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Lunes, 6 de febrero de

In document Koselleck Dossier Anthropos 2009 (página 40-46)

Hace tres días, el 3 de febrero, murió Reinhart Koselleck a la edad de 82 años. Sólo unos pocos de vosotros le conocisteis personalmente. Por eso quiero dirigirme en especial a voso- tros para contaros algo sobre este hombre, que a mi modo de ver fue uno de los más impor- tantes historiadores del siglo XX —junto a Marc Bloch y Lucien Febvre, probablemente el más importante historiador europeo de todo el siglo XX.

Este punto de vista no fue siempre evidente. Durante mucho tiempo parecía como si un desconocido se dedicara a su investigación sobre asuntos bastante remotos. Incluso en 1979 Hans-Ulrich Wehler pensó que estaría justificado predecir en el Stichworte zur geistigen Si- tuation der Zeit, dirigido por Jürgen Habermas: «En mi opinión, la Begriffsgechichte conduci- rá a un callejón sin salida. Distraerá a los historiadores de los problemas no resueltos de la historia social». En 1979, sin embargo, se había publicado ya el segundo volumen de Ge- schichtliche Grundbegriffe. Esta piedra de toque de la Begriffsgeschichte había hecho a Ko- selleck y al «enfoque alemán» de la historia de los conceptos mundialmente famosos. Hoy puede verse como la contribución alemana más importante a la moderna historia cultural. Hoy, después de su muerte, uno puede ver que la importancia de Koselleck para las ciencias históricas va más allá del campo temático que analizó o las premisas teóricas que formuló. Debido a su investigación hemos adquirido una imagen y un concepto de la histo- ria completamente nuevos que afectan a nuestro concepto de historiografía y, más aún, a nuestra comprensión de la historia como concepto. En el siglo XIX, la historia era el objetivo total, el «mundo histórico», cuya «teoría» fue desvelada en el Historik de Droysen y cuya estructura fue analizada por Dilthey. Hoy, la historia aparece como un frágil fragmento, una construcción artificial en cuyas cambiantes estructuras el análisis y el analista, el tema histó- rico y el examen subjetivo se cruzan el uno con el otro.

Naturalmente, esta visión moderna de la historia no es sólo el resultado de la obra e influencia de Koselleck. Más bien él estuvo en el centro de un amplio movimiento, incluyendo a Lucien Febvre y Marc Bloch como miembros del grupo de «Annales» (que fueron grande- mente influidos por disciplinas vecinas) y estudiosos anglosajones más jóvenes, como Bene- dict Anderson. Pero dentro de este grupo de historiadores, que han dado forma a nuestra

visión de la historia como algo subjetivo y frágil, que está construido y ligado al tiempo, Rein- hart Koselleck tiene su propia característica posición: sus estudios dotan a las ciencias históri- cas de un rigor y una autorreflexión teóricos que ningún otro historiador podía ofrecer.

¿Cuáles fueron las razones de su influencia? Como muchos otros académicos, el impac- to de Koselleck sobre otros no se puede explicar solamente con su obra o sus ideas, sino primero con su carácter encantador y su talento comunicativo para contar historias. Por eso, sus historias estaban a menudo -de hecho, muy a menudo- centradas en torno a la experien- cia acumulada durante la II Guerra Mundial. Dichas experiencias le ofrecieron un criterio para evaluar la sinceridad moral y la veracidad histórica. Como muchos de su generación, era muy consciente de que él era uno de los pocos que habían sobrevivido a la guerra y que había muchos otros (quizá los de más talento de su generación) que habían muerto. Su obra la dedicó a aquellos que murieron, a la experiencia que habían atesorado y a nuestro recuer- do de ellos. Esta base explica mucho: su juicio sobre el proceso de desarrollo de las socieda- des contemporáneas —una «patología de la sociedad civil», como llamó a su tesis de docto- rado; su posterior interés en los monumentos conmemorativos de la guerra; su idea sobre el «Vetorecht der Quellen» (el derecho a veto de las fuentes); su insistencia en la forma no cambiante de la memoria como lava candente —y después coagulada. Déjenme citar un breve pasaje de sus propias memorias para subrayar esto:

