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JAVIER MAESTROJUÁN

In document Koselleck Dossier Anthropos 2009 (página 186-188)

RESUMEN. Este artículo es una aproximación al catálogo de imágenes que genera el discur- so político durante la I República española, utilizando especialmente la prensa satírica del periodo 1868-1874. La Revolución, si bien resuelve su principal objetivo al sacar del trono a Isabel II, deja abierta la incógnita de la futura forma de gobierno. En los años posteriores fracasan en cascada una serie de alternativas, desembocando finalmente en la proclama- ción en 1873 de la I República española. El cambio de régimen implica un cambio de símbo- los y en este caso, la quiebra afecta a una tradición secular que había hecho del monarca la personificación de la Patria y propone en su lugar la representación de una entidad abstracta y anónima. El espacio público se puebla de nuevos discursos y formas que lo representan. La historia de los conceptos políticos no puede prescindir del lenguaje en imágenes y, sin embargo, en nuestro país se ha prestado poca atención a la imagen republicana.

PALABRASCLAVE: Iconografía. Política. República. España, siglo XIX.

L

as conmemoraciones eclipsan el discurso del tiempo con el brillo de los grandes aconteci- mientos, dibujando —a veces al arbitrio de la moda— un pasado urdido de fastos y fracasos, sustantivos que en sí mismos demuestran una velada voluntad de calificar la historia desde nuestra perspectiva actual. De este modo, la «herida» de la guerra civil condiciona la com- prensión negativa de la II República española y el «Desastre» finisecular se presenta como la consecuencia lógica de un siglo funesto: el mito del fracaso compromete la inteligencia del pasado español. Entre los momentos que articula este discurso fatalista, la I República espa- ñola (1873-1874) ofrece tintes sombríos, cuando no cómicos, como experiencia abocada al fracaso desde sus inicios y se obvia lo que pudo entrañar de proyecto de futuro, de apertura hacia formas radicalmente nuevas de concebir la Nación.

El estudio de la semántica del discurso político, en concreto del conjunto de imágenes y símbolos producidos por una circunstancia concreta —la «marca visual» de una época, se- gún Koselleck— es una de las más fructuosas contribuciones de este autor a la historia de las mentalidades.1 Aunque vehicule conceptos similares, la representación sensible genera prácti-

1. En especial, sus trabajos sobre los monumentos funerarios publicados en los últimos años 1970, de gran influencia en la historiografía francesa (véase Michel Vovelle et al. Iconographie et histoire des

mentalités, París, CNRS, 1979). El análisis de la imaginería política como contribución al estudio de las

identidades políticas cobra muy pronto autonomía propia a partir de los trabajos de Maurice Agulhon sobre la imagen republicana (Marianne au combat. L’imagerie et la symbolique républicaines de 1789 à

1880, París, Flammarion, 1979 y Marianne au pouvoir. L’imagerie et la symbolique républicaine de 1880 à 1914, París, Flammarion, 1989) o los de Mona Ozouf sobre la fiesta revoucionaria (La fête révolutionnaire,

París, Gallimard, 1976). De modo más amplio, Pierre Nora en su obra colectiva Les lieux de mémoire, París, Gallimard (3 vol. 1984-1992) coordina un amplio estudio sobre los mitos, memorias, discursos e imágenes que contribuyen a conformar la identidad francesa. La recepción en el mundo hispano de esta corriente es irregular. En América latina cabe destacar la influencia de los trabajos de François Xavier Guerra y de Marie-Danielle Demélas-Bohy, que ha dado lugar a un buen número de investigaciones (como las de Geor- ges Lomné, Pablo Ortemberg, Juan Carlos Garavaglia o José Murilo de Carvalho). En España los estudios de este tipo se centran casi exclusivamente en la imagen de la monarquía, muy centrados en la época de los

cas discursivas distintas a las de la palabra escrita y leída. La variedad de soportes y medios, la facilidad y la rapidez con que se difunde un símbolo o una alegoría, la «visceralidad» con que se recibe, son elementos que aportan distintos matices a la comprensión del diálogo entre actores políticos, individuales o colectivos. Esta premisa es especialmente adecuada en momentos de paroxismo histórico.

