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3 “QUID PUELLAE CUM ARMIS?”

3. La “osadía” de Beatriz Bernal.

3.2 El prólogo-dedicatoria del Don Cristalián.

Beatriz Bernal demostró ser consciente de su audacia, al preferir esconder la propia identidad tras el velo del anonimato, que Juana de Gatos se encargaría de descorrer, pero sólo tras su fallecimiento y para justificar la solicitud de reimpresión del Cristalián. No fue la única precaución de doña Beatriz, quien quiso escudarse también en el trillado

topos del hallazgo del original de su obra59, reinterpretado, empero, en un

contexto religioso. Según relata en el prólogo-dedicatoria de la novela:

[...] yendo un Viernes de la Cruz con otras dueñas a andar las estaciones (ya que la aurora traía el mensaje del venidero día), llegamos a una iglesia adonde estava un muy antiguo sepulchro, en el qual vimos estar un defuncto embalsamado, y yo, siendo más curiosa que las que comigo ivan de ver y saber aquella antigüedad, lleguéme más cerca, y mirando todo lo que en el sepulchro avía, vi que a los pies del sepultado estava un libro de crecido volumen, el qual, aunque fuesse sacrilegio, para mí apliqué. Y acuciosa de saber sus secretos, dexada la compañía me vine a mi casa, y abriéndole hallé que estava escripto en nuestro común lenguaje, de letra tan antigua que ni parescía española, ni aráviga, ni griega, pero todavía cresciendo mi deseo y abraçándome con un poco de trabajo, vi en él muy diversas cosas escriptas, de las quales, como pude, traduxe y saqué esta historia, paresciéndome de más subtil estilo que ninguna otra cosa, donde se cuentan las hazañas y grandes hechos en armas que este valeroso príncipe don Cristalián de España y el infante Luzescanio, su hermano, hizieron60.

El contexto espaciotemporal en que se desarrolla la “extraña aventura” protagonizada por la autora se distingue por su caracter devoto y piadoso: el descubrimiento del antiguo manuscrito del Cristalián se produce en una iglesia, al amanecer de un viernes de la Cruz, cuando nuestra dama, junto con otras dueñas, anda las estaciones del Via Crucis. Doña Beatriz reconoce y asume las limitaciones impuestas a toda mujer cristiana del siglo XVI y no puede dejar de moverse en el ámbito que tradicionalmente se le asigna; ella, sin embargo, se diferencia de las

58 Baranda (1998: 455).

59 Sobre las implicaciones y el utilizo de este tópico, cuya aceptación “suponía declinar la autoría del

libro y asumir ficticiamente la tarea de adaptación o traducción de obras ajenas”, véase Marín Pina (1994). Esta cita la entresacamos de la p. 543.

demás por una característica que moralistas y religiosos no se descuidaron de reprender, su curiosidad. A ese vicio fray Luis de Granada, por ejemplo, dedicaría algunas páginas del Libro de la oración

y meditación para poner sobre aviso a sus lectores de los peligros que

acarrea:

Impide mucho también la devoción el vicio de la curiosidad. La cual puede acaecer en muchas maneras. Porque hay una curiosidad de querer saber los hechos de los otros, y las vidas y negocios ajenos; la cual además de ocupar el corazón con vanos pensamientos, también lo enreda con diversos afectos y cuidados, con los cuales se pierde la paz y sosiego de la consciencia. Éste suele ser ordinariamente vicio de hombres ociosos y holgazanes, los cuales, como no se quieren ocupar en sus negocios, siempre entienden en los ajenos.