Diferentes adioses a la guerra

Las campanas que estaban tocando el 9 de mayo de 1945 dieron a conocer la paz. La única pregunta era: ¿qué paz y para quién? En una línea que se extendía como un silencioso acordeón a lo largo de varios kilómetros, miles de nosotros nos movimos desde Moravia- Ostrau hacia el Este, sin saber dónde íbamos.

Las campanas hicieron eco en nuestra columna y alimentaron esperanzas. Muchos se hundieron en la tristeza cuando vieron que sus esperanzas no se hacían realidad en la medida en que no podían hacer frente a las decepciones que la nueva paz trajo consigo. Pero esto es lo que nosotros no sabíamos entonces, del mismo modo que no sabíamos a dónde éramos envia- dos. Lo que sí sabíamos era de dónde veníamos: de un área rodeada que se había hecho más y más pequeña día a día. El 1º de mayo se había hecho finalmente imposible escapar. En ese momento no sabíamos que los americanos enviarían a todos los prisioneros de Bohemia y Moravia, que habían llegado al frente occidental, de vuelta a los rusos. Por ello, nuestra lucha y cada uno de nuestros camaradas caídos habían sido en vano. Un número innumerable de ellos yacían en nuestro camino. Quizá su lucha ayudó a algunos treks a escapar al Oeste.

Yo caminaba arrastrando un pie que debería haberme ayudado a moverme. Había sido aplastado en el camino a Stalingrado, lo que salvó mi vida tres años antes. Pero tres meses antes mi pie aplastado no había impedido a un médico decir que era apto para el combate y, por tanto, para enviarme a la infantería. Por ello yo estaba ahora, viniendo desde la Alemania suroccidental, en la cola de los prisioneros hacia el Este. Pensaba en mi familia, todos nues- tros pensamientos eran para nuestras familias, ellas eran el objetivo de todos nuestros anhe- los. Mi hermano menor ya había muerto en un ataque aéreo. Un año y medio después averigüé que mi madre había sobrevivido a la guerra. Al mismo tiempo supe que mi hermano mayor había muerto el 15 de abril de 1945 y mi padre, que servía como comandante, pudo abandonar el campo de prisioneros de guerra. Fui informado de todo esto por una única postal.

La historia tiene su inicio en el lugar de nuestro recuerdo. Esto es lo que hace a la historia dependiente del tiempo y del espacio. La historia encuentra su testimonio final dentro de nuestra propia vida. Sin embargo, esto no significa que sea subjetiva en el sentido de una arbitrariedad teóricamente irresoluble. El pasado resiste a las numerosas funcionali- zaciones de la memoria, la historia es más que una mera historia de recuerdos. Esto es lo que debemos a los que murieron, a los derrotados y a los suprimidos. Trataré más detalladamen- te de este asunto más adelante.

Antes, déjenme contarles algo de mis propios recuerdos. En 1972 vi a Reinhart Koselleck por primera vez en el Historikertag, la reunión regular de los historiadores alemanes, en Colonia.

En aquel tiempo yo era un representante de un grupo de estudiantes de izquierda del Instituto de Historia de la Universidad de Friburgo fascinado no sólo por la brillantez de la lección con- clusiva de Koselleck, Wozu noch Historie?, sino especialmente por su humanidad. Cuando la junta conservadora de la reunión no quiso permitir una discusión final, fue Christian Meyer, entonces Profesor de Historia Antigua en la Universidad de Colonia, quien, con su personal y provocativa imparcialidad, invitó al público a su Instituto. Allí, en torno a veinte estudiantes discutimos con Reinhart Koselleck hasta el amanecer. ¿Sobre qué? Sobre Marx, por supuesto. Tengo que admitirlo, yo no estaba convencido en absoluto de la lectura conservadora de la obra de Marx de Koselleck (en aquel tiempo yo prefería la lectura de Marx de Heinz-Dieter Kittstei- ner, el marxista no dogmático de Berlín). Sin embargo, lo que me fascinó desde el comienzo fue el modo cómo Koselleck se implicaba en la discusión: presentando muchas tesis y al mismo tiempo escuchando a otros, un modo de comunicación encantador y lleno de humanidad.

