cuerpo, de casi cien años, estaba debilitado y Sara, su mujer, por la edad, tenía la matriz estéril. Pero, la promesa de Dios, que tiene poder para llamar a la existencia lo que no existe, le había prometido un hijo, y Abraham creyó en la promesa. Tuvo esperanza cuando parecía que ya no había esperanza para él.
“Ante la promesa de Dios”, dice Pablo, “no vaciló como un incrédulo. Se afirmó en la fe y dio gloria a Dios, plenamente convencido de que Dios tenía poder para cumplir lo que había prometido” (4:20, 21). Como la promesa es para los creyentes, no para los incrédulos, ¿qué sentido tendría para ellos? Abraham depositó su fe en la promesa de Dios.
“También su fe”, dice Pablo, “le fue contada por justicia” (4:22). El hijo que Abraham, físicamente, no podía tener, lo obtuvo por la fe en la promesa de Dios. Dios se lo dio. Y la justicia que no podía lograr por la Ley, se la dio Dios por la fe. Ambos, hijo y justicia, fueron regalos de Dios para él, pues eso es lo que Pablo quiere decir cuando declara: “Le fue contada”.
La palabra que Pablo usa tiene el sentido de acreditar, como ya men- cionamos. Como si alguien que tiene una cuenta bancaria sin dinero recibiera, de otra persona, una suma que se acreditara a ella. El que no tenía nada, ahora, tiene. No por su propio esfuerzo, sino por la genero- sidad del que le acreditó lo que ahora posee.
Y esto de que la fe le fue contada, acreditada, dice Pablo, no se es- cribió sólo para Abraham. También fue escrito para nosotros. Pues Dios toma en cuenta nuestra fe como justicia, porque creemos en aquel que levantó de entre los muertos a Jesús, nuestro Señor. (Ver 4:23, 24). Si no creyéramos, no habría acreditación de justicia. Continuaríamos injustos y pecadores, pobres espirituales, sin poseer la riqueza que da
derecho a la vida eterna. Esta transferencia de justicia solo es posible por nuestra fe y porque Dios, habiendo pagado el precio que la Ley de- manda por el pecado, puede regalarla sin cometer un acto de injusticia. Declarar inocente a un pecador culpable, que merece la muerte, sin que muera, es una injusticia. A menos que alguien muera por él. Por eso, con respecto a Cristo, Pablo dice:
“Él fue entregado a la muerte por nuestros pecados y resucitó para nuestra justificación” (4:25).
La muerte de Cristo, inocente de todo y sin pecado propio, puede sustituir la muerte del pecador y puede ser aplicada a favor del que cree, porque cree.
Pero esto abre el espacio para otra posible injusticia, que Dios tam- bién debe evitar para que su acto de justificación sea completamente justo. ¿No es acaso injusto que Dios aplique la pena de muerte a Jesús, siendo que él no ha cometido pecado alguno, y deje sin culpa, vivo para vida eterna, al ser humano, que sí ha pecado y merece la muerte? Desde luego, sería injusto que justos paguen por pecadores. Sin embargo, so- lamente sería injusto en el caso de que Dios hubiera impuesto la muerte sobre Cristo, si lo hubiera obligado a morir por los pecadores. Pero no lo obligó.
“Por eso me ama el Padre”, dijo Jesús, “porque yo pongo mi vida para volverla a tomar. Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo. Tengo poder para ponerla y tengo poder para volverla a tomar” (Juan 10:17, 18).
La muerte de Jesús en la cruz fue un acto suyo, totalmente voluntario. Sin presión alguna del Padre, porque la base de todo el evangelio está en el amor. El amor del Padre y el amor del Hijo. Los dos manifestaron su amor en la muerte de Cristo.
Sobre el amor del Padre, Pablo dice:
“Dios muestra su amor para con nosotros en que, siendo aún peca- dores, Cristo murió por nosotros” (5:8).
Y sobre el amor de Cristo declara:
“Cristo nos amó y se entregó a sí mismo por nosotros como ofrenda y sacrificio fragante para Dios” (Efe. 5:2).
¿Quién puede acusar de injusticia cualquier acto de amor, por sacri- ficado que fuera, hasta la muerte? ¿No es acaso voluntaria la muerte por amor? Siendo voluntaria y por amor, es justa. Por eso, el hecho de que Dios ame, perdone y otorgue la justificación, a los que creen, en algo misericordioso y justo.