Hay otra curiosidad de entendimiento, cual es la de aquellos que con solo apetito de querer saber, se dan a leer historias profanas, y libros de gentiles, y antigüedades inútiles, y otras cosas semejantes. Y no menos la de aquellos que se dan a la lección de otros autores más graves, no con deseo de alcanzar por ella la verdadera sabiduría, sino con esta misma curiosidad, buscando allí solo el artificio y elocuencia de las palabras, o algunos puntos o sentencias más curiosas, que ellos puedan vanamente enseñar a otros, sin tomar nada para sí. Éstos, dice el Eclesiástico, que tienen el

corazón como harnero, o como cedazo, que despide de sí la flor de la harina, y quédase con solas las pajas y salvados; porque así estos dejan pasar de claro las

verdades y sentencias saludables con que se habían de quedar, y quédanse con las pajas y salvados: que es con las palabras y artificio en que, a manera de bestias, se quieren apacentar. Lo cual, sin duda, es una cierta señal de ingenios y ánimos desordenados; porque, como dice sant Agustín, de generosos y buenos ingenios es no amar en las palabras las palabras, sino la verdad que está en ellas61.

Beatriz Bernal, impulsada por el “apetito de querer saber” no sólo se acerca más que nadie al sepulcro donde se guarda el misterioso “libro de crecido volumen”, sino que llega incluso a cometer el sacrilegio de sustraerlo de aquel lugar sagrado, por ser “acuciosa de saber sus secretos”. El deseo de descubrir el contenido del manuscrito es tan irrefrenable que ella decide apartarse de sus compañeras para volver a casa y dedicarse a estudiar el texto hasta lograr descifrarlo. Nótese a ese propósito que si los autores caballerescos, al recurrir al tópico de la falsa traducción62, “presumen en su conjunto de gran competencia

61 Fray Luis de Granada (1554) en Huerga (1994: I, 357). Recordamos que Huerga editó el texto del Libro de la oración y meditación impreso en 1579.

62 El subterfugio de la traducción de un libro ajeno no fue invención de Rodríguez de Montalvo, como

bien recuerda Marín Pina (1994: 542). Sobre la presencia de este topos en la narrativa europea del siglo XV véase Varvaro (2002: 161-162).

lingüística”63, vertiendo al castellano originales escritos en los idiomas más diversos (griego y latín sobre todo, pero también frigio, caldeo, italiano, inglés o alemán)64, doña Beatriz, consciente de las limitaciones que implica su condición de mujer, más modestamente se limita a modernizar la lengua del texto hallado, puesto que el Cristalián está redactado “en nuestro común lenguaje”, aunque, eso sí, “de letra tan antigua que ni parescía española, ni aráviga, ni griega”, lo que la obliga a “abraça[rse] con un poco de trabajo”.

Las muestras de humildad no terminan aquí: a lo largo de todo el proemio se reiteran las declaraciones de incapacidad y las excusationes

propter infirmitatem. Echando mano de los topoi de la rusticitas y de la mediocritas mea, Beatriz Bernal lamenta no tener “más subtil ingenio, y

experta pluma, y liberal mano”, reconoce “la brozna y apocada orden” de su “misérrima obra”, que, a pesar de ser indigna del más flaco lector, decide dirigir nada menos que al príncipe don Felipe, confiando en que su alto merecimiento logrará levantar del abismo de “su nulidad” la obra que se le dedica, a modo de imán:

En la presente [obra] veo yo, sereníssimo príncipe, dos grandes contrarios: el mucho merescer de a quien se dirige, y la brozna y apocada orden con que se halla lo dirigido, porque bien mirado es tan alto vuestro merescimiento que si la famosa Ylíada del Griego y la capacidad del Mantuano y la subtil imaginación de Ovidio y la apassionada Pharsalia del Lucano en estos tiempos se compusieran y acabaran, a vuestra sereníssima persona se offrescieran y endereçaran: ¡quanto más una tan misérrima obra como ésta, que del más flaco lector no se halla digna! Pero sabiendo que, puesto vuestro sublime y claro merescimiento en lo alto donde siempre está, y puesta su nulidad en lo bajo do jamás se á alçado, soy cierta hará lo que la piedra imán, donde conjuncta podrá manifestar el vigor y fuerça de quien la sustenta65.