Más tarde, esto se repitió una y otra vez en Heidelberg, cuando después de nuestras clases nos sentábamos juntos en un bar durante horas. No importaba lo endurecidos que estaban los frentes entre profesores y alumnos, no importaba cuán grandes fueran nuestras reservas frente a la antropología conservadora, el debate de las «anthropologische Grudkonstanten» (constan- tes antropológicas básicas), la calidez personal sobrevivía a todo eso. En aquel tiempo, Rein- hart Koselleck era visto como un conservador (como Hans Meier o Hermann Lübke) que, horribile dictu, citaba a Heidegger y a Plessner para apoyar su punto de vista o defendía a Carl Schmitt, su profesor, como teórico, a pesar de las conexiones de Schmitt con los nazis. Sin embargo, él siempre nos enseñaba a mirar detrás de la afiliación al partido de una persona, del mismo modo que él mismo estaba abierto a un debate con cualquiera y sólo llegaría a ponerse furioso cuando alguien cometía menschlichen Schweinereien [marranadas]. A pesar de pasar muchas horas en la biblioteca, Koselleck era uno de los profesores más sociables que uno pueda recordar. Además, era tan buen bebedor que a sus oponentes se les aconsejaba con razón que expusieran y defendieran convincentemente sus posturas antes de medianoche.

Sin duda, el efecto que Koselleck tenía sobre los demás estaba fuertemente basado en su personalidad. Así se vio, por ejemplo, cuando Gabriel Motzkin, el historiador israelí, le pre- guntó (como muchos otros) sobre sus experiencias durante el Tercer Reich. Allí fue evidente que Koselleck no tenía necesidad de retroceder, que no tenía que censurar ninguna de sus opiniones para ser creíble ante un historiador israelí. Hubo muchas amistades que nacieron durante discusiones con historiadores de diversas nacionalidades. Sería funesto olvidarlo cuando hablamos de la impresión que daba Koselleck.

Si ahora dejamos la personalidad de Koselleck y nos concentramos en su obra, tenemos que plantear la siguiente cuestión: ¿dónde comenzamos? ¿En 1969, cuando dictó su magní- fica primera lección en Heidelberg Vergangene Zukunft der frühen Neuzeit (El pasado futuro en la Edad Moderna), donde, por primera vez, al analizar el cuadro de Altdorfer, «La batalla de Alejandro en Issus», desveló el cambio de percepción histórica del tiempo durante la primera Edad Moderna, esto es, entre la Reforma y la Revolución francesa? ¿O comenzamos con la lección (que hizo época) presentada en el Historikertag de 1972 en Colonia, «Wozu noch Historie, donde declaró que el análisis estructural de los tiempos históricos era la prin- cipal preocupación de las ciencias históricas, mostrando la diferencia fundamental entre la historia como disciplina científica y todas las demás disciplinas humanísticas, cuyos temas, teorías y métodos comparte a menudo?

