En este contexto, la obra de Reinhart Koselleck destaca por su originalidad y se revaloriza enormemente. Koselleck se sitúa más acá y más allá del GL. Presenta una trayectoria clara y coherente, imperturbable ante las profusiones del GL y el planteamiento posmoderno. Su vinculación con la Universidad de Bielefeld, fundada en 1971, le asocia a este foco de historia social que supo combinar la herencia de Max Weber con el influjo de los historia- dores marxistas británicos y el francés de Annales. Bielefeld se convirtió en un lugar de diálogo e investigación interdisciplinar entre científicos sociales y humanistas (en cierta manera como había ocurrido con la VI Sección de la EPHE francesa o con el Davis Center de Princeton dirigido por Stone), donde se aclimató bien la propia personalidad interdisci- plinar de Koselleck (filósofo, jurista, sociólogo de formación, además de historiador). La historia social impulsada por Wehler y Kocka en Bielefeld es la historia de los fenómenos sociales, políticos, económicos, socioculturales e intelectuales al tiempo. Su tema central de investigación lo constituyen los procesos y las estructuras del cambio social de las socie- dades industriales. En este marco de reflexión y de trabajo —sin menoscabo de su propia libertad de orientación, bien definida con anterioridad—,84 se desarrolla el programa de
historia intelectual de Koselleck concebido, no en oposición a la historia social, sino como una profundización en la misma y desde una clara inquietud metodológica (por más que despertara algún recelo).85
La historia de los conceptos de Koselleck (y su principal traducción, los tomos del dic- cionario Geschichtliche Grundbegriffe, editados entre 1972 y 1992, en colaboración con O. Brunner y W. Conze) se distingue de otros enfoques existentes dentro de Alemania, como el de su antiguo discípulo Rolf Reichardt y los coeditores del Handbuch der politisch-sozialer Sprache in Frankreich 1680-1820 (1985-1996), más próximos de Foucault y de la pragmática histórica textual, que incurren en ese riesgo de confundir los hechos sociales y el lenguaje, denunciado a propósito del GL por los historiadores franceses. Si Koselleck incorporó desde el principio, convirtiéndolas en objeto de investigación, cuestiones que la sensibilidad pos- moderna difundió desde finales de los setenta, su figura se revela también como un adelan- tado de la crítica de la crítica posmoderna. Koselleck no acepta la visión posmoderna, según la cual no existe una realidad al margen de la categorización del observador, y para la que la materialidad misma de lo real no posee ningún significado al margen de su enunciación. Para Koselleck si alguien puede empezar a contar historias es porque algo ha cambiado, pero el cambio, a su vez, sólo es concebible si se siguen dando las condiciones generales o estructurales del cambio. Koselleck no se deja aprisionar por el lenguaje, previene contra la trampa de un relativismo sin límites, y habla de «historiografía ideológicamente cortocircui- tada» cuando se prescinde de la metodología o ésta queda reducida a un puro «argumento estético».86
El cambio histórico cabalga entre el cambio del lenguaje y el cambio social, participa de ambos, al igual que el acontecimiento es algo objetivo y subjetivo, situado entre ambas cosas. En definitiva, existe una conexión entre realidad y discurso, entre conceptos y he- chos históricos, entre lenguaje y cambio sociopolítico.87 Existe una relación entre concep-
tos (lingüísticos) e historia (extra-lingüística), que es precisamente la que se debe investi- gar. La historia de los conceptos de Koselleck se basa en que cualquier cosa que pueda y deba ser conceptualizada se encuentra fuera de los conceptos, pero ambos, conceptos y realidades, tienen sus propias historias. El significado y el uso de una palabra nunca es-
84. Véase en estas páginas el artículo de Francisco J. Caspistegui dedicado al primer Koselleck. 85. G. Scholtz, Die Interdisziplinarität der Begriffsgeschichte, Hamburgo, Felix Meiner, 2000. 86. R. Koselleck: «Historia de los conceptos y conceptos de historia», Ayer, 53, 2004: 27-45 (p. 45). Ese número de la revista Ayer contiene un dossier sobre la historia de los conceptos coordinado por J. Fer- nández Sebastián y J.F. Fuentes.
tablecen una relación de correspondencia exacta con lo que llamamos realidad, se trans- forman de diversas maneras, cambian a diferentes ritmos o velocidades. «Lo que se expre- sa lingüísticamente es siempre más o menos que aquello que está o estuvo presente en la historia real; y lo que la historia contiene es siempre más o menos que lo que puede ser dicho lingüísticamente».88 Cada concepto tiene una historia, y cada palabra puede tener
una multiplicidad de significados que se van adecuando a la realidad cambiante. La se- mántica histórica que sustenta Koselleck, hace ver que los conceptos almacenan el pasado en el lenguaje e integran las experiencias vividas en las capacidades lingüísticas y en el comportamiento. El historiador al desentrañar la estratificación temporal interna de cada concepto (las variaciones sufridas en el espacio de experiencia y horizonte de expectativa que albergan), está en mejores condiciones para comprender y explicar la permanencia y el cambio, la misma temporalidad.