Sólo el prestigio, el merecimiento y el favor de don Felipe permitirán encender la candela del “poco saber” de la autora; su “simple escriptura” logrará brillar de un perenne esplendor, capaz de resistir al paso del tiempo y a las críticas de los detractores:

Con la qual [obra] y comigo suplico a Vuestra Alteça use de aquellos instrumentos que para sacar lumbre nueva se requiere, porque, tocando el eslavón de vuestro alto

63 Marín Pina (1994: 545).

64 El iter de transmisión textual a veces se complica por la existencia de versiones interpuestas entre el

original y su romanceamiento.

estado en el pedernal de vuestro tan subido merescimiento, caiga la centella de vuestro humaníssimo favor en la yesca de mi simple escriptura, para que, aprendida la pajuela de mi entrañable desseo, se encienda la candela de mi poco saber, la qual, después de encendida, será de tan inviolable resplandor que ni viento terreno, ni soplo humano baste a la apagar, mayormente que representado el favor de Vuestra Alteça eternalmente permanescerá66.

Doña Beatriz reconoce su “osadía” al solicitar tan ilustre protección, justificando hábilmente su petición:

No se maraville Vuestra Alteça que una persona de frágil sexu como yo aya tenido osadía de os dirigir y endereçar la presente obra, pues mi íntimo desseo me exime de culpa por tres razones. La primera es suplicar a Vuestra Alteça que, quiriéndola admittir y examinar, mande hazer d’ella lo que su yerro meresciere; la segunda para que, siendo admittida y de vuestro favor amparada, estoy muy satisfecha que, sin temor de fluctuosa ni adversa tempestad, osará navegar manifestándose a quien la leer quisiere. La tercera y última porque los insignes príncipes han de ser afficionados a leer los libros que cuentan las aventuras y extremados hechos en armas que aya avido en el mundo, para que los despierte y habitúe en altos pensamientos, especialmente éste, hallado por tan estraña aventura.

La autora se remite al juicio de su destinatario, confiando en que, caso de encontrar su aprobación, podrá afrontar sin temores la valoración de los demás lectores: una vez sorteada la posible censura que “su yerro mereciere”, el Cristalián podrá atreverse a desafiar toda tempestad adversa. El último argumento esgrimido por Beatriz Bernal se basa en la supuesta ejemplaridad de los libros de caballerías y en la utilidad de su lectura a fin de despertar en los príncipes un anhelo de emulación de las aventuras relatadas, a pesar de que los detractores del género caballeresco le denegaban incluso esa función paradigmática, señalando a hijos de reyes y grandes señores otros modelos de comportamiento capaces de inducirlos a la virtud y la gloria.

Fray António de Beja al dedicar su Breve doutrina e ensinança de

príncipes al rey Juan III de Portugal contrapone las vanas y fingidas

escrituras de Amadises y Esplandianes con las doctas sentencias de las

auctoritates en que se basa su obra. Este “novo ajuntamento de preciosos

esmaltes de virtudes” será dechado de fortaleza y nobles costumbres, espejo de excelencia y valor, sin punto de comparación con los vanos

66

Bernal (1545: s.f.).

sueños de los libros de caballerías que llenan palacios y cámaras de los grandes señores:

[...] conforme aquillo que me ficou e em que me criey, que he ho exerciçio das sanctas letras que aprendi, sirvo a Vossa Alteza com ho que posso. E nam curando das falsas historias e fingimentos dos antijgos cavalleyros, que a maneyra de sonhos vaãos foram compostas e escriptas, como sam ha de Amadis, Splandiam, Tristam de Leonis e outras vaydades a estas semelhantes, de que os paços e camaras dos grandes Senhores estam comummente ornadas e providas, e a quem se da tanta fe, como de feyto assy como elles dizem, passara, fabriquey em meu pobre e secreto artificio, hũ novo ajuntamento de preciosos esmaltes de virtudes, e tirey, per nova composiçam de muytos antijgos doutores, esta breve doutrina e lembrança de principes, que com humildade e leal vontade a Vossa Alteza offereço, pera que dos feitos e ensinanças de muytos reys e pessoas destado excelentes, que em ella se escrevem, que per Deos foram ajudados, tyre cousas com que arme e fortaleza sua alma de dentro contra os spiritos imijgos qui quotidie militant adversum nos, e que sempre nos combatem, como diz, ha tuba evangelica, Paulo, e de fora orne e atavie, per mostranças, seu prezado corpo, de extimados e nobres custumes.