Hay innumerables términos e hipótesis que él introdujo en el discurso histórico alemán y que se han convertido en tópicos en la comunidad científica: por ejemplo, el término Sattelzeit para describir el siglo que transcurre entre 1750 y 1850 en Europa; las expresiones Erfahrugs- raum (espacio de experiencia) y Erwartungshorizont (horizonte de expectativa) para el análisis de las sociedades pasadas; su idea sobre el Vetorecht der Quellen (el derecho a veto de las fuen- tes), que restringe el espacio de nuestras interpretaciones sin limitarlas a una sola lectura correcta del pasado; más aún, el análisis de los términos históricos bajo el aspecto de su fun- ción como un factor activo de los discursos y un indicator descriptivo de las constantes históri- cas, que se ha convertido en una técnica corriente en la caja de herramientas teórica y metódi-

ca de los estudios culturales; en conjunto, la tendencia de Koselleck a desarrollar y alentar el análisis del lenguaje como medio y autoridad creativa de la realidad pasada.

Sin embargo, no quiero hacer una enumeración de todas las contribuciones teóricas y te- máticas conectadas con las publicaciones y las lecciones de Koselleck. Lo que quiero hacer es mirar detrás de las bambalinas, donde podemos descubrir el contexto del taller intelectual de Koselleck en el que todas sus ideas van juntas. Primero de todo uno tiene que admitir que no hay una coherencia simple, o una teoría coherente a partir de una fuente, o una Historik —como, desde Droysen, los historiadores han llamado a esos intentos de dar a su metodología una cohe- rencia teórica. Koselleck nos ha dejado más bien una caja de herramientas de teorías e hipótesis. Esto podría ser explicado a través de su biografía pues Koselleck quiso ser caricaturista antes que historiador. Las caricaturas que fue dibujando a lo largo de los años las hacía durante aburridas reuniones de facultad, en bares, o mientras pensaba en acontecimientos políticos recientes. No sólo son tan afiladas como una hoja de afeitar, además ponen el énfasis en lo esencial dentro de los acontecimientos y circunstancias, como cabe esperar de una caricatura. ¿No es esto verdad también para su historiografía, por ejemplo su casi exagerada confrontación de política y mora- lidad en su tesis de doctorado de 1959 Kritik und Krise (Crítica y Crisis)? ¿O para el sutil análisis de conceptos empleado por los oponentes políticos en los tiempos de las reformas prusianas después de 1800? Sin embargo, si esto es verdad, es verdad sólo para sus primeras obras.

Al final, lo más importante parece ser otra cosa: de acuerdo con Koselleck, la interpre- tación del pasado, así como la historia misma, nunca llegará a un final. La historia es siem- pre dependiente de la impresión del día y de la primacía teórica de nuevas experiencias. Por ello la historia siempre necesita nuevos métodos e hipótesis. Reflejando el cambio histórico, la ciencia de la historia implica y refleja su propia obsolescencia. No hay un conocimiento histórico final, no hay verdades eternas. Y con todo, siguiendo su metodología racional, la investigación histórica ofrece resultados perdurables. Una y otra vez, Koselleck se refería a viejas intuiciones históricas, que todavía hoy son ciertas: por ejemplo, la diferenciación que hace Tucídides entre los motivos y las causas más profundas de los acontecimientos históri- cos. Para él, existen algunos conceptos básicos del conocimiento histórico, que son utiliza- dos una y otra vez: entre ellos hay conceptos tales como «amigo» y «enemigo», «vencedor» y «perdedor», «experiencia» y «expectativa», conceptos que son indispensables para el análi- sis histórico; indispensables como la conciencia de que los beneficios de la innovación en la ciencia de la historia son en su mayor parte ofrecidos por los derrotados, porque la decep- ción respecto a sus expectativas les fuerza a reinterpretar la historia.

La generación de historiadores a la que pertenecía Koselleck no tenía la religión en gran estima. Enajenados por las luchas religiosas de los siglos XIX y XX, pensaban que la religión debe ser vista más como una ideología que restringía las potencialidades de un análisis histórico. Sin embargo, en una perspectiva más amplia dichos historiadores fueron verdade- ramente religiosos. Esto es especialmente cierto en el caso de Koselleck y su moralización práctica en todas las decisiones políticas: defender la justicia para cada todos sin importar cuál fuera el partido político e ideológico al que se pertenecía; dar una voz política a aquellos que eran ahogados o incluso suprimidos en el discurso político —éstas eran algunas de la reglas morales para su investigación histórica.