Un cambio de régimen implica en la mayoría de las ocasiones un cambio de símbolos y estudiar el devenir político teniendo como contrapunto la imagen supone algo más que un pasatiempo anecdótico. Cuando, como es el caso de la revolución de 1873, la quiebra afecta incluso a la forma del Estado, el reto es doblemente interesante. Se trata de romper con una tradición secular que había hecho del monarca la personificación de la Patria y de proponer en su lugar la representación de una entidad abstracta y anónima, cuyo contenido político acaso fuera desconocido por una buena parte de los individuos que la integraban. En cualquier caso, la mutación se produce y el espacio político se puebla desde el poder de nuevos discursos. Junto a ellos, formas que los atraparán en los límites de una insignia, de una bandera o desde las notas de una canción, reduciendo sin duda su complejidad, pero a través de los cuales el nuevo proyecto se hará inteligible, popular, despertará vivas adhesiones o violentos rechazos. Ahora bien, ¿cómo descubrir el porqué del éxito, del fracaso o al menos los elementos de esta nueva imaginería? Las representaciones oficiales pueden ser una buena herramienta, pues a través de ellas es posible rastrear la voluntad de los gobernantes por ilustrar su particu- lar visión del proyecto político y observar cómo las pequeñas o grandes trepidaciones del poder tienen su consecuencia inmediata en los símbolos del Estado. Pero la República impone otro tipo de aproximación: no se trata de una imagen que se haya gestado en los territorios del poder, más bien lo contrario: se va bosquejando a través de las cortapisas de la censura, del exilio, en los panfletos, las estampas populares, los aleluyas o la prensa marginal.

Por consiguiente, al escoger la sátira gráfica como argumento de esta reflexión, no me anima tanto una curiosidad puramente formal, sino más bien el deseo de indagar en qué forma estas imágenes se continúan en el medio que les había sido propio, ahora que tenían su correlato en los escenarios de la alta política.2 En cuanto al marco cronológico, la elección

estaba bastante clara y he optado finalmente por extenderlo hasta 1881 por ser éste el año del triunfo del fusionismo, lo que conllevará un replanteamiento de las bases del republicanis- mo en España y, asimismo, por que esto nos permitía observar cómo la restauración monár- quica había influido en la imaginería estudiada.3

La limitada extensión de estas páginas aboca a poco más que una propuesta y a algunas intuiciones, por lo que no puedo evitar la sensación de dejar cabos sueltos. Me he limitado a

Austrias y Borbones (Carmelo Lisón Tolosana, Emilia Montaner López, J. Miguel Morán Turina, Javier Varela, Roberto J. López o Pilar Monteagudo Robleda). También deben destacarse los trabajos de Carlos Reyero y Tomás Pérez Vejo sobre pintura histórica e identidad nacional. Fuera de este ámbito histórico, existen algunos trabajos sobre el imaginario del primer liberalismo español (Demetrio Castro Alfín, Ma- nuel Chust Calero, Gonzalo Butrón Prida, Marta Lorente o mis artículos al respecto). Por el contrario, y a diferencia de lo que sucede en Francia o América Latina, los estudios sobre la simbólica republicana son escasos, a pesar de que Jover Zamora propiciara esta vía de investigación.

2. Las publicaciones escogidas han sido: La Ilustración Republicana Federal, La Flaca, La Campana de

Gracia, La Viña, La Filoxera, Gil Blas, El Diablo Rojo, Fierabras, El Garbanzo, El Nuevo Cencerro, El Público, El Loro, El Buñuelo, La Madeja Política, La correspondencia del Diablo y El Motín, la mayoría son

de tendencia republicana federal, salvo El Público o los «independientes» como La Filoxera. En cualquier caso, podemos encontrar ejemplos similares en todas las revistas ilustradas del período. El marco crono- lógico abarca desde 1873 hasta 1881.

3. La bibliografía sobre el republicanismo español es demasiado abundante y compleja como para intentar reflejarla en una sola nota. A pesar de todo, citaremos algunas de las obras que nos han sido más útiles en la redacción de este trabajo: Charles A.M. Hennessy, La República federal en España, Madrid, Aguilar, 1966; Nigel Towson (ed.), El republicanismo en España (1830-1977), Madrid, Alianza, 1994; José María Jover Zamora, Realidad y mito de la Primera República, Madrid, Espasa Calpe, 1991; Manuel Suárez Cortina, El gorro frigio: liberalismo, democracia y republicanismo en la Restauración, Madrid, Biblioteca Nueva, 2000; además de los clásicos estudios de Pi i Margall, Fernández Almagro y Rodríguez Solís.

definir a partir de las fuentes un «catálogo» de las imágenes que más a menudo aparecen, y a avanzar tímidamente algunos intentos de explicación. En cualquier caso, el estudio de los símbolos oficiales y una búsqueda más detallada de sus orígenes formales e ideológicos, acaso ayuden a completar este proyecto y a continuar, al fin y al cabo, el estudio del arsenal de imágenes y representaciones políticas de la contemporaneidad: la «arqueología» simbóli- ca de nuestro pasado reciente, aún tan poco desarrollada en España.

In document Koselleck Dossier Anthropos 2009 (página 186-188)

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