Solamente al contrastar el mundo de los hechos con el de los conceptos podemos preguntarnos por la capacidad de los conceptos, bien para representar la realidad o para interferir en ella. A modo de barrera metodológica, esta insoslayable determinación dife- rencial entre lenguaje y acontecimiento, entre habla y secuencia de sucesos, que forma parte esencial del legado de Koselleck, ha sido progresivamente valorada por Hayden White. En 2000, al presentar a Koselleck al público anglosajón y trazar un recorrido general de su pensamiento historiográfico, aun sin desconocer del todo esta cuestión, White acabó por diluirla al alinear el trabajo del alemán con el de Barthes, Foucault o Derrida y todos aquellos que consideran la historiografía un discurso antes que una disciplina.89 Unos
años más tarde, volviendo sobre la problemática historia-ficción, White reconoce que el retroceso de las posiciones posmodernas obedece a un importante debate conceptual, mucho más exigente en lo concerniente al discurso historiográfico y su relación con la realidad histórica, y acababa citando, en el terreno de conclusiones, a Koselleck.90 Como ha subra-
yado Guilhaumou de modo más directo, la obra de Koselleck influye con claridad en el «retorno a lo real», al referente, como tendencia perceptible desde los años noventa.91 En
Francia, el propio Guilhaumou ha recogido el guante lanzado por el alemán, y se ha apli- cado a la conexión empírica entre realidad y discurso en el campo de la historia lingüísti- ca, buscando sacar a ésta de la matriz estructuralista saussuriana donde él mismo se había iniciado.
Koselleck facilita un tiempo de síntesis en la historia intelectual. Permite superar por elevación la insoluble disputa entre «realismo» y «nominalismo», y representa un antídoto frente a los ímpetus de algunos otros «retornos». Koselleck trasciende la dialéctica entre el individualismo metodológico y el holismo, reintroducida en el debate a propósito de la intencionalidad por los enfoques neo-fenomenológicos del tipo de Mark Bevir,92 deseosos
de cobrarse la venganza del sujeto humanista, cuya muerte había sido decretada por las corrientes estructuralistas y post-estructuralistas desarbolando por completo los concep- tos de acción, experiencia y práctica. Reflexividad, pero sin pérdida del horizonte colecti- vo. Melvin Richter93 procuró el encuentro entre la escuela de Cambridge y la Begriffsgeschi-
chte alemana, pero el propio diálogo de Skinner con Koselleck lleva a relativizar las dife- rencias entre ambos programas, aunque las haya. Los dos comparten el interés por los vocabularios o lenguajes políticos, y a Skinner no le importa reconocer que su preferencia por el análisis de momentos estelares, no deja de ser una contribución al proyecto más
88. Koselleck, 2004, pp. 39-40.
89. H. White, «Foreword», en R. Koselleck, The Practice of Conceptual History, Stanford, Stanford University Press 2002, pp. xiii-xiv.
90. H. White, «Historical Fiction, Fictional History, and Historical Reality», Rethinking History, 9, 2005: 147-157 (p. 157).
91. Guilhaumou, 2006, p. 27.
92. The logics of the history of ideas, Cambridge (UK), Cambridge University Press, 2002. 93. The History of Political and Social Concepts, Nueva York, Oxford University Press, 1995.
ambicioso de Kosellek, que examina la longue durée para recomponer el entero proceso de cambio conceptual.94
La teorización braudeliana del tiempo, y la metáfora geológica que subyace en su base, se refleja en el propio lenguaje de Koselleck.95 No sólo los acontecimientos repentinos y
únicos son fuente del cambio, sino también las estructuras de larga duración que, aunque parecen estáticas, también varían y posibilitan las transformaciones. Los estratos del tiem- po, con sus fricciones, fallas o rupturas, son tanto una poderosa imagen para describir el cambio histórico a nivel teórico como una herramienta metodológica para analizar históri- camente el cambio conceptual. Un hombre solo no puede procesarlo todo. El individuo y las generaciones: experiencias únicas y espacio de experiencia común; la estructura temporal de la experiencia histórica, las diferencias de presión bajo la que viven y actúan los hombres en cada época o lugar: el espacio del tiempo; la articulación de espacio de experiencia y horizonte de expectativa, aplicables a estructuras sociales y situaciones de conflicto político; la elevación de la experiencia a concepto; la revisión y reescritura de la historia para explicar las condiciones de surgimiento de la nueva experiencia... El universo de Koselleck apunta y ayuda a comprender mejor —reforzando su contenido— el concepto de imaginario, redes- cubierto por Charles Taylor96 a partir de Castoriadis, e inmediatamente recogido por la his-
toriografía post-GL, enfatizando su importancia para la nueva historia de «lo social»,97 por
más que este término de imaginario esté acreditado entre los historiadores de Annales y forme parte del patrimonio de la última historia de las mentalidades, o de esa nueva historia que Le Goff identificaba con la antropología histórica.