Que cousa, Principe excellente, mais deve amar e ler todo rey christão, que as cronicas e feytos dos reys escolhidos per Deos, e que deve mais desejar saber que ha doutrina dada e inspirada per ho spirito sancto? E, se as vaãs e fingidas scrituras, em algũa maneyra provocam a virtude, lendoas, que faram as vidas dos vertuosos e nobres varões que postos em as dinidades e mandos reaes fizeram cousas dinas de toda memoria e louvor? Certo em elles, seguindo doutrina de Socrates, deve Vossa Alteza sempre oulhar como em espelho, porque os feitos dos feos e maaos avorreça, e ho gracioso gesto, parecer e obras dos virtuosos e boõs, ame e sigua67.

Felipe de la Torre, en el capítulo cuarto de su Institución de un rey

christiano, dedicado a “Qué libros han de leer los Reyes y Señores”, les

aconseja in primis textos sagrados, de “piedad y de governación de Repúblicas”, pero también

otros de doctos y píos y santos varones, escritos en nuestros tiempos y en los passados, y muy útiles para todo género de piedad. Entre los escritores profanos señalaré también algunos, de tantos como ay y tan buenos. La leción de Cicerón, Séneca, Tito Livio y Plutarco será útil a los Reyes y Señores, no sólo para entender cosas muy buenas de repúblicas y algunas buenas costumbres, pero por la facilidad que en enseñar tienen, aunque a las vezes es menester también abrir los ojos. En nuestra lengua vulgar ay también libros de piedad y de historias, como son las obras del Doctor Constantino, del Padre Fray Luis de Granada, de Don Serafino de Fermo, y otras historias de España y la que Pedro Mexía hizo de los Césares: de los quales se sacarán muchos avisos para temer a Dios y saber bien governar68.

67 Beja (1525) en Tavares Dias (1965: 111-113). 68 Torre (1556) en Truman (1979: 28).

El capítulo se concluye con un aviso “muy útil aun para toda la República”:

y es que los libros que están escritos de amores, y los que llaman de Cavallerías, no solamente los huyan los Reyes y Señores, y todos, finalmente, pero aun con edicto público prohiban su leción a todos, por ser inútiles los tales para todo género de virtud y para toda administración o govierno, agora sea público, agora sea privado, porque corrompen a los buenos ingenios y los llevan hechizados en sus vanidades, destruyen las buenas costumbres, y encienden y hazen abrasar a los que las leen en abominables pecados69.

A cuantos buscan ejemplos de coraje y desprecio de la muerte, fray Luis de Granada, en la segunda parte de la Introducción del símbolo de la

fe, les recomienda más bien la lectura de vidas de santos:

[...] Agora querría preguntar a los que leen libros de caballerías fingidas y mentirosas, qué los mueve a esto. Responderme han que entre todas las obras humanas que se pueden ver con ojos corporales, las más admirables son el esfuerzo y fortaleza.

Porque como la muerte sea, según Aristóteles dice, la última de las cosas terribles y la cosa más aborrecida de todos los animales, ver un hombre despreciador y vencedor de este temor tan natural causa grande admiración en los que esto ven. De aquí nace el concurso de gentes para ver justas, y toros, y desafíos y cosas semejantes, por la admiración que estas cosas traen consigo, la cual admiración, como el mismo filósofo dice, anda siempre acompañada con deleite y suavidad. Y de aquí también nace que los blasones y insignias de las armas de los linajes comúnmente se toman de las obras señaladas de fortaleza, y no de alguna otra virtud. Pues esta admiración es tan común a todos y tan grande, que viene a tener lugar no sólo en las cosas verdaderas, sino también en las fabulosas y mentirosas. Y de aquí nace el gusto que muchos tienen de leer estos libros de caballerías fingidas.