Muchos se sorprendieron cuando Koselleck dijo que en cierta medida él podía seguir las ideas del historiador berlinés Ernst Nolte cuando, durante el Historikerstreit a finales de los ochenta, Nolte fue injustamente acusado de minimizar el nazismo. Durante los noventa, cuando el público alemán discutía la conmemoración (memorial) de las víctimas del Holo- causto, Koselleck argumentó contra la mayoría que una conmemoración (memorial) alema- na debería incluir no sólo a un grupo de víctimas (los judíos), sino también a los homosexua- les, los gitanos o los comunistas.

Más aún, la crítica de Koselleck a la moralización de la Ilustración, en lo que seguía a Carl Schmitt, era dirigida por su profunda actitud moral: argüía que la moralización de la Ilustración había llevado a la política a una guerra total entre las diferentes Weltanschauun- gen durante el siglo XX. En los Estados Unidos este equilibrio imparcial de un historiador

europeo sólo provocó unas pocas reacciones positivas en los años ochenta: las tesis de Ko- selleck alimentaron dudas relativas a la base cívico-religiosa de la política estadounidense (una base que parece ser tan importante para la cultura americana y que se extendió en las dos décadas siguientes hasta la bien conocida estrategia política de redimir al mundo del mal). Sin embargo, Koselleck recibió críticas por su incorrección política no sólo en Estados Unidos, sino también en Europa. Aquí, su actitud se relacionaba con las desastrosas críticas realizadas contra la sociedad civil durante los años veinte por intelectuales de izquierdas y derechas. Sin embargo, Koselleck no apoyaba la democracia política menos que Jürgen Habermas, cuyo patriotismo constitucional fue visto por muchos como uno de los pilares de la religión civil de nuestra sociedad actual.

Cuando Koselleck criticaba ásperamente la dialéctica entre política y moral en la Edad contemporánea, no era un cínico: en la perversidad política de las normas morales, criticaba su reputación perdida. De acuerdo con Koselleck, los diferentes credos cristianos llevaron a Europa a la Guerra de los Treinta Años. Pero la moralización de la sociedad civil y el concepto de historia en el siglo XVIII desarrollaron nuevos parámetros de conocimiento y acción. Éstos podían ofrecer, al menos durante algún tiempo, un sustituto influyente de la religión perdida. Al revelar la perversidad ideológica de las posiciones morales lanzadas por los políticos radica- les, como Danton y Robespierre, Hitler y Ludendorff, Lenin y Stalin, el propósito de Koselleck era no descalificar la moralidad política, sino más bien reintroducirla. Sin embargo, él no creía que fuese posible formular este tipo de moralidad por una vía generalmente obligatoria, esto

es, a través de algún tipo de guías religiosas que permanezcan siempre iguales. Aquí podemos observar por primera vez la confirmación esencial de una brecha semántica que oculta la verdad. Nos encontraremos con este fenómeno de nuevo más adelante.

Para ello, tenemos que volver a la teoría de la historia de Koselleck. En el artículo presu- miblemente más importante en los Geschichtliche Grudbegriffe, sobre la «historia», Koselleck descubrió las fuentes del moderno término Geschichte en el acoplamiento filosófico de dos conceptos: Geschicht, el contexto histórico de los acontecimientos, e Historie, la narración de los acontecimientos (en latín tenemos las palabras res gestae e historia rerum gestarum para esta distinción). Contrariamente a su aparición histórica para comprender todas las acciones humanas, die Geschichte, el concepto «historia» en sí mismo fue una invención de la Edad del siglo XVIII —y por tanto, estaba expuesto a la vanidad histórica. Como sustituto secular de Dios, se rompió en pedazos cuando los filósofos deshicieron su superestructura histórico- teológica y la redujeron a su significado actual: la suma de todas las historias contadas.

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