Pues siendo esto así, y siendo la valentía y fortaleza de los santos mártires sin ninguna comparación mayor y más admirable que todas cuantas ha habido en el mundo, pues basta para ser, como dijimos, un hermosísimo espectáculo para Dios y para sus ángeles, y siendo sus historias no fabulosas ni fingidas, sino verdaderas, ¿como no holgarán más de leer estas tan altas verdades, que aquellas tan conocidas mentiras?70

Y por supuesto no podía faltar el padre Astete entre los que desmintieron con vehemencia que de las fingidas patrañas de los libros

69 Torre (1556) en Truman (1979: 30).

de caballerías príncipes, cortesanos y hombres de armas pudieran sacar cierto provecho:

[...] suelen dezir los autores de los libros vanos y deshonestos de cavallerías que son provechosos para gente moça cortesana, y que tienen buenos y agudos ingenios, y aún para los príncipes, y para los capitanes y gente que ha de tratar en armas y se ha de dar a exercicios de guerra, porque en ellos se enseña a hablar cortesana y agudamente, y se oyen las valentías y hazañas de los hombres esforçados. Mas yo digo que se engañan y no tienen razón, porque la gente noble y cortesana más ha menester una prudencia christiana, una discreción apazible, una moderación de costumbres y una vida loable que dichos vanos y fingidas patrañas que cuentan los libros de cavallerías. Y los príncipes y nobles varones que han de criarse y criar a sus hijos para la guerra, mejor se enseñarán en libros de verdaderas historias, donde verán los hechos valerosos de sus mayores que en las fábulas y ficciones y en los deshonestos y lascivos amores, porque estas cosas no hazen a los hombres esforçados, sino floxos y afeminados71.

Una vez más, bien distintas de las vanidades caballerescas son las lecturas ejemplares aconsejadas a príncipes y nobles, es decir los clásicos de historiadores griegos y latinos, crónicas de España o de la conquista de las Indias, historias de la iglesia, vidas de santos:

Y si los hijos de los reyes y grandes señores han menester saber las cosas de la guerrra y la arte de cavallería, ¿dónde la aprenderán mejor que en las historias de los antiguos que escrivieron Julio César, Tito Livio, Svetonio, Valerio, Virgilio, Salustio, Lucano y otros historiadores griegos y latinos? Y si no saben latín ni griego, lean las chrónicas de España y las historias de la Iglesia que los nuestros han compuesto, y las conquistas de las Indias remotíssimas, y otros libros como estos, que esta lectura les hará prudentes, discretos, fuertes y amadores de la virtud, y no la lectura de los libros de cavallerías. Y no les serán de menor gusto y provecho las historias de los santos escriptas en la lengua española o vulgar, que cuentan los gloriosos triumphos que los mártires invincibles con fortaleza admirable alcançaron de los crueles tirannos72.

A pesar de tan autorizadas y extremadas advertencias, Felipe II mostró no desdeñar las ponzoñosas aficiones caballerescas de las que tanto disfrutaba su padre: si Carlos V solía escuchar con gusto la lectura de estas novelas, manifestando particular aprecio por el Belianís de

Grecia73, su sucesor se entretendría con los mismos pasatiempos en sus

71 Astete (1597: 180-181). 72 Astete (1597: 182-183). 73 Véase Chevalier (1976: 75-76).

residencias de Aranjuez o del Pardo, según se desprende del testimonio del morisco Román Ramírez74. Amparada por el favor de tan ilustre valedor, la “misérrima obra” de doña Beatriz Bernal llegó a conocer los honores de la imprenta, emprendiendo con éxito una difícil navegación contra viento